La última regente

 

Hace tiempo ya, una noche, salí con ella. Caminé mucho, por calles al azar, buscando un volquete. La tenía envuelta en papel de diario y en dos bolsas de supermercado. La tiré. No soportaba que estuviera allí, acá... en cada rincón.

La arrasé, junto a su color. Cambié cada cosa que me recordara su forma, su temperatura, su olor, su imaginario sonido y hasta el sabor, que adivino seco, áspero e implacable.

Tiré un cenicero de piedra, una bandeja, el reloj, una botella de una bebida de nombre exótico que alguien me regaló alguna vez. Tiré un pantalón, dos camisas y tres calzoncillos. Cambié el teclado de la computadora. Regalé una lámpara. Pinté los marcos de las puertas y forré dos libros. Me compré pantuflas para no pisar los mosaicos del baño. Arranqué un poster y juré no probar nada con jengibre.

Revisé mis libros. Los releí y arranqué varias páginas sospechosas. Me deshice del diccionario, desenchufé el televisor y no leí más diarios.

Fue inútil. Sabía que lo que había hecho estaba mal. Y la imaginaba en el volquete, envuelta todavía, pero con el mismo gesto de reprobación.

Al tiempo supuse que su gesto había cambiado. Tendría una leve sonrisa que podría describir como extraña: mesurada y grave, pero de seguridad y de triunfo. Y me enfurecí.

Salí de casa, desesperado, a hablar con alguien, no importaba con quién. Creo que cada uno de los que me crucé ese día (que me seguían con la mirada mientras los dejaba atrás), quedaron convencidos de que estaba loco. Y era cierto: había estado encerrado tanto tiempo... Creyéndome libre, sólo estaba prisionero en un espacio enorme.

Una de esas tardes, cuando volvía de hablar con desconocidos (y sintiéndome mucho más vacío que antes), encontré, tirado en el hall de entrada del edificio, un papelito de publicidad. Tenía un dibujo de una victoria alada, bastante tosco, pero muy clásico. No presté atención al texto, pero me quedé con la mirada fija en la imagen burda y mal impresa que, sin embargo, me atrapó.

Recordaba haber visto un local, por el microcentro, que vendía objetos traídos de Grecia. Salí corriendo, buscando mi victoria.

Y la traje a casa.

Era blanca, de alabastro, casi traslúcida. Tenía - podría animarme a decir - luz propia. Cuando la instalé en el comedor, el clima general cambió. Con sólo mirarla sabía qué tenía que hacer para que las cosas salieran bien. No había reproches. Veía en sus ojos que confiaba en mí. Mientras la miraba sentía que me invadía una fuerza que desconocía, una voluntad que no había imaginado tener, una decisión que nadie hubiera adivinado que podía esconder en algún lugar.

Cada vez que volvía a casa, la veía. Siempre igual, alentándome a seguir adelante, a poner más empeño, a usar esa fuerza que me daban sus ojos y actitud desafiante. Ella estaba segura de sí misma (se le notaba), y yo trataba de imitarla.

A pesar de que las cosas no salían tan bien como esperaba, seguía mirándome con confianza, reclamando más de mí. Hice cuanto pude, en todo, pero los éxitos no aparecían.

- No te hagas el tonto conmigo -

- No, mamá. Te juro que trato de hacerlo bien -

- Es que no te esforzás. Vos me lo hacés a propósito -

- Vamos pibe, vos podés -

- Trato, señor, pero no sé qué pasa, no me sale... -

- Si en las prácticas va todo bien... ¿Me querés hacer quedar mal a mí, vos? -

Las pesadillas volvieron.

Siempre tuve que dar más. Yo creía que me faltaban ganas, o fuerza. Había tratado de encontrar respuestas racionales, biológicas, médicas, qué se yo... algo que me dijera por qué no podía responder a lo que se me pedía que hiciera.

Victoria me pedía más. No me reprochaba mis fracasos, sólo me pedía más. Pero ya no podía agregar nada a los esfuerzos hechos, ni poner mejor voluntad. Había puesto todo.

Insisto, Victoria no me reprochaba. Sí me demandaba ser mejor. En los primeros tiempos pensaba que había una gran diferencia. Luego comprendí que era lo mismo que ya había vivido: da lo mismo que se condene lo hecho o que se reclame que se hagan las cosas como deben ser. Lo único distinto era que era yo quien se torturaba exigiéndose. Al verla, entendía su mensaje. Yo sólo quería su aprobación y su reconocimiento.

Así fue como traté de ser humilde, sabio, comprensivo, tolerante, abierto, generoso. Cordial, justo, respetable, honesto, divertido. Sincero, oportuno, fiel, tierno y recto. Afectuoso, no afectado, formal y casual según las circunstancias. Aprendí a tener tacto, a escuchar los silencios, a respetar, a dar consejo, a ser discreto y prudente.

Leía todos los diarios (tenía que estar informado). Iba a la biblioteca a leer sobre física y citología. Me apasionó la espeleología. Mostré interés por los deportes, la política y las artes. La jardinería no me fue ajena. Las normas de cortesía y protocolo me parecieron un complemento ideal. Seguí un curso de alemán por televisión y no podía perderme los programas culturales. Siempre dejaba espacio para los ómnibus de los sábados, tratando de moldear mi gusto por lo popular. Intenté entender ópera y ballet, en las funciones baratas del Colón.

Pero siempre podía ser mejor. Antes merecía un castigo para obtener el perdón. Ahora sólo cabía repararlo con más esfuerzo.

Cierto día, ya habiendo identificado un florerito de alabastro, la cortina del baño, el nuevo diccionario que había comprado, un perfume, un frasquito de estragón, unas copas de acrílico transparente y la pantalla de la lámpara de mi pieza, reconocí que era insensato volver a repetir el ritual. Porque, evidentemente, nada cambiaría. Sólo lograría sentirme en otro círculo, nuevamente vacío.

¿Cómo ser congruente si se debe ser tolerante con todos e intolerante con las falencias propias; si se debe ser comprensivo, pero a la vez justo, recto e infalible; si se exige no excluir, incluso cuando se nos excluye, y respetar las decisiones ajenas, porque es obligatorio ser amplio de criterio?

Hoy a la mañana, con estas preguntas en la cabeza, fui a la Plaza San Martín. Era una de esas mañanas perfectas: con frío, sol y mucho viento. Recostado en un banco, veía sacudirse las copas de los jacarandáes. Recordé que esa plaza fue cuartel y polvorín y que es porque tiene ese pasado que hoy es como es. Decidí, así, ir a alguna tienda de artículos regionales.

Sí, también la traje. No me arrepiento. No necesito ya convencer a nadie de que hice las cosas bien ni debo rendir cuentas a cambio de respuestas que no pedí.

Ahora están juntas, la reproducción de la escultura de enfrente de mi casa de cuando era chico, y la victoria alada de alabastro. Quizás llegue a comprar una esfinge, porque siempre me gustaron.

Bah... no sé. Pensándolo bien... a veces hacen preguntas tan complicadas...

 

Hernán Neyra

Buenos Aires, 1997

Hosted by www.Geocities.ws

1