El Mercosur como cuestión de Estado

Danilo Astori

 

La primera década del Tratado de Asunción se ha cumplido en un mar de dificultades para el bloque regional del Mercosur. La situación es propicia para volver a reflexionar sobre el significado del proyecto --incluyendo su indiscutible perspectiva geopolítica-- los problemas que se han venido acumulando hasta el presente, y las opciones alternativas que se abren en relación a su futuro. Desde el punto de vista uruguayo, hay que comenzar por destacar la importancia vital de esta auténtica cuestión de Estado.

 

Gran acierto estratégico

 

Cuatro rasgos fundamentales de la construcción del Mercosur fundamentan esta postura. El primero de ellos tiene que ver con lo que --en realidad-- resulta un mandato histórico e ineludible para nuestro país: su realización como tal a través de su apertura y su proyección hacia el exterior, sabiendo que sólo por esta vía es posible desarrollar completamente las condiciones potenciales que ofrece la dotación de recursos que posee el Uruguay. No debe leerse en esta reflexión una apelación a la ya hace tiempo superada teoría de las ventajas comparativas congénitas, sino una ratificación de las aptitudes nacionales para crear ventajas competitivas dinámicas en diversos ámbitos de la actividad productiva.

 

El segundo rasgo apunta al acierto estratégico que entraña el haber elegido este camino para comenzar la reinserción internacional del Uruguay en un mundo crecientemente interconectado. En este sentido, quizá se trate de la decisión más importante en la historia contemporánea del país. Así, por un lado, Uruguay no puede intentar una articulación mundial exitosa en solitario. Si lo hiciera, la opción más favorable de entre todas las posibles supondría una definición de su estructura productiva interna a partir --exclusivamente-- de la influencia externa y no de la potencialidad de sus recursos disponibles. Por eso es que la integración a un bloque es indiscutiblemente la mejor estrategia, especialmente en este contexto de globalización irreversible que exhibe la economía mundial.

 

Si se comparte esta afirmación, Uruguay no tiene otra manera de iniciar este tránsito, que no sea el de la integración con sus vecinos. Ese es el lugar que tenemos y no habrá de cambiar. Contra esta realidad no se puede ir. Naturalmente, si otros participantes se suman a la experiencia --como lo hizo Paraguay desde el principio-- o aspiran a hacerlo ahora, como Chile y Bolivia, tanto mejor para los más pequeños, como nosotros.

 

Si la vocación nacional es proyectarse y realizarse hacia el exterior, y la estrategia elegida es la de comenzar a perseguir ese objetivo a través de la integración a un bloque regional, junto a nuestros vecinos y otros participantes afines, entonces el tercer rasgo que fundamenta la importancia del Mercosur para el Uruguay, tiene que descansar en el carácter abierto del bloque. En otras palabras, este último no está siendo construido para sustituir los encierros nacionales del pasado por otros de naturaleza colectiva y regional. Por el contrario, tiene que ser concebido como una plataforma de lanzamiento que no se agota en sí misma y que ofrece a sus protagonistas una herramienta de acumulación de fuerzas que les permite articularse a otros bloques regionales con mayores posibilidades de éxito.

 

Finalmente, si como fue dicho al comentar el primero de estos cuatro rasgos, el Uruguay tiene aptitudes para crear ventajas competitivas dinámicas en determinados recintos de su estructura productiva, entonces un cuarto gran pilar de la estrategia de integración a través del Mercosur se vincula a las posibilidades de especialización del país a altos niveles de calidad, tanto en materia de bienes como de servicios.

 

Un logro y varias dificultades

 

Habida cuenta de estos puntos de partida, la experiencia acumulada en los primeros diez años del Mercosur, exhibe un gran resultado positivo: la fuerte expansión del comercio intrarregional, que resultó significativamente más importante, como es lógico, para las economías más pequeñas, como la uruguaya. Y esto no sólo no hay que olvidarlo, sino que debe encabezar cada intento de evaluación que se realice al respecto.

