LA CONQUISTA P�gina Principal |
|
|
|
(Versi�n al 7.4.00; 11:00 hrs; conquis.htm) VII) EL TIEMPO DE LA CONQUISTA 1) Introducci�n: Cuando Israel llega a Cana�n. Cana�n no es a�n un Estado, hay muchos reyes peque�os que estaban protegidos por Egipto. Pero en el tiempo del �xodo, Egipto estaba en decadencia, por lo que su protecci�n era m�s nominal que real. En Cana�n, Israel se enfrenta con un ambiente agr�cola, por lo que de un ambiente n�made, pasa a vivir sedentariamente, es decir una cultura m�s agr�cola. En Cana�n hay baales, dioses de la fertilidad, que eran invocados para que las cosechas fueran abundantes.Por lo que se presenta un desaf�o religioso para Israel: se encuentra con divinidades nuevas y seductoras. La conquista tambi�n es un desaf�o social, no se trata de repetir la estructura social de Egipto, surgen los jueces: tiempo creativo, tiempo en que lo social empalma con lo religioso. El regalo de Dios, la tierra debe ser tambi�n conquistado, don y tarea. Dt 8,1-20.1/2 1 En la biblia, la historia de la conquista se nos narra en el libro de Josu�, que pertenece a la escuela deuteronomista, y encontr� su forma definitiva durante el destierro en Babilonia, es decir en el siglo VI aC. Busca mostrar a un pueblo, que vive el destierro, toda la obra que antes llev� a cabo Dios en favor suyo, y que hoy puede comenzar de nuevo (CASTEL, F., Historia de Israel y de Jud�, Navarra 1984, 53).2 El cap. 8 de Dt "est� escrito con la perspectiva de la prosperidad econ�mica de la tierra, que se transforma en tentaci�n al favorecer una concepci�n inmanente de la vida. El ciclo producci�n-consumo se explica a s� mismo, se justifica y se cierra a la intervenci�n de Dios: su explicaci�n adecuada es la fuerza y el talento humano aplicados a una tierra buena. Dios desaparece del horzionte pr�ctico: es olvidado; no es necsario ni para realizar el proceso ni para explicarlo. El resultado es que el pueblo peca contra el primer mandamiento de la lealtad total, de modo racionalista, iluminado, sin sutituir al Se�or por otros �dolos.Contra la tentaci�n del olvido, el autor propone el remedio de la memoria, no s�lo del Se�or, sino tambi�n de su acci�n hist�rica. Se remonta al momento cr�tico en el cual los israelitas van a entrar en la tierra. La cual no es un dato neutro, que est� ah�, sino don hist�rico, contingente. Mira hacia atr�s, hacia el desierto que impon�a una visi�n trascendente de la existencia, y proyecta aquella experiencia sobre el presente futuro en la ficci�n-. La historia gravita as� sobre el presente, revelando su contingencia. Lo que es don se puede perder. La vida en la tierra sigue siendo camino. La prosperidad es don del Se�or, bendici�n de la alianza por el cumplimiento de los mandatos. (No era la prosperidad lo que caracterizaba la vida de los jud�os bajo el dominio persa). Dt 8,1: El primer verso plantea el tema: observar los mandatos es condici�n para entrar en la tierra y lo ser� para permanecer en ella. Dt 8,2-6 Proponn el tema de la memoria. El pueblo ha de recorrer tres etapas encadenadas: recordar, reconocer, guardar (2.5.6). Recuerda tres aspectos del desierto: camino, comida, vestido. Dt 8,2 Dato, el camino; autor, Dios; raz�n, poner a prueba. En la decisi�n libre el hombre se realiza y se manifiesta; Dios, que lo conoc�a por dentro, lo conoce ahora en la ejecuci�n. Dt 8,3 La vida depende no s�lo del alimento, sino m�s a�n de la palabra de Dios, que se pronunciaba como mandato: citado en Mt 4,4 y Lc 4,4. Recu�rdese el don del man� y las normas que regulan su uso (Ex 16). Dt 8,4 Dato legendario. No menciona a Dios como autor, pero est� impl�cito. Dt 8,5 La revelaci�n de Dios es paternal, cari�osa; no te�rica, sino por la experiencia. Ense�ando al pueblo, Dios va revelando un estilo de paternidad. Los libros sapienciales llaman "hijo" al alumno: cfr. Eclo 17,18; 36,17. Dt 8,7 Empieza el gran per�odo, cuya pr�tasis abarca hasta el v. 9 y cuya ap�dosis se divide en un miembro positivo 10, y otro negativo 11-17. Dt 8,7-9 Canto a la tierra, mencionada siete veces. En las dos menciones extremas la tierra es simplemente "buena"; las otras cinco enumeran sus riquezas agr�colas y mineras. No menciona la lluvia (cfr. 11,11-17), porque la tierra se abre en fuentes y veneros. Dt 8,10 He aqu� el movimiento correcto: comer y agradec�rselo a Dios (cfr. Is 62,9). De esta manera el bienestar puede conducir a Dios, encaja en la religiosidad porque se abre a la trascendencia. Dt 8,11 Comienza la ap�dosis negativa. El proceso errado recorre tres etapas psicol�gicas: engreimiento, olvido, arrogancia. Dt 8,12-13 Est� apuntado el ciclo de producci�n y consumo y tambi�n el crecimiento econ�mico; junto a otros bienes, plata y oro representan el dinero, que en tiempo del autor ya se acu�aba; con el dinero, el comercio (Cfr. Sal 62,11; Job 31,24-25; Eclo 8,2). Dt 8,14 El tema del olvido sirve h�bilmente para introducir el recuerdo de la liberaci�n en dos etapas: salida de la esclavitud y camino por el desierto; la entrada en la tierra se incluye ya en el planteamiento del cap�tulo. Dt 8,15-16 El desierto est� transfigurado en el recuerdo como s�ntesis de sed, hambre y animales venenosos; todo superado por la protecci�n divina. Dt 8,17-18 Aqu� culmina la visi�n inmanente, la satisfacci�n terrena del hombre (comp�rese con la pretensi�n de Senaquerib, Is 10,13 o del rey de Tiro Ez 28,4-5). No se niega la funci�n del hombre, "someted la tierra", sino que se reduce a su instancia suprema. El Dios que da la tierra, da las fuerzas para cultivarla; y as�, con la cooperci�n humana, cumple Dios su promesa. Dt 8,19-20 Cierran las maldiciones, con triple menci�n de Yhwh y doble amenaza. Forman en hebreo un juego de palabras los verbos aliterados servir y perecer bd bd." (ALONSO SCH�KEL, Luis, Biblia del Peregrino, Bilbao , Estella (Navarra) 1998, comentario a cita de Dt 8,1-20). El redactor recoge distintas tradiciones y las presenta en forma optimista. As� toda la Palestina ha sido conquistada: "En una sola ofensiva Josu� se apoder� de todos aquellos reyes y sus tierras" (Jos 10,42)3. Esto no hay que entenderlo literalmente. Jerusal�n fue conquistada despu�s por David. Lo importante es que Dios ha dado la tierra de Cana�n a su pueblo. En el interior del pa�s, el principal adversario durante la conquista era el conjunto de ciudades-estados cananeas. Entre ellas la vinculaci�n es a veces bastante d�bil y permite la infiltraci�n. Hab�an dos especies de cerrojos que resistieron hasta los tiempos de David: al sur la franja de Jerusal�n, al norte la llanura de Jezrael. Para entrar en Cana�n los hebreos no fueron autorizados a atravesar Edom ni Moab, tuvieron que dar un largo rodeo para entrar en Cana�n. El relato de Nm 13-144 habla de unos exploradores enviados por Mois�s para reconocer el pa�s de Cana�n. En Jueces 5 est� el cantico de D�bora, muy antiguo, sobre la instalaci�n de un clan en Galaad. 