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2008

 
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CRÓNICAS DE SOMBRA 1 :

Los espejos de Runahed

 Mirar tu reflejo, ya no es seguro, algo ha cambiado, cicatrices cruzan y marcas atraviesan a muchos llevando consigo siempre a las sombras, dentro de ellos, como algo más.Muy pocos miembros de los Clanes Enlin y Eade han notado sus cambios, sufren sus consecuencias, se enfrentan a sí mismos, criaturas espantosas y poderosos enemigos. Además, muchos son los que sospechan que la Fundación, aquella que impuso las normas y los principios de los clanes oculta muchos secretos, además de conspirar contra el numeroso grupo que se les revela. Muchos sucesos están ocurriendo en Runahed y nadie conoce qué les acecha.


Fragmento de Los espejos de Runahed.
(Capítulo 3 )


Se había asustado, más de lo que quería reconocer y le agradaba que el Señor Norrel le hubiera despertado dando un fuerte manotazo en su mesa. Se había vuelto a quedar dormida en clase, estaba castigada, seguro, pero a Robin le preocupaba más la reacción de su hermana Torrey que el castigo en sí mismo.
Parte de la mañana trascurrió monótona, triste y lluviosa. Su mirada turquesa estaba fija en el ventanal, en los exteriores del instituto, pensando en lo vivido en sueños, cuando el sonido del timbre indicó el final de la jornada, y el comienzo de su castigo. Cuando su hermana llegó, Robin soportó su riña, sus voces y avergonzada agachó la cabeza. Dejó que sus cabellos rojos cubrieran su rostro, sus mejillas surcadas de lágrimas. Tras reponerse siguió ordenando la clase, limpiando la pizarra mientras las luces del crepúsculo daban paso a la fría noche, acompañada de neblina. De pronto un gélido aire penetró en su cuerpo. Los temblores la invadieron y cuando miró hacia la cristalera esta comenzó a helarse, algunos vidrios llegaron a quebrarse, pero lo que más asustó a Robin fueron las manos que comenzaron a dibujarse en ellos. Los extraños mensajes que se trazaron, las palmas de manos que dejaron sus marcas, por su retorcido aspecto era evidente que no eran humanas. Robin intentó huir cuando la figura de la puerta la paralizó.

