Esperando a Teseo
Sin saber cómo, aparecí aquí, frente a cuatro paredes. Y a otras cuatro. Y a cuatro más. Iguales y, a la vez, siempre distintas.
Y me refugié en el centro, donde hay sol. Un lugar conocido, cercado por mil pasillos, oscuros, fríos. Pero a pesar de ser el único lugar abierto, es el más distante de la salida. Sí, estoy en medio del laberinto.
Dédalo ideó mi cárcel, y aquí soy rey. Aquí espero, paciente, la llegada de extraños. Y los despedazo por venganza: ellos vienen de gozar de su libertad, de esa libertad que no conocí.
Admito que es envidia. Lo sé... pero me ciega. No tolero pensar que aquellos que se acercan han sido libres, que han conocido cuanto no puedo siquiera imaginar.
Y por aquí vago, sin alejarme mucho de mi dominio, por entre los húmedos corredores infinitos, donde todo está invadido por el insoportable olor del musgo, y por mi propio olor, que me cuesta reconocer como ajeno.
Y bramo, para ser temido. Y bramo, para ser matado. Porque está escrito, también lo sé. He sido puesto en esta cárcel para desafiar y para aterrar. Esa es mi defensa: el miedo. Cuantos entran a mi palacio me temen, me huyen, me imploran.
Hoy, en una de mis incontables vueltas, he visto huellas. Pero hay unas pisadas, entre ellas, que no son como todas las anteriores. Hay una resolución en esos pasos que las distingue.
Hace ya años que mis mugidos claman por la llegada de quien que ponga fin a este encierro. Quizás, cuando vea sus ojos, sepa si termina esta eterna espera.
Hernán Neyra
Buenos Aires, 1999