FFYL/UACH

 

 






 

Norma Luz González, Fanny Alejandra Martínez y Lorena Aralí Pérez Macías

Leyendas urbanas de la ciudad de Chihuahua del último siglo


Prefacio

Las leyendas proporcionan interpretaciones que agudizan nuestra visión, permiten distinguir y reencontrar el camino trazado por la cultura. Las enseñanzas que contienen nos infunden confianza: nuestro andar no se ha terminado, sigue conduciéndonos hacía un conocimiento más profundo de nuestra presencia.

Un pueblo necesita conocer sus leyendas, sin ellas pierde el encanto de la cotidianidad y la memoria. Sin la memoria desaparece el tiempo y, con el tiempo, la vida.

Introducción


El presente trabajo es una recopilación de leyendas urbanas nunca antes documentadas. Las historias que lo conforman nos hablan exclusivamente de la ciudad de Chihuahua por lo que no fue necesario citar lugares, sólo fechas, las cuales abarcan desde el año de 1850 hasta nuestros días.

Estas leyendas nos fueron contadas en asilos para ancianos, museos y casas viejas; por tenderos, bomberos, guardias, museólogos, madres y abuelas. Fue difícil extraerlas porque la gente es tímida, no se atreve a contarlas, piensa que las leyendas deben ser historias muy elaboradas que impliquen elementos mágicos o paranormales y no "los relatos que se cuentan en tertulias o conversaciones familiares, a los cuales cada narrador les quita y les agrega elementos o secuencias completas conforme a su talento y personalidad", como señala Jesús Chávez Marín (2003).

Para Jesús Vargas (2004), las leyendas son la expresión más genuina de la literatura popular, dentro de éstas el tema es resumido, la parte más emocionante y conmovedora aflora rápidamente; aquí no hay limites que marquen fronteras entre la realidad y la fantasía. Hay leyendas populares que se transmiten de generación en generación sin ser identificadas como tales porque están incorporadas de tal forma en la cotidianeidad que se perciben como parte de la vida misma.

Los ancianos, a través de los jóvenes, son los guardianes de los relatos que nos enseñan que la vitalidad de los seres humanos se puede recuperar haciendo amplias excavaciones psico-arquetípicas. Clarissa Pinkola Estés (1998) nos dice que la tradición oral, tiene un poder extraordinario, no exige que hagamos, seamos o pongamos en práctica algo, basta con que escuchemos.

Las leyendas nos ofrecen un vivo reflejo del espíritu popular y de aspectos que identifican la vida de nuestra región y las grandes pasiones que envuelven a todo grupo social: amistad, traición, guerra, amor, magia y misterio, Jesús Vargas (2002).

En el diccionario ideológico de la lengua española se define la leyenda como "La relación de sucesos en la que interviene la imaginación o la tradición más que la realidad histórica", también se dice que es un relato que se origina de un hecho histórico desfigurado.

Inevitablemente la tradición oral está impregnada de creencias religiosas presentes en leyendas como "El Señor de Mapimi"; o bien de ultratumba, como en "Un día de muertos", sin dejar de lado misterios entrañables como "El Ático de la Costurera" o "La Descalza de la Quinta Gameros".

Las acciones de grandes personajes que han trascendido en nuestra historia son otro elemento muy común en nuestro folclor, tal es el caso de Pancho Villa, al que se atribuyen un sin fin de tesoros enterrados y conquistas de mujeres, lo que se puede apreciar en leyendas como "La Despeinada" o "El Sin Cabeza". Por otro lado están los eventos que, por ser inesperados, quedan inmortalizados en relatos como "El mielero".

También existen historias estremecedoras que tocan nuestros hilos más sensibles y los llenan de angustia, tal como lo hacen "La muchacha de la Estación de Bomberos" y "La Tragedia de la Calle Décima".

La tradición oral, como todas las manifestaciones culturales, se encuentra bajo el influjo de las circunstancias y del tiempo en que se desarrolla. Las condiciones naturales, económicas y sociales incitan la capacidad imaginativa y afectiva que permite el nacimiento de nuevas leyendas.