3 La amplificaci�n llega al extremo. Comp�rece con la noticia de Jos 11,18: "Josu� estuvo mucho tiempo haciendo la guerra a todos aquellos reyes". 4"El episodio de los exploradores es decisivo en el camino hacia la tierra prometida. De Egipto al Sina�, del Sina� a la frontera sur de la tierra: �s�lo falta entrar y ocuparla? Es el desenlace l�gico. Pero las viejas tradiciones lo cuentan de otro modo, m�s complicado y dram�tico: el pueblo rehusa entrar y en castigo, comienza un enorme y prolongado rodeo. La historia contin�a, pero el hombre que se resiste a la salvaci�n, difiere el t�rmino...Num 13,1 Comienza el Se�or dando una orden. En la versi�n democratizante de Dt 1 lo propone al pueblo. Num 13,2 Explorar o espiar el territorio enemigo es pr�ctica militar antigua: Jos 6,22; 14,7; Jue 1,23; 18,2; cfr. Gn 42,9. Num 13,3-15 Los doce exploradores representan a todo Israel. La lista no coincide con la de 1,5-16. Num 13,16 El nuevo nombre es compuesto de Yhwh: apunta al futuro cargo. *= Jes�s. Num 13,18-20 La informaci�n requerida concierne a la calidad de la tierra y tambi�n a su situaci�n militar, defensiva y ofensiva. Num 13,21-22 Las fronteras se�aladas tambi�n generalizan para indicar que la entera tierra prometida ha sido explorada. Num 13,23-24 Nota etiol�gica, inventada para explicar el nombre de la localidad o para ligarla a la �poca de la conquista. El racimo gigantesco colgado de una vara y llevado entre dos es el emblema tur�stico del Israel actual. Num 13,27-28 El informa responde a las instrucciones recibidas. Por ahora es neutral y realista: presenta dos caras de la situaci�n. "Mana leche y miel": f�rmula de ascendencia m�tica que se usa en la liturgia; m�s que informe es una profesi�n de fe, como diciendo que se trata realmente de la tierra prometida, en contraste con el desierto. Num 13,30� Este verso supone que el pueblo ha comenzado a protestar; quiz� falte algo en el texto. Num 13,30b-33 Se enfrentan dram�ticamente dos actitudes. La fe, que infunde valent�a y es comunicativa: "podemos" en plural. La falta de fe, que genera cobard�a, "no podemos". De ah�, para justificarse, pasa a desacreditar la tierra (la zorra y las uvas). Y termina en complejo de inferioridad: "parec�amos saltamontes"." (ALONOS SCH�KEL, Luis, Biblia del peregrino, Bilbao, Estella (Navarra) 1998, comentario a cita de Num 13,1 13,33.
2) El libro de Josu�: 2,1) Formaci�n del libro de Josu�: "El libro de Josu� narra la ocupaci�n de la tierra prometida por el pueblo de Israel. Cierra, pues, el ciclo iniciado con las promesas hechas a los patriarcas...De ah� que el libro de Josu� completa el relato del Pentateuco" (COMENTARIO AL ANTIGUO TESTAMENTO, Vol I. La Casa de la Biblia, Madrid 1997, 303. En adelante citado como CAT1). "Por otro lado, la entrada de Israel en Cana�n constituye el pr�logo de la historia de Israel en su propia patria, una historia que...terminar� cuando el destierro de Babilonia ponga fin a esta posesi�n dela tierra que se inicia en el libro de Josu�" (CAT1, 303). "El libro de Josu� ofrece una visi�n muy simplificada de la ocupaci�n de Cana�n: Todo Israel con las doce tribus, perfectamente unido, bajo el caudillaje de Josu�, se apoder� por las armas (con la �nica excepci�n de la tetr�polis de Gaba�n, v�ase Jos 9) de todo el territorio de Cana�n (salvo algunos enclaves que quedaron para la �poca de David). Pero hoy se tiende a ver tras la ocupaci�n de Can�n un proceso mucho m�s complicado. Israel no se hab�a formado a�n como naci�n ni ten�a una unidad pol�tica como para afrontar una guerra de tales dimensiones. Es m�s veros�mil ...la visi�n de la ocupaci�n que nos da Jue 1,1-2,5, donde las tribus hacen sus conquistas por separado.(CAT1, 305).2,2) El mensaje del libro de Josu�: "La idea central del libro la da el redactor deuteronomista. Para un israelita, la posesi�n de la tierra prometida a los padres era el compendio de todos los bienes. Israel no se enter� de todo su valor hasta que la perdi� por la deportaci�n. El redactor deuteronomista se propuso relacionar ese valor de la tierra con el que para �l era el valor supremo: la adhesi�n incondicional al se�or, Dios de Israel. la tierra prometida a los padres es un don del Se�or, que se da con una condici�n: la fidelidad. Si Israel se aparta del Se�or, el mismo Dios que les enreg� la tierra, los expulsar� de ella." (CAT1, 305-306). Para evitarlo, hay que huir de la contaminaci�n de los cananeos...De esta forma, impl�citamente, est� explicado el destierro: Israel cay� en un sincretismo con los cananeos, se mezcl� y se dej� contaminar, y el Se�or lo expuls� de la tierra. "Si Israel sue�a de nuevo con volver a su tierra, lo que ha de hacer es mantenerse fiel al Se�or, no manch�ndose con la idolatr�a entre la que fuerza tiene que vivir" (CAT1, 306). "La ocupaci�n de aquella tierra maravillosa, habitada por multitud de pueblos poderosos, era una empresa superior a Israel. Pero el Se�or se lo hab�a prometido a los antepasados del pueblo, y Dios siempre cumple. Para �l no hay ninguna dificultad, en el paso del Jord�n, ni en la fortaleza de Jeric�, ni en las coaliciones de reyes del sur o del norte. Los israelitas no ten�an nada que temer, mientras que los enemigos eran presa del p�nico antes de luchar." (CAT1, 306).
