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Caribe Somos
por Ramón Aizpúrua
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Cuando se nombra la palabra Caribe, enseguida surgen en la mente de cualquier persona distintas y variadas imágenes: hermosas playas de blancas arenas, claras y tranquilas aguas, pequeñas y rocosas islas, cuentos de piratas, inmensos fortines, caña de azúcar, calipso, gente de los más variados colores, especialmente obscuro, natural o a consecuencia del relumbrante sol; lo primero que yo imagino, quizás por deformación profesional, es un inmenso enjambre en el momento en que salen y entran infinidad de abejas, movimiento constante, multitud… Ello se debe, probablemente, a que el Caribe es todo eso, es un mundo complejo, nuevo, compuesto por gente de muy diversos orígenes, es un gran mar rodeado por infinidad de islas dispuestas en forma de collar, y por una tierra firme muy singular, amplia y profunda hacia el sur, frágil y reducida hacia el oeste. Ni la insularidad ni la mediterraneidad definen por sí solas al mundo caribeño; el mestizaje al que la gente de este mundo nuevo dio paso, tampoco. Probablemente la unión de tales características sí hagan del Caribe algo único.
Geográficamente, podemos concebir el Caribe como una región en la que se enfrentan dos tipos de tierras: en lo que sería la vertiente sur y suroccidental, una continental; en lo que sería la vertiente norte y nororiental, una insular. Una vertiente, la primera, abierta a un mundo terrestre, cercano, casi inagotable, al que penetra por los ríos que del interior vienen, pero a su vez distante por las infranqueables montañas que pronto la cubren; otra vertiente, la segunda, alejada del contacto directo, inmediato, aislada en cierta forma, pero abierta por el mar que las comunica. Estas dos tierras, la continental y la insular, se encuentran separadas/unidas por un amplio mar interior, conocido tan pronto como llegaron los españoles como mar de las Antillas (ante–islas), luego, por uso y abuso lingüístico, también mar Caribe. Por tanto, geográficamente hablando, el mundo caribeño no se reduce al parcial ámbito insular, se refiere también al ámbito continental, que hoy día serían costas (al margen de la penetración de las mismas) de las Guayanas, Venezuela, Colombia, Centroamérica, México y los Estados Unidos.
Pero el espacio no está definido solamente por lo geográfico, sino también por lo histórico; por ello, también se puede concebir el Caribe como una región que sufre una continua transformación, tanto en cuanto a la dimensión del territorio en sí, como en cuanto a la integración de los grupos humanos que allí habitan. Una población originalmente autóctona que cede o se mezcla con los invasores europeos, original y principalmente castellanos, más reducida y tardíamente ingleses, franceses, holandeses, etc., y se remezcla con los trabajadores africanos traídos a la fuerza como esclavos por los invasores europeos, primero, y después con los traídos desde Asia, en gran medida, engañados, como esclavos. La síntesis tanto cultural como étnica de estas diversas mezclas, se expresa históricamente en un territorio que aumenta o disminuye según las épocas, y que supone ciertas licencias que, dentro del estricto criterio geográfico, serían difíciles de sustentar, como por ejemplo que las hoy independientes Guayanas formen parte de un mundo, el Caribe, del cual están excluidos cartográficamente, o que ciertas zonas del perímetro del mar interior no sean concebidas ni entendidas como caribeñas, especialmente en la vertiente continental, como por ejemplo una gran parte de las zonas costeras del golfo de México, para poner un caso.
Así, para responder a la pregunta qué es el Caribe, lo primero que habría que tener es prudencia: el Caribe es un mundo simbiótico, nuevo, muy móvil, pero además complejo en su forma y en su fondo. El Caribe no puede reducirse a lo que los británicos, muy imperialistamente, denominan las West Indies, el Caribe no son tan sólo sus Sugar Islands. El Caribe está también en Venezuela, en Colombia y en México (aunque no en toda ellas, ni siempre), el Caribe está en Centroamérica, está en los Estados Unidos, y por efectos de la migración, también en Canadá y en la Gran Bretaña. El Caribe es, ante todo un fenómeno histórico, un fenómeno humano, que tuvo y tiene expresión en una región geográfica que le dio nombre, el mar Caribe, pero que ha trascendido su espacio natural por efectos de la difusión cultural, y si no piénsese en el reggae, la salsa o el jazz.
En todo este complejo mundo del Caribe, lo caribeño está íntimamente ligado a la cultura africana, aunque habría que calibrar cuidadosamente qué es lo africano en el Caribe, en qué medida no sería más correcto hablar de afrocaribeño, en qué medida los aportes étnicos y culturales de los españoles, ingleses, franceses, holandeses, de los aborígenes arauácos y caribes y de los asiáticos, de los católicos, los protestantes, los judíos sefardíes, los musulmanes, los hindues, etc., no son, también, altamente significativos. Así como la tradición inglesa ha logrado, hasta ahora y en general, hacer pasar el Caribe como sus Sugar Islands, también se ha querido, aunque no necesariamente en forma consciente, hacer pasar al Caribe como lo negro en América. Sin lugar a dudas, el componente negro de la sociedad caribeña (pensando que se pueda establecer semejante generalización) es, cuando no sólo notorio, determinante en las islas que fueron originalmente colonias inglesas, francesas u holandesas. El mestizaje biológico en dichas colonias fue reducido, no sólo antaño sino incluso hoy día; sin embargo, en las antiguas colonias españolas, en las que también existía un declarado racismo de los blancos hacia los africanos y los aborígenes, la mezcla de sangre fue mucho más notoria, especialmente en Venezuela, aunque también en la costa neogranadina, en Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico. Lo curioso es que en estos lugares, paralelamente al mestizaje que fue dando paso a un grupo social conocido casi universalmente con el nombre de pardos, la presencia de comunidades negras, casi sin mayor mezcla con los indígenas y los hispanos (peninsulares o criollos), ha persistido hasta hoy día, y así como abunda en estos países el pardo, el mestizo, usualmente prototipo del habitante del país, también abunda el negro que mantiene los rasgos externos de sus ancestros africanos. El Caribe es, pues, no sólo el mundo de los negros, también es el mundo de los mestizos, y ello porque los ha amalgamado (a negros y mestizos) una cultura sincrética, africana, europea y amerindia, y más tardíamente asiática. Este asunto, que como todas las generalizaciones requeriría muchas puntualizaciones, resulta lo fundamentalmente novedoso del Caribe: la riqueza de formas, de signos, africanos, amerindios, europeos, asiáticos, así como el complejo mundo de significados, marcado por una historia de explotación y violencia material y espiritual. La alegría caribeña va de la mano con el sufrimiento del caribeño; la alegría del caribeño puede haber sido, en gran parte, respuesta a la barbarie por él sufrida, necesaria compañera de su, durante siglos, difícil o triste existencia.