Una leyenda lleva consigo palabras, signos y símbolos característicos de nuestro entorno; significa establecer el propio territorio y dejar "un mapa para las generaciones venideras".

La despeinada


Eran los tiempos de la revolución, aquellos en los que el Centauro del Norte dejaba ver su lado salvaje más que su admirable ingenio. En la ciudad de Chihuahua los habitantes, tomando sus precauciones, ocultaban valiosos tesoros: joyas, dinero, comida y, lo más importante, sus preciadas hijas, muy lejos del alcance de las sucias y toscas garras de la fiera encarnada en un bandido, como veían en aquel tiempo al general Villa.

En esta ciudad había crecido María Manqueiro, una joven de 22 años de edad que aún no había contraído matrimonio, ni tenía prisa por hacerlo, poseía talante enigmático y belleza deslumbrante, acompañada de una inteligencia que no era bien vista en una mujer en aquella época.

La madre de la María había enviudado hacía cinco años y no tenía otra defensa que su buen nombre y honradez, los cuáles no le sirvieron mucho el día que el general Villa se acercaba a su casa.

La señora miró a su hija, quien perfectamente sentada lucía un vestido blanco que realzaba su delgado cuerpo y se perdía en su piel de alabastro; sus cabellos rizados y libres despertaban la misma provocación que un nogal en fruto; tenía una boca desmaquillada pero sensual, precedida por unos ojos oscuros pero iluminados, juzgadores y fríos como la hoja del cuchillo afilado de la cocina. Después de ver aquel espectáculo quieto, la viuda pensó que el general no podría detenerse ante aquella hembra, la tomaría por el talle y la haría montar con él sobre su caballo y sabe Dios sobre que más.

La viuda de Manqueiro pensó que el destino de su cría iba muy despacio y que ni siquiera el Centauro del Norte profanaría el cuerpo y el nombre que tan sagradamente había cuidado. Buscó la escopeta de su difunto marido y se dio cuenta de que francamente no sabía usarla, al menos que pretendiera moler al general a palos y luego a todo su ejército. Así que decidió recurrir a mejores armas, en las que se sentía más al parejo con Villa: decidió que cuando aquel hombre cruzará la puerta su hija no le pareciera apetecible.

La viuda le pidió a su hija que se acercara a la chimenea, recogió algunas cenizas, con ellas comenzó a tiznarle la cara, el cuello y las manos; a desgreñar su cabello perfumado y ennegrecer su vestido blanco que rompió salvajemente de mangas y hombros.

La muchacha no entendió aquellos actos, se quedó perpleja pensando que su madre finalmente había enloquecido, se había cansado de que no fuera la mujer sumisa y dulce que todos los hombres hubieran querido, y ahora se vengaba de esa manera.

Antes de que su hija emitiera alguna queja, la viuda musitó:

- Híncate en el suelo, luego encórvate. Por la puerta cruzará un bandido que pedirá comida, yo le ofreceré todos nuestro víveres, quiera Dios que con eso se contente y no mire al suelo, pero si eso pasa, tú finge que eres la mujer más loca del mundo.

Pancho Villa en persona cruzó la puerta, se dirigió tan educadamente como pudo a la Viuda:

- Miré señora, sólo quiero que me ayude con un poco de comida pa' mi ejercito, nomás eso, luego me voy y hasta le doy las gracias.

La señora extendió la mano con el llavero que contenía todas las llaves de la casa:
- Mire general, como habrá notado, aquí no hay mucho que llevarse, pero registre la casa entera y siéntase el dueño de todo lo que le sirva.

Después de que los hombres de Villa terminaron de saquear la casa, Pancho preguntó:

- ¿A poco no tiene hijas? Se me hace que me las está escondiendo, una mujer tan bien hecha debió haber hecho a otras igual de chulas en sus buenos tiempos.

Entonces la señora sonrió:

- Pues sí, General, por supuesto que procreé, pero no me quedó tan bien hecha, mírela, la pobre está junto a la chimenea, hace años que se quedó sin razón y ni siquiera me deja acercarme para limpiarla un poco, sólo le puedo arrimar algo de pan de vez en cuando.