2,3) Comentario del libro de Josu�: 2,3,1) Jos 1,1-9 Misi�n de Josu�. "La historia de Mois�s acaba en Dt 34 con la muerte del gran caudillo; pero Dios le suscit� un continuador: Josu�...en Jos 1,7 se pide a Josu� que muestre su valor, no para la lucha, sino para ser fiel a lo mandado por Mois�s" (CAT1, 308). 2,3,2) Jos 2,1-24 Los esp�as y Rajab. "Los esp�as no hacen ninguna exploraci�n ni indagan nada. Se echan a dormir. Rajab les informa de que, a la sola noticia de la llegada de Israel, los enemigos son presa del p�nico (Ex 23,27). No hay quien se oponga a un Dios que viene precedido de tales haza�as y muestra ser Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra. Es la �nica informaci�n que dan los esp�as a Josu�: que el Se�or les ha entregado el pa�s y que sus habitantes est�n ya temblando. " (CAT1, 309). Esta mujer, cananea y desviada en su vida, no fue considerada indigna de figurar entre los antepasados de Jesucristo (Mt 1,5). Heb 11,31 la alaba por su fe y Sant 2,25 por sus obras. Los santos padres ven en ella una figura de la Iglesia; y en el cord�n rojo por el que se salv�, la sangre redentora de Cristo" (CAT1, 309)."Rajab, la prostituta, o la osada complicidad: Su figura aparece de pronto...entre dos orillas. Entre muchas orillas. Por una parte la cotidianidad de una ciudad pr�spera y en paz y por otra parte el estruendo de las armas de las tribus que llegan del desierto. Por una parte, la antigua cultura cananea, y por otra la nueva cultura hebrea que un d�a ser� la suya. Por una parte, sus dioses de la fertilidad y las cosechas, y por otra, el Dios invisible que precede a los que caminan por la estepa. Rajab es la ambig�edad y la certeza. Es el pecado convertido en manantial de salvaci�n. Es la creencia del increyente,...la solidaridad de los extra�os. Rajab es la sorpresa. La relativizaci�n de todos los esquemas. El anuncio de un mundo diferente que derriba las barreras...no son lejanos todos los que parecen estar lejos. Rajab es una especie de "evangelio" viviente, anticipado a los tiempo...es un amanecer de promesas. a) La visita de los esp�as:Josu� parece recordar que, all� en su juventud, fue enviado por Mois�s a explorar la tierra a la que se dirigen los pasos de su pueblo. Eran entonces doce los esp�as que subieron desde el desierto de Par�n, uno por cada tribu. Diez de ellos regresaron con palabras de desaliento para el pueblo. S�lo �l y Caleb volvieron animando a sus gentes a proseguir el camino. Y no se limitaron a palabras. Llevaron consigo la prueba de los excelentes frutos de la tierra. Pero el pueblo no crey� en su mensaje de esperanza. Prefer�a un pasado de esclavitud a un futuro de riesgo. Ahora Josu� dirige los pasos de su pueblo. Tambi�n �l env�a esp�as a recorrer las ciudades de Cana�n. Desde las estepas de Sitim (Las Acacias) dos esp�as parten para explorar la ciudad de Jeric�, que se alza, rodeada de palmeras, en la llanura occidental del Jord�n. Los esp�as saben d�nde encontrar buena informaci�n sin despertar demasiadas sospechas. Se dirigen a casa de Rajab, la prostituta, y pasan all� la noche. �Qui�n sabe qu� secreta insatisfacci�n lleva a la mujer a prestar cobijo y atenci�n a los hombres venidos del desierto? Su osad�a puede crearle dificultades. Es acusada de colaboracionismo. Pero encuentra una f�cil disculpa profesional. Atiende a los que llegan sin exigir demasiadas credenciales. Hasta se atreve a dar consejos para que los emisarios reales persigan a los hebreos en su huida (Jos 2,5). Pero no han huido. Ella los ha ocultado astutamente entre los haces de lino que amontona en el terrado. Su decisi�n parece ya tomada. O por compasi�n o por intuici�n de los futuros desarrollos de la historia. Es cierto que el libro de Josu�, m�s que un relato hist�rico, es una reflexi�n religiosa y un canto �pico- sobre la conquista de Cana�n. El asentamiento de los hebreos en la tierra, que una y otra vez reivindicar�n como suya, es cantado como favor milagrosos de Dios y como el fruto de un esfuerzo, igualmente asombroso, de todo el pueblo. Pero he aqu� que, de pronto, esa convicci�n religiosa es puesta en los labios de una extranjera. De una pecadora p�blica, por a�adidura. En su boca las palabras se parecen extra�amente al estilo que recorre el libro del Deuteronomio: "Ya s� que Yahv� os ha dado la tierra, que nos ha invadido vuestro terror y que todos los habitantes de esta regi�n han temblado ante vosotros: porque nos hemos enterado de c�mo Yahv�h sec� las aguas del mar de las Ca�as delante de vosotros a vuestra salida de Egipto, y lo que heb�is hecho con los dos reyes amorreos del otro lado del Jord�n, Sij�n y Og...Al o�rlo ha desfallecido nuestro coraz�n y no se encuentra nadie con aliento para haceros frente, porque Yahv�h vuestro Dios es Dios arriba en los cielos, y abajo en la tierra" (Jos 2,9-11). Evidentemente, nadie ha recogido literalmente sus palabras. Pero la tradici�n se ha gozado en poner en sus labios esta aut�ntica profesi�n de fe. Y eso es importante. Generaciones y generaciones han pensado y repetido que en Rajab est�n representados todos esos hombres y mujeres que, sin pertenecer en la carne al pueblo de Dios, adoran en esp�ritu al Dios del pueblo. b) La conquista de Jeric� : El autor del relato se complace en reunir tradiciones sobre el pacto que hacen los esp�as con su salvadora. Ellos escapar�n a las monta�as y se ocultar�n durante tres d�as. Rajab colgar� de su ventana un cord�n escarlata. Y en el momento de la conquista de Jeric�, que ya se percibe como inevitable, Rajab y su familia ser�n respetados por el ej�rcito de los hebreos. C�mplice en la estrategia, part�cipe de la misma fe que lee los signos de la historia, asociada en la victoria y los destinos del pueblo. "Muramos nosotros en vez de vosotros, con tal de que no divulgu�is nuestra presencia. Cuando Yahv�h nos haya entregado la tierra, te trataremos a ti con bondad y lealtad" (Jos 2,14). He aqu� el pacto de los esp�as. El relato de la toma de Jeric� adquiere los tonos brillantes de una epopeya. Las modernas excavaciones nos desvelan la antig�edad de esta ciudad, tantas veces reedificada. Pero nos ayudan tambi�n a comprender que el relato b�blico es m�s una meditaci�n religiosa que una cr�nica hist�rica. Las tradiciones combinan el rodeo silencioso en torno a las murallas, que culmina con el clamor de guerra del s�ptimo d�a, y la procesi�n del arca al son de las trompetas sagradas. Todo viene a indicar que la conquista de Cana�n se debe m�s a la presencia de Dios que a la fuerza de los guerreros. Pero el relato no olvida la promesa de los esp�as, que Josu� asume como propia. "Los j�venes esp�as fueron e hicieron salir a Rajab, a su padre, a su madre, a sus hermanos y a todos los suyos. Tambi�n hicieron salir a todos los de su familia y los pusieron a salvo fuera del campamento de Israel" (Jos 6,23). La ciudad es entregada al anatema, o al jerem. Por salvaje que parezca este rito del incendio de toda la ciudad, implica un reconocimiento religioso del protagonismo de Dios y su ayuda. Tanto m�s que el recelo a contaminarse con los objetos de los paganos, cuenta la renuncia a todo bot�n y su atribuci�n al Dios que ha otorgado la victoria. Sin embargo, esa especie de holocausto, que parece imprescindible en una guerra santa, tiene tambi�n sus explicaciones. Como �sta. Rajab y su familia son ya un don de Dios. Adelant�ndose a la predicaci�n de los profetas, el pueblo ha percibido que la misericordia vale m�s que los sacrificios y holocaustos. "A Rajab, la meretriz, as� como a la casa de su padre y a todos los suyos, Josu� les conserv� con vida. Ella se qued� hasta el d�a de hoy, por haber escondido a los emisarios que Josu� hab�a enviado a explorar Jeric�" (Jos 6,25). Dos observaciones a�n. El proceder de Josu� evoca todav�a la mentalidad colectiva de su pueblo. Cuando una persona hace el bien, todo su pueblo es solidario, ante Dios y ante los hombres. Cuando un individuo comete un crimen, todo su clan participa en la transgresi�n y, con mucha frecuencia, en el castigo. Tutela educativa y expediente para el mantenimiento del orden, sin duda, pero signo de una mentalidad que privilegia la solidaridad de sus miembros y la participaci�n en el mismo destino. En Rajab y su acogida, toda la familia se hace acreedora el respeto del pueblo hebreo. Pasar�n a�n algunos siglos hasta que la crisis del exilio empiece a subrayar la responsabilidad individual. Y algo m�s. El proceder de Josu� y de su pueblo parecen significar su fe en Dios, adorado como misericordioso y fiel. Compasi�n hacia el extranjero y fidelidad a las promesas no s�lo cualidades de Dios, sino virtudes fundamentales de la �tica del pueblo. c) La memoria de Rajab: Rajab es m�s que un recuerdo en la epopeya del pueblo. La literatura rab�nica la presenta como una pros�lita, modelo de tantos hombres y mujeres en ambientes paganos se han abierto a la voz de Dios. Un instrumento del esp�ritu de Dios que ayuda a desvelar sus designios. Una profetisa, que ser� a su vez madre de sacerdotes y profetas. Para la tradici�n cristiana, Rajab no ha pasado inadvertida. En la genealog�a de Jes�s, san Mateo la ha presentado como abuela de Booz (Mt 1,5). El Mes�as es un don de Dios, ciertamente, pero nace de las ra�ces m�s hondas del pueblo. Con una sencilla pincelada, la teolog�a cristiana vincula al Mes�as Jes�s con el mundo de los paganos y el mundo de la marginaci�n. Salvador de los de fuera y de los pecadores, ha nacido del tronco de Rajab. En su espl�ndido canto de fe, el autor de la carta a los Hebreos, recuerda su figura: "Por la fe se derrumbaron los muros de Jeric�, despu�s de rodeados durante siete d�as. Por la fe, la ramera Rajab no pereci� con los incr�dulos, por haber acogido amistosamente a los exploradores" (Heb 11,30-31). La suya es una fe activa y comprometida,, como recuerda Santiago, completando esa afirmaci�n: "Ya veis c�mo el hombre es justificado por las obras y no por la fe solamente. Del mismo modo Rajab, la ramera, �no qued� justificada por las obras dando hospedaje a los mensajeros y haci�ndolos marchar por otro camino?" (Sant 2,24-25). Su gesto, osado y clarividente a la vez, interesado y prof�tico a la vez, no ha quedado en el olvido. Buscadora de Dios, atisbadora de sus planes, Rajab permanece en la memoria como una par�bola viviente. La que nos revela la presencia de los creyentes m�s all� de las fronteras de la instituci�n. La que nos descubre una comunidad de esperanzas, por encima de las diferencias. Lo que nos orienta hacia una tolerancia y solidaridad que acortan las distancias entre los hombres y los pueblos." (FLECHA, Jos�-Rom�n, Buscadores de Dios. I Entre la ansiedad y la osad�a, Madrid (3) 1997, p 57-62.)2,3,3) Jos 6,1-21 Conquista de Jeric�. "La toma de una ciudad amurallada era pr�cticamente imposible para quienes carec�an de m�quinas de guerra. pero al Se�or no le cost� demolerlas m�s que de lo que hab�a costado el paso del Jord�n. El arca de la alianza que hab�a hecho posible el paso, convirti� el asedio en una procesi�n lit�rgica" (CAT1, 309).