Torrey refunfuñaba en el baño. Cepillaba sus cabellos, sombreaba sus párpados y perfilaba sus labios sin dejar de maldecir a su hermana pequeña. Lo que más le enfurecía no era que se hubiera quedado dormida en clase, incluso a ella le pasaba en ocasiones, sino que Robin gozara del don del sueño, de vivir a través de éste, relacionarse con otra gente de clanes como Enlin, al que ellas pertenecían, o Eade. Ella no gozaba de ningún don y por ello quedaba fuera, incluso a los ojos de su padre, lo que más le enfurecía. Rabiosa lanzó su estuche de maquillaje contra el espejo, rompiéndolo, mientras contemplaba su imagen distorsionada. Entonces llegaron los susurros.
—¿Quieres ser cómo ella? Especial, diferente. Ven a mí. Mírame.
Torrey alzó la vista. Allí estaba su imagen desfigurada, tan bella como siempre, con su cabello platino cayendo sobre sus hombros. De repente el cristal comenzó a partirse y una mano huesuda, cubiertas de llagas se cerró sobre su garganta. Pronto la criatura emergió cayendo al suelo.
Torrey quería huir, pero la mano seguía cerrada sobre su garganta, se alargaba a cada paso que daba y pronto se vio engullida por ese monstruo que no poseía extremidades. Se arrastraba sobre su propio vientre, viscoso, cubierto de llagas que no dejaban de supurar. Era una imagen horrible; Torrey no podía escapar. La bestia se levantó como si fuera una serpiente. Su cabeza era abultada, alargada y caía ligeramente hacia un lado sobre su hombro debido al peso. Sus ojos eran dos enormes esferas rojas y grandes. No poseía orificios nasales pero sí una pequeña ranura, su boca, de donde emergió una larga lengua con pequeños dientecillos en la punta. Éstos se cerraron en las muñecas de Torrey; el grito de la joven quedó absorbido por la garra. Una nube negra la envolvió. Sus ojos estaban desorbitados, pero pronto llegó la nueva voz con su promesa. El dolor desapareció.
Robin resbaló ante la imagen de su hermana. Sus muñecas sangraban. Todo su cuerpo mostraba rasguños, algunos llegaban hasta el hueso, las articulaciones. Sus ojos carecían de vida, y caminaba hacia ella amenazante.
—Torrey, ¿qué te ha pasado?
Pero su hermana no respondió sino que se postró sobre sus cuatro extremidades como si fuera una bestia salvaje. Se lanzó contra Robin. Ella saltó a su izquierda, evitándola y corrió por el largo pasillo del centro. Los fluorescentes se estrellaban a su paso, la oscuridad la tragaba a cada paso. Corría entre sombras que cobraban vida, que se dibujaban en las paredes de las que salían garras que intentaban atraparla haciendo trizas su uniforme, cuando al fin dejaron atrás su encierro.
Los engendros emergieron de las paredes. Resultaban seres grotescos, de gran tamaño, encorvados sobre sí mismos. Sus extremidades eran tan largas que caían al suelo. Eran abultados, con otros rostros marcados en su pegajosa piel, como si se hubieran tragado a otros humanos. Resultaba escalofriante.
Robin intentó zaparse pero las bestias eran más rápidas y llegaron a atraparla. Torrey las gobernaba. Entre pataletas y gritos fue arrastrada al baño. Allí los espejos estaban envueltos por una lúgubre luz negra con vetas níveas pero lograron atravesarlos. La sensación fue desagradable; todo su cuerpo se agitaba de dolor cuando de pronto apareció en una ciudad desolada. Los edificios estaban destrozados, algunos escombros caían de ellos. El cielo estaba ocupado por fuertes nubarrones que se centraban en el centro del edificio Gallem. Una estructura compuesta por tres edificaciones, unidas entre sí por pasillos metálicos. Pero lo que más le sorprendió fue ver los relámpagos que caían sobre la terraza central, construida en metal, terminaba en una aguja.
Fue arrastrada por las escaleras de emergencia hasta el último piso. Gritaba en todo momento a su hermana, para que reaccionara, pero ella no hacía nada y pronto se encontraron en la terraza. Toda la zona estaba ocupada por distintas bestias, a cual más horrenda, con la mirada fija en ella, que finalmente fue arrastrada hasta un sello. Allí se veía la unión de las marcas de los clanes Enlin y Eade, una pluma dentro de una pirámide, donde fue lanzada e inmovilizada. Siguió forcejeando pero era imposible escapar; la oscuridad avanzaba sobre ella, y cuando su hermana hizo cortes en sus muñecas la negrura penetró en ella a través de ellos. El dolor fue agudo, punzante, las fuerzas le abandonaban. Su sangre se filtraba por la terraza, por la marca, que brillaba con frenesí. La oscuridad seguía penetrando en ella cuando emergió de su mente trazando una línea blanca en el cielo, despejando los nubarrones.
Hubo vítores de alegría y entonces llegó la confusión. Tres personas irrumpieron en el lugar: un muchacho y dos chicas.
—Libera a Robin, Meira—gritó Logan, su hermano mayor, mientras él se enfrentaba a las bestias, acompañado de Julianne.
Su hermana pequeña asintió. Era una joven de quince años, gran valentía y larga cabellera rubia. Sobre su muslo llevaba anudados dos kunais, con los que cortó las ataduras de Robin. Mientras sus hermanos la protegían ella ayudó a Robin a llegar a las escaleras, pero el escalofriante grito de Julianne la obligó a mirar por encima de su hombro, viendo como se precitaba al vació. Su grito de dolor resultó ensordecedor pero Logan gritaba que se marchara, rápidamente quedó sepultado por los engendros.
Pronto Meira aprisionó la puerta y posó sus manos sobre los hombros de Robin.
—No dejes que te atrapen, Robin. Si lo hacen todo habrá acabado... yo, debo ayudar a mi hermano.
—¿Qué está pasando?
—No hay tiempo para explicaciones. Vete, busca un espejo que cruzar y dirígete a tu casa, que la Fundación te ayude, pero cuídate de ellos,¡Vete!
Robin bajó a trompicones las escaleras.
Meira desaprisionó la puerta. Logan estaba siendo apresado, bajo él se creaba un gran agujero negro que los engullía.
Logan le gritaba que huyera y eso hizo. No encontró a Robin, y desolada, se encontró en medio de una ciudad desierta azotada por la gélida lluvia.
Robin empujó una de las puertas de emergencia dando paso a un desolado pasillo. Estaba compuesto por despachos, y decenas de puertas cerradas que fue abriendo, hasta dar con el baño. Allí se miró en el espejo. No se veía reflejada, sino que únicamente sombras y neblina se apoderaban de él. De pronto la puerta fue aporreada apareciendo otro engendro, sin dudarlo saltó y apareció de nuevo en el instituto. Ya era medianoche. Mientras que para ella solo habían trascurrido unos minutos en su ciudad habían pasado horas.
Durante el trayecto a su casa pidió ayuda, quiso detener algún taxi, encontrar alguna parada de autobús, pero era como si la tierra se los hubiera tragado. Todo estaba desierto, salvo el metro. Una vez allí hizo trizas la chaqueta de su uniforme para cubrir sus heridas e impaciente esperó cruzar parte de la ciudad hasta llegar a su barrio. El silencio resultaba estremecedor, en algún punto de las desoladas calles un perro ladró para al instante lanzar un agudo gemido.
Robin hizo acopio de sus fuerzas y corrió hasta detenerse ante su casa. Las vallas que cercaban el jardín estaban caídas, al igual que la puerta de entrada, que estaba manchada, llena de sangre y entonces escuchó el grito de su padre. Sin pensarlo corrió. Primero fue a la cocina; estaba destartalada pero aun así tomó un cuchillo y con él fue al salón. Allí estaba su padre. Un encapuchado tenía un ninjato situado bajo su garganta. Su progenitor había recibido una gran paliza, casi no se mantenía en pie, tenía innumerables cortes, un brazo roto. Únicamente las escaleras al piso superior los separaban, y él, con el último aliento de vida, le gritó que corriera.
Robin lo hizo, huyó a su habitación, reviviendo como su padre había sido asesinado, y cerró la puerta. Pronto comenzaron a golpearla, ella se refugió bajo la ventana aferrada con fuerza al cuchillo, suplicando que todo cesara, cuando los cristales estallaron. Las grotescas manos salieron de todas partes, se alargaban cada vez más y más, se cerraron alrededor de ella e inevitablemente fue arrastrada hacia sus opresores.
 

Lucia glez, 2007  derechos reservados.

 

HDD no es una pagina oficial - Hijos del dragón es una saga literaria escrita por Lucia González Lavado (Todos los derechos reservados) publicada por Entrelineas editores.

 

 

 

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