El Centauro se acercó a María, la tomó de un brazo y la hizo ponerse de pie, luego se alejo para contemplarla de cuerpo completo:

- No le creo que sea tan difícil acercarse a ella, señora, a lo mejor usted no le sabe llegar.

Después siguió recorriendo a la muchacha con los ojos, con la curiosidad de un animal ante su presa.

Mientras tanto la joven sentía que las cenizas en su piel se volvían rescoldos, sostenía con las pupilas la mirada del general, así lo penetraba y él a ella, no supo qué hacer con tanto ímpetu y comenzó a temblar, se abrazó a sí misma y dobló el cuello para reposar la cabeza en su propio hombro.

El general levantó la voz y le dijo a su ayudante:

- La señora nos dio permiso de sentirnos dueños de todo lo que nos fuera útil en la casa, y no es que yo le tenga miedo a esta despeinada, pero le sirve más aquí a la señora, yo pa' qué quiero más locura. Y así fue como el general Villa se despidió, bastaron unos harapos para ganarle la batalla a un hombre tan astuto.

El mielero


En la que ahora es la casa de los Aguilar, situada de la calle 34 de la colonia Pacífico, vivió en los años veinte, Martinita, una señorita de edad madura que poseía una tienda de abarrotes.

A la tienda nunca le faltaba nada porque la dueña era muy precavida y tenía suficiente dinero para invertir sin esperar alguna retribución. Su único fin era no sentirse una mujer vacía, así que llenaba la bodega de su casa y esperaba a que la gente viniera a ella, ya fuera para surtir sus víveres o contarle las historias cotidianas que el señor cura no podía escuchar sin poner el grito en el cielo.

Por las tardes, la señorita gustaba de mirar el paso del tiempo; era el espectáculo más conmovedor, se sentaba en una silla de bejuco que le había heredado su madre previendo sus días de soledad. La vida había corrido a través de Martinita, pero ella aún tenía intactos el orgullo y la honra, algo que nunca moriría en su interior, y eso le daba la tranquilidad para ser feliz.

La señorita quedada, como le llamaba la gente, no vivía sola, la acompañaba su perico, al que le contaba historias mientras lo alimentaba con semillas de girasol o pan remojado en leche, seguidos por una serie de arrumacos a los que el animal respondía abriendo sus alas anaranjadas y diciendo:

- ¡Gracias mami!.

Martinita pensaba que una mujer debía saber cantar, escribir, cocinar, contar historias y, sobre todo, instruir a las criaturas para que hablaran correctamente. Mas como ella no tenía hijos, se conformó con enseñarle a su perico a hablar y a imitar perfectamente cualquier voz.

Algunas tardes la visitaba el mielero, saludaba cortésmente por la ventana y ofrecía su miel más clara, la más exquisita. A Martinita le parecía un hombre respetuoso, nunca entraba a la tienda si ella no le compraba miel y le pedía que entrara para cerrar la negociación. Eso la hacía sentirse segura, y quizá el perico se percataba de aquello porque cada vez que el mielero se acercaba a la casa, el animal gritaba:

-¡El mielero... ya viene el mielero, mami!.

La amistad del mielero y de la señorita duró por muchos años, hasta que una tarde de 1928 la lluvia comenzó a arreciar, las calles se quedaron solas y la tienda sin clientela. Cuando el perico anunció la llegada del mielero, el hombre cruzó la puerta, esta vez sin saludar antes por la ventana, lo que no sorprendió a la propietaria quien pensó que era lógico olvidar las cortesías cuando uno quiere resguardarse del agua.

Ella lo dejó pasar, sirvió dos tazas de café y le ofreció una. Él se percató de que la señorita tenía la misma mirada de siempre, sólo le ofrecía una amistad desinteresada, a pesar de la lluvia y de la soledad, así que trato de iniciar la conversación:

-Cuantos años de conocernos, ¿Verdad Martinita?. Tantos años de conversar con usted, de ver como es buena con la gente...

La señorita bebía tranquilamente su café y miraba distraídamente por la ventana, por lo que el hombre se sintió un poco ignorado y levanto más la voz:

- No se crea, me preocupa que esté usted tan solita. He pensando que quizá yo podría acompañarla un ratito más por las tardes, no importa si pierdo algunas ventas de miel, al fin usted siempre a sabido compartir lo que tiene y no habría problema en hacerlo conmigo siendo yo su compañero.

