Las ventajas y desventajas de
cada esquema. Los últimos debates entre los más destacados teóricos de la
política monetaria mundial.
La discusión no está cerrada. Dos
por tres, el viejo profesor de la Universidad de Chicago Milton Friedman y su
amigo Robert Mundell instalan la polémica en el ambiente académico
internacional sobre el tipo de cambio; y nadie quiere perderse un debate entre
estos dos premios Nobel de Economía.
En diciembre, volvieron a
trenzarse en un encuentro organizado por el periódico canadiense National Post.
El resultado: un intercambio histórico entre un fervoroso defensor del tipo de
cambio flexible (Milton Friedman), y un aguerrido partidario del tipo de cambio
fijo y la unificación cambiaria (Robert Mundell).
El debate sobre el tipo de cambio
parece ser crucial en todo el mundo y aún en la Argentina donde hoy la
convertibilidad cumple una década de vida, pero la conveniencia o no de su
vigencia continúa en discusión.
La semana pasada —en Madrid—,
Domingo Cavallo reiteró la misma idea que repitió en foros internacionales
antes de reasumir en el Palacio de Hacienda: la de pasar a una canasta de
monedas, incorporando el euro y el yen. Pero aclaró —para no dejar lugar a las
dudas— que podría ponerse en marcha cuando la moneda de la Unión Europea se
equilibre con el dólar, y en un plazo no menor a los dos o tres años. Hasta el
ex presidente Carlos Menem aprovechó la oportunidad para reinstalar la polémica
sobre la dolarización.
En realidad —tanto en el ambiente
académico local como internacional, y aún en la oposición— nadie cree que salir
de la convertibilidad sea una alternativa para alivianar los males de la
economía argentina.
Ni siquiera el FMI piensa que
abandonar el "1 a 1" sea una buena idea, pese a que en más de una
oportunidad manifestó su preferencia, en términos genéricos, por los tipo de
cambio flotantes.
Horst Köhler —el director
ejecutivo del FMI— reconoce el efecto estabilizador que la convertibilidad tuvo
sobre la economía, que permitió controlar una inflación que en 1990 superaba el
2.300 por ciento; pero también sostiene que la paridad entre el peso y el dólar
obliga a tener sólidas políticas financieras y macroeconómicas, así como
flexibilidad de precios y salarios.
Para esta nota, Clarín consultó a
Rudiger Dornbusch, Humberto Petrei, Mario Blejer, Guillermo Calvo, Joaquín
Cottani, Carlos Rodríguez, Ricardo Gutiérrez, Juan Llach, Horacio Liendo, y recogió
la opinión de los dos premios Nobel de Economía Robert Mundell y Milton
Friedman para conocer sus posiciones respecto del tipo de cambio.
Desde su bunker en el MIT, el
profesor Rudiger Dornbusch sostiene que la convertibilidad ha sido un
"aporte extraordinario" y la única garantía para una situación de
gobierno débil.
"La Argentina necesita
desesperadamente de sus instituciones, y el ''1 a 1'' ha sido central para
limitar algunas tendencias destructivas. Creo que en línea con la credibilidad
y el respeto internacional de (Domingo) Cavallo se abre una nueva oportunidad
para crear una base de crecimiento", le dijo Dornbusch a Clarín.
Cuando en 1989 Domingo Cavallo y
el equipo que redactó la ley de convertibilidad —que integraron Horacio Liendo
y Juan Llach— le propusieron la idea al entonces presidente Carlos Menem, pocos
creyeron que ese audaz proyecto de estabilización duraría 10 años.
Liendo le había acercado a
Cavallo un proyecto —de 31 artículos— que fijaba la paridad del peso con el
dólar. La idea era emitir moneda nacional por 4.000 millones de dólares y
respaldarla con el oro del Banco Central (por un valor de 1.500 millones) y los
fondos que se generarían por un impuesto a las exportaciones.
Fueron muchos los que creyeron
entonces que Cavallo y su equipo caminaban por la cornisa; e incluso muy pocos
imaginaron que la convertibilidad pasaría airosa varias pruebas de fuego: el
"efecto tequila", en 1995; la crisis del sudeste asiático, el default
en Rusia, la devaluación del real, y la abrupta caída del euro; además de la
transición política de 1999 y el cambio de dos ministros de Economía en apenas
15 días.
"El abandono de la
convertibilidad crearía un caos, se desatarían expectativas inflacionarias,
habría un sálvese quien pueda generalizado y se crearían innumerables
conflictos en la sociedad que llevaría muchísimo tiempo resolver. Algunos
expertos, con poco conocimiento de la historia de los últimos años, aconsejan
pasar a un tipo de cambio flexible, y si bien en teoría esa modalidad
permitiría a la economía argentina absorber mejor los shocks externos, esta
receta desconoce la traumática experiencia de sucesivos episodios
hiperinflacionarios por los que pasó el país", argumenta Humberto Petrei,
ex funcionario del BID y actual asesor del gobierno de José Manuel de la Sota.
Existen muchas discusiones acerca
de los méritos del tipo de cambio flotante comparado con el tipo de cambio fijo
y con otros sistemas híbridos que se encuentran entre estos dos extremos.
Para algunos analistas, la tasa
flotante parece ser más atractiva en cuanto a las ventajas que se obtienen, en
términos de una asignación eficiente de los recursos, por un mecanismo de
precios que opera libremente. Esta postura es para otros
"superficial" porque —dicen— los tipos de cambio "no son sólo un
precio".
