“KRAUSISTAS Y NEOCATÓLICOS ANTE LA EDUCACIÓN CLÁSICA Y EL HUMANISMO RENACENTISTA LATINO: VISIONES DIVERGENTES SOBRE ALFREDO ADOLFO CAMÚS” (i)

FRANCISCO GARCÍA JURADO
UNIVERSIDAD COMPLUTENSE

“Con el dómine hemos derrotado a Horacio. ¡Horacio! ¡Un poeta más moderno que muchos de los que hoy pretenden representar el lirismo de este siglo!” (Leopoldo Alas «Clarín»)

0. Introducción.

La figura y el pensamiento de Alfredo Adolfo Camús y Cardero (1797-1889), catedrático de literatura clásica de la Universidad Central de Madrid, sigue siendo en buena medida un enigma no sólo para la historia de los estudios clásicos en España, sino también para poder perfilar ciertos aspectos relativos la vida intelectual de la segunda mitad de nuestro siglo XIX. A esta cuestión abierta se añaden los testimonios de Galdós, «Clarín» y Menéndez Pelayo sobre Camús, que nos ilustran de una manera igualmente emotiva, aunque con diferencias de matiz, acerca de la actitud del catedrático ante la enseñanza de las humanidades clásicas y, sobre todo, en lo que respecta a su interpretación de los humanistas latinos, especialmente Erasmo. De esta manera, la cuestión de la educación, vista desde los presupuestos de las nuevas corrientes del pensamiento krausista en España, así como el asunto más concreto del humanismo latino y de la Reforma, son dos de los aspectos donde podemos encontrar sutiles divergencias en los testimonios. A estas dos cuestiones hay que añadir, como telón de fondo, el debate reabierto en pleno siglo XIX entre moral católica y autores grecolatinos. En este trabajo, consideraremos cuáles han podido ser los factores que han dado lugar a esas visiones distintas que probablemente apunten a sutiles razones políticas y religiosas.

1. Planteamiento general: ideologías (y tópicos) acerca de los estudios clásicos.

De una manera más o menos consciente tendemos a poner en relación los estudios clásicos con ciertas ideologías políticas, por lo general conservadoras, por más que en la mayor parte de los casos tales relaciones resulten bastante tópicas y no resistan un análisis histórico serio. No obstante, es sabido el uso que de los estudios clásicos han hecho algunas ideologías totalitarias como el fascismo, o la implicación que tales estudios pudieron tener en la defensa de un orden prerrevolucionario en intelectuales como Goethe (así lo vemos en el uso que de la épica homérica y de la mitología hace en su Hermann y Dorotea). No obstante, también hay una serie de complejas lecturas del mundo clásico en diferentes corrientes de pensamiento que podemos calificar de carácter progresista. Este sería el caso de la consideración que de la enseñanza de las humanidades clásicas tuvieron los diferentes pensadores ilustrados españoles (en especial los valencianos, como Martí y Mayáns), o la aún inexplorada relación de los estudios clásicos y las diferentes reformas educativas de corte liberal que se sucedieron a lo largo del siglo XIX, hasta llegar a la relación de estos estudios con el pensamiento de inspiración krausista. De esta forma, estas ideologías sobre los estudios clásicos (y aquí tomamos prestado el título de un libro fundamental de Luciano Canfora), nos sirve como marco privilegiado para abordar la compleja cuestión de la consideración que de Camús tuvieron Pérez Galdós y «Clarín» frente a Menéndez Pelayo.