Martinita volteó lentamente, miró al mielero y le respondió:

- Yo no me siento sola, tengo a mi perico, al que jamás le ha importado si guardo o no una pequeña fortuna.

Él sonrió sarcásticamente y luego enfureció:

- ¡Pobre mujer!, tan avara y sola, sin nadie que la pueda ayudar. Le aseguro que su periquito no la salva de ésta.

Entonces tomó a la señorita por el cuello y comenzó a apretarla lentamente, hasta ahogar la maldición que no alcanzó a salir de su garganta. Después registró la casa entera y no encontró algo parecido a una fortuna. Pensó que la vida era bromista y él muy estúpido, había pasado años codiciando algo que no existía.

El mielero salió de la casa sin ser visto y no se preocupó por revisar si había dejado pruebas de su crimen, supuso que a nadie le importaría la muerte de aquella mujer.

Esa misma tarde vino la gente y luego la policía. Todos estaban consternados, se preguntaban quién pudo haber tenido la sangre tan fría para matar a una mujer como martinita. De pronto cesaron las conjeturas, en el fondo de aquella algarabía se escuchaba una voz que gritaba desesperada:

-¡El mielero fue, el mielero mató a mi mami!.

Todos coincidieron en que aquel perico era capaz de articular frases con sentido y que Martinita le había enseñado a decir la verdad siempre, así que no había porque dudar de su palabra. No dejaron pasar un momento más, buscaron al mielero, quien pasó sus últimos días contando su historia desde una celda de la cárcel.

La Descalza de la Quinta Gameros

El ahora Centro Cultura Universitario Quinta Gameros, es una de las mansiones más hermosas de la ciudad de Chihuahua y de México, fue proyectada y construida por el arquitecto colombiano Don Julio Corredor Latorre, por encargo de Don Manuel Gameros quien estaba profundamente enamorado de una joven quinceañera llamada Rosa, lo cual explica que en los relieves decorativos de la casa predominen las rosas y los mascarones femeninos con la figura de la joven.

La construcción inició en 1907 y terminó en noviembre de 1910, cuando estalló la Revolución Mexicana y el señor Gameros se vio obligado a abandonar el Estado.

En 1913, el General Francisco Villa ocupó la Ciudad, y la Quinta Gameros fue intervenida por las autoridades revolucionarias; en ella vivió por un par de meses Don Venustiano Carranza.

Esta casa llegó a funcionar como prisión y cuartel general de Francisco Villa, y hasta como hospital. A pesar de ello, pareciera que los años no la ha tocado, aún conserva estilo y decoración esmerados, la ornamentación externa está compuesta por una gran cantidad de detalles florales, figuras antropomorfas y zoomorfas, labradas magistralmente en cantera, aunque quizá los detalles más interesantes sean las salamandras que decoran la base de las gruesas volutas de piedras que sostienen los balcones superiores.

Es posible que haya una infinidad de historias por contar acerca de esta casa, construida no sólo de cantera, si no por ilusiones, sufrimientos y demás sentimientos de quienes han estado en su interior y percibido la fuerza y el enigma de sus paredes.

Uno de los guardias que protege la mansión cuenta como hace nueve años vio una sombra que cubría la luz de los tragaluces, por lo que fue rápidamente hasta el segundo piso, en donde vio a una hermosa muchacha que andaba descalza, vestida con seda de colores verde y rosa. Entonces se dirigió a ella:

- Disculpe señorita, pero los turistas no pueden entrar al segundo piso. ¿Cómo llegó hasta aquí?.

La joven sonrió antes de musitar:

- Naturalmente que por la otra puerta, siempre está abierta. Disculpe Usted, ando descalza porque tengo mucho calor y mis zapatos están en los jardines. Me voy para que no lo vayan a regañar.

Ella caminó hacia un lado de la puerta y el guardia hacia el otro. Cuando él bajó le aviso a su compañero que andaba una persona en el segundo nivel. Su compañero sacó la llave para abrir la puerta y subió junto a él, pero ya no encontraron a la muchacha. Se preguntaron cuál sería la puerta por la que entró si ellos usaron su llave para entrar y salir, y nunca antes habían dejado abierta alguna puerta.