 

Sin embargo, junto a este logro inocultable, se han venido acumulando dificultades también notorias que es preciso analizar, sobretodo a los efectos del diseño de acciones futuras.

 

La primera de ellas tiene que ver con la incapacidad para trascender la actividad comercial propiamente dicha. Así, los acuerdos de complementación productiva, los convenios de cooperación científica y tecnológica, y las acciones conjuntas en el campo financiero, han brillado por su ausencia.

 

En segundo lugar, y en términos de las etapas a las que ya aspiraba originalmente el Tratado de Asunción, no sólo no nos hemos acercado a la fase superior del mercado común, sino que todavía tropezamos con algunos obstáculos para considerar completa la zona de libre comercio y --ni que hablar-- la unión aduanera muestra un elevado grado de imperfección, debido a la persistencia de un alto número de excepciones y a las continuas perforaciones gestadas por acciones unilaterales de los países miembros.

 

Precisamente, estas conductas unilaterales desnudan un choque entre visiones estratégicas diferentes --con significados geopolíticos también distintos-- que asume una síntesis fundamental en estos términos: por un lado, la aproximación individual de los integrantes del Mercosur hacia otros espacios de integración internacional, y por otro, la defensa de la acción colectiva en la materia, basada en una negociación de bloque a bloque. Evidentemente, la futura Área de Libre Comercio de las Américas y, en especial, las relaciones con los Estados Unidos, se encuentran en el centro de esta controversia.

 

Finalmente, la lista de problemas no puede ignorar tres carencias fundamentales: no hay expresión de supranacionalidad en la estructura institucional del Mercosur, tampoco mecanismos permanentes de solución de controversias, y no se han logrado más que avances muy modestos y declarativos en el terreno de la coordinación de las políticas económicas de los países miembros. Estos tres vacíos convergen hacia una notable debilidad de la identidad del bloque y del espíritu de cuerpo que debería caracterizar a un proceso maduro de esta naturaleza.

 

Proyecto a defender

 

Las recientes decisiones del ministro Cavallo en la Argentina --aún internalizadas orgánicamente en el Mercosur a título excepcional por resolución del Consejo-- han exacerbado varias de las dificultades reseñadas precedentemente, sobre todo la que refiere al nivel de desarrollo de la unión aduanera.

 

No obstante, la construcción de este bloque es --hoy más que nunca-- un proyecto estratégico a defender por el Uruguay, cueste lo que cueste. Como fue dicho al iniciar este comentario, tiene la dimensión de una cuestión de Estado de una relevancia vital, en atención a las posibilidades de desarrollo del país en el futuro.

 

Para definir las acciones de una política nacional que asuma esa defensa como un objetivo prioritario y permanente, habrá que comenzar por tener en cuenta los cuatro grandes fundamentos de este camino para el Uruguay, ya comentados antes. Y en función de los mismos, tendremos que concluir claramente que no habrá un auténtico bloque regional sin unión aduanera; que ese bloque debe ser construido como una experiencia abierta; que para las economías pequeñas como la uruguaya la única alternativa de mejoramiento de la correlación interna de fuerzas es el ingreso de nuevos integrantes; que la supranacionalidad, los mecanismos permanentes de solución de controversias y la coordinación de las políticas económicas constituyen ingredientes esenciales para seguir progresando en esta trayectoria, y que tanto desde una perspectiva económica como desde el punto de vista geopolítico, la aproximación y la negociación colectiva respecto a otras experiencias regionales de integración, resultan ampliamente superiores a la conducta unilateral, sea en atención, no sólo al fortalecimiento del Mercosur como tal, sino también a los beneficios que cada uno de sus miembros pueda obtener de esas nuevas relaciones.

 

Estas son, precisamente, las orientaciones principales de la política nacional que, en esta materia, el Uruguay debe diseñar y practicar con mucha convicción.

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