La historia del Caribe es tardía si se la compara con la mayoría de las experiencias históricas. Comienza con la llegada de Colón, tal vez un poco más tarde, a partir de que los castellanos se dieran cuenta de que, al margen de la existencia de las luego llamadas Indias Orientales, las islas y tierras que habían encontrado en su camino a aquéllas, tenían un inagotable valor en sí mismas. Antes, las islas y costas de lo que llamaron mar de las Antillas estaban obviamente habitadas, inclusive las islas más alejadas de la costa continental estaban siendo colonizadas por los habitantes del continente, pero, strictu sensu, lo que allí pasaba no era historia del Caribe. Ello no supone desmerecer o minuspreciar el poblamiento ni la experiencia humana original de dicha región; ello sólo supone valorar lo que pasó en el Caribe después, y que es el objeto de estas líneas: la rigurosa singularidad del nuevo mundo caribeño.
Cuando llegaron Colón y los primeros europeos, las islas caribeñas, es decir la vertiente norte del Caribe, estaban apenas pobladas por algo así como 750.000 personas, diferentemente distribuidas tanto geográfica como culturalmente. Casi tres cuartas partes de esta población residía en lo que luego fue llamado por los europeos como La Española, hoy día República Dominicana y Haití; el resto se repartía muy precariamente entre las demás islas, reuniendo las luego llamadas Cuba y Jamaica, apenas un diez por ciento de la población insular. Los grupos humanos que han sido detectados como pobladores a la hora de la llegada de los castellanos han sido tres, todos migrados del continente:
1. los Ciboneyes, de los que se han encontrado restos arqueológicos en Cuba y Haití, probablemente habitaban las Antillas Mayores occidentales, y no pasaban de ser comunidades recolectoras y cazadoras. Fueron los que encontró Colón cuando tocó tierra nueva por primera vez. De cultura material rudimentaria, probablemente estaban siendo desplazados por nuevos grupos humanos que continuaban migrando (invadiendo) desde tierra firme, en parte desde Centroamérica, especialmente desde Sudamérica.
2. los Aruácos o Arawacos, del grupo cultural atino, eran los pobladores más numerosos de las islas caribeñas, cubriendo probablemente todas ellas. Quizás por la escasa resistencia encontrada durante la lenta invasión que hicieron de las islas, los aruácos se transformaron en pacíficas comunidades agrícolas, productoras de yuca, batatas, etc., que utilizaban la caza y la pesca como complemento de su dieta. También fueron conocidos por Colón y los primeros castellanos. Tenían, aparentemente, un sistema social más complejo que los ciboneyes, aunque probablemente no tenían posibilidad de estructurarse defensivamente para enfrentar a invasores, no sólo del norte, europeos, sino también del sur, amerindios. A pesar de llevar una vida sencilla, el contacto y el comercio con tierra firme existía, a la par que existía una comunidad cultural que hermanaba este grupo con los de la luego Venezuela y, probablemente, Colombia. Como los ciboneyes, desaparecieron de las islas, cortesía de la esclavización que sufrieron de los invasores castellanos.
3. los Caribes no sólo dieron nombre al área geográfica, también fueron los que más tardíamente llegaron a las islas, así como los que más resistieron la invasión de los europeos. El nombre de caribes les fue puesto por Colón, debido a los relatos que éste escuchó de los aruácos, con los que se formó también la idea del canibalismo de los caribes, de su violencia. Coincidiendo con la llegada de los castellanos, los caribes estaban en proceso de terminar la conquista de las Antillas Menores, esclavizando o aniquilando a los aruácos. Probablemente por su mayor cercanía a la tradición continental, más nómada, su cultura material era más rudimentaria que la de los aruácos, su estructuración social estaba más orientada hacia el ataque y la defensa, más militarizada, y combinaban más equilibradamente que los anteriores la caza, la pesca y la agricultura. A causa de la invasión de las islas, los caribes fueron nutriéndose no sólo de esclavos y de tierras aruacas, también fueron conformando una sociedad más mixta, mestizada en parte con los invadidos, suerte de aniquilación e interiorización.
Cuando llegaron los castellanos a las islas caribeñas, comenzaba, podría decirse, a concretarse un claro proceso de difusión cultural y de mestizaje étnico, por medio del cual los ciboneyes eran absorbidos por los aruácos, y éstos por los caribes, que a medida que se asentaban en las islas que conquistaban, todavía las pequeñas, se sedentarizaban, con lo que ello suponía de transformación cultural. Mucho tuvo que ver en la sobrevivencia de los caribes con respecto a sus vecinos insulares, el hecho de que no hubiesen llegado definitivamente a las Antillas Mayores, que apenas hubiesen ocupado las menores, las cuales, durante los casi primeros cien años de la colonización europea, estuvieron al margen de las prioridades de los castellanos, y todavía del alcance de los ingleses, franceses y holandeses.
El interés de los castellanos por las islas caribeñas tuvo tres claros momentos, aunque sean difíciles de delimitar o separar: una vez que se comprendió que las tierras descubiertas, todavía solamente islas, tenían un valor intrínseco, que eran de vegetación exuberante y pródiga, que estaban habitadas por pobladores más o menos fácilmente asimilables por medio de la coerción, fáciles de incorporar al trabajo, se procedió a la ocupación de La Española, en la que surgieron las primeras encomiendas, las primeras plantaciones de caña de azúcar, la primera importación de esclavos africanos, el descubrimiento de oro, etc.; la atención de los invasores castellanos pronto se dirigió a ampliar la base establecida: Puerto Rico, las Lucayas, Cuba y otras islas fueron reconocidas y comenzadas a poblar, hasta que se llegó a México y las grandes minas de oro (y luego de plata), al primer encuentro con el enriquecimiento rápido, lo que ocasionó algo que podría entenderse como una desbandada. Los castellanos, ya aclimatados a las nuevas tierras, migraron a la tierra firme, México, Perú, Nueva Granada, Venezuela, en busca del oro que había sido elusivo en las islas pero que no siempre se encontró en el continente. Ello supuso un nuevo despoblamiento de las islas: los mismos castellanos que habían acabado, directa o indirectamente, con los aborígenes, ahora abandonaban las islas en busca de un horizonte más dorado.