El guardia recordó que la muchacha había dicho que andaba descalza y que sus zapatos estaban en los jardines, así que fue a buscarla; al no encontrarla en los jardines subió nuevamente, pero sus compañeros que estaban en la puerta principal no la habían visto salir. Aún cuando registraron la casa entera, no la volvieron a ver jamás.

Después los dos años restauraron el segundo piso, se llevaron varias cosas y sólo quedó una capita de polvo sobre el piso. Cuando los guardias volvieron a las ocho de la mañana se dirigieron al segundo nivel y vieron las pisadas de una mujer, las cuales no tenían salida a ninguna puerta, al menos no apreciada por simples mortales.

Con el paso de los años los guardias de la mansión han llegado a ver con familiaridad los pasos de la mujer descalza.

La Tragedia de la Calle Décima

Era los años de 1950 cuando sobre la calle Décima habitaba una familia que nunca se distinguió por ser ejemplar, sino por el contrario, el matrimonio de la señora Amanda y Marcos era tan infeliz que su casa asemejaba a las puertas del infierno. Él era un hombre adicto al elixir del corazón de las botellas de licor, como solía decir. Ella siempre había sufrido las injurias de ser su esposa.

De la boca de Marcos, infinidad de veces, salieron amenazas de muerte para su familia, por eso, cuando a lo lejos, las niñas veían venir sobre la calle a su padre, corrían asustadas a su casa para buscar refugio. Enfrente vivía la familia Carrasco, a la cual acudía frecuentemente Amada en busca de comprensión.

Un sábado por la noche, se escucharon gritos, cosas que golpeaban la pared, objetos de vidrio que se quebraban, palabras altisonantes, llanto y, finalmente, un portazo. Al siguiente día, por la mañana, Amada llamó insistentemente a la puerta de la familia Carrasco, estaba muy nerviosa y asustada. La señora Guadalupe Carrasco abrió la puerta y encontró a su vecina temblorosa y con lagrimas al borde de los ojos, acompañada de sus hijas, vestidas aún con la ropa del día anterior y somnolientas. La mujer gritó desesperada:

- Por favor vecina déjenos pasar, mi marido anda desde anoche como loco y tengo miedo que ahora si nos vaya a hacer algo; ayer se veía más enojado que nunca, por favor ayúdeme.

Media hora después que Amanda y sus hijas entraron en la casa, desde la calle se escucharon gritos de un hombre clamando por una tal Amanda, todos corrieron a la ventana para ver de quien se trataba. Era Marcos tambaleándose a causa del alcohol y vociferando amenazas; tenía cartuchos de dinamita en su cintura, lloraba acercando un cerillo encendido a la mecha de un cartucho, la cual lo hizo explotar segundos después en mil pedazos.

A veces hay gente que pasa por esta calle, parece recordar que cuando eran niños vieron a su madre limpiar la sangre y los órganos esparcidos a lo largo del pavimento.

La Muchacha de la Estación de Bomberos


Durante los primeros cinco años de los 80`s cuando la Estación de Bomberos Número Dos, ubicada en avenida de las Américas y Washington, era solamente obras negras, los albañiles se entretenían a la ahora de entrada y salida de las maquilas viendo y molestando a las muchachas. Gustaban de gritarles piropos, chiflares para atraer su atención, o simplemente, deleitarse al ver sus cabellos bajar por la espalda para conducir las miradas masculinas sobre el vaivén de las caderas.

Había una joven muy hermosa a la que siempre fastidiaban más que a las otras. Se decía que ella era capaz voltear de cabeza a más de tres hombres al pasar junto a ellos; era alta, esbelta, de cabello negro y lacio, con ojos profundos, una nariz respingada y una delicada boca. Uno de los albañiles mostraba un interés enfermizo por esta mujer, dejaba de hacer sus labores media hora antes de la entrara o saliera de la muchacha pues le resultaba difícil pensar en algo que no fuera ella.