1.1. Una aproximación al estudio de estas ideologías: la imagen del profesor de latín en la literatura.

En otro lugar (ii), hemos ensayado una particular aproximación a las ideologías acerca del mundo clásico mediante el estudio de los retratos más significativos que de los profesores de latín pueden encontrarse en la literatura española. Si atendemos a los profesores de latín en las letras del siglo XIX, observamos que sobresalen los cultivadores del género de las memorias: Santiago Ramón y Cajal, Federico Rubio y Galí, José María de Pereda (iii), y Armando Palacio Valdés nos ofrecen excelentes muestras de este tipo de profesores. Habida cuenta de los precedentes del retrato, como el gramático humanista de Vives en el siglo XVI, el avaro Cabra de Quevedo en el XVII, o el pedante del Padre Isla en el XVIII, el siglo XIX nos presenta un retrato que oscila desde la triste herencia del dómine dieciochesco hasta la figura de los profesores románticos y liberales del nuevo siglo. En esta centuria, además, el retrato del profesor de latín se tiñe de nuevos matices religiosos y políticos. Especialmente, el anticlericalismo liberal, que da lugar a la figura literaria del sacerdote, caracteriza el retrato del profesor de latín, oponiendo la figura del docente religioso a la del catedrático laico. En este contexto es donde mejor puede apreciarse el excelente retrato que algunos de nuestros mejores intelectuales han hecho de este catedrático de literatura latina que fue Alfredo Adolfo Camús.

1.2. La presencia de un testimonio excepcional: los retratos sobre la figura de Alfredo Adolfo Camús y Cardero.

Para empezar, debemos hacer la obvia aclaración de que Camús no es propiamente un profesor de latín, sino un catedrático de literatura latina de la Universidad Central de Madrid. No obstante, esta circunstancia es, asimismo, de una gran relevancia, dado el enfoque renovador que esta disciplina va a tener en los nuevos planes de estudio universitarios de la segunda mitad del siglo XIX, tanto en el ámbito estrictamente científico de la historia de la filología y de la literatura comparada, como en el ámbito más amplio de la educación y la cultura española. Tengamos en cuenta que al calor de las reformas educativas de Gil de Zárate nos encontramos con unos nuevos planes de estudio de inspiración liberal que van a aportar al panorama educativo español enseñanzas de contenido histórico. Destacaremos dos de esas nuevas disciplinas por lo que tienen de implicación con nuestro trabajo: la historia de la literatura latina y la historia de la filosofía. En una amena e interesante conversación que tuvimos una mañana Antonio Jiménez y quien escribe este trabajo, caímos en la cuenta de que los presupuestos que habían dado lugar a la aparición de una historia de la filosofía en el panorama universitario español (iv) no eran muy diferentes de aquellos que habían inspirado también la asignatura de historia de la literatura latina. En definitiva, ambas historias estaban encaminadas a romper, respectivamente, con una visión escolástica y anacrónica tanto de la filosofía como del latín. A tales hechos hay que unir la circunstancia de que D. Alfredo Adolfo Camús no sólo fuera el primer catedrático de literatura latina de la Universidad Central de Madrid, sino también autor de una Manual de Filosofía Racional (Madrid, 1845), “calcado en el espiritualismo cousiniano”, en palabras de Menéndez Pelayo (v). Esta labor de adaptador de una obra de filosofía francesa, si bien no responde más que a la necesidad de disponer de manuales para las nuevas enseñanzas, debería ser valorada en lo que tiene de pequeña revolución intelectual, de igual forma que las enseñanzas que Camús impartiera sobre literatura latina supusieron un hito en la impronta que la literatura clásica dejó en las generaciones de alumnos que pasaron por aquella cátedra de la Calle Ancha de San Bernardo. Por todo ello, aunque parezca sorprendente, la figura de Camús precisa todavía hoy de un estudio riguroso tanto en su faceta de humanista y filólogo clásico (vi) como en la de intelectual de su tiempo. Para acercarse al pensamiento filológico y filosófico de Camús no son suficientes los testimonios directos que él mismo nos ha dejado a manera de libros, generalmente manuales, o de artículos periodísticos. Hay que hacer, asimismo, una labor casi arqueológica que recoja los testimonios indirectos que personas como Emilio Castelar, por ejemplo, han dejado sobre la obra y la persona de Camús. Entre estos testimonios, hay tres que sobresalen por lo valioso de sus informaciones y la emotividad que desprenden: vamos a destacar el retrato que del profesor hizo Pérez Galdós en la Crónica de Madrid (1866) (vii), así como las necrologías que le dedicaran «Clarín» (1892) (viii) y Menéndez Pelayo (1892) (ix).