Las tradiciones sobre Jeric� est�n en Jos 2,6; 24,11. Una primera tradici�n narra c�mo pudo ser conquistada esa ciudad gracias a Rajab. Su casa situada sobre las murallas, habr�a sido preservada de la destrucci�n. Otra tradici�n (quiz�s la misma) habla de un combate (Jos 24,11)..Pero la tradici�n m�s importante es la del derrumbamiento de sus murallas bajo el sonido de las trompetas sagradas de Israel (Jos 6)6. En esta tradici�n, no hay combate sino una procesi�n sacerdotal por siete d�as. Es un c�ntico en honor de Dios que da a victoria, un c�ntico comparable a Gen 1 para celebrar durante una semana la creaci�n de Dios. Jeric� es el s�mbolo de todas las potencias que ser�n vencidas por la intervenci�n �nica de Dios.
6Jos 6: "Llegamos quiz� al cap�tulo m�s conocido y pintado del libro, uno de los favoritos para una mirada no cr�tica. Las trompetas que suenan y los muros que se caen bastan para producir una historia inolvidable. Lo malo es cuando uno se pone a leer el cap�tulo con una mirada cr�tica; peor todav�a si, suscitado el problema cr�tico, quiere leerlo como historia de un hecho. Ya hemos dicho que Jeric� en aquella �poca no ten�a murallas ni estaba habitado: �ste es un dato de la arqueolog�a. Por su parte, el an�lisis literario descubre en seguida muchos elementos lit�rgicos en el pasaje; tantos, que la trasposici�n lit�rgica es casi la clave de lectura del pasaje. Algo parecido a lo que suced�a con el paso del Jord�n. Tambi�n aqu� el autor, m�s que narrar un hecho, parece describir una conmemoraci�n festiva. El arca llevada en procesi�n, las vueltas en riguroso silencio, el toque de las trompetas, los siete d�as son datos inconfundibles. Si se trata de una guerra santa, el adjetivo ha devorado al sustantivo. La versi�n lit�rgica exalta el sentido teol�gico del hecho, que Josu� comenta. No son los hombres quienes luchan y vencen, sino el Se�or presente en el arca. Suya es la ciudad enemiga y los que la habitan, suyos los tiempos, �l da consistencia a las piedras y derrumba las murallas. Al pueblo le toca obedecer, seguir, esperar y ser testigo del hecho maravilloso; m�s tarde le tocar� contarlo y celebrarlo. El texto es una celebraci�n. Si el hecho no sucedi� en Jeric�, ni sucedi� en tales t�rminos, s� es cierto que el Se�or venci� al enemigo y entreg� la tierra a su pueblo. Le�do el cap�tulo en esta clave po�tica puede recobrar su sugesti�n incluso para una mente cr�tica. El car�cter lit�rgico del cap�tulo ha facilitado la lectura simb�lica de los padres y autores medievales, que han visto en los muros de Jeric� las fuerzas del mal o los poderes del mundo; en las trompetas, la predicaci�n apost�lica; en las siete vueltas, diversas eras de la historia, con otros muchos detalles curiosos. (ALONSO SCH�KEL, Luis, Biblia del Peregrino, Nota a cita de Jos 6,1)
2,3,4) Jos 13-21 Reparto del pa�s entre las tribus. "Estos cap�tulos, conocidos como la "secci�n geogr�fica" del libro de Josu�, son atribuidos a la escuela sacerdotal, o sea representar�an el �ltimo estrato del libro" (CAT1, 309). Sobre Palestina central, el libro de Josu� tiene 12 cap�tulos, narrando lo relacionado con el territorio de Benjam�n y su santuario de Guilgal. Las doce tribus: Las doce tribus se refieren a los 12 hijos de Jacob. De L�a habr�a tenido a :Rub�n, Sime�n, Lev� y Jud�. Luego a Isacar y Zabul�n De Raquel tuvo a Jos� y luego a Benjam�n. De la esclava de L�a, Zilp�, habr�a tenido a Gad y Aser. De la esclava de Raquel, Bilha, a Dan y Neftal�. Sin embargo la cifra de 12 permaneci� cuando la tribu de Jos� se dividi� en dos grupos: de Efra�n y Manas�s. Las 12 tribus y su ubicaci�n: Gad (este) Aser (norte) Dan (al sur, despu�s al norte) Neftal� (Norte) Rub�n (este, repartido) Sime�n (al medio y repartido) Levi (sin tierra, dedicado al culto) Juda (al sur) Isacar (Norte) Sabul�n (Norte) Jos�: (al medio) Efra�n Manases Benjam�n (sur) 2,3,5) Jos 21,43-45 Conclusi�n del reparto. Tras el gran par�ntesis del reparto de la tierra, se vuelve a la idea fundamental del libro: el Se�or hab�a prometido con juramento a los patriarcas darles la tierra de Cana�n, y lo cumpli�. La ocupaci�n no fue una conquista de Israel, sino un don del Se�or, que puso a los enemigos en las manos de Israel, y les concedi�, tras la guerra, la posesi�n pac�fica del pa�s" (CAT1, 328). 2,3,6) Jos 23,1-16 Discurso de despedida de Josu�. Josu�, muy viejo ya, ve conclu�da su misi�n. El Se�or ha concedido a Isarel el descanso y la paz. Josu� congrega a todo el pueblo y pronuncia ante �l su testamento espiritual, en el que interpreta el pasado y da la clave para el futuro de Israel. No se dice d�nde, ni importa... Los israelitas no deben gloriarse de la conquista de la tierra: ha sido el Se�or el que ha combatido por ellos y les ha dado la victoria" (Cat1, 329-330). 2,3,7) Jos 24,1-28 Asamblea de Siqu�n. Despu�s de su testamento espiritual (Jos 23)...Josu� re�ne a todas las tribus en Siqu�n, ante Dios, es decir, en el santuario.Habla como los profetas: As� dice el Se�or, Dios de Israel" (CAT1, 330). Resume las narraciones del G�nesis...y "sigue un resumen dela historia de salvaci�n, que ha solido ser considerado como uno de los modelos del "credo hist�rico"...La expresi�n esto no se lo debes a tu espada ni a tu arco (Jos 24,12) es un buen resumen de la teolog�a del don de la tierra... Recordada la historia, saca la consecuencia para el presente y el futuro: Temed al Se�or y servidle con fidelidad, lo que supone la retirada de los dioses... Josu� busac un compromiso...hay que elegir entre servir al Se�or, con todoas las consecuencias, o servir a los dioses locales...Josu� y su familia ya han optado por el Se�or. La respuesta es la esperada: el compromiso de servir, no a ning�n otro Dios, sino al Se�or, porque �l es nuestro Dios. No pueden ser infieles a quien ha hecho tanto por ellos" (Cat1, 330-331). "Algunos autores defienden que, antes de la monarqu�a, las tribus de Israel formaban una especie de federaci�n de doce tribus o "anfiction�a". En Grecia y en el sur de Italia exist�an "anfiction�as" de doce ciudades en torno a un santuario central, de cuyo cuidado y mantenimiento se encargaban por turno. Se supone que en el Israel primitivo ocurr�a algo parecido. Las doce tribus se reun�an anualmente en torno al santuario central donde estaba el arca del Se�or. Y la asamblea de Siquem ser�a precisamente el momento en que se cerr�, entre grupos hasta entonces heterog�neos y amorfos, el compromiso constituyente de la anfiction�a: despu�s de ese momento y s�lo desde �l se pod�a hablar de "Israel" (CAT1, 331). Fue en Siqu�n donde se renov� la alianza del Sina�. Josu� les dice: "Escoged hoy a qui�n quer�is servir". Se constituye una liga entre las tribus, aunque la uni�n no se llev� a cabo de una sola vez. Estas tribus, 12 seg�n la cifra simb�lica se re�nen en torno a una ley cultual. No existe v�nculo pol�tico ni econ�mico. Cada tribu tiene su propia historia. Habr� santuarios, pero variar�n con el tiempo y las circunstancias: la tienda en el desierto, Guilgal con sus 12 piedras levantadas, Siqu�n Betel, m�s tarde Silo. La idea de "todo Israel" reuni�ndose en un solo santuario, tal como lo presenta Jos 24, s�lo se realiza m�s tarde con Salom�n, y sobre todo cuando Jos�as con su reforma suprima centralice el culto en Jerusal�n.