Una tarde que el verano comenzaba a hacer lo suyo, el albañil se quedó con tres de sus compañeros acomodando algunos ladrillos, mientras los demás se marchaban. Para sorpresa de éstos, la joven se acercó a ellos para preguntarles qué hora era. Cuando uno de los trabajadores sacó el reloj de la bolsa de su pantalón, la muchacha sintió un golpe en la cabeza, todo lo que veía se nublo de repente y se desvaneció.

Al despertar la muchacha sintió sus manos atadas, su cabeza y su espalda raspándose contra el suelo y, sobre ella, el albañil. Al tiempo que él la violaba, ella trató de gritar para pedir auxilio y descubrió que su boca había sido amordazada. Los albañiles se aprovecharon de la chica hasta que se sintieron satisfechos, después se fueron dejándola sola.

La mujer quedó completamente aturdida y, tratando de asimilar lo que había ocurrido, se vistió rápidamente y se sentó en la esquina del cuarto donde la abandonaron. Sintiéndose completamente sucia y despreciable, lo único que deseaba en ese momento era no saber nada de ella ni del mundo. Salió a vagar entre los instrumentos de construcción, con la mirada perdida, para no tener que revivir el infierno por el que había pasado.

Al día siguiente los albañiles llegaron a su trabajo. Uno de ellos entró al cuarto en busca de sus herramientas y salió pálido, pidiendo ayuda a sus compañeros de trabajo que se acercaron rápidamente. Al entrar a lo que hoy son los baños de la estación, descubrieron el cuerpo de la mujer: una cuerda sujetaba su cuello y la hacía colgar del techo como si fuera un péndulo.

Algunas noches los bomberos han visto entrar en los baños a una mujer vestida de blanco que nunca sale, han ido a buscarla pero ahí adentro no se ve ni un alma.

 

El Sin Cabeza

Cuando Pancho Villa ya había cobrado fama y unas cuantas vidas, llegó a la ciudad de Chihuahua. Un rico hacendado temeroso por su fortuna, corrió a las caballerizas a enterrar todo el oro que tenía.

Pasaron los años y el hacendado, al igual que Villa, murió dejando su fortuna perdida. El tesoro fue olvidado y, en el año de 1948, el gobernador Manuel Bernardo Aguirre compró en una subasta el terreno, ubicado entre las esquinas de las calles Cuarta y Urquidi, para construir el "Edificio de Servicios Municipales" donde se ubicaría la Comandancia de Policía, el Servicio Secreto, Radio Patrullas, Investigaciones Previas, Cárcel Correccional, Separos, Servicio de Limpia, Cuerpo de Bomberos, y Sección Médica para casos de Emergencia.

Durante la construcción del edificio, una noche, cuando el velador se encargaba de cuidar el cemento, ladrillos, varillas, palas, picos, tablas, yeso, tubería de cobre... unos sujetos llegaron silenciosamente al lugar y buscaron afanosamente el tesoro que había escondido el hacendado.

Cuando los ladrones comenzaron a llevarse parte del material de construcción para comenzar la excavación, el velador los escuchó y fue corriendo al lugar del atraco para comenzar el forcejeo con los ladrones. En medio de la lucha, a falta de pistola, el filo de una pala se encargó de separar la cabeza del cuello del velador. Los asustados ladrones al ver este atroz acto, huyeron sin pensar siquiera en el oro.

Después de la inauguración del edificio de Servicios Municipales, el primero de enero de 1950, muchos bomberos han sido asechados por sombras, ruidos de platos que caen y se quiebran, pero cuando va alguien a la cocina para ver que sucede, todo está en su lugar, como en otras ocasiones cuando las puertas cerradas rechinan.

Varios agentes del Cuerpo de Bomberos, mientras están acostados, han sentido un peso que no los deja levantarse, ese mismo peso les quita el aire y a veces los trata de estrangular. En la escalera de caracol de la Estación Uno se ve la sombra de una persona sin cabeza, estos hechos les han sucedido a varios elementos como el Bombero Voluntario Cesar Jacob Tostado Bocanegra, al Bombero primero Guadalupe Lara y al Bombero José Guadalupe Domínguez.