2. Los testimonios acerca de Camús de Galdós, «Clarín» y Menéndez Pelayo.

Los tres testimonios que vamos a considerar tienen un claro denominador común, pues coinciden plenamente en la admiración por el humanista y profesor. Sin embargo, es muy interesante tomar como punto de referencia dos aspectos que nos van a permitir apreciar mejor las sutiles diferencias que el testimonio de Menéndez Pelayo presenta, por un lado, con respecto al de «Clarín» y, por otro, con respecto al de Galdós. Tales aspectos son, respectivamente: la consideración de la educación clásica en una nueva realidad histórica y social y la cuestión más concreta del humanismo latino renacentista.

2.1. «Clarín» frente a Menéndez Pelayo. La pedagogía krausista.

En su necrología sobre Camús, «Clarín» nos refiere una anécdota que él mismo vivió el primer día que llegó a las cátedra donde suponía que impartía su clase Camús. «Clarín» esperaba encontrarse con un anciano que estaría enseñando literatura latina, pero quien estaba en ese momento en la cátedra era un joven moreno que impartía metafísica. Como pudo saber luego, se había producido un cambio de hora entre la clase de Camús con la de Urbano González Serrano, entonces ayudante de la Cátedra de Metafísica de Nicolás Salmerón, de manera que cuando «Clarín» entró en la clase por vez primera, en lugar del viejo latinista encontró a un joven pensador meridional que transmitía las nuevas ideas de una filosofía venida de Alemania (x). Esta anécdota, contada por otra persona que no fuera «Clarín», quizá podría haber sido utilizada de manera demagógica como la alegoría de una juventud dedicada al nuevo pensamiento filosófico frente a un ancianidad caduca dedicada a la enseñanza del latín. Pero nada más lejos de esto. «Clarín», de hecho, ve a Camús como una persona que utiliza de manera natural la nueva pedagogía del entusiasmo, no lejana a los presupuestos educativos del krausismo. Este planteamiento, dadas las muchas lagunas que tenemos con respecto al pensamiento de Camús, nos hace pensar en la relación que este profesor pudo tener con los propios krausistas ya en la misma universidad. Sabemos que tenía buenas relaciones con Nicolás Salmerón, quien, de hecho, asistiría años después a su entierro, y su ausencia en la toma de posesión como catedrático de Menéndez Pelayo, sin entrar ahora en el trasfondo político de aquel episodio, es un indicio más que suficiente de la postura que Camús adoptó en ese delicado momento (xi). Podemos decir que si bien Camús es hijo del pensamiento francés, su relación con el krausismo oficial y universitario no debió de ser hostil, a diferencia de lo que ocurrió con Menéndez Pelayo ya desde su época de estudiante en la misma Universidad Central. En definitiva, «Clarín» nos presenta a Camús como ejemplo de docente que ha sido capaz de salvar con creces, gracias a su entusiasmo, el esperable desinterés de los estudiantes de derecho que acuden por obligación gubernamental a su cátedra de literatura latina sin saber nada de latín. Leamos uno de los pasajes más emotivos de la necrología:

"Y Camus (xii) se entusiasmaba; (...) y era elocuente desde luego aquel amor por lo clásico, a lo griego, que se manifestaba en sus gestos, en el timbre de su voz, en el calor que le enrojecía el rostro, mientras maldecía de los pícaros romancistas y elogiaba con ditirambo perpetuo a cuantos, desde el Renacimiento acá, supieron comprender y sentir de veras el quid divinum del arte helénico. (...) Si hubiera muchos Camus, las dulces humanidades no correrían en España a la fatal ruina a que se precipitan. La famosa cuestión del latín tiene para mí estas dos diferentes soluciones condicionales. Las letras clásicas explicadas por maestros como don Alfredo Adolfo Camus, a nadie le sobran: las letras clásicas explicadas por los pedantes, por el vulgo del profesorado mecánico, no sirven para nada." («Clarín», o.c.).