VIII) TEOLOG�A SOBRE LOS PRIMEROS TIEMPOS7 La historia primitiva de Israel se divide en varios documentos importantes, los cuales presentan a menudo una notable diferencia de pormenores. El m�s antiguo es el yahvista (J); proviene de los primeros tiempos de la monarqu�a y narra los sucesos anteriores a la entrada de Cana�n, a una distancia de al menos 300 a�os (vR1, 25). Dada las relaciones entre el Pentateuco y los libros b�blicos que siguen, se habla tambi�n del "Hexateuco", obra de seis libros que incluir�a Josu� y el comienzo de Jueces (BJ, 8). En el Hexateuco no se encuentra de ning�n modo la verdadera sucesi�n hist�rica de los acontecimientos sino tan s�lo ideas y concepciones de tradiciones anteriores, que provienen de ambientes muy distintos...Nos hallamos frente a una gran variedad de tradiciones sagradas cada una de las cuales exige un examen particular para llegar al n�cleo hist�rico de la narraci�n. (vR1,26) Existir�a una compilaci�n de cuatro documentos, distintos por la fecha y el ambiente de origen, pero muy posteriores todos ellos a Mois�s. Habr�an existido primero dos obras narrativas: el Yahvista (J), que desde el relato de la Creaci�n usa el nombre de Yahveh, bajo el cual se revel� Dios a Mois�s, y el Elohista (E), que designa a Dios con el nombre de Elohim; el J habr�a sido puesto por escrito en el siglo IX en Jud�, el E algo m�s tarde en Israel; a ra�z de la Ruina del Reino del Norte, ambos documentos habr�an sido refundidos en uno solo (JE); despu�s de Jos�as, se le habr�a a�adido el Deuteronomio (D) (JED); despu�s del Destierro el C�digo sacerdotal (P), que conten�a sobre todo leyes y algunos relatos, habr�a sido unido a aquella recopilaci�n a la que sirvi� de marco y armaz�n (JEDP) (BJ, 6) . Se cre�a que el cuadro general, es decir: �poca patriarcal, esclavitud de Egipto, �xodo, revelaci�n sina�tica, marcha por el desierto y conquista del pa�s, nos procuraba una indicaci�n bastante fidedigna sobre la sucesi�n hist�rica de los acontecimientos. En cambio, la situaci�n cambia por completo si tomamos en serio el hecho de que el mismo decurso de los hechos principales responde a un esquema can�nico de tipo cultual (vR1,28). Esto no significa de ning�n modo que los hechos contenidos en dicho esquema no sean hist�ricos. Israel orden� los acontecimientos en una profesi�n de fe c�ltica, que los generaliza y simplifica convirti�ndolos en sucesos t�picos. Como veremos m�s tarde, la situaci�n vital (Sitz im leben) de la tradici�n sina�tica m�s antigua era, con mucha probabilidad, una de las grandes festividades lit�rgicas (vR,28). Seg�n Ex 1,6s., el pueblo israelita nace en Egipto y de all� parte como una unidad compacta hacia los sucesos ya conocidos que le conducir�n a Cana�n. Pero la investigaci�n hist�rica ha demostrado que "Israel" es el nombre de la confederaci�n sagrada de tribus, que se constituy� por primera vez despu�s del ingreso en Palestina. Por el momento no se puede demostrar hist�ricamente la existencia de un "pueblo de Israel" antes de esta �poca. En este caso, la imagen del "pueblo israelita" en Egipto, en el Sina�, en el desierto, proviene del anacronismo comprensible de una �poca posterior, cuando ya se hab�a olvidado que en aquel entonces no exist�a ning�n Israel, sino s�lo tribus y asociaciones tribales, las cuales entraron m�s tarde a formar parte de Israel y al fin quedaron absorbidas en �l. (vR1,29). A diferencia de los t�picos beduinos, que son n�madas propietarios de camellos, estas tribus -hasta donde llegan nuestras noticias- viv�an como n�madas dedicadas al cuidado del ganado menor; eran gente pac�fica, plantaban sus tiendas en las estepas donde sus animales hallaban pastos en invierno; y poco a poco fueron dedic�ndose a un modesto cultivo de las tierras (G�n 26,12). En verano se adentraban en los campos reci�n cosechados de la regi�n agr�cola en busca de pastos (vR1, 29). En cuanto a los lazos religiosos y cultuales de esos antepasados pre-mosaicos de Israel, se puede decir que no eran desde un principio adoradores de Yahv�h; la revelaci�n de Yahveh tuvo lugar en un momento preciso de su existencia y de ello se conservaron algunos recuerdos en Ex 3,1s.; 6,1s. (vR1,29). 7 Extractos tomados de: G. von Rad, Teolog�a del Antiguo Testamento,Vol 1, Ed S�gueme, Salamanca (3) 1975: vR1, y de la Biblia de Jerusal�n (Introducciones): BJ.Las narraciones del G�nesis hablan con frecuencia del "dios de tu padre Abraham" (G�n 26,24; 28,13; 32,10)...En un fuerte contraste con todo cuanto sabemos acerca de los cultos cananeos, el culto de los "dioses paternos" no est� ligado a un lugar fijo, todo lo contrario, su distintivo primordial es su relaci�n constante con un clan determinado y con su destino. (vR1,30).No debemos menospreciar la herencia que contiene este culto patriarcal anterior al yahvismo ni su funci�n dentro de la futura religi�n yahvista. La futura creencia en una elecci�n divina se halla ciertamente impl�cita en ella. Abraham, Isaac y Jacob eran los hombres que por primera vez recibieron la revelaci�n de una divinidad, la cual se compromet�a a protegerlos y guiarlos, y les promet�a una porci�n de las tierra de cultivo y numerosa posteridad....Probablemente la antiqu�sima narraci�n de la revelaci�n de Dios a Abraham en G�n 15,7s. pas�, con pocas modificaciones, de �sta �poca primitiva al ciclo posterior de las sagas del yahvista. (vR1,31).La historia pol�tica de los antepasados de Israel anteriores al per�odo palestino no se puede reconstruir ni siquiera en sus l�neas generales. Dos8 lugares resaltan en la impenetrable oscuridad de la prehistoria israeelita: el monte Sina� y el mar Rojo. (vR1,31) .1. Desde tiempos inmemoriales se mantuvo vivo en Israel el recuerdo del Sina� como el centro de una especial revelaci�n de Yahv�...Mois�s encontr� esta monta�a santa durante su permanencia en casa de su suegro madianita (Ex 3,1s.). Cuando Dios aparece en su monta�a tiemblan las tiendas de Cus�n, las lomas de Madi�n (Hab 3,7); de aqu� se deduce que el Sina� se hallaba en el territorio de los madianitas. Estos eran n�madas propietarios de camellos, es decir, beduinos. Se trata de unos territorios muy extensos, pol�ticamente indefinidos. (vR1, 32).La visita al Sina� fue breve, pero las experiencias que esas tribus vivieron en este lugar, tuvieron una importancia incalculable para el futuro Israel. Aqu� Yahveh se revel� a s� mismo como su dios promulgando su ley, les uni� a s� con un lazo del cual no podr�n desligarse en el futuro y con �l se unir�n tambi�n a sus tribus hermanas. M�s tarde, cuando Israel se haya instalado en el pa�s, celebrar� este acontecimiento con una fiesta lit�rgica. (vR1, 33).2.Las alabanzas que el futuro Israel dedic� a la liberaci�n de Egipto y al prodigio del mar Rojo superan en la riqueza de sus modulaciones todas las alabanzas que dedic� a las restantes acciones divinas. Es indudable que algunos grupos de las futuras tribus de Israel entraron en la zona del delta. Quiz�s