Cuenta el Inspector Martín De La Rosa que hace varios años cuando todavía las puertas para sacar las bomberas rechinaban mucho, amaneció una bombera en las calles Cuarta y Urquidi con las luces prendidas y el freno de mano puesto. En otra ocasión, lo que se encontró afuera fue una ambulancia, también con el freno de mano puesto.

En ese mismo edificio se rumora que había una fosa común para todos aquellos desafortunados a los que la muerte les llegaba a media "calentadita" de los judiciales. Varios Oficiales de Policía han manifestado escuchar ruidos y ver que las lavadoras y las secadoras se prenden solas. En la actual Academia de Policía le atribuyen todas las tragedias a la a la influencia maligna del Sin Cabeza que sólo busca venganza y protege su territorio.

Hasta la fecha El Sin Cabeza, como lo llaman los bomberos, sigue haciendo de las suyas en la Estación de Bomberos Número Uno. Algunos oficiales dicen no conocer ninguna historia, otros sólo agachan la cabeza y se quedan silenciosos recordando sucesos que han vivido.

Un Día de Muertos


Era un domingo dos de noviembre de 1969, Doña Concepción se levantó muy temprano al escuchar las campanadas que indicaban el inicio de la misa.

Todavía no amanecía cuando la ancianita se escabulló de la casa de su hija, sin decirle nada a nadie y se dirigió a la iglesia del Refugio. Al llegar a las puertas del templo, se percató de que aún no llegaban los demás feligreses, y no podía explicarse el porqué de ello, hacia ya un buen rato que las campanas habían sonado.

Afuera se sentía la brisa fría y leve de la mañana pero el sol aún no aparecía y el ambiente se sentía cada vez más lúgubre. La anciana comenzó a sentir un gran temor dentro de sí misma, así que decidió entrar al templo y sentarse en una de las esquinas cercanas a la puerta para ver si llegaba alguien más.

En su mente el tiempo parecía una eternidad, hasta que de repente comenzó a ver sombras que entraban y salían del templo, iban formadas una tras otra, con el dedo índice de la mano derecha levantado, asemejando una vela. Ella imaginó que eran las almas de los muertos que suelen venir cada dos de noviembre y que seguramente sus parientes se habían olvidado de encender una llama que los guiará hasta sus casas, por eso ellos penaban de esa manera.

Más tarde comenzaron a aparecer los primeros rayos de sol, la gente se levantó de la cama para hacer sus labores cotidianas, pero no fue sino hasta que amaneció por completo que Doña Concepción se atrevió a volver a la casa de su hija que ya empezaba a preocuparse por ella.


Cuando vio a su hija le grito:

-- Cristina, hija, no tienes idea de lo que acabo de presenciar. Te lo juro por Dios que no vuelvo a salir sola nunca más y menos sin la luz del día.

En aquellos tiempos, la Iglesia Católica se encontraba frente al parque Urueta, el cual había funcionado como cementerio durante los primeros años del 1900, así que la anciana no supo si atribuirle su visión a tal coincidencia o simplemente creer que las almas perdidas tan sólo se refugian en la iglesia.


El Ático de la Costurera


En 1927 la señora Ilaria Campos tenía un negocio que consistía en maquilar ropa para algunos comerciantes. Ella y su familia solían vivir en casas de renta, hasta que un día consiguieron una casa muy espaciosa, hoy situada en la calle 31. En la parte de arriba de la casa había un excelente ático que serviría como bodega y también como taller, en donde se colocaron ocho maquinas de coser.

Durante las horas de trabajo todo transcurría con normalidad en ese lugar, pero entrada la noche comenzaban a escucharse ruidos extraños que nadie se explicaba, pues a esas horas el taller se encontraba cerrado y la única forma de acceder a él era por la puerta principal de la casa, por la que nadie cruzaba sin tener que llamar.

Una mañana, al abrir el taller, los empleados y la señora Campos se percataron de que las máquinas estaban fuera de lugar, las colocaron en el lugar donde debería estar y comenzaron sus rutinas como de costumbre. Esa misma noche se volvieron a escuchar aquellos ruidos extraños; la señora subió las escaleras lentamente, con la tranquilidad de quién cree entender lo que sucede.

