El té

 

Me tiro en el sillón. "Está rara" pienso. Trato de recordar alguna fecha que olvidé, si me pidió que hiciera algo, si dije algo fuera de lugar. Nada. ¿Será por algo que no dije? No se cortó el pelo. Pantalón, camisa y zapatos, los conozco.

- ¡Qué rico perfume! - arriesgo.

- Es el que me regalaste hace unos meses-

Fue un buen intento, pero fallé. No es que esté mal, pero no está como siempre. Es como si algo le pesara y no puedo adivinar qué es.

- ¿Qué tal tu día en la oficina? - vuelvo a arriesgar, mientras la abrazo.

- Todo normal, sin novedad- me dice mientras sigue ordenando camisas.

Basta. No se me ocurre nada, y tengo la sensación de estar empeorando las cosas, en parte por no saber lo que debe ser evidente, y porque debo estar poniéndola nerviosa con preguntas tontas. Ahora soy yo quien se pone a ordenar el placard, mientras ella va a la cocina. ¿Será posible que no pueda darme cuenta?

- ¿Querés un té? - me pregunta.

Hay algo. Prepara azucarera, tazas, cucharitas, platitos; es como un rito. Sentados a la mesa, preparada de antemano, y con el té de por medio, se hablan las cosas importantes. Mientras está en la cocina reparo en ese detalle: lo distinto que es el té de siempre -el del desayuno, el de los domingos a la tarde, el de todos los días después de cenar, el de lo cotidiano- de ese otro té, el de los planes, el de las realidades. Es extraño: creo que los dos lo tenemos como hábito. Quizás sea un símbolo de estar preparando el terreno. Hoy es ella quien arregla los detalles.

Azúcar. Revuelve lentamente y deja la cucharita sobre el plato.

- Mirá, no sé cómo decirlo, pero... esto así no va.... Estuve pensando mucho y... bueno... no funciona...-

- Bueno, amor, no te preocupes, vamos a ver cómo lo solucionamos- digo mientras dejo de revolver mi té y le tomo una mano.

Deja su taza sobre el plato. No habla. Solo me mira (creo que asombrada).

¿Será posible que nunca pueda darme cuenta de nada?

 

 

Hernán Neyra

Buenos Aires, 1996

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