
Los
días entre voces, encarnando hechos cuya memoria se pierde enseguida. Antonieta
se sentía presa de un tormento mecánico que la soldaba a la boca del abismo como
un raro metal empleado en el mercado de vértigos. Ella misma deseaba su muerte.
Era un laberinto de conductos que barajaban desgracias, confundían sentimientos,
intimidaban la dialéctica. Pero nadie la mataba, por más que hubiera sufrido los
efectos de sus circuitos devastadores, y ella misma al menos pensaba en tal
extremo atado. Antonieta era un azote de Dios. De la cofradía secreta de
criminales de todo orden. Un día, ya por entero vacía de la mínima fe, Antonieta
decide matarse. Pone en duda que el suicidio sea una instrucción demoníaca, una
evocación de la ruina. Se mata y no muere. Toda la hermandad comparece,
rodeándola en sus deberes mediúmnicos. Antonieta es una emparedada de Dios. De
la cofradía secreta de criminales de todo
orden.
arte: hélio rola / poema: floriano martinstraducción: benjamin valdiviafortaleza é nossa debilidade
30/03/2005