|
Norma
Luz González, Fanny Alejandra Martínez y Lorena
Aralí Pérez Macías
Leyendas
urbanas de la ciudad de Chihuahua del último siglo
Prefacio
Las
leyendas proporcionan interpretaciones que agudizan nuestra
visión, permiten distinguir y reencontrar el camino
trazado por la cultura. Las enseñanzas que contienen
nos infunden confianza: nuestro andar no se ha terminado,
sigue conduciéndonos hacía un conocimiento más
profundo de nuestra presencia.
Un pueblo necesita conocer sus leyendas, sin ellas pierde
el encanto de la cotidianidad y la memoria. Sin la memoria
desaparece el tiempo y, con el tiempo, la vida.
Introducción
El presente trabajo es una recopilación de leyendas
urbanas nunca antes documentadas. Las historias que lo conforman
nos hablan exclusivamente de la ciudad de Chihuahua por lo
que no fue necesario citar lugares, sólo fechas, las
cuales abarcan desde el año de 1850 hasta nuestros
días.
Estas
leyendas nos fueron contadas en asilos para ancianos, museos
y casas viejas; por tenderos, bomberos, guardias, museólogos,
madres y abuelas. Fue difícil extraerlas porque la
gente es tímida, no se atreve a contarlas, piensa que
las leyendas deben ser historias muy elaboradas que impliquen
elementos mágicos o paranormales y no "los relatos
que se cuentan en tertulias o conversaciones familiares, a
los cuales cada narrador les quita y les agrega elementos
o secuencias completas conforme a su talento y personalidad",
como señala Jesús Chávez Marín
(2003).
Para Jesús Vargas (2004), las leyendas son la expresión
más genuina de la literatura popular, dentro de éstas
el tema es resumido, la parte más emocionante y conmovedora
aflora rápidamente; aquí no hay limites que
marquen fronteras entre la realidad y la fantasía.
Hay leyendas populares que se transmiten de generación
en generación sin ser identificadas como tales porque
están incorporadas de tal forma en la cotidianeidad
que se perciben como parte de la vida misma.
Los
ancianos, a través de los jóvenes, son los guardianes
de los relatos que nos enseñan que la vitalidad de
los seres humanos se puede recuperar haciendo amplias excavaciones
psico-arquetípicas. Clarissa Pinkola Estés (1998)
nos dice que la tradición oral, tiene un poder extraordinario,
no exige que hagamos, seamos o pongamos en práctica
algo, basta con que escuchemos.
Las
leyendas nos ofrecen un vivo reflejo del espíritu popular
y de aspectos que identifican la vida de nuestra región
y las grandes pasiones que envuelven a todo grupo social:
amistad, traición, guerra, amor, magia y misterio,
Jesús Vargas (2002).
En
el diccionario ideológico de la lengua española
se define la leyenda como "La relación de sucesos
en la que interviene la imaginación o la tradición
más que la realidad histórica", también
se dice que es un relato que se origina de un hecho histórico
desfigurado.
Inevitablemente la tradición oral está impregnada
de creencias religiosas presentes en leyendas como "El
Señor de Mapimi"; o bien de ultratumba, como en
"Un día de muertos", sin dejar de lado misterios
entrañables como "El Ático de la Costurera"
o "La Descalza de la Quinta Gameros".
Las
acciones de grandes personajes que han trascendido en nuestra
historia son otro elemento muy común en nuestro folclor,
tal es el caso de Pancho Villa, al que se atribuyen un sin
fin de tesoros enterrados y conquistas de mujeres, lo que
se puede apreciar en leyendas como "La Despeinada"
o "El Sin Cabeza". Por otro lado están los
eventos que, por ser inesperados, quedan inmortalizados en
relatos como "El mielero".
También
existen historias estremecedoras que tocan nuestