La paradoja de la unión aduanera

Las uniones aduaneras acaban bloqueando
el progreso
Pedro Schwartz *
Casi todo el
mundo reconoce ya que la libertad de comercio entre países es un poderoso
factor de crecimiento económico, para beneficio sobre todo de los pobres del
mundo. Sólo unos pocos ilusos se dejan engañar por Bové. La retórica
antiliberal de ese violento anarquista francés de bigotes a la Asterix se
concreta en la protección del campo francés frente a los productos del Tercer
Mundo, y si los africanos y latinoamericanos se mueren de hambre, peor para
ellos.
Visto el
efecto multiplicador del comercio internacional sobre la prosperidad de los
países, los "lobbies" de sectores ansiosos de protección y los
políticos que temen la disciplina de los mercados abandonaron hace tiempo la
sustitución de importaciones. Ahora se han replegado al último bastión del
antiliberalismo, que es la creación de bloques comerciales. Les adelanto mi
tesis: las uniones aduaneras, bajo la inocente apariencia de ser útiles bloques
en la construcción de un sistema de librecambio mundial, en realidad acaban
bloqueando el progreso del capitalismo y enfrentando a las naciones en guerras
comerciales.
Una de las
principales causas de la pobreza de África y de América Latina, añadida al mal
gobierno, a la corrupción y al escaso respeto de la propiedad privada, es la
política agraria europea. Bruselas protege a ese sector sobredimensionado,
haciendo difícil que africanos y americanos nos envíen sus productos del campo
y encima subvencionando las exportaciones de la agricultura europea al Tercer
Mundo, lo que condena a gran número de campesinos del Tercer Mundo a la desocupación,
la pobreza, el hambre y la enfermedad. Ahora leo que, al haber caído la
demanda, la Comunidad Europea tendrá que almacenar carne de vacuno por valor de
1.000 millones de euros, mientras carga de aranceles la carne argentina.
Es el colmo
de la hipocresía derramar lágrimas sobre la tragedia de los pingües olivareros
del regadío andaluz, los orondos cerealistas de la Isla de Francia, los sólidos
remolacheros alemanes, los avispados ganaderos ingleses, mientras se condena a
la miseria a los escuálidos productores tropicales de copra, banana, arroz,
azúcar o leche. La política agraria comunitaria es un delito de lesa-humanidad.
Los pobres del mundo necesitan más mundialización.
La unión
aduanera de la Comunidad Europea nació en Roma en 1958 para evitar que las
rivalidades económicas encendieran de nuevo la guerra entre Alemania y Francia.
El fin último era político: hacer que las naciones europeas abrieran sus
fronteras a los productos y servicios de sus vecinos, para así crear poco a
poco un mercado y una moneda comunes en Europa y buscar la unidad de los
estados europeos. Pero ello ha tenido un efecto no deseado: fomentar la
aparición de bloques comerciales rivales. Es la paradoja de las uniones
aduaneras: parecen conducir al librecambio mundial pero se encenagan en la
creación de intereses sectoriales.
El primer
economista en denunciar que esas uniones aduaneras pueden enquistarse y esos
bloques comerciales enfrentarse fue Jacob Viner (1892-1970). Distinguió este
gran historiador y analista del comercio internacional en 1950, entre dos tipos
de efectos de las uniones aduaneras: el efecto de desviación de comercio y el
efecto de creación de comercio. Si las uniones aduaneras se contentan con
desmantelar las barreras comerciales entre los partícipes y mantienen o
aumentan la protección frente al resto del mundo, pueden desplazar a
comerciantes eficientes por suministradores vecinos ineficientes, con la
consiguiente reducción del bienestar mundial. La desviación de comercio en una
unión aduanera será especialmente perjudicial si impone barreras a los
productos de los países pobres, como lo hace la Unión Europea (UE) con la
agricultura y la industria de los países de Asia, África y Latinoamérica. A
esta observación de Viner puede dársele una dimensión dinámica. El profesor
Jagdish Bhagwati, de la Universidad de Columbia, es quien ha acuñado la frase
de que las uniones aduaneras, en vez de servir de bloques para la construcción
de un orden mundial abierto pueden bloquear el camino de la libertad económica.
No es la primera vez en la historia de Europa que se enfrentan los ideales
contrapuestos de la construcción nacional y el librecambio mundial. El edificio
del Imperio alemán se levantó sobre el bloque del "Zollverein", o
Unión Aduanera germana, pero la rivalidad económica fomentada por esta unión
regional no contribuyó a la armonía entre las naciones. Sería trágico que la
consolidación de la UE acabara enfrentando a europeos y americanos.
En efecto, es
mi opinión que la paz reinante en Europa no se debe tanto al Tratado de Roma,
como dicen los eurofanáticos, como a la "pax americana" que Estados
Unidos ha mantenido con su generosidad, su dinamismo económico y su esfuerzo
militar. Estados Unidos fue inicialmente el gran defensor de los acuerdos mundiales
de libre comercio en el marco del GATT y luego de la Organización Mundial del
Comercio, frente a las tendencias autárquicas de la Unión Europea. Pero el
presidente Clinton saboteó la reunión de la OMC en Seattle, para contentar a
los sindicatos que tradicionalmente apoyan al Partido Demócrata, se mostró
decidido partidario de la unión aduanera Mercosur e intentó con poco éxito, a
Dios gracias, la consolidación de un mercado común en Asia-Pacífico. Es de
temer ahora que el presidente Bush concentre sus esfuerzos en reforzar la unión
aduanera de América del Norte en vez de relanzar una nueva "Ronda
Uruguay" de liberación del comercio mundial. Los aprendices de brujo del
Tratado de Roma están empezando a recoger una amarga cosecha de enfrentamientos
con sus aliados del otro lado del Atlántico.
* Columnista del diario La Vanguardia, de Barcelona. Servicio de
AIPE, especial para El Observador