La regente
Isabel entra en el negocio. Yo me quedo afuera, fumando. A través de la vidriera veo que me llama.
Antes de irse, quiere llevarse un recuerdo de Buenos Aires. Mates para regalar, mapas, boleadoras y reproducciones de Molina Campos. Suponía que iba a elegir cosas así, agregando, antes de subir al avión, alfajores y dulce de leche. Pero para su casa quería algo personal, único. Lo encontró.
- ¿No te parece hermosa?- pregunta con una estatuita en las manos.
- ¿No es un poco...? Digo...
- No te gusta...
- No es que no me guste, pero ¿por qué no llevás alguna talla en madera, un oso hormiguero, un pingüino, un cóndor...?-
- Es que es tan única... Lo tiene todo: el gris, la belleza, y la severidad de Buenos Aires- y sus palabras quedan flotando en el aire, con su acento tan extraño.
- Me parece más de Buenos Aires el obelisco - respondo.
- Pero hay obeliscos en muchas ciudades.-
- Pero el nuestro es distinto y también tiene la solemnidad, la tristeza, y ese blanco tan gris...- intento convencerla de alguna forma.
Compró, tal y como estaba previsto, mates, boleadoras y algunas tallas de animalitos criollos. Después salimos para que diera la última vuelta por Buenos Aires.
No quiero verla. Está ahí, cruzando la calle, justo a la altura de mi ventana. Me vigila, siempre me vigila. Me desperté sobresaltado por la pesadilla: recuerdos de mi infancia.
- Me llamaron de la escuela. ¿Qué hiciste?-
- Nada, mamá. Yo no hice nada.-
- Así que no hiciste nada. ¿Y por eso me llaman? ¿Me llaman para decirme que no hiciste nada? ¡Contestame, te digo! -
Todo empezó cuando mi mamá quiso mover los muebles de mi pieza, para que mi cama quedara contra la ventana, para que el sol me despertara. El respaldo contra la pared, al lado de la ventana de madera y vidrio hasta el piso. Yo me acostaba sobre mi lado derecho, por lo que quedaba mirando hacia la calle.
Y ahí estaba, apenas iluminada, en la ochava del edificio de enfrente, a la altura del séptimo piso, solo para que yo la viera, y solo para verme. Siempre gris, siempre rígida y amenazadora, recordándome el bien y el mal. No podía dormir tranquilo: ella estaba para asegurarse de que mi conciencia no descansara. Por más que tratara de ocultarlo, con su mirada me reprochaba todo el mal que había hecho y me atormentaba en mis sueños.
¿Podía explicarle a Isabel que todavía le tenía miedo? ¿Podía intentar explicar que la reproducción de la de la esquina de enfrente de mi casa de cuando era chico, todavía era capaz de torturarme?
Hace ya bastante tiempo, el portero me dio una caja que había dejado una chica que hablaba raro. Tuve que venir a escribir al dormitorio, porque desde ese día está en el living de casa, desaprobando cada cosa que hago.
Hernán Neyra
Buenos Aires, 1996