Salvo por los lugares estratégicos que se mantuvieron y la escasa población que no acudió al llamado del oro, las islas del Caribe quedaron mucho menos pobladas y deseadas de lo que estaban al comienzo de la invasión española. La reducida población hispana que no migró se quedó en las grandes islas, La Española, Cuba y Puerto Rico, si bien la segunda fue la que realmente captó la atención de las autoridades castellanas, dado su altísimo valor estratégico, pues allí se reunían las embarcaciones de la Carrera de Indias para su regreso a la península, cargadas de las riquezas y productos extraídos en Indias. Dicha selección dejó el campo abierto a los demás europeos, que conocían y apetecían los territorios y las riquezas que habían sido exclusivamente reclamados por la corona de Castilla, y cedidos a ella sin saberse con que autoridad por el papa Alejandro VI en 1493, y luego negociados y reconocidos por los portugueses en Tordesillas al año siguiente.
Obviamente, los europeos no peninsulares tuvieron que conformarse inicialmente con los territorios olvidados o no controlados por los castellanos, y en el caso de las islas ello supuso que los ingleses, franceses y holandeses se disputasen las Antillas menores. Primero fueron las giras que famosos navegantes, emprendedores comerciantes y arriesgados aventureros (a veces confundidos en una sola persona) realizaron por las aguas del mar Caribe: corsarios, piratas, enviados de las distintas cortes y gobiernos, protegidos, auspiciados, disimulados y hasta perseguidos, pronto entraron al Caribe cotidiana y continuamente. Adueñándose de pequeñas islas, al margen de los cánones morales y las leyes de la época, y generando una sociedad que debería ser estudiada exenta de la romántica visión que se tiene de ella, los piratas recorrieron todo el Caribe, llevando tanto la zozobra como el comercio. Aunque nunca pudieron, ni ellos ni sus patrocinantes, poner en jaque a la dominación española en el Caribe, tampoco éstos pudieron evitar la plaga que pronto colmó todos los rincones de su mediterráneo americano. Ello no sólo facilitó que los europeos constatasen que podían actuar, dentro de ciertos límites, con entera libertad en el Caribe; ocasionó, también, que se cerciorasen de su riqueza y catalogasen los puntos en los cuales podían, aunque precariamente todavía, asentarse, especialmente las islas orientales, pequeñas, húmedas, calurosas y sujetas a estacionales tormentas tropicales. Ya a mediados del siglo XVII, y tras una serie de convenios, tratados y acuerdos bi y multilaterales, las orientales del collar de islas caribeñas, las pequeñas, habitadas por lo caribes, en general con densa vegetación e intrincada topografía, sirvieron de asentamiento a los ingleses y a los franceses inicialmente; estos asentamientos fueron, al principio, muy precarios, unas veces a causa de la oposición de los caribes, otras por las mismas rivalidades que entre ellos existió. Con el tiempo, ello permitió que no solamente conociesen cada vez mejor toda la cuenca del Caribe, sirvió, también, para que poco a poco fuesen penetrando en zonas de las Antillas Mayores que, a su vez, quedaban relegadas del poblamiento hispano; pronto Jamaica y la zona occidental de La Española fueron controladas por los ingleses y franceses, respectivamente. Permitió, también, que los holandeses, después del fracaso de su experiencia brasileña, penetrasen como colonizadores también en el Caribe y en su perímetro.
Poco a poco, y a consecuencia tanto del debilitamiento de Castilla como del crecimiento militar y económico de las otras potencias europeas, la corte castellana tuvo que ir aceptando, primero de facto y luego de derecho, la presencia de los europeos no hispanos, en parte sus enemigos, en parte sus socios, en el Caribe. Entre la Paz de Amberes, en 1609, y el Tratado de Ryswyck, en 1697, se dibujó un nuevo mapa de la región, con los castellanos reducidos a Cuba, Puerto Rico, parte de La Española y algunas islas del litoral venezolano, así como la mayor parte de la fachada costera continental, excepto en algunas zonas o regiones en que no habían podido plantar su presencia, como por ejemplo en la península de la Guajira, en el Darién, en la costa de los Misquitos y en Campeche, debido a la férrea resistencia de los pobladores o la naturaleza, a veces debido al papel que en ello jugaron los vecinos europeos. Por otra parte, ingleses, franceses y holandeses, y luego en algunas y reducidas ocasiones suecos y daneses, se repartieron, compartieron y disputaron las demás islas, dando paso a una nueva forma de colonización, o mejor aún, una forma más depurada de colonización, que desarrolló la producción de plantación de uno o varios productos agrícolas, conducidos a Europa para nutrir la naciente industria o el creciente uso de productos alimenticios novedosos o exóticos. La comercialización de tales productos, y otros (los esclavos incluidos) que eran de uso común o necesario en el ámbito caribeño, y la vinculación ocasionada por dichos intercambios comerciales en la región, contribuyeron inmensamente a la homogeneización de la región, sobre todo en lo cultural, al margen de la persistencia de particularidades en cada lugar. Con el tiempo, y especialmente por la densa experiencia de los 150 años que van de 1650 a 1800, más o menos, pronto se gestó lo que es lo típico del Caribe, su novedad genésica, su sincretismo étnico–cultural, su insular mediterraneidad.
Difícilmente todo esto hubiese sido posible sin la presencia de los europeos no peninsulares en el Caribe, pero sobre todo sin la importación (migración forzada) de población africana que pronto tomó el viso de un torrencial interminable en América, de un desangramiento terrible en Africa. Los primeros colonizadores castellanos llevaron un gran número de esclavos africanos a La Española, y todavía faltando varias décadas para terminar el siglo XVI, ya más del 60% de la población en sus colonias en el Caribe era de origen africano, tanto esclavos como libres. También es cierto que sin los vecinos territorios continentales, fuesen hispanos, portugueses, ingleses, franceses u holandeses, el Caribe no hubiese llegado a ser lo que fue, como se verá más adelante.
