Las tres paredes
Sin saber cómo, apareció ahí, frente a cuatro paredes. Y a otras cuatro. Y a cuatro más. Iguales y, a la vez, siempre distintas. Pero lo que lo angustiaba no era que esas breves e infinitas paredes estuvieran ahí: el andar hacía que siempre hubiera un muro gris al frente, y que el único camino despejado fuera hacia atrás, hacia el pasado que sabía no tenía remedio y, quizás, no tenía comienzo.
Recordaba haber tenido, una vez ahí, un palo en el que apoyarse, una manta con la que abrigarse y el irresistible deseo de salir.
Al poco tiempo notó que el palo se resquebrajaba y agrietaba y que la manta se deshilachaba. Y los dejó, junto a la esperanza.
Así, tuvo que inventarse una coraza que le sirviera de reparo y tuvo que desarrollar sus sentidos para sortear escombros, como única forma de sobrevivir al laberinto.
Esa cárcel inconmensurable era demasiado cruel. Maldecía a cada paso, frente a cada roca, ante cada grano de arena caído. Mil veces clamó por el minotauro que pusiera fin a sus días.
Vagó, incansable, sin referencias ni rumbo, hasta reencontrarse con su manta y su palo. Este había sido el único hecho que podía fechar desde que los había abandonado. De esta forma encontró que su cabeza todavía ordenaba las pocas cosas que podía ordenar. Encontró que esas dos simples cosas eran su nexo con el mundo. Y las recuperó, junto a la esperanza.
Mil veces había pedido a gritos que desapareciera esa cuarta pared. Mil más había suplicado, al menos, no verla con lo que se hubiera sabido tan encerrado como antes, pero sin la insensata necesidad de buscar la inimaginable salida.
Ya con sus cosas, con su pasado y con su esperanza, se lanzó, resuelto, a buscar la libertad.
Hernán Neyra
Buenos Aires, 1999