El empujón que falta 

 

¿Se está haciendo todo lo necesario para lograr un despliegue potente de las PyMEs y para favorecer el nacimiento de una nueva generación de "emprendedores"? Lisandro Barry, presidente de FOGABA, reclama audacia y diseño de políticas públicas, tal como se hace en los países más avanzados, con el objetivo claro de hacer pivotar el futuro desarrollo económico sobre ese estratégico sector empresarial.

 

 

Qué tienen de común Apple Computer y Zara? Ambas son empresas nacidas como PyMEs y en cuya puesta en marcha influyeron decididamente los sistemas de apoyo industrial y financiero, que en los Estados Unidos y en España forman parte de las políticas públicas diseñadas especialmente para favorecer el nacimiento y consolidación de nuevos emprendimientos.

En el caso de los Estados Unidos —paradigma indiscutido del capitalismo— esa preocupación ha sido institucionalizada y es "política de Estado" desde hace casi medio siglo, a partir de la sanción de la "Small Business Act". Asimismo, la presidencia de Clinton impulsó y obtuvo en 1996 una nueva ley para las pequeñas empresas, en la que se establece la necesidad de bajar los costos de transacción que implican las regulaciones estatales y se instituye el ombudsman para las pequeñas empresas.

En España, además de contar con un sistema articulado (regional-nacional) de garantías para las PyMEs, se aprobó recientemente una legislación integral para estimular y fortalecer jurídicamente a las instituciones de capital riesgo.

 

¿Y por casa?

Por el contrario, cuando se observan las políticas económicas de nuestro país en los últimos años, las "reformas estructurales promercado" no le han otorgado el mismo lugar a este tipo de estrategias. Incluso en la política económica del actual Gobierno, contrasta el énfasis otorgado a la visión macroeconómica, que se apoya casi exclusivamente en un supremo esfuerzo fiscal supuestamente generador de un mágico círculo virtuoso, respecto al empleado en la sanción de la Ley MiPyMe. Aun a pesar del amplio consenso que sobre el tema existía desde la campaña electoral del 99.

En otros términos, aunque la necesidad de apoyo a las PyMEs forma parte habitual del discurso político, en los hechos se ha tomado una actitud negligente respecto del proceso de desarrollo de "nuevos emprendedores", lo que significa desdeñar un factor esencial al desarrollo del capitalismo.

Resulta, entonces, necesario y urgente revertir la visión y valoración que tiene la política económica en curso, terminando con la morosidad y tibieza en esta materia. Si queremos mejorar la competitividad, el empleo y la distribución del ingreso, hay que librar una batalla por la "empresarialidad", que comprometa fuertemente al Estado nacional, las provincias y al sector privado.

Aunque dichos objetivos no siempre son compatibles entre sí, es en la capacidad de una sociedad para crear empresas o para que los emprendedores de un país puedan desplegar sus capacidades creadoras de valor, donde se puede generar una articulación positiva entre ellos. El sector de PyMEs es en este sentido no sólo el verdadero "semillero" del capital nacional y el sector con mayor potencialidad en la creación de empleo, sino también el que puede generar un fuerte efectos fiscal positivo en relación a los recursos a emplear en su promoción. En cambio, como se puede comprobar en la profunda y prolongada recesión con deflación que padecemos, la vulnerabilidad de las PyMEs —acrecentada además por numerosas normativas fiscales, financieras y administrativas irracionales— acentúa los efectos depresivos del ciclo económico.

 

La parienta pobre

En este sentido y más allá de la ley recientemente aprobada, resulta notorio el lugar secundario que la secretaría del área ocupa en el Ministerio de Economía. Sepultada por los problemas coyunturales y cuestiones macroeconómicas que conforman las preocupaciones esenciales de éste, resultaría conveniente que dependa de la Presidencia de la Nación, para relanzarla, darle autonomía y, fundamentalmente, la vigencia y atención diaria que se requiere hoy.

La estrategia deberá desplegarse a través de tres tipos de políticas fundamentales, simultáneas y coordinadas:

 

a) Facilitar la movilidad de los factores productivos y el incremento de la productividad en este sector, incentivando la reconversión y la asociatividad empresarial, la reducción de los costos de financiamiento, así como los nuevos emprendimientos. Ello requiere, además de poner en funcionamiento los mecanismos previstos en la Ley MiPyMe, abordar las siguientes medidas:

 

1)     estimular rápidamente la generación de fondos de garantías provinciales y regionales

2)     generar un marco legal apropiado a la creación de entidades de capital de riesgo

3)     redefinir y flexibilizar los regímenes informativos del BCRA relacionados con los requerimientos a las PyMEs y adecuar el sistema en encajes para el financiamiento al sector

4)     acelerar la instauración de dispositivos que mejoren la cadena de pagos e involucren a las grandes empresas (factura de crédito obligatoria, sistemas de garantías para proveedores-clientes, etc.)

5)     desarrollar un acuerdo con grandes empresas argentinas para que los subsidios de tasas de interés puedan ser canalizados también a través de las mismas, a sus clientes PyMEs.

 

b) Reducir sustancialmente los costos de transacción del sector, tanto desde el punto de vista impositivo como de las regulaciones que la afectan con especial énfasis en facilitar la creación de nuevas empresas. Así, deberá promoverse: 1) un acuerdo federal para la eliminación, reducción y/o de impuestos distorsivos y para la simplificación de trámites y el acceso a la información y capacitación, etc.; 2) un acuerdo con el sistema financiero para la expansión de los servicios bancarios y reducción de comisiones, sustentado en reglas simplificadas del BCRA; y 3) la incorporación, como pauta de política pública, que toda medida económica que afecte directa o indirectamente a PyMEs, tenga su capítulo correspondiente para tratarla en forma singular. Tal como sucede en los principales países, no puede haber sistemas impositivos, leyes laborales, regulaciones financieras, etcétera que no posean unaf uerte diferenciación a favor de este sector.

 

c) Articular estos esfuerzos con programas de transformación productiva regional, que incluyan la relación con el exterior, tanto en términos comerciales como de atracción-localización de inversiones. Esto significa el desarrollo a nivel local de estas políticas, en donde la Nación debe impulsar el proceso, jugando un papel de coordinación indispensable, replicando y difundiendo las mismas en los niveles provinciales y municipales.

Como se deduce de esta propuesta y tal como funcionan en los principales países desarrollados, existe un inmenso campo para las políticas públicas que, en su núcleo fundamental y pivotando sobre las PyMEs, están más allá de los avatares macroeconómicos y/o regímenes cambiarios. Relacionar el problema de la inversión y su localización con las políticas pro PyMEs no es arbitrario sino que se copertenecen naturalmente.

Por lo tanto, en momentos en que no parece haber demasiadas iniciativas para revertir un cuadro de situación económica preocupante, crear un ámbito en el más alto nivel de conducción política destinado a poner en marcha de manera contundente políticas para la movilización de recursos productivos, que se extiendan e involucren a todas las provincias y municipios, resultaría la señal de que por fin y al menos en esta materia se pasa de las palabras a los hechos.

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