En cuanto la señora cerro la puerta del ático la casa quedó inmersa en un silencio absoluto y un frío extremo, nadie sabe lo que pasó a ciencia cierta aquella noche. La mujer no bajó de ahí sino hasta el otro día, caminaba con la naturalidad acostumbrada, pero fijaba la mirada en todo lo que encontraba frente a ella, sin responder a ningún otro estímulo o voltear jamás hacía atrás cuando uno de los miembros de su familia la llamaba.

El comportamiento de aquella mujer no volvió a ser el mismo, fingía demencia cuando le preguntaban lo que había pasado aquella noche; se volvió maliciosa, con una sonrisa constante, pero endeble, que inexplicablemente transmitía tristeza. Despidió a sus empleados y pasó horas y horas cosiendo hermosos vestidos.

Una noche los ruidos se volvieron a escuchar y al día siguiente, las maquinas se encontraban nuevamente fuera de su lugar; fue entonces cuando la señora Campos tomó la decisión de irse. Ella nunca volvió a entrar a esa casa que aun sigue en pie, esperando un futuro inquilino.

El señor de Mapimi


La señora María Alcalá cuenta que el Señor de Mapimi es un Cristo que actualmente se encuentra del lado izquierdo a la entrada de la puerta mayor de la catedral.

En 1850 llegó a esta ciudad un carrito guiado por dos hermosas mulas blancas, pero sin arriero. Los animales guiaron al carro hasta colocarlo cuidadosamente a las puertas de nuestra catedral y ahí permaneció haciendo guardia por varios días, sin importar las inclemencias del clima, el hambre o las demás necesidades de las mulas.

Cuando los misioneros franciscanos, encargados de este lugar, vieron que el tiempo transcurría y no llegaba el conductor de aquella carreta fueron a ver que contenía, bajaron la carga y vieron que estaba dedicada a Mapimi. Al destaparla encontraron que era una imagen de Cristo tallada en madera, hecha en Europa. Entonces sacaron de la caja al Cristo y lo colocaron en la parte superior de una las capillas de la catedral.

De esta imagen se cuenta que sólo hay tres en el mundo, el Señor de los Guerreros, El Cristo de Mapimi y el Cristo de los Plateros.

Pareciera que este Cristo tiene articulaciones, pues su cabeza y extremidades están unidas por goznes, lo que hace posible su movimiento. Actualmente es difícil apreciar dichos goznes, por lo que hay muchos incrédulos que se niegan a creer que este Cristo haya llegado desde la ciudad de México guiado tan sólo por dos mulas.

Lo cierto es que los ancianos cuentan que con el paso de los años el Cristo ha ido perdiendo movimiento porque los Feligreses han olvidado el milagro que sucedió hace tantos años y que vino a llenar de bendiciones a esta tierra.
Bibliografía


Becky Villegas
Julio-Diciembre 2001 Número 3 Leyendas Ciberurbanas: Un nuevo medio, las mismas viejas historias. http://hiper-textos.mty.itesm.mx/num3becky.html.
Consultada el 26/02/2004

Chávez Marín Jesús
2003 Introducción, en Nueve Leyendas de Chihuahua. Colección Flor de Arena, Universidad Autónoma de Chihuahua.

Craughwell, T. J.
1999 Alligator in the sewer and 222 other urban legends. Black dog and Leventhal Publishers: Nueva York.

Harold Brunvard, Jan
1981 The vanishing hitchhiker. American urban legends & their meanings. WW Norton and Company: Nueva York.

Pinkola Estés Clarissa
1998 Mujeres que corren con los lobos, SINE QUA NON: Barcelona.

Vargas Valdés Jesús
2004 Introducción, Leyendas de Chihuahua, Talleres Gráficos del Estado.
2002 Presentación del libro Leyendas Chihuahuenses, Clemente Bolio; Colección Lecturas, Coordinación de Publicaciones y Proyectos Especiales, Talleres Gráficos del Estado.


 

 
 


  Investigaciones hechas para la materia Diseño de la investigación, cursada por alumnos del 8º semestre de Ciencias de la Información, FFYL/UACh.

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