La necrología sobre Camús puede considerarse, en este sentido, como un ensayo acerca de la filosofía de la educación. Camús, por lo demás, no es un profesor fanático de su disciplina, sino una persona capaz de darse cuenta de que el humanismo cerrado y caduco no conduce a ninguna parte. Llama, asimismo, la atención, el hecho de que «Clarín» culpe del declive de las humanidades clásicas a los profesores que califica de “pedantes” y de “profesorado mecánico”. Este pequeño detalle podría pasar desapercibido si no pusiéramos en contraste el testimonio de «Clarín» con el de Menéndez Pelayo, pues la pedagogía natural, de inspiración krausista, que «Clarín» atribuye a Alfredo Adolfo Camús es la que en el testimonio de Menéndez Pelayo se convierte, precisamente, en el verdugo de su educación, merced a las “dosis cada vez más homeopáticas” de conocimiento que se da a los alumnos, como podemos leer en uno de los párrafos más encendidos de la necrología:

“En 1845, fecha de la memorable transformación de nuestros estudios, faltaban manuales de muchas artes y ciencias, y Camús y otros profesores, entonces novísimos, acudieron a llenar este vacío, ajustándose a los programas que de Francia había importado Gil y Zárate. (...) Mucho más importantes y originales, aunque no bastante conocidos, son sus estudios como humanista. Además de la Synopsis de sus lecciones, impresa en 1850, puede y debe citarse la extensa y bien ordenada colección de clásicos latinos y castellanos, en cinco volúmenes, que, por encargo del Gobierno, formó en 1849, asociado con otro eminente profesor de esta Universidad y memorable historiador de nuestras letras en la Edad Media, D. José Amador de los Ríos; obra que, por la riqueza de su contenido, por lo vario y ameno de los textos, por la integridad con que se presentan, por las doctas ilustraciones que los acompañan, por el buen gusto y la amplitud de criterio con que la selección fue hecha, y por el carácter histórico-crítico que sus autores la dieron, traspasa los límites de una vulgar antología y llega a ser una pequeña biblioteca, que ojalá hubiera sido compañera inseparable de cuantos han pisado desde entonces nuestras aulas de letras humanas. Fue aquel un grande esfuerzo, y no sé si bastante agradecido, y de generaciones formadas por aquel método, algo y aun mucho hubiera podido esperarse; pero la rutina venció, como tantas otras veces, al buen celo, y sepultó en olvido, al cabo de pocos años, la colección de Camús y de Amador, por el capital e imperdonable defecto de ser demasiado buena, sustituyéndola con dosis cada vez más homeopáticas, útiles tan sólo par mantener la ignorancia y la desidia, hasta que totalmente acabe de borrarse en España todo vestigio de latinidad.” (Menéndez Pelayo, o.c.)

De esta nueva consideración acerca de la enseñanza de las humanidades se desprende, además, una visión diferente del mundo clásico, pues mientras en «Clarín» éste tiene que ponerse necesariamente en función del mundo moderno, en Menéndez Pelayo encontramos una visión absoluta y nostálgica. Asimismo, apartándose de lo que decía «Clarín», Menéndez Pelayo ve en las instituciones gubernamentales a los culpables reales de la ruina de la letras clásicas. Con toda claridad podemos leerlo en la “Nota final” que dedica a la “Contestación del Sr. D. Gumersindo Laverde a la última réplica del Sr. Azcárate”, incluida en La ciencia española:

"Que a extender este desprecio y esta ignorancia han contribuido, en lo que va de siglo, las gárrulas declamaciones de los políticos, la extinción de las comunidades religiosas, conservadoras de la tradición; las mal nacidas reformas y planes de estudios, el olvido de la lengua latina, la vandálica destrucción de muchas bibliotecas, la pereza intelectual y falta de seriedad científica que nos corroe, y, finalmente, el énfasis germanesco de esos señores que se jactan de ignorar nuestras cosas (como si ninguna clase de ignorancia fuera mérito), y traen su propia insipiencia por prueba de su dicho, como si las cuestiones históricas se resolviesen con un trabalengua o un sofisma." (xiii)

De esta forma, «Clarín» y Menéndez Pelayo consideran desde posturas ideológicas bien diferentes las causas de la ruina de las humanidades, y éste último pasa por alto cualquier dato, por anecdótico que sea, que ponga en relación a Camús con las corrientes liberales de su tiempo.

2.2. Galdós frente a Menéndez Pelayo. El humanismo latino renacentista.

Por otra parte, tenemos la interesante cuestión de la consideración que Camús tenía del humanismo latino renacentista, asunto, en principio, más específico que el de la educación, pero de insospechadas consecuencias para poder abordar una cuestión religiosa de trancendencia política, como es la herencia protestante en el pensamiento progresista y liberal español. Ya han hecho notar algunos estudiosos (xiv) cómo nos da a conocer Galdós la preferencia que Camús tenía por Erasmo, si bien muy escuetamente:

“Los poetas griegos y latinos son para él semidioses; además, es apasionadísimo de Shakespeare, de Cervantes, de Moliére, de Calderón. Como latino adora a Luis Vives, a El Tostado, a Erasmo; como erudito es entusiasta de Nieburh." (Pérez Galdós, o.c.)

La mención de estos tres humanistas tiene que vincularse a las lecciones que Camús dictara sobre los Humanistas del Renacimiento en el Ateneo Científico y Literario (entonces en la Calle de la Montera), y que comenzaron el curso 1857-1858, momento en que esta institución se caracterizaba por un talante expansivo y avanzado del que con casi toda seguridad también participarían las conferencias de Camús. Asimismo, es ya de por sí notable que Camús eligiera este tema, pues ello da cuenta del renovado interés por recuperar una parcela tan importante del pensamiento español, cuyo cultivo ya tuvo en el siglo XVIII a figuras tan ilustres como Gregorio Mayáns. Por lo demás, este interés de Camús por el humanismo renacentista parece ser el que motivó a Galdós a leer la obra de Erasmo, particularmente el Elogio de la locura, llegando a dejar una impronta significativa en la obra galdosiana. A pesar de que esta alusión a Erasmo, junto con la de El Tostado y Vives, no sea más explícita, es un indicio suficiente que puede completarse con las noticias indirectas que tenemos acerca de las conferencias que Camús diera en el Ateneo. En este sentido, es oportuna la noticia que encontramos en el diario La Discusión del 25 de noviembre de 1863 sobre las conferencias relativas a los humanistas españoles, donde podemos observar cómo se trató también acerca del problema de la moral religiosa y los clásicos:

“Reseñar, siquiera someramente, la profundidad de conceptos, la abundancia de datos, la selecta erudición y lo peregrino de las investigaciones de que dio muestras el Sr. Camús en su elegante oración, es empresa superior a nuestras fuerzas. Sin embargo, no podemos dejar de mencionar la elevación, al par que el aticismo con que supo tratar el doctísimo humanista cuestiones de suyo delicadas, atendida cierta atmósfera que, por desgracia, domina mucho; con lo cual ha dado un solemne mentís a los que ven un peligro para la religión del Estado, en que se propaguen los estudios clásicos.” (La Discusión, 25 de noviembre de 1863)