llegaron all� obligados por la necesidad de hallar pastos para su ganado, pero m�s tarde, por ser el sector menos priviligiado de la poblaci�n, fueron sometidos a trabajos forzados en las grandes construcciones. Intentaron sustraerse a su condici�n y quiz�s se dieron a la fuga (Ex 14,5). Los egipcios los persiguieron, pero el regimiento de caballer�a que los persegu�a pereci� ahogado cuando atravesaba un mar. En este conjunto de acontecimientos insignificantes para la historia profana de la humanidad, quienes hab�an sido salvados vivieron una experiencia que trascend�a el destino individual de los interesados. De este modo la liberaci�n de Egipto y el paso del mar Rojo, entraron en la profesi�n de fe de Israel, m�s a�n, se convirtieron de hecho en el credo primitivo de este pueblo, en torno al cual fue creciendo la historia entera del Hexateuco. (vR1,36).8En V. Rad se agrega un tercer lugar que es el oasis de Cades. El lector encuentra la persona de Mois�s en casi todas las narraciones que van desde la permanencia del pueblo en Egipto hasta su llegada a la regi�n oriental del Jord�n. Mois�s es el hombre elegido por Dios, saca Israel de Egipto, es el mediador de la revelaci�n en el Sina� y conduce el pueblo en todos los momentos dif�ciles de su viaje hasta las estepas del Moab. Nunca se apreciar� suficientemente el impulso coordinador que deriva de este personaje para la comprensi�n de los relatos menores. Si el lector no tropezara a cada paso con el famoso caudillo, el hombre de Dios, el guerrero, etc., la conexi�n narrativa de los documentos se desintegrar�a ante sus ojos en una serie de epiodios bastante incoherentes. (vR1,37).
IX) LA CRISIS PROVOCADA POR LA CONQUISTA DE CANAAN9 Es indudable que cuando las tribus penetraron en el pa�s agr�cola tra�an consigo un rico caudal de tradiciones. A diferencia de otros pueblos que pasaron tambi�n de la vida n�mada a la sedentaria, Israel cuid� con mucho respeto sus tradiciones primitivas incluso despu�s de haberse convertido en pueblo sedentario. Pero como estas tradiciones de la �poca n�mada se mezclaron indisolublemente con las ideas de la religi�n agr�cola cananea y por otra parte fueron refundidas una y otra vez por las generaciones sucesivas, resulta imposible liberarlas de todas estas complicaciones posteriores para reconstruir su significado primitivo. (vR1,39). El relato de "la asamblea de Siquem" (Jos 24) da a entender que en una hora dram�tica la casa de Jos�, por boca de su representante Josu�, apremi� a las otras tribus a tomar una decisi�n en pro o en contra de Yahv�h...La alianza trabial instituida en Siquem no ten�a directamente una funci�n pol�tica. Era una confederaci�n de car�cter religioso, es decir: asociaba a las tribus en el culto al dios Yahv�h y en el cuidado de un mismo santuario. Bajo el punto de vista pol�tico, las tribus segu�an abandonadas a su propia suerte y deb�n preocuparse de s� mismas y de su espacio vital. (vR1,41). Las peregrinaciones regulares de los miembros de la anfiction�a (confederaci�n, asamblea; como tarea busque una definici�n de "anfiction�a") al santuario com�n donde se hallaba el arca, jugaron un papel decisivo en favor de una verdadera uni�n de las tribus. Estas romer�as, en especial la organizada para la gran fiesta de oto�o, junto con los sacrificios y el compromiso de la alianza, constitu�an los momentos culminantes de la vida de la confederaci�n tribalo. Parece cierto que su contenido principal consist�a en un compromiso solemne de observar las leyes de Yahveh que ten�a el car�cter de una renovaci�n peri�dica de la alianza. (vR1,42). 9 De V. Rad.De esta manera, pues, Yahv�h se convirti� en el "Dios de Israel"10. La uni�n de las tribus bajo la confesi�n de Yahveh no pudo conducir desde un primer momento a la unificaci�n religiosa perfecta. Al contrario, en los primeros tiempos, la situaci�n debi� ser muy compleja, pues aquellos a quienes Josu� puso tan violentamente frente a la alternativa "culto a Yahv�h", o "culto a los �dolos", pose�an ya una antigua tradici�n cultual. Baste pensar en la veneraci�n de los "dioses paternos", culto que sin duda hab�a ido cambiando de forma y contenido. Era adem�s inevitable que las tribus ya instaladas en el pa�s entraran en contacto con algunos de los santuarios cananeos m�s famosos. Tambi�n �stos eran centros de peregrinaci�n a donde aflu�an grandes muchedumbres en los d�as de las festividades principales. Junto a las celebraciones cultuales, estas fiestas ofrec�an a los oriundos de los pa�ses m�s lejanos la feliz oportunidad de organizar mercados anuales; se vend�a y compraba, se solicitaba la mano de la futura esposa o se celebraban los esponsales y se resolv�an los litigios. La fiesta se convert�a en una feria. (vR1, 44). Las figuras de Abraham, Iaac y Jacob se entrelazaron autom�ticamente con las leyendas cultuales de origen cananeo. As�, por ejemplo, los adoradores del dios de Abraham que pertenec�an a las tribus de L�a, entraron en la regi�n donde se encontraba el santuario del �rbol de Mambr� y se apropiaron la leyenda cultual de este lugar sagrado, relacionando la visita de los tres personajes divinos con su primer antepasado Abraham (G�n 18). (vR1,45).Nunca llegaremos a imaginar la vitalidad y el colorido de la vida cultual de aquella �poca, cuando las tribus viv�an con una autonom�a casi absoluta. Si bien todas ellas adoraban a Yahv�h y se hab�an comprometido a cuidar su santuario; todav�a quedaba un largo camino por recorrer hasta que la fe yahvista las penetrara por completo y constituyera la base de su unidad. S�, todo el pueblo de Israel se dirig�a cada a�o en peregrinaci�n al santuario central donde un sacerdote yahvista velaba por la pureza de las tradiciones, pero ese Yahv�h que ten�a su trono sobre el arca, ten�a, al principio, una importancia insignificante en la vida cotidiana del campesino israelita. (vR1,45). Los cultos cananeos, como era l�cito esperar de una poblaci�n campesina, eran cultos de fecundidad: Baal era el propietario de una colina, oasis o de otro lugar cualquiera; Baal ten�a con la tierra una relaci�n de matrimonio sagrado ( ieroz gamoz ); �l es la potencia generativa m�stica que fecunda la tierra con el esperma de la lluvia. Los hombres participaban de su poder bienhechos penetrando en su misterio e imit�ndolo. La prostituci�n cultual era una caracter�stica esencial de esta religiosidad; en los santuarios viv�an prostitutas sagradas (1 Re 15,12; 2 Re 23,7; Dt 23,18) y los objetos caracter�sticos del culto cananeo eran las estelas, culumnas de piedra mal talladas (G�n 28,18; Ex 23,24; Dt 16,22) y postes llamados "aser�s" (Jue 6,25; Dt 16,21), ambos quiz� s�mbolos f�licos. Junto a Baal estaba Astart�, la diosa de la fecundidad por ontonomasia. Un culto impotardo de Babilonia y Siria ya en los primeros tiempos era el del dios Dag�n, otra divinidad de la vegetaci�n (1 Sam 5,2 s.) (vR1,47).10La f�rmula "Yahv�h, el dios de Israel", tan frecuente en el AT, se halla