La economía de EE.UU. es la
envidia del mundo. Pero no está probado que sea el único modelo viable de
capitalismo exitoso, asegura el columnista.
MARTIN WOLF
La economía estadounidense se ha
convertido en el único modelo viable de organización de una economía
capitalista avanzada? Evidentemente, posee una combinación de fuerza económica,
poderío militar y e influencia cultural que ningún otro país ha logrado hasta
ahora. Pero la gran pregunta es hasta qué punto otros países deben imitar a los
EE.UU. para ser exitosos.
Entre los atributos de los EE.UU.
se cuentan: un gasto público de sólo un 30% de su PBI —mientras que el promedio
de la Unión Europea es del 45%—; sindicatos débiles y mercados laborales
relativamente desregulados; una regulación transparente y una cultura de
negocios legalista; generalizada posesión, ya sea directa o indirecta, de
acciones; empresas controladas por los accionistas; una relativa apertura
respecto de la inmigración y un sistema de educación superior diversificado.
Los rasgos salientes del
desempeño económico de los EE.UU. también son notables. Durante al menos el
último siglo, ha tenido la economía más sostenidamente innovadora del mundo y
los ingresos reales más altos per capita (con excepción de la Australia de
comienzos del siglo XX).
En los últimos tiempos, como
enfatiza Richard Freeman, de la Harvard y la London School of Economics en un
fascinante artículo ("El modelo económico estadounidense en el Y2K:
¿estrella polar del capitalismo avanzado?"), los EE.UU. han generado mayor
empleo y desempleo más bajo que la mayoría de los países avanzados.
La economía se ha expandido
fuertemente durante casi una década y el crecimiento de la productividad se
recobró de su severa caída del período 1973-95 para finalmente superar los
índices de casi cualquiera de las otras economías avanzadas.
No es sorprendente que la euforia
que experimentan los EE.UU. provoque envidia en el resto del mundo.
Sin embargo, hay que analizar con
más detalle los datos del empleo, el crecimiento y el rendimiento de la
productividad, pese a todo lo notables que éstos han sido.
Si bien los niveles de empleo de
los EE.UU. han sido muy superiores a los de la Unión Europea —no así respecto
de Japón— desde los 70, esto puede explicarse en gran parte por el empleo
femenino.
En 1999, el 81% de los varones
estadounidenses en edad de trabajar (entre 15 y los 64 años) tenían empleo,
apenas por debajo del 83% de 1973. Sin embargo, en el caso de las mujeres, la
tasa de empleo en 1999 fue del 68%, muy por encima del 48% de 1973.
En la Unión Europea, por el
contrario, el empleo de los varones se despeñó del 87% en 1973 al 72% en 1999,
mientras que la tasa de empleo femenino sólo subió del 43% al 53%.
Las cifras totales de empleo
fueron enormemente superiores en los EE.UU. porque ese país hizo un mejor
trabajo para conservar el empleo masculino y un muchísimo mejor trabajo para
generar nuevos empleos para las mujeres.
Pero estos notables índices de
empleo están viciados por una larga distribución desigual del ingreso real per
capita.
En 1996, los EE.UU. lograron el mayor
ingreso real per capita del mundo. Pero, en términos de ingresos, si se compara
el promedio percibido por el 10% inferior de la población de EE.UU. con su
similar de otras economías avanzadas, a los estadounidenses les toca el lugar
número trece.
Hasta que los índices del
desempleo cayeron por debajo del 5% y el crecimiento económico despegó, en la
segunda mitad de los 90, el crecimiento del empleo pareció incapaz de producir
una elevación del ingreso del grueso de la fuerza de trabajo. Entre 1973 y 1995,
el ingreso real de los trabajadores de la producción del sector privado cayó un
14%. La media de ingreso semanal de todos los hombres cayó, mientras que la de
las mujeres se estancó.
Pero de 1995 a 1999, el ingreso
real por hora de los trabajadores de la producción se incrementó más de un 5%.
Entre 1996 y 1998 los salarios de los trabajadores que pertenecen al decil más
bajo de la distribución de ingresos subió un 9%, mientras que las cifras de los
que dependían de la asistencia pública cayeron rápidamente.