El argumento es que las
variaciones en los tipos de cambio pueden alterar en forma sustancial los
niveles de ingreso e, incluso, hasta pueden ser inconvenientes para el
comercio, y fugaces si se permite el libre movimiento. Además, debido a la
urgencia de los movimientos de capital de corto plazo o especulativos, el tipo
de cambio podría moverse en una dirección contraria a la requerida por la
economía doméstica de acuerdo a como se refleja en su balanza de pagos básica.
El sistema de tasas fijas es,
para otros, criticable por su inflexibilidad, y porque sus ajustes conllevan
una carga demasiado pesada para la economía.
Sin embargo, reconocen que hay
excepciones. En el caso de la Argentina, como gran parte de la deuda está
denominada en dólares, pasar a un sistema de flotación "podría ser
desastroso si los especuladores atacaran el peso", coinciden los
analistas.
El profesor Friedman cree que el
tipo de cambio "manejado" (tipo tablita) es una "bomba de
tiempo", y entonces traza lo que denomina una "tricotomía" entre
los distintos tipos de cambio:
· El tipo de cambio fuertemente
fijo (hard fixed) (Y pone el ejemplo de la Unión Europea, Panamá y la
Argentina);
· Con intervención del Banco
Central (Bretton Woods y China);
· Flexible (Canadá, Gran Bretaña
y Japón).
"Todas las crisis cambiarias
han estado ligadas a los cambios fijos, como ocurrió en México y Asia; en
cambio, los países con tipo de cambio flexible nunca han experimentado estas
crisis", explica Friedman.
Bajo las reglas del FMI que se
establecieron en la conferencia de Bretton Woods, hacia fines de la segunda
guerra mundial, los tipos de cambio se determinaron a una paridad respecto del
dólar, y las fluctuaciones alrededor de esa paridad se limitaron a un margen
mínimo. Lo que ocurrió es que el dólar no se sujetó a esa restricción porque al
gobierno de los EE.UU. se le encomendó comprar oro, cuando así lo requirieran
los demás países, a un precio fijo por onza.
Sin embargo, en agosto de 1971
los EE.UU. suspendió la convertibilidad del dólar con el oro, y otras monedas
impusieron un recargo del 10% a las importaciones y tomaron otras medidas
dirigidas a eliminar sus déficit de balanza de pagos. Después siguió un período
en el que se permitió flotar algunas monedas importantes, pero sujetas a
regulaciones de control de cambios para mantener los movimientos del tipo de
cambio dentro de ciertos límites (una flotación sucia).
En el 71 se acordó un reajuste de
las tasas de cambio que permitiría una devaluación del dólar de alrededor del
5% tomando en cuenta un promedio sobre todas las otras monedas, a cambio de un
aumento en el precio del oro a 38 dólares por onza y de la eliminación del
recargo a las importaciones. Aquí también se acordó un margen de fluctuación.
Existen otras posiciones
intermedias:
· En la paridad movible, la tasa
de cambio se ajusta en forma automática de acuerdo con las cotizaciones
promedio de meses anteriores.
· El crawling peg es una versión
perfeccionada de la paridad movible que propone que en lugar de que todo el
monto de la revaluación o devaluación se realice de una sola vez, se divida en
pequeños porcentajes a través de varios meses. Este sistema tiene la ventaja de
que se conoce y es seguro, en tanto que los ajustes mensuales son demasiado
pequeños para causar excesivos flujos especulativos.
En 1972, la flotación de la libra
esterlina, descripta como "temporal" por el gobierno de ese momento,
marcó el fin del sistema de paridad fija y en los años siguientes todas las
monedas se sujetaron a una flotación administrada.
En 1980, una encuesta entre
banqueros y corporaciones —financiada por la Fundación Rockefeller— sobre la
flotación "administrada", demostró que esas instituciones —por lo
general— estuvieron a su favor, y hasta las corporaciones multinacionales preferían
las tasas de interés flotantes, aunque admitieron que el cambio de monedas
requiere más tiempo ejecutivo.
Robert Mundell —el "padre
del euro", como se lo conoce en los claustros académicos— parece estar
furioso con los comentarios que —según dice— le atribuye Milton Friedman
respecto de su posición sobre una política monetaria mundial. Sus seguidores
aseguran que, en realidad, ambos se divierten a lo loco intercambiando
opiniones sobre la política monetaria e ironizando sobre sus teorías.
"Hace poco, en Italia, le
dije a mi mujer, Valerie, que contestaría por escrito las acusaciones de
Milton", se desbocó Mundell ante la prensa. Al parecer, la
"acusación" de Friedman guardaba algún error semántico.
Friedman habría dicho que Mundell
estaba en favor de una unidad monetaria mundial, cuando en rigor sólo dijo
proponer una política monetaria mundial.
—¿Cuál es la diferencia?, se le
preguntó a Mundell.
—Una moneda única es aún peor que
lo que dijo Milton. Si existiera tal cosa, cada país querría ganar señoreaje a
través de producir su propia moneda nacional o hacer que sus bancos hagan lo
mismo. Esto es lo que pasó con la decadencia del patrón oro. En 1900 había sólo
21 bancos centrales en todo el mundo y ahora hay 190. Su creación empezó cuando,
como resultado de las políticas de guerra inflacionarias, el oro se volvió
inestable.
El resultado final —continúa
Mundell— fue que se pensó que con los bancos centrales la cosa funcionaría
mejor, entonces el papel moneda reemplazó al oro y "la mayoría de los
bancos centrales se convirtieron en instrumentos de permanente inflación".