El fin del minotauro

  

Debió ser extraño estar ahí, frente a cuatro paredes. Y a otras cuatro. Y a cuatro más, conformando una cárcel infinita. Pero lo peor, intuyo, era saber que había una salida inalcanzable.

Trato de imaginar el encierro y la furia; el desafío y el valor.

Recorro los muros con la yema de mis dedos, sintiendo el frío extremo de esas piedras expuestas al sol. Intento deducir la lógica en el diseño de los corredores que se entrecruzan, que se bifurcan, que se pierden o que terminan en el mismo muro donde comenzaron.

Intuyo el filo de la espada de Teseo. Puedo entrever sus pasos entre las rocas oscuras, frías y húmedas de aquella prisión inconmensurable. Lo veo avanzar hacia el centro de este dédalo, buscando a su enemigo.

Escucho el bramido del minotauro que resuena entre los muros, prolongándose en un eco ensordecedor. Escucho cómo escarba la tierra, cómo resopla, cómo respira agitado.

Lo huelo: está en el aire, en el musgo, en la piedra. Está en los techos, en las paredes y en los pisos; en la luz y en la sombra.

Veo mis huellas: tienen una resolución en cada paso que no conocía. Me oigo respirar, a la vez, agitado. Me escucho gritar en medio del laberinto, tratando de ahuyentar cuanto temo. Me veo buscándome, entre las mil paredes.

- Ariadna, necesito tu ayuda. Sé que a tu lado lo conseguiré -

 

Hernán Neyra

Buenos Aires, 1999

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