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CRÓNICAS DE SOMBRA 1 :
Los espejos de Runahed
Mirar tu
reflejo, ya no es seguro, algo ha cambiado, cicatrices cruzan y
marcas atraviesan a muchos llevando consigo siempre a las
sombras, dentro de ellos, como algo más.Muy pocos miembros de
los Clanes Enlin y Eade han notado sus cambios, sufren sus
consecuencias, se enfrentan a sí mismos, criaturas espantosas y
poderosos enemigos. Además, muchos son los que sospechan que la
Fundación, aquella que impuso las normas y los principios de los
clanes oculta muchos secretos, además de conspirar contra el
numeroso grupo que se les revela. Muchos sucesos están
ocurriendo en Runahed y nadie conoce qué les acecha.
Fragmento de Los espejos de Runahed.
(Capítulo 3 )
Se había asustado, más de lo que quería reconocer y le agradaba
que el Señor Norrel le hubiera despertado dando un fuerte
manotazo en su mesa. Se había vuelto a quedar dormida en clase,
estaba castigada, seguro, pero a Robin le preocupaba más la
reacción de su hermana Torrey que el castigo en sí mismo.
Parte de la mañana trascurrió monótona, triste y lluviosa. Su
mirada turquesa estaba fija en el ventanal, en los exteriores
del instituto, pensando en lo vivido en sueños, cuando el sonido
del timbre indicó el final de la jornada, y el comienzo de su
castigo. Cuando su hermana llegó, Robin soportó su riña, sus
voces y avergonzada agachó la cabeza. Dejó que sus cabellos
rojos cubrieran su rostro, sus mejillas surcadas de lágrimas.
Tras reponerse siguió ordenando la clase, limpiando la pizarra
mientras las luces del crepúsculo daban paso a la fría noche,
acompañada de neblina. De pronto un gélido aire penetró en su
cuerpo. Los temblores la invadieron y cuando miró hacia la
cristalera esta comenzó a helarse, algunos vidrios llegaron a
quebrarse, pero lo que más asustó a Robin fueron las manos que
comenzaron a dibujarse en ellos. Los extraños mensajes que se
trazaron, las palmas de manos que dejaron sus marcas, por su
retorcido aspecto era evidente que no eran humanas. Robin
intentó huir cuando la figura de la puerta la paralizó.

Torrey refunfuñaba en el baño. Cepillaba sus cabellos, sombreaba
sus párpados y perfilaba sus labios sin dejar de maldecir a su
hermana pequeña. Lo que más le enfurecía no era que se hubiera
quedado dormida en clase, incluso a ella le pasaba en ocasiones,
sino que Robin gozara del don del sueño, de vivir a través de
éste, relacionarse con otra gente de clanes como Enlin, al que
ellas pertenecían, o Eade. Ella no gozaba de ningún don y por
ello quedaba fuera, incluso a los ojos de su padre, lo que más
le enfurecía. Rabiosa lanzó su estuche de maquillaje contra el
espejo, rompiéndolo, mientras contemplaba su imagen
distorsionada. Entonces llegaron los susurros.
—¿Quieres ser cómo ella? Especial, diferente. Ven a mí. Mírame.
Torrey alzó la vista. Allí estaba su imagen desfigurada, tan
bella como siempre, con su cabello platino cayendo sobre sus
hombros. De repente el cristal comenzó a partirse y una mano
huesuda, cubiertas de llagas se cerró sobre su garganta. Pronto
la criatura emergió cayendo al suelo.
Torrey quería huir, pero la mano seguía cerrada sobre su
garganta, se alargaba a cada paso que daba y pronto se vio
engullida por ese monstruo que no poseía extremidades. Se
arrastraba sobre su propio vientre, viscoso, cubierto de llagas
que no dejaban de supurar. Era una imagen horrible; Torrey no
podía escapar. La bestia se levantó como si fuera una serpiente.
Su cabeza era abultada, alargada y caía ligeramente hacia un
lado sobre su hombro debido al peso. Sus ojos eran dos enormes
esferas rojas y grandes. No poseía orificios nasales pero sí una
pequeña ranura, su boca, de donde emergió una larga lengua con
pequeños dientecillos en la punta. Éstos se cerraron en las
muñecas de Torrey; el grito de la joven quedó absorbido por la
garra. Una nube negra la envolvió. Sus ojos estaban
desorbitados, pero pronto llegó la nueva voz con su promesa. El
dolor desapareció.
Robin resbaló ante la imagen de su hermana. Sus muñecas
sangraban. Todo su cuerpo mostraba rasguños, algunos llegaban
hasta el hueso, las articulaciones. Sus ojos carecían de vida, y
caminaba hacia ella amenazante.
—Torrey, ¿qué te ha pasado?
Pero su hermana no respondió sino que se postró sobre sus cuatro
extremidades como si fuera una bestia salvaje. Se lanzó contra
Robin. Ella saltó a su izquierda, evitándola y corrió por el
largo pasillo del centro. Los fluorescentes se estrellaban a su
paso, la oscuridad la tragaba a cada paso. Corría entre sombras
que cobraban vida, que se dibujaban en las paredes de las que
salían garras que intentaban atraparla haciendo trizas su
uniforme, cuando al fin dejaron atrás su encierro.
Los engendros emergieron de las paredes. Resultaban seres
grotescos, de gran tamaño, encorvados sobre sí mismos. Sus
extremidades eran tan largas que caían al suelo. Eran abultados,
con otros rostros marcados en su pegajosa piel, como si se
hubieran tragado a otros humanos. Resultaba escalofriante.