estrechamente ligada al arca y proviene de Siquem. El encuentro de la religi�n yahvista con un ambiente cultual tan diverso como el cananeo se realiz� con gran naturalidad; fue el resultado del contacto frecuente de muchos grupos hebreos con los santuarios cananeos. Se habla a veces de un proceso de cananeizaci�n de la religi�n yahvista. No debemos pues suponer -al menos en los primeros contactos- que el yahvismo hubiera ayudado a sus fieles con alg�n g�nero de instrucciones o normas pr�cticas. El culto yahvista necesitaba primero tomar conciencia de su originalidad con relaci�n a los otros cultos y ello requer�a su tiempo. La rapidez en el proceso de cananeizaci�n de la religi�n yahvista fue diversa en cada regi�n; mucho m�s r�pido en el norte que en el sur jud�o; en cambio en la tribu de Efraim fue m�s lento que en la de Manas�s por vivir �sta en una simbiosis m�s estrecha con las ciudades cananeas y sus santuarios. (vR1,48).El yahvismo asimil� profundamente las concepciones cananeas. Por esto pudo concebir a Yahv�h como el dios del cielo, sentado sobre su trono, rodeado de seres divinos y en solemne consejo con �stos (1 Re 22,19s.; Is 6,3, s., 8; Sal 82), a semejanza del dios ugar�tico El, padre de los dioses y "de los a�os" que reinaba desde su trono sobre el pante�n. De este modo, la imagen m�s popular de Yahv�h en Israel: "Yahv�h, rey del cielo", suplant� la tradici�n m�s antigua del Yahv�h que viene del Sina� (Jue 5,4s.; Dt 33,2). El yahvismo no habr� podido asimilar esta antigua concepci�n cananea si no hubiera comenzado en seguida un proceso de desmitificaci�n. Los dioses se convirtieron en ministros celestiales de Yahv�h. La adopci�n de ep�tetos divinos puramente cananeos nos muestra hasta qu� punto lleg� la asimilaci�n de las concepciones cananeas. Seg�n Num 24,8. Yahv�h tiene "cuernos como el b�falo"; ahora bien, la corona de cuernos era el atributo de una divinidad que Israel no pudo conocer antes de entrar en Cana�n. (vR1, 49).El yahvismo tom� muchas pr�cticas del culto canananeo, en particular los sacrificios y sus ritos...M�s tarde, en el �mbito de la teolog�a deuteron�mica, Israel consider� la aceptaci�n o el simple uso de las pr�cticas del culto cananeo como la mayor apostas�a de Yahv�h...Pero al principio esta adaptaci�n a formas cultuales extranjeras obedec�a a la apremiente necesidad de la supervivencia...muchas concepciones cananeas le fueron de gran utilidad puesto que pod�a fluir en su molde y tomar una forma nueva. (vR1, 50). Es lo que hoy llamamos inculturizar la fe, es decir inculturizra la fe yahvista en la cultura cananea.Notemos, por ejemplo, el caso m�s significativo: el yahvismo no ten�a en su origen ninguna relaci�n particular con las tierras de cultivo, el fen�meno de la tierra f�rtil...Las tierras de cultivo era para los antiguos un sanctum (algo sagrado). Se ten�a miedo del misterio tel�rico: arar la tierra y utilizar sus energ�as era una osad�a; por eso extra�os ritos proteg�an el cultivo del campo; m�s a�n, se atribu�a a una revelaci�n especial el conocimiento de su poder bienhechor y los medios para disfrutarlo. �Qu� pod�a responder la religi�n yahvista a esta cuesti�n vital para los antiguos campesinos? No pod�a callar ni permanecer indiferente, deb�a investigar y preguntarse si Yahv�h se mostrar�a tambi�n en este sector como el se�or y dador de todo bien. Y Yahv�h no se qued� mudo: "El campo es m�o, vosotros sois s�lo advenedizos y colonos de mi casa" (Lev 25,23). Esta frase refleja de modo especial como Israel conceb�a sus relaciones con la tierra. Mientras los pueblos vecinos, por lo que sabemos, acent�an su ser aut�ctono, pues para ellos la posesi�n de la tierra era un dato religioso primordial, Israel en cambio no olvid� jam�s que Yahv�h le hab�a conducido al pa�s y le hab�a concedido la posesi�n de la tierra. Este avance continuo de Yahv�h, esta invasi�n de sectores y �mbitos ajenos a su dominio, este apropiarse y transformar concepciones cultuales de otros c�rculos religiosos muy diferentes, es sin lugar a dudas, el rasgo m�s apasionante de la historia del yahvismo primitivo. Es f�cil imaginar que cada batalla con el culto a Baal era, para la comunidad yahvista, un duelo de vida o muerte. (vR1, 50-51).El proceso comenz� cuando el primer grupo yahvista pis� el suelo f�rtil de Palestina, pues desde el primer momento el culto de Yahv�h se mostr� exclusivista y no toler� la coexistencia pac�fica de otros cultos. De hecho no se puede concebir un culto yahvista desprovisto del primer mandamiento. Sin embargo, esta intolerancia cultual no se convirti� en una negaci�n directa de la existencia de otros dioses, hasta una fecha muy posterior (la prueba patente es Isa�as II). En estos primeros a�os ante todo la incompatibilidad del culto de Yahv�h, el dios de Israel, con el de las restantes divinidades. Pues bien, nosotros no conocemos otro fen�meno an�logo de intolerencia cultual; es un caso �nico en la historia de las religiones. La misma historia del culto yahvista nos ense�a que, con el correr de los siglos, esta intolerancia no se conform� nunca con una separaci�n pac�fica de los diversos grupos cultuales. Desde el principio pose�a un car�cter muy agresivo que negaba cada d�a con mayor intensidad la legitimidad de los cultos extranjeros. El rito de abjuraci�n celebrado en Siquem al comenzar una peregrinaci�n, nos permite echar una mirada interesante en el funcionamiento pr�ctico de esta intolerancia (G�n 35,2s.; Jos 24,23). En primer lugar se intimaba a todos los participantes en la peregrinaci�n a separarse en forma solemne de todo cuanto les un�a a otros cultos, fueran las im�genes de los �dolos -por ej. las numerosas estatuillas de Astart� descubiertas en las excavaciones- u otros objetos de culto. Al menos en este caso podemos observar las medidas pr�cticas adoptadas por el yahvismo para defenderse de los cultos extranjeros y salvaguardar su propia existencia. En la mayor�a de los casos hemos de contentarnos con registrar los resultados de un incesante forcejeo con los cultos extra�os. As�, las interminables listas de animales inmundos (Lev 11; Dt 14) presuponen largos y tenaces combates contra los ritos extranjeros. Seg�n parece, estos cat�logos quieren quitar todo valor sagrado a ciertos animales que en otros lugares pose�an alg�n significado positivo para el culto. (vR1,52).Es de suponer que estas decisiones generales sobre un animal s�lo pod�an nacer y consolidarse lentamente a trav�s de numerosas decisiones y juicios particulares de los sacerdotes de otros tantos santuarios hasta llegar a constituir un tesoro com�n "del" yahvismo. Por ello, si �ste era el proceso ordinario para proscribir un solo animal, �qu� largo debi� ser el camino hasta reunir en un cat�logo las decisiones sobre muchos animales, decisiones que a su vez hab�an pasado a ser propiedad com�n de toda la relig�n yahvista! La prohibici�n de cocer el cabrito en la leche de su madre (Ex23,19; 34,26) quiere evitar el influjo