Por lo tanto, que los EE.UU. se
conviertan o no en lo que el profesor Freeman denomina una "estrella
polar" dependerá en gran medida de la sustentabilidad del reciente declive
del desempleo y del ascenso del crecimiento de la productividad.
Durante la segunda mitad del
siglo XX, el crecimiento de la productividad en los EE.UU. fue sostenidamente
inferior al de casi todas las economías avanzadas. Entre 1973 y 1995 fue bajo
incluso respecto de sus estándares históricos.
En la segunda mitad de los 90
esto se modificó. La productividad, tanto en términos de producción por
trabajador como del denominado "factor total de productividad" (el
aumento en producción por unidad de input), aumentó más rápidamente que en
cualquier otra economía avanzada.
Christopher Gust y Jaime Márquez,
miembros del directorio de la Reserva Federal sostienen que se trata de un
cambio estructural genuino, no de algo puramente cíclico. (Datos del Boletín de
la Reserva Federal, octubre de 2000).
Una explicación verosímil sería
que los EE.UU. están desarrollando y adoptando nuevas tecnologías a un ritmo
más veloz que en cualquier otro sitio, tal como lo hicieron a comienzos del
siglo XX.
De modo que el desempeño superior
de los EE.UU. en términos de niveles de empleo, al menos por comparación con
Europa, y —más recientemente— también en términos de productividad y
crecimiento ¿nos permiten declarar "vencedor" el modelo de los
EE.UU.? La respuesta es "no", por tres razones.
Primero, no queda claro hasta qué
punto el desempeño excepcional de los EE.UU. de los últimos años es resultado
de estímulos temporarios y no sustentables, como por ejemplo una Bolsa
sobrevaluada y una inversión excepcionalmente fuerte. Aun si éste no fuera el
caso, la ventaja podría resultar temporaria. Otros países también podrían
alcanzar ese nivel de desempeño. No hace mucho se hablaba de Japón como el gran
campeón del mundo. Hoy todo parece muy diferente.
Segundo, si el modelo de los
EE.UU. fuera evidentemente superior, las economías avanzadas que más se le
asemejan —como las del Reino Unido y Canadá— deberían superar a las demás. Y
eso no está ocurriendo. Precisamente el desempeño de la productividad en Canadá
y el Reino Unido fue sorprendentemente pobre en la segunda mitad de los 90.
Tercero, los estados de bienestar
nórdicos han sido algunas de las economías más exitosas, en términos de alta
tecnología y bajo desempleo (aunque con cifras no homogéneas en crecimiento de
la productividad). Y ellos son, en varios aspectos, los polos opuestos de los
EE.UU., especialmente en lo que respecta al sistema impositivo y el gasto
público.
¿Ejemplo para copiar?
Pese a todos sus éxitos, es
improbable que los EE.UU. proporcionen el único esquema útil para organizar una
economía avanzada. También es cuestionable hasta qué punto otros países puedan
copiar todos los aspectos de su manera de hacer las cosas, aun si lo desearan.
Es su historia lo que hace excepcionales a los EE.UU.
Con todo, también es evidente que
en el futuro, todas las economías exitosas continuarán tratándose de volverse
más "esta dounidenses".
El acceso a la información es
cada vez más libre; los estados intervencionistas están aflojando las riendas;
mercados y contratos están reemplazando a otros tipos de relaciones y
jerarquías; la regulación formal reemplaza a los guiños y los sobreentendidos y
los estados de bienestar están en retroceso.
Los EE.UU. no proporcionan un
modelo que pueda (o deba) ser copiado en su totalidad. Pero tal como ha
sucedido en buena parte de los últimos cien años, fijan los estándares desde
los cuales son juzgados los demás países.
*The US Economic Model at Y2K: Lodestar for
Advanced Capitalism?, National Bureau of Economic Research Working Paper 7757,
www.nber.org.
**Productivity Developments Abroad, Federal
Reserve Bulletin, October 2000, www.bog.frb.fed.us
Traducción de Claudia Gilman