Robin intentó zaparse pero las bestias eran más rápidas y
llegaron a atraparla. Torrey las gobernaba. Entre pataletas y
gritos fue arrastrada al baño. Allí los espejos estaban
envueltos por una lúgubre luz negra con vetas níveas pero
lograron atravesarlos. La sensación fue desagradable; todo su
cuerpo se agitaba de dolor cuando de pronto apareció en una
ciudad desolada. Los edificios estaban destrozados, algunos
escombros caían de ellos. El cielo estaba ocupado por fuertes
nubarrones que se centraban en el centro del edificio Gallem.
Una estructura compuesta por tres edificaciones, unidas entre sí
por pasillos metálicos. Pero lo que más le sorprendió fue ver
los relámpagos que caían sobre la terraza central, construida en
metal, terminaba en una aguja.
Fue arrastrada por las escaleras de emergencia hasta el último
piso. Gritaba en todo momento a su hermana, para que
reaccionara, pero ella no hacía nada y pronto se encontraron en
la terraza. Toda la zona estaba ocupada por distintas bestias, a
cual más horrenda, con la mirada fija en ella, que finalmente
fue arrastrada hasta un sello. Allí se veía la unión de las
marcas de los clanes Enlin y Eade, una pluma dentro de una
pirámide, donde fue lanzada e inmovilizada. Siguió forcejeando
pero era imposible escapar; la oscuridad avanzaba sobre ella, y
cuando su hermana hizo cortes en sus muñecas la negrura penetró
en ella a través de ellos. El dolor fue agudo, punzante, las
fuerzas le abandonaban. Su sangre se filtraba por la terraza,
por la marca, que brillaba con frenesí. La oscuridad seguía
penetrando en ella cuando emergió de su mente trazando una línea
blanca en el cielo, despejando los nubarrones.
Hubo vítores de alegría y entonces llegó la confusión. Tres
personas irrumpieron en el lugar: un muchacho y dos chicas.
—Libera a Robin, Meira—gritó Logan, su hermano mayor, mientras
él se enfrentaba a las bestias, acompañado de Julianne.
Su hermana pequeña asintió. Era una joven de quince años, gran
valentía y larga cabellera rubia. Sobre su muslo llevaba
anudados dos kunais, con los que cortó las ataduras de Robin.
Mientras sus hermanos la protegían ella ayudó a Robin a llegar a
las escaleras, pero el escalofriante grito de Julianne la obligó
a mirar por encima de su hombro, viendo como se precitaba al
vació. Su grito de dolor resultó ensordecedor pero Logan gritaba
que se marchara, rápidamente quedó sepultado por los engendros.
Pronto Meira aprisionó la puerta y posó sus manos sobre los
hombros de Robin.
—No dejes que te atrapen, Robin. Si lo hacen todo habrá
acabado... yo, debo ayudar a mi hermano.
—¿Qué está pasando?
—No hay tiempo para explicaciones. Vete, busca un espejo que
cruzar y dirígete a tu casa, que la Fundación te ayude, pero
cuídate de ellos,¡Vete!
Robin bajó a trompicones las escaleras.
Meira desaprisionó la puerta. Logan estaba siendo apresado, bajo
él se creaba un gran agujero negro que los engullía.
Logan le gritaba que huyera y eso hizo. No encontró a Robin, y
desolada, se encontró en medio de una ciudad desierta azotada
por la gélida lluvia.
Robin empujó una de las puertas de emergencia dando paso a un
desolado pasillo. Estaba compuesto por despachos, y decenas de
puertas cerradas que fue abriendo, hasta dar con el baño. Allí
se miró en el espejo. No se veía reflejada, sino que únicamente
sombras y neblina se apoderaban de él. De pronto la puerta fue
aporreada apareciendo otro engendro, sin dudarlo saltó y
apareció de nuevo en el instituto. Ya era medianoche. Mientras
que para ella solo habían trascurrido unos minutos en su ciudad
habían pasado horas.
Durante el trayecto a su casa pidió ayuda, quiso detener algún
taxi, encontrar alguna parada de autobús, pero era como si la
tierra se los hubiera tragado. Todo estaba desierto, salvo el
metro. Una vez allí hizo trizas la chaqueta de su uniforme para
cubrir sus heridas e impaciente esperó cruzar parte de la ciudad
hasta llegar a su barrio. El silencio resultaba estremecedor, en
algún punto de las desoladas calles un perro ladró para al
instante lanzar un agudo gemido.
Robin hizo acopio de sus fuerzas y corrió hasta detenerse ante
su casa. Las vallas que cercaban el jardín estaban caídas, al
igual que la puerta de entrada, que estaba manchada, llena de
sangre y entonces escuchó el grito de su padre. Sin pensarlo
corrió. Primero fue a la cocina; estaba destartalada pero aun
así tomó un cuchillo y con él fue al salón. Allí estaba su
padre. Un encapuchado tenía un ninjato situado bajo su garganta.
Su progenitor había recibido una gran paliza, casi no se
mantenía en pie, tenía innumerables cortes, un brazo roto.
Únicamente las escaleras al piso superior los separaban, y él,
con el último aliento de vida, le gritó que corriera.
Robin lo hizo, huyó a su habitación, reviviendo como su padre
había sido asesinado, y cerró la puerta. Pronto comenzaron a
golpearla, ella se refugió bajo la ventana aferrada con fuerza
al cuchillo, suplicando que todo cesara, cuando los cristales
estallaron. Las grotescas manos salieron de todas partes, se
alargaban cada vez más y más, se cerraron alrededor de ella e
inevitablemente fue arrastrada hacia sus opresores.
Lucia glez, 2007 derechos reservados. |