m�gico de la leche, como lo indican los textos de Ras-Samra. La lecha no es sagrada, es creaci�n. La historificaci�n de las antiguas fiestas agr�colas, es decir, su enraizamiento en la historia salv�fica, es el resultado de una asimilaci�n positiva de las mismas. Se historifican las antiguas fiestas agr�colas que eran c�clicas. Aqu�, en el secreto m�s �ntimo, se llev� a cabo el proceso de una profunda desmitizaci�n gracias al cual la religi�n yahvista asimil� ideas y costumbres de los ambientes cultuales m�s diversos, pero d�ndoles un sentido nuevo. Sin embargo, lo m�s sorprendente es la firme y tenaz resistencia del yahvismo frente a la mitizaci�n de la sexualidad. Con su mentalidad m�tica, los cultos cananeos consideraban el acto sexual y la procreaci�n como acontecimientos divinos. Por esto la atm�sfera religiosa se hallaba saturada de relatos m�tico-sexuales. No obstante, Israel no tom� parte en esta "divinizaci�n" de la sexualidad. Yahv�h estaba por encima de la polaridad sexual y esto significaba que Israel no pod�a comprender ni aceptar lo sexual como un misterio sagrado. Lo exclu�a del culto porque era un fen�meno del mundo creado. (vR1,53-54).La luna y los astros son considerados craci�n en la concepci�n yahvista, no son divinas. El "libro de la alianza", el corpus jur�dico m�s antiguo de Israel (Ex 21-23), nos muestra la rapidez con que se adapt� Israel a las nuevas condiciones de vida (pues proviene del per�odo intermedio entre la conquista de Canaan y la creaci�n del estado). Esto fue posible porque los israelitas s�lo deb�an acoger una legislaci�n ya vigente y conforme con la situaci�n cultural de Cana�n. Alguien ha visto, con raz�n, en la primera parte del "libro de la alianza", donde predominan las leyes en estilo condicional, un c�digo ciudadano que Israel tom� de los cananeos. Contiene asuntos en su mayor�a profanos: leyes sobre deudas, fianzas, indemnizaciones, dep�sitos, embargos, la venganza de sangre, el derecho de asilo, etc., en una palabra, todo cuanto debat�an los tribunales "en la puerta de la ciudad"... Pero al comparar las semejanzas y diferencias... conviene examinar con mucho cuidado las condiciones sociol�gicas y jur�dicas donde se sit�an ambas legislaciones; as� resulta a menudo que, en el fondo, ciertas leyes no pueden compararse entre s�, a pesar de tener una gran semejanza de forma y de contenido. Como es sabido, el antiguo derecho israelita se distingue del c�digo de Hamurabi porque concede mayor espacio a la venganza privada, en especial a la venganza de sangre. Pero conviene notar que en el c�digo de Hamurabi la administraci�n del derecho y de la justicia penal se encuentran incomparablemente m�s centralizadas, mientras en Israel faltaba esta instancia que quitaba al individuo la facultad de vengar un crimen por su propia cuenta. Por esta raz�n, en ciertos casos la venganza de sangre era en Israel una instituci�n leg�tima para contener la violencia; en otras circunstancias el "libro de la alianza" exige que el castigo venga de la autoridad p�blica. M�s tarde, la creciente influencia del estado en la vida social comport� en Israel, como en los dem�s pa�ses, la disminuci�n progresiva de la venganza de sangre.Pero una caracter�stica de Israel es que, a�n en �pocas tard�as, ser� incapaz de reconocer al estado como el tutor de las instituciones jur�dicas, pues evidentemente no estaba dispuesto a excluir el derecho de la inmediata competencia de Yahv�h. (vR1,58).Los exponentes de este derecho eran los ancianos de la comunidad local; pero existen muchas razones para suponer que ya despu�s de la sedentarizaci�n, Israel, conoc�a una instituci�n superior encargada de velar por la salvaguardia, el ejercicio y la proclamaci�n del derecho: "los jueces de Israel". Las listas de los "jueces menores" (Jue 10,1-5;12,7-15) nos presentan una sucesi�n de hombres de las tribus m�s diversas, que "juzgaron" a Israel en per�odos consecutivos. Este cargo era muy distinto de la funci�n de los caudillos carism�ticos, es decir, los "jueces meyores" y podr�a concebirse como el de un jurisconsulto, una instancia a la cual se recurr�a en busca de consejo. El juez recorr�a el pa�s administrando la justicia en las asambleas y sobre todo velaba por la continuidad de la tradici�n jur�dica. Es el caso de D�bora que se hab�a instalado entre Rama y Betel y a la cual acud�an los israelitas para componer sus litigios (Jue 4,4s.). Finalmente la figura de Samuel que a�o tras a�o hace el recorrido entre Betel, Guilgal y Mizpa para administrar all� la justicia (1 Sam7,15s.) nos ofrece con toda probabiliadad la verdadera imagen del Samuel hist�rico, un jurisperito, sobre el cual la tradici�n posterior acumunl� toda clase de oficios imaginables (profeta, juez, levita). Seg�n el testimonio de Miq 4,14 y Dt 17,8s., esta instituci�n perduraba incluso despu�s de la constituci�n del estado. Tomada en parte de los cananeos, esta legislaci�n no pose�a para Israel un car�cter meramente profano; para �l todo derecho proven�a de Dios...(vR1,59-60). En el per�odo anterior a la monarqu�a nos encontramos con un pueblo incapaz de comprender el mundo si no es con categor�as sagradas, es decir a partir de leyes e instituciones sagradas que proven�an del culto y se manten�an en vigor en virtud de los ritos...La transgresi�n voluntaria de este orden sacro suscitaba en aquellos tiempos el terror propio de una profanaci�n cultual. Israel no volvi� a experimentar con igual intensidad un sentimiento tan primordial. Frente a este apego tan primitivo al mundo objetivo del culto y de los rito, sorprende la importancia siempre decreciente de la magia en el culto israelita. Esta ausencia de lo m�gico coloca ya al antiguo Israel en una posici�n singular entre todos los fen�menos religiosos del antiguo oriente... la mentalidad m�gica es una forma primitiva de concebir el mundo... se caracteriza por su modo realista de concebir las fuerzas naturales y la posibilidad de transmitirlas o dirigirlas mediante seres vivos e incluso por la mediaci�n de objetos "inertes". (vR1,60-61). Brevemente podemos decir: no a la magia, s� a la fuerza de la palabra de Dios.La religi�n yahvista puso l�mites a la magia y a su competencia; es un caso �nico en la historia de las religiones. La intensidad con la que Yahv�h se manifestaba en todo lugar como una voluntad personal, era sencillamente irreconciliable con el automatismo impersonal de las fuerzas m�gicas. Nadie pod�a alcanzar a Yahv�h con la ayuda de influencias m�gicas o defenderse de �l con invocaciones hechiceras, ni era posible conseguir, mediante un secuestro arbitrario de su potencia, efectos que no provienen de �l de la manera m�s inmediata y personal. Por esto mismo, Israel comenz� muy pronto a liberar sus concepciones jur�dicas de todo elemento m�gico y no tard� en sustituir la idea m�gica de la culpa o los efectos m�gicos del derecho de asilo, por conceptos bien claros sobre la responsabilidad moral del individuo (vR1,62). |