Si bien la población que fue cubriendo los territorios caribeños fue creciendo paulatinamente, con un incremento relativo mayor en los correspondientes a las potencias extraibéricas, se podría decir que el continente, especialmente hacia adentro, hacia los altiplanos peruano y mexicano, había captado el mayor impulso migratorio europeo. La llegada de los ingleses y franceses pronto supuso un importante cambio. En el Caribe, el inicial experimento del cultivo del tabaco, aprendido de los aruácos, dio paso al cultivo de la caña de azúcar, que ya los castellanos habían adelantado, por lo menos, en Santo Domingo, en Puerto Rico y en las primeras tierras interiores de Venezuela, y los holandeses y portugueses en la costa de Brasil. Pronto los ingleses, y los franceses después, descubrieron la extraordinariamente productiva mezcla del trabajo esclavo y el cultivo de la caña de azúcar. El azúcar no era nuevo en Europa pues, gracias a los árabes, era consumido desde los tiempos medievales por los aristócratas, luego por los burgueses, y poco a poco por el pueblo. Edulcorante como no se conocía hasta entonces, pronto fue acompañante ideal de las bebidas que fueron ampliando el gusto de los europeos, el café y el té, llegados a Europa por la misma vía de los árabes, y del chocolate, proveniente de América. La aclimatación de la caña a América fue facilitada por la experiencia de su cultivo en las islas Canarias, de modo que pronto se transformó en el cultivo ideal en las islas del Caribe, sobre todo cuando los holandeses, expulsados por los portugueses de Brasil, migraron a las pequeñas islas orientales del Caribe, colonizando Tobago o asociándose con los terratenientes de Barbados, y llevando consigo la técnica más novedosa del cultivo y refinación del azúcar; en tierra firme, especialmente en la región venezolana, el azúcar pronto tomó cuerpo, aunque el cacao y el tabaco se transformaron, con el paso del tiempo, en los cultivos fundamentales. Alrededor de estos productos surgió el verdadero sistema de plantación, que aunque en todas partes tenía prácticas específicas o singulares, suponía una amplia concentración de mano de obra esclava, a veces alimentada por su propio trabajo, a veces por el de partidas de esclavos especialmente dedicados a tal labor, casi siempre, además, por los productos que, por la limitación local, eran importados a las haciendas para completar la dieta mínima requerida por los esclavos, que se consumían, como objetos, en menos de 20 años de trabajo.
Producir para llevar azúcar, cacao y otros productos a Europa, y recibir a cambio una amplísima variedad de alimentos, herramientas, textiles y esclavos, para garantizar la persistencia del sistema impuesto en el nuevo mundo, hizo del Caribe una región sumamente activa, febrilmente interconectada, pero no sólo con su ámbito local, el propio mar Caribe, sino con las ciudades costeras de las colonias continentales inglesas y francesas extra–caribeñas, sobre todo las primeras, y con Europa, directamente con las respectivas metrópolis, España, Francia, Inglaterra, Holanda, o por medio de intermediarios, como las Canarias, Madeira, Irlanda, etc. Así, en el Caribe, más que en ningún otro lugar hasta entonces, la inagotable y diversa relación de pueblos y culturas, originado alrededor de la producción agrícola, especialmente, fue la vía para que surgiese un nuevo tipo de gente, que como ya se dijo antes, estuvo caracterizada por la alegría, el color, la simbiosis y la explotación, suerte de drama terriblemente creativo.
Ello supuso, también, el pronto agotamiento de la sociedad así conformada. La gloriosa y deslumbrante importancia que tuvieron las pequeñas islas caribeñas, Barbados, para poner el caso más significativo, resultó prontamente efímera. Sí es cierto que se podrían interpretar los 150 años del impacto de la producción del azúcar como una cadena de cortos protagonismos: Barbados, Jamaica, Saint Domingue, las islas cedidas, como grandes productores, por un lado; los castellanos, los holandeses, los ingleses, como vehículo de la relación comercial–cultural, por otro lado. También lo es que toda esa riqueza económica y comercial acabó, salvo para el caso de Cuba, tan prontamente como el miedo al alzamiento del trabajador, sobre–explotado en las plantaciones, recorrió el Caribe en las mismas embarcaciones en que transitaban los productos y las mercancías, tan pronto como las tierras se agotaron de tan irracional explotación, tan pronto como surgieron nuevas alternativas edulcorantes, más baratas, menos conflictivas. Todo ello acabó, más o menos, a principios del siglo XIX; pero los hombres, esa extraña simbiosis que le dio y sigue dando color y vida al Caribe, quedó donde se había generado, donde se había asentado, en esa cuenca o vertiente histórica arriba apuntada, en las islas, más obscuras o más mestizas, en la tierra firme, española o inglesa, o migró también a países más nórdicos, en Europa, donde todavía sobrevive.
Pero ¿de dónde llegaron los africanos?, ¿cuántos llegaron?, ¿qué paso en Africa como consecuencia del desangramiento que sufrió por culpa del Caribe, de ese nuevo mundo, terriblemente nuevo para los esclavos? Muchos y enjundiosos estudios se han escrito al respecto, bien sea desde el punto de vista de la trata de los esclavos africanos, del trabajo de los esclavos y sus luchas liberadoras, de la sociedad metropolitana ante la esclavitud, bien desde el punto de vista de la Africa despoblada, o del de los afrocaribeños, pero todavía no se tiene una clara visión del conjunto.
En el llamado golfo de Guinea, en Africa ecuatorial occidental, una amplia franja costera que fue visitada por navegantes y comerciantes portugueses desde mediados del siglo XV, pronto dedicados a esclavizar a sus pobladores, fue bautizada por los europeos con el nombre de Costa de Guinea, aunque la franja costera proveedora de esclavos fuese desde la actual Senegal hasta la actual Angola, y también se buscasen esclavos en Mozambique, al otro lado del continente. Dicha costa pronto fue dividida, y como para indicar cierta especialización, los segmentos se bautizaron con los sugestivos nombres de Costa del Grano, Costa de Marfil, Costa de Oro y Costa de Esclavos, en dirección oeste–este, lo que da idea clara de lo que representaron para los europeos, que pelearon entre sí y con la población autóctona para controlarlas. De allí salieron la mayoría de los africanos que fueron traídos como esclavos a este lado del océano. Tan amplia región contenía una diversidad cultural marcada, lo que condujo a que, a lo largo de los tres siglos de trata negrera, los africanos importados al nuevo mundo fuesen tan heterogéneos como lo fueron los europeos arribados o los aborígenes americanos, o más. El reparto de la costa que tras fuertes disputas se delineó en el golfo de Guinea ocasionó que la presencia africana fuese marcadamente diversa, de acuerdo al reparto colonial en el Caribe y América; las colonias españolas, que no desarrollaron activamente la trata de esclavos, tuvieron que recurrir, por medio de asientos o contratos, a los comerciantes portugueses y genoveses primero, franceses después, ingleses finalmente, holandeses siempre, para suplir la necesaria mano de obra de sus minas y sus haciendas, lo que ocasionó que, a causa de la diversidad de origen, la población africana en dichas colonias no fuese marcadamente un cuerpo cultural homogéneo. En las demás colonias, el aludido reparto de la Costa de Guinea supuso, más o menos, una permanente vía de obtención de mano de obra esclava para cada grupo colonial, si bien a lo largo de los tres siglos de trata negrera no siempre Portugal, Holanda, Inglaterra y Francia tuvieron y mantuvieron los mismos enclaves, a la par que el origen interior de una gran parte de los pobladores esclavizados ocasionó una convivencia que matizaría la afirmación.
En este aluvión que supuso la migración compulsiva de africanos a América y el Caribe, la cifra de los esclavos traficados por los países tratantes no es tan importante como la de la distribución por regiones receptoras de los esclavos, aunque dichas cifras sean siempre hipotéticas por la dificultad de averiguar el destino final de los africanos una vez que llegaron a este lado del océano y se integraron al sistema de circulación impuesto por la realidad. Aún y todo, dichas cifras serían tan sólo representativas de los esclavos traídos de Africa, nunca de la población a que dicha migración dio origen, pues con el tiempo no sólo se reprodujeron como esclavos, sino como libertos, que muchas veces se confunfieron con los pardos, llamados maroons en las colonias inglesas, marronage en las francesas. Si bien técnicamente no son confundibles ambas categorías sociales, en la vida diaria, y a causa del color (es decir, del racismo), de la cultura y de la riqueza, en gran medida la vida del liberto no fue muy distinta de la del esclavo, con todas las salvedades y matizaciones pertinentes. Así, en las colonias españolas, especialmente en Venezuela, aunque no en la Cuba del siglo XIX, el mestizaje fue más fuerte que en las colonias no hispanas, por lo que la movilidad social fue siempre algo más real, aunque nunca sustancial.
Si ponemos a hablar a las cifras disponibles relativas al comercio de esclavos en el Caribe, siempre imprecisas, podríamos destacar los siguientes datos: llegaron a unos 7.5 millones los africanos traficados por el comercio de esclavos, de los cuales casi un 43% se dirigieron a las colonias británicas, casi un 32% a las francesas, algo más del 6% a las holandesas, y el resto, casi un 20%, a las hispanas. Estos números no dan cuenta exacta de lo que estaba sucediendo en el Caribe: en todas las colonias, el porcentaje de la población de origen africano era elevadísimo, aunque en las colonias hispanas el peso de la población mestiza, los pardos, fuese en continuo crecimiento. En Saint Domingue, la futura Haití, la población esclava era, en vísperas de la revolución, cercana al medio millón, lo que correspondía a un 87% de la población total, pero la población de origen africano llegaba hasta el 97%. Algo parecido pasaba en casi todas las dependencias no hispanas, insulares o continentales, del Caribe. No quedaba allí el asunto, pues una buena porción de esa población no hablaba la lengua del amo, era lo que se conocía con el nombre de bozal, a diferencia del ladino, que ya estaba inmerso en la cultura dominante. También, un simple cálculo deja claro que la migración africana supuso diez veces la población aborigen original. El Caribe, escasamente poblado por los amerindios, salpicado por reducidas comunidades europeas, ya era prácticamente africano.
La expresión más clara, evidente y violenta de esta situación fue la revolución haitiana. Presentada siempre como la primera hija americana de las nuevas ideas revolucionarias francesas, es en realidad hija de la dramática situación étnico–social de la colonia francesa. No se trató, al final de cuentas, de llevar la libertad, la fraternidad y la igualdad a la isla, se trató de acabar, de erradicar, el pasado, que no podía disimular la más descarada explotación del hombre por el hombre. Sin embargo, Haití pagó muy caro la revolución al separarse y ser separado del orden internacional vigente, para finalmente ser sometido a la más estricta y terrible cuarentena (que todavía continúa); se destruyó total e inmediatamente la fuente de riqueza de la isla, la producción de plantación para la exportación; se destruyó, también, el capital humano, debido a la guerra civil a que dio paso, entre los ex–esclavos del norte y los mestizos del sur, Christophe versus Pétion. En contrapartida y paradójicamente, la revolución haitiana se convirtió en ejemplo de emancipación social y política para América, pero también de destrucción.
Falta por averiguar con marcada precisión cómo se distribuyó la población esclava africana en las distintas regiones de América y el Caribe, o cuántos y cómo sobreviveron al brusco cambio a que condujo su migración al nuevo mundo, para poder llegar a afirmaciones más definitivas. Lo que sí resultó patente, y a veces como consecuencia de una práctica buscada en sí, fue que la diversidad cultural condujo a un necesario mestizaje ya en la misma población afrocaribeña, no sólo para poder comunicarse sino para poder oponerse a sus enemigos comunes, los propietarios blancos. El mestizaje se dio no sólo en la población esclava sino en la liberta (pardos, maroons, marronage, etc.), y dicho mestizaje fue hacia adentro, entre africanos de distinta etnia, y hacia afuera, entre africanos, europeos y americanos primero, y luego entre todas las posibles mezcladas variantes. La existencia de una detallada nomenclatura relativa a la variedad y calidad de las mezclas no sólo habla del racismo que la misma suponía, sino también de la realidad de dicha mezcla, casi siempre perseguida por los colonizadores. Con ello, en el Caribe, el africano se transformó en un africano nuevo, distinto, en afrocaribeño.
De este mestizaje surgieron muchos hechos de carácter netamente cultural, por ejemplo una forma de comer más o menos homogénea, pero también una forma de hablar, un nuevo idioma, que les permitió comunicarse. Este nuevo idioma, con matices particulares en cada zona, nació como una extraña pero viva síntesis del portugués, del inglés, del holandés, del francés, del castellano, de las lenguas africanas como el ashantí, el yoruba, el bavilí, etc., así como de lo que quedaba de las lenguas de los pobladores originales, los caribes y aruácos especialmente. No puede pensarse en un peso equivalente de las citadas lenguas, de la misma manera que es difícil pensar en un ahogamiento de las lenguas originales de los grupos de población esclava en el Caribe y en América, pero el papiamento y el creole fueron y siguen siendo un importante vehículo de integración cultural. Con el nuevo idioma, paralelamente pero en los mismos actos, surgió una nueva religión, sincrética en gran medida, en la que se mezclaron lo africano con lo europeo, la verticalidad de la religión paternalista judeo–cristiana con la riqueza de formas de los orishas de los yorubas, la marcada jerarquización vudú de los fon o la sencillez de los nkisis de los congo, para poner tres ejemplos. Hoy día persisten en todo el mundo caribeño (y en buena parte de América) estas formas religiosas, con marcada influencia en toda la población: la santería y el vudú son fieles exponentes.
El idioma y la religión no son sino algunos de los signos y símbolos con que se expresa la nueva cultura mestiza. Los africanos tuvieron, además, una importante influencia en dos aspectos que hoy día son sinónimos del Caribe: la música–danza y el color. Junto con el mundo cosmogónico de la religión, con los esclavos vinieron también sus formas religiosas, ya que todavía formaban parte de su cotidianidad. La necesidad de buscar comunicación con deidades o espíritus de antepasados, lo que se lograba por medio de la música, los tambores especialmente, y la danza, entre otras cosas condujo a que el mundo caribeño sea todavía, y sobre todo, reconocido en el sonido y en el movimiento de caderas. La razón original de tales hechos culturales puede que haya ido perdiéndose en la medida en que se ha ido universalizando la forma de la vinculación con el mundo mágico–religioso, pues ello siempre conduce a su desnaturalización; sin embargo, todavía los trances ocasionados por el toque del tambor, la danza y la ingestión de bebidas espirituosas, perduran en todo el Caribe, como se puede apreciar, significativa pero reveladoramente, en las festividades religiosas cristianas de toda la cuenca caribeña, como en San Juan y Corpus Christi.
La alimentación muestra todavía hoy día la novedad que supuso el Caribe; es más, probablemente sea el punto en el que mejor y más equilibradamente se mezclaron las tres grandes tradiciones culturales originales, la europea, la africana y la amerindia, y ello debido a tres razones fáciles de destacar:
1. la sobrevivencia de los invasores europeos supuso pronto la adecuación de sus gustos alimentarios a las posibilidades de recolección, cultivo y trabajo de las tierras colonizadas. La importación de los componentes básicos de la alimentación de los invasores pronto se redujo a ciertos productos insustituibles, como el aceite de oliva, de modo que la incorporación de muchos alimentos utilizados por los pobladores aborígenes, tanto de las islas como de tierra firme, pronto fue la respuesta al riesgo de morir de hambre. Con ello se dio un primer paso, cuando la alimentación del criollo se concretó en una cocina compuesta por alimentos autóctonos y transplantados o importados, adaptada plenamente al nuevo mundo.
2. la incorporación del elemento africano a la cocina caribeña y americana, por la misma índole, aunque más tardía en el proceso global, enriqueció el mundo alimenticio del Caribe, de forma tal que el coco, el plátano y el ñame, para poner tres casos, pronto se utilizaron en el régimen alimentario en cuestión.
3. unido a todo ello tenemos que el Caribe fue, para ese tiempo, una región dedicada, prácticamente, a la explotación de la mano de obra esclava, por lo que el problema de la reposición energética del esclavo fue un asunto fundamental, de allí que la dieta del esclavo fuese una suerte de dieta para que soportase el más arduo trabajo durante un elevado número de años, pero nada más, desde el punto de vista del propietario–amo. Así se explica, en parte, la utilización de muchos productos africanos en la cesta alimentaria caribeña, pero también la utilización de otros productos originalmente desconocidos para ellos, como podría ser el caso del arroz, que se importaba directamente a las islas azucareras para alimentar al esclavo, o de estimulantes altamente energéticos, como el ají. Con el tiempo quedó claramente diferenciada la cocina caribeña, aunque sea natural encontrar dos versiones, la del propietario y su círculo, y la del trabajador, esclavo o asalariado. Esta cocina está todavía caracterizada por el abundante uso del arroz y del maíz, de la carne y del pescado, del coco y del plátano, y del picante y otras especias, a veces en un sólo plato, guiso o sofrito, que le dan no sólo un fuerte y contrastado sabor, sino también una forma típica.
Ya un plato típico caribeño, cualquiera que sea, da idea de lo que el color significa en el Caribe. No debe ser difícil adivinar de dónde viene tan marcado gusto por el color, pues ello es todavía una característica importante en las regiones africanas que antaño estuvieron sujetas al cautiverio de su población. Sin embargo, hay en el espacio caribeño algo que si bien no le es singular, se da con marcada presencia: el contraste del azul del mar con las doradas costas, las verdes montañas de barlovento o las opacas laderas de sotavento, todo junto al luminoso sol, el sonoro viento y gente de todos los tonos, hacen de esta región una cuya población disfruta la coloración, como se vé tanto en las ropas de caribeño como en el color de las fachadas de sus casas. Los mercados, que recuerdan a los de siglos pasados, son un enjambre cromático de personas, atuendos y productos, y las banderas de las actuales repúblicas independientes contrastan en colorido con las de sus antiguos colonizadores, formadas todas casi bajo un único patrón, azul, blanco, y rojo. Los obscuros rostros, adornados con las blancas y estimulantes sonrisas, las blancas faldas enmarcadas en pies descalzos y mantos colorados, la verde y exótica vegetación y los resplandecientes pescados, han cobrado vida en un estilo pictórico conocido como naïf, que llama la atención tanto por las formas como por los colores.
La mezcla de etnias y culturas se dio también en el ámbito de las ciudades, aunque en este caso el aporte africano no fuese fundamental sino para la difusión. El urbanismo y la construcción tuvieron que adaptarse al calor y la luz caribeñas, surgiendo así estilos arquitectónicos propios, como por ejemplo el gingerbread, que originado por la adaptabilidad habitual de los ingleses, pronto recorrió todo el Caribe y fue, más o menos, copiado o reproducido en todo su ámbito. El estilo victoriano, la romanilla, la construcción en madera con basamento de piedra, el uso de largos balcones, etc., dieron vida a la arquitectura antillana, que fue menos evidente en las colonias españolas, tanto insulares como continentales, en las que el bahareque y los sombreados patios internos mezclaron la tradición autóctona con la peninsular–mediterránea. Las ciudades fueron algo más que adaptación al medio: muchas veces incrustadas en las montañosas costas de las pequeñas islas orientales, las circunstancias de guerra, inestabilidad y enfrentamiento hicieron de todas ellas y sus puertos, protegidos y defendidos con grandes y armadas murallas, ciudades subterráneas o catacumbas. También se dieron casos tan especiales como Nueva Orleans, ciudad de planta hispana, arquitectura francesa y uso norteamericano.
El mestizaje descrito, que apenas ha sido bosquejado, no fue obra y gracia del azar, ni siquiera resultado de una fuerza oculta. La misma dinámica histórica, increíblemente compleja en el Caribe, fue la que condujo y facilitó la vinculación de tan diversos grupos humanos. El boom agrícola caribeño, basado en la extraordinaria fragosidad de su tierra y en el incesante trabajo de los esclavos, no hubiese llegado muy lejos si el Caribe no hubiese sido, además, y sustancialmente, una región marítima. El relativo aislamiento que fue característico de todas las colonias caribeñas, continentales o insulares, su obligatoria autarquía debido a los tiempos que corrían, en vez de conducir a la formación de un proceso histórico lento, poco propenso a los cambios, más bien condujo a lo contrario. La insularidad no fue sólo típica de las islas, también lo fue, valga la figura, de la tierra firme, dejada en buena medida a su propio ritmo, olvidada por la fuerza colonizadora hispana. El mar que distanciaba a casi todas las colonias y la impenetrable tierra que separaba a la mayoría de las colonias continentales entre sí, propició que la navegación se convirtiese en el único medio de unión de las colonias, así como de éstas con sus respectivas metrópolis. La necesidad de ayudarse unas colonias a otras, obviándose los dictámenes oficiales metropolitanos, y muchas veces locales, condujo a que entre todas ellas, al margen de lo que opinasen autoridades locales y metropolitanas, a veces con su clara o velada connivencia, se interrelacionasen formando una densa trama que no desapareció ni cuando, a veces denunciada, se buscó deshacerla. Fundamentales para ello fueron los comerciantes holandeses, especialmente los judíos sefardíes, que desperdigados en el Caribe, libre u ocultamente, vializaron el intercambio necesario para sobrevivir a la falta de libertades, de visión o de decisión que caracterizó a las demás metrópolis europeas, inglesa y francesa incluidas.
Desde el principio, pero sustancialmente a partir de la mitad del siglo XVII, y hasta la independencia de las colonias españolas, las relaciones comerciales entre súbditos de las distintas coronas, pobladores, productores y comerciantes, insulares o continentales, fueron perseguidas por las autoridades metropolitanas cuando el comercio afectaba sus respectivos erarios, pero no cuando afectaba el de los vecinos. Tan fue así que la lucha por la libertad de comercio con quien conviniese fue causa de varias guerras en aguas caribeñas. Pero nada pudo reducir dichas relaciones, en esencia contrabando; lo más que pudo hacerse fue, bien legalizarlas, bien orientarlas en beneficio de una u otra potencia. La independencia norteamericana introdujo un nuevo actor en el comercio caribeño, aunque los norteamericanos no fuesen nuevos allí, pues la gran competencia al comercio holandés en el Caribe, sobre todo a lo largo del siglo XVIII, fue precisamente el comercio de las colonias inglesas de Norteamérica, en general en relaciones de amistad con aquéllos. A causa de todo ello, el mar Caribe se vio surcado por infinidad de embarcaciones, de todo calado, de todas partes a todas partes, llevando no sólo productos para la subsistencia de las poblaciones, o frutos que tan crecidamente daban la tierra y el trabajo esclavo; llevaron también hombres, ideas e ideales.
Sin embargo, resulta una simpleza pensar que este intercambio cultural se reducía tan sólo a las personas e ideales que tenían que ver con los novedosos cambios políticos e ideológicos que se estaban gestando y viviendo en el mundo occidental, pues la mayoría de las personas que transitaba el mar Caribe era, precisamente, gente de escasas luces, que no cultura; eran marinos, en gran parte esclavos y libertos, o comerciantes de pequeña talla, que vivían del trajinar diario, que no tenían necesidad ni oportunidad de distraerse con lo que se pensaba en Europa. Ellos fueron los que llevaron de un lado a otro toda la diversidad cultural que arriba se ha anotado, la forma de hablar, de comer, de divertirse, fueron los que sirvieron de agentes de la difusión cultural, de la homogeneización del tipo de vida caribeño. También fueron los que mantuvieron viva la región pues las grandes empresas y embarcaciones trasatlánticas poco podían hacer para unir las colonias caribeñas, bastante era que se dedicasen a llevar a Europa la inmensa y diversa producción americana y caribeña, y traer de allá las manufacturas textiles y metalúrgicas, así como buena cantidad de comestibles y bebidas que todavía tenían peso en el gusto del nuevo mundo. Los registros de los movimientos de los puertos del Caribe, especialmente de aquéllos en los que estaba legalizado el comercio de interpole, muestran claramente la densidad y calidad de las relaciones comerciales apuntadas, y contribuyen a dar una dimensión más adecuada del mundo caribeño, que si se definiese tan sólo por la presencia de rasgos biológicos y culturales africanos, europeos y amerindios, cubriría, inevitablemente, a casi todo el continente americano.
Así, el Caribe toma una fisonomía más exacta. No reunirá a las colonias en las que el llamado sistema de plantación, levantado sobre el trabajo de la mano de obra esclava africana, fue determinante o estuvo presente, sino a las que, además, estuvieron vinculadas entre sí por el aludido sistema de relaciones comerciales y culturales marítimas, lo que explicaría la afirmación inicial de que el Caribe es más y menos que el territorio que, formalmente, cubre la cuenca caribeña. Costas bañadas por el mar interior, como las del golfo de México, para poner un ejemplo, no formarían parte del mundo caribeño, pero algunas no bañadas por él, como Surinam, sí. Ello obligaría a matizar lo que sería el Caribe, utilizando los conceptos de áreas de influencia, como las tierras interiores de la región venezolana, áreas de cierta identidad, como las costas brasileras, y áreas caribeñas propiamente dichas, pero también supondría concebir el mundo caribeño como una singularidad dentro del mundo americano, que de por sí sería una singularidad más general. El nuevo mundo lo fue toda América, especialmente la ibérica, y dentro de esa singularidad homogenizante, global, el nuevo mundo caribeño tiene luz propia, marcadamente propia, marcadamente mestiza, novedosa, compleja.
El Caribe siguió definiéndose y transformándose a lo largo del siglo pasado y del que está por terminar. Casi doscientos años de independencia de la mayor parte de las colonias españolas de América y de Haití, algo más de los Estados Unidos, supusieron fuertes cambios en el mundo caribeño. El primero de todos, el más letal para el sistema político–económico formado, fue el miedo. Con las embarcaciones caribeñas viajó, inevitablemente, la noticia constante, confusa, de las ideas de libertad, igualdad y fraternidad, de la lucha contra la opresión, de las ideas republicanas. Estas ideas pudieron sonar muy bien en los oídos de la gente del pueblo, de los trabajadores de la tierra y del mar, pero ocasionaron un fuerte impacto en las vidas de los propietarios y de las autoridades coloniales. No era lo mismo dominar y manejar un sistema de producción, que aunque conflictivo y no exento de oposición interna, funcionaba establemente a causa de la ilegitimidad de la oposición a la autoridad caída del cielo, a hacerlo en un mundo en el que la legitimidad del rechazo a la autoridad impuesta tuviese cabida, o por lo menos manifestación. El miedo a la idea de libertad política se confundió con el miedo a la idea de emancipación social del explotado en cuerpo y alma, lo que condujo a casi medio siglo de zozobra en el área caribeña, y en América en general. La posibilidad que tuvieron algunas metrópolis europeas de jugar con tan delicados sentimientos, buscando el beneficio propio, facilitó un estado de insurgencia generalizado, de todos contra todos, que se expresó dramáticamente en el caso de la independencia haitiana, con la que se intentó crear un nuevo cuerpo político en la que el antiguo amo no tenía posibilidad de existir, pero que en el corto plazo supuso la caída de la más grande y opresiva colonia agrícola de occidente, grande para los europeos, opresiva para los esclavos. El caos que siguió en todo el Caribe, aunado a los movimientos secesionistas de las colonias españolas, al aprovechamiento de las crisis de otras metrópolis europeas, Holanda y Francia, a la abolición creciente de la trata de esclavos y al agotamiento de la producción de las islas azucareras, excluida Cuba, pronto hizo declinar la importancia económica, y por ende política, del mundo caribeño que, como región, entró en una recesión si se la compara con lo que había sido apenas medio siglo antes.
Otros trabajadores se trajeron al Caribe, ahora como sustitución o complemento de los esclavos liberados; esta vez fue Asia la que sufrió la sangría, aunque en mucho menor medida: más de 100.000 chinos y 500.000 indios alimentaron la renovación de la producción azucarera, especialmente en Trinidad, en las colonias guayanesas y Cuba, aunque fueron conducidos en general bajo engaño y en condiciones prácticamente de esclavitud. Ello singularizó aún más la peculiaridad cultural del Caribe, complejizando el cuadro, ya bastante diverso para entonces, de etnias, costumbres y colores.
Sin embargo, el febril y fogoso Caribe languidecía, y ello se apreciaba ya en las propias ciudades y puertos, que comenzaban a dejar de ser centros de un intenso intercambio, y el antiguo férreo control, más social que político, cedió ante el creciente desinterés, bien de las metrópolis, preocupadas más por sus problemas locales o cercanos, o de los nuevos gobiernos, ocupados en asentarse a como diese lugar. Pronto el Caribe fue una sombra de lo que fue: Haití, la antigua Saint Domingue, había pasado de ser la mejor colonia agrícola de América, a ser un tierra fantasma, sin identidad ni orientación; las islas azucareras inglesas y francesas se habían anquilosado, obsoletas e ineficientes, cada vez más desfasadas en un mundo de creciente competencia, al haber dependido demasiado de la economía de plantación y del trabajador esclavo; sólo las grandes islas o colonias, especialmente Cuba, Trinidad y Guayana, pudieron sobrevivir la crisis del siglo XIX, pero a expensas de un cambio interno fundamental, nuevas inversiones y tecnología, nuevas tierras cultivadas, propiedades, propietarios y trabajadores. El terrateniente blanco pronto tomó el camino del exilio norteamericano o europeo, más cercano a su estilo de vida, y con ello se suavizó una de las cualidades típicas del Caribe anterior, la estratificación social diferenciada e inmutable. Ahora las grandes colonias y las nuevas repúblicas, especialmente Venezuela, vieron cómo el mestizo pequeño propietario o artesano, accedía, casi inevitablemente, a escalones más elevados de la pirámide social, diversificando la producción, haciendo más viable la vida local, pero reproduciendo en parte las antiguas formas despóticas y de privilegio, manteniendo el principio de que lo primero era el beneficio. Cuba vivió una larga época dorada, lo que hizo más dolorosa para España su independencia, casi terminando el siglo. Se había transformado en cincuenta años en la más grande productora de azúcar, y la colonia más rentable de todas cuantas había habido hasta ese entonces. Venezuela se reencontró con la riqueza agrícola cuando el café se llevó a los Andes, es decir, dejando de ser caribeña, dejando de ser fundamentalmente cacaotera, tabacalera y azucarera.
Nuevos hitos pusieron en la palestra internacional al Caribe. La construcción del Canal de Panamá, terminada en 1914, se logró tras previos planes y frustrados intentos, el descubrimiento del origen de la fiebre amarilla y la secesión de parte del territorio colombiano, obteniéndose la tan soñada y necesaria unión de los dos grandes océanos, el Atlántico y el Pacífico. Sin embargo, detrás de todo ello se encontraban dos asuntos que son determinantes para entender al Caribe actual: por un lado, la migración de pobladores de todo el ámbito caribeño (y con ellos su cultura, tanto espiritual como material) a la zona del canal, no era sino un caso más de un proceso general, pues se dio también hacia Centroamérica, para nutrir el resurgir agrícola, en Costa Rica y Honduras especialmente, hacia la azucarera Cuba, y más tarde hacia Venezuela, con el comienzo del boom petrolero, e inclusive hasta tan nórdicos países como Canadá; por el otro lado estaba la ya imparable penetración de los Estados Unidos en la región. Antes de fin de siglo, Cuba y Puerto Rico pasaron a ser controladas por el vecino del norte, a pesar de una reducida pero militante oposición interna. Las llamadas repúblicas bananeras, en Centroamérica, pronto serían manejadas por la inversión norteamericana en el sector agrícola, tanto o más que las demás repúblicas latinoamericanas.
Hoy quedan claramente dos cosas de ese pasado impresionante: los restos arquitectónicos de las ciudades, sus puertos, sus fortificaciones, sus trapiches e ingenios, por un lado, tristes recuerdos de una época que tuvo de brillante lo que tuvo de impresionante la explotación de los esclavos y el comercio; por otro, la gente, su cultura, su alegría y su color, extraordinario legado de un mundo que tuvo que inventarse so pena de olvidar sus raíces, de no tener identidad válida. También hoy día suceden cosas que nos recuerdan el pasado, cosas que en cierta forma lo repiten: la actual lucha de las grandes potencias, que parece entrar en una nueva fase histórica, ya se dio doscientos cincuenta años atrás, y también tuvo un importante escenario en el Caribe; Cuba, como hace dos y tres siglos todo el Caribe, sufre una lucha de bloques, vedada en gran parte del manejo de los hilos que mueven su destino, corriendo el riesgo de agotar su futuro, como sucedió hace doscientos años con la revolución haitiana.