La cuestión de los clásicos y la religión católica, si bien viene de antiguo, se vio reavivada en el siglo XIX con la publicación en 1851 del libro de Jean-Joseph Gaume, Vicario General de Nevers, titulado Le ver rongeur des sociétés modernes ou Le paganisme dans l’education (París, Gaume Frères, 1851). En su necrología, Menéndez Pelayo nos dice que Camús tradujo la Homilía a los jóvenes, de San Basilio Magno, relativa a la utilidad de los autores gentiles, como muestra de la preocupación que le suscitaron aquellos que veían en la lectura de ciertos autores grecolatinos un “peligro para la religión del Estado”. Quizá fuera en este asunto donde Menéndez Pelayo se sintió más afín a su maestro, pues él mismo tuvo que salir al paso de su propio paganismo en el prólogo que escribiera para la traducción que Ignacio Montes de Oca, obispo de Linares, hizo de los poetas bucólicos griegos (Madrid, Biblioteca Clásica, 1880). Con estos argumentos nos resulta ahora más fácil considerar lo que dice Menéndez Pelayo acerca de la pasión de Camús por el Renacimiento latino:

“Para Camús no había interés donde no hay belleza de mármol pentélico, penetrada e inundada por el sol de Ática. Otras formas y maneras de arte llegaba a entenderlas, como hombre cultísimo que era, y de muy varia lectura y de ingenio muy vivo y curioso, pero no llegaba a sentirlas y amarlas como sentía y amaba la gentil primavera del Renacimiento. En el siglo XV hubiera frecuentado la corte del Magnánimo Alfonso de Nápoles, o en Florencia la de Lorenzo el Magnífico: hubiera afilado el dardo de la sátira como Philepho y Lorenzo Valla: sus facecias no hubieran tenido menos picante sabor que las de Poggio: en los festines de la villa Careggi hubiera alternado con Poliziano y Marsilio Ficino, reproduciendo en su compañía el simposio que dio a sus amigos Agatón, poeta trágico, y reservándose para sí la parte de Aristófanes. Si algo faltaba a Camús para el aticismo perfecto, culpa fue de los tiempos y no culpa suya.” (Menéndez Pelayo, o.c.)

Esta nueva aproximación a la pasión de Camús por el Renacimiento, si bien parece inocente, ofrece algunas particularidades a la luz de lo que hemos comentado antes acerca de las preferencias erasmistas del profesor. Observemos que, frente a esto, en el texto de Menéndez Pelayo estamos, simplemente, ante una “gentil primavera del Renacimiento” cuidadosamente despojada de cualquier alusión a Erasmo. No olvidemos que para Menéndez Pelayo la Reforma no supuso más que un “brote de barbarie y confusión septentrional” que vino a enturbiar el Renacimiento (xv) , y Erasmo no dejaba de estar entre el grupo de humanistas septentrionales. De esta manera, quizá Menéndez Pelayo no haya querido ver esa otra posible visión que del Humanismo tuviera Camús, merced a la cual un autor como Erasmo llegó a las manos de Galdós (xvi), y que haya pretendido obviar esa faceta famosa y de marcado carácter liberal que debió de desempeñar Camús en el Ateneo cuando dictaba sus conferencias sobre los humanistas. En resumidas cuentas, Menéndez Pelayo compartiría con Camús su “paganismo clásico”, pero no su “protestantismo” latente. ¿Hubiera merecido, pues, Camús, un lugar entre los heterodoxos?

3. Conclusiones.

De los testimonios sobre Camús que hemos revisado, obtenemos una figura bien perfilada, pero con algunos aspectos singularmente ambiguos. No sabemos si Camús fue un paradigma de la nueva pedagogía natural, como cree «Clarín», o su víctima, como sostiene Menéndez Pelayo. Asimismo, éste acepta y comparte el paganismo estético de Camús, tan propio de un tipo de humanismo renacentista, pero deja de lado cualquier alusión a ese otro aspecto tan trascendental del humanismo que fue la Reforma y que en Camús tiene un nombre propio: Erasmo. Precisamente, Camús fue un transmisor de la herencia intelectual de Erasmo gracias a sus conferencias en el Ateneo, donde el receptor más avezado llegaría a ser Pérez Galdós. En definitiva, observamos cómo estas diferencias que no dejan de ser todavía sutiles en estos tres gigantes de la vida intelectual española se irán haciendo cada vez más llamativas a lo largo de la historia, sobre todo en lo que respecta a la consideración de las humanidades clásicas. Recordemos, finalmente, que en este momento no se rechazaba la enseñanza del latín, sino la de un latín escolástico y bárbaro que se pretendía sustituir por una correcta y racional enseñanza de la lengua considerada desde una perspectiva histórica. Pero este argumento, tan fundamental como sutil para entender la posición que mantuvieron ya ciertos ilustrados en el siglo XVIII, se fue desdibujando a lo largo de nuestra historia reciente hasta que el latín –ya daba igual si se enseñaba racionalmente, o si se consideraba o no lengua sabia- acabara siendo el blanco de una nueva barbarie, disfrazada ahora de modernidad.

Francisco García Jurado
Dpto. de Filología Latina
Facultad de Filología Universidad Complutense
CIUDAD UNIVERSITARIA
28040 MADRID


(i) Ponencia presentada a las V Jornadas de Hispanismo Filosófico (Biblioteca Menéndez Pelayo. Santander, 16 a 18 de abril de 2001). Este trabajo, por lo demás, se inserta dentro de un proyecto de investigación más amplio encaminado a elaborar una historiografía de la literatura grecolatina en el siglo XIX español, atendiendo a los diferentes aspectos científicos y filológicos, así como ideológicos, que concurren en su estudio. Quiero expresar mi agradecimiento al profesor Ángel Ruiz Pérez, de la Universidad de Santiago de Compostela, por sus generosas informaciones.

(ii) F. García Jurado y J. Espino Martín, Odi et amo. El profesor de latín en la literatura española, Madrid, Ediciones Clásicas (en prensa).

(iii) J. M. Díez Taboda, “Latín y latinajos en el primer Pereda”, en Miscelánea léxica en memoria de Conchita Serrano, Madrid, CSIC, 1999, pp. 573-602.

(iv) “No será hasta mediados del siglo XIX, exactamente a comienzos de la década de los 40, cuando los estudios filosóficos empiecen a tener en España un tratamiento más crítico e independiente. Los liberales de entonces van a llevar a cabo una reestructuración de la instrucción pública y la filosofía tendrá, en dicha, reestructuración, un papel muy importante. Para empezar, en 1843 se crea la Facultad de Filosofía con el mismo rango que las de Teología, Derecho y Medicina. Desde entonces una serie de asignaturas tales como «Psicología», «Lógica», «Filosofía Moral», «Metafísica» e «Historia de la Filosofía» completarán el diseño curricular de los alumnos. En 1845 se publica el llamado «Plan Pidal» que establece los tres principios básicos de la renovación universitaria española: uniformidad, centralización y secularización” (Antonio Jiménez García, «Menéndez Pelayo y la fundamentación epistemológica de la «Historia de la Filosofía Española»”, en Gonzalo Capellán de Miguel y Xavier Ajenjo Bullón (eds.), Hacia un nuevo inventario de la ciencia española. IV jornadas de Hispanismo Filosófico, Santander, Asociación de Hispanismo Filosófico – Sociedad Menéndez Pelayo, 2000, pp. 147-158.

(v) Este manual, escrito en colaboración con Andrés Gonzalo Velardo, se publicó en Madrid el año 1845. Está, efectivamente, inspirado en el pensador francés y profesor de la Sorbona Victor Cousin (1792-1867), que fuera, asimismo, reputado filólogo clásico y ministro de educación en 1840. Su sistema filosófico, de carácter ecléctico, hace una interpretación de la historia de la filosofía como una serie de etapas sucesivas en la conformación del espíritu humano. Además de este libro, Camús publicó en 1841 la traducción de una obra de P. Laromiguier: Sistema de las facultades del alma (Córdoba, 1841).

(vi) Es lo que hemos intentado hacer en nuestro libro Alfredo Adolfo Camús (1797-1889). Humanismo en el Madrid del siglo XIX, Madrid, Ediciones Clásicas, 2001 (en prensa).

(vii) Benito Pérez Galdós, Obra Completas VI., Madrid, Aguilar, pp. 1553-1556). Ortiz-Armengol señala en su Vida de Galdós (Barcelona, Crítica, 1996, p. 136-137) que éste volvió a escribir años después una nueva semblanza de Camús en La Prensa, de Buenos Aires.

(viii)

(ix) Marcelino Menéndez Pelayo, Discurso leído en la Universidad Central en la solemne inauguración del curso académico de 1889 a 1890, sobre La vicisitudes de la Filosofía platónica en España, en Obras Completas de Menéndez Pelayo (Edición Nacional) Vol, XLIII, Ensayos de crítica filosófica, Santander, Aldus, 1948, pp. 9-115.

(x) Para la figura de González Serrano véase A. Jiménez García (El krausopositivismo de Urbano González Serrano, Badajoz, Diputación de Badajoz, 1996), que recoge también la anécdota del cambio de clase.

(xi) En este punto, queremos recordar y dejar constancia aquí de la agradable conversación que sobre la relación de Camús con el krausismo tuvimos con D. Benito Madariaga de la Campa, cronista oficial de Santander, en los días en que se celebraron las jornadas de Hispanismo Filosófico.

(xii) Debido a su origen francés, el apellido Camús puede aparecer con tilde o sin ella. En este sentido, «Clarín» se caracteriza por escribir el apellido sin tilde.

(xiii) Menéndez Pelayo, La ciencia española (Polémicas, proyectos y bibliografía). Tercera edición, refundida y aumentada. Tomo I, Madrid, Imprenta de A. Pérez Dubrull, 1887, p. 332

(xiv) Así lo vemos en J. Blanquat, “Lecturas de Juventud”, Cuadernos Hispanoamericanos. Homenaje a Galdós 250-252, 1971, pp. 161-220, y J. L. Mora García, “Verdad histórica y verdad estética. Sobre el drama de Pérez Galdós Santa Juana de Castilla”, en José M. Millán y Carlos Reyero (coord.), El siglo de Carlos V y Felipe II. La construcción de los mitos en el siglo XIX, Sociedad Estatal, 2000, pp. 69-99.

(xv) Así lo encontramos, por ejemplo, en el conocido estudio de Laín Entralgo dedicara a Menéndez Pelayo (Menéndez Pelayo. Historia de sus problemas intelectuales, Buenos Aires-Barcelona, Editorial Juventud, 1945, pp. 126-127).

(xvi) A este respecto, nos parecen muy oportunas las reflexiones de Beyrie: “Reste, dans l’enumération des auteurs favoris de Camús, la mention remarqueable de l’«adoration» vouée à Luis Vives et à Erasme. Certes, nous restons dans le domaine de la Renaissance, qui, nous le sabions, était pour le maître objet de particulière dilection. Mais il ne s’agit pas tant du «gracieux printemps» evoqué par Menéndez y Pelayo (...) Au-delà de l’esthète souriant et caustique présenté habituellement en Camús, on aperçoit l’intellectuel libéral qui, sans jamais occuper le devant de la scène, tint cependant sa place parmi les forces novatrices engagées dans le nombreuses luttes de cette période agitée. La meilleure preuve est qu’en pleine période post-révolutionnaire Camús donna, à l’Ateneo, un cycle de conférences intitulées «Estudios histórico-críticos acerca de los humanistas españoles del Renacimiento»” (J. Beyrie, Galdós et son mythe. Liberalisme et Christianisme en Espagne au XIXme(1843-1873). Tome I, Lille, Atelier Reproduction de Textes Université de Lille III, 1980, p. 126).


Volver

Hosted by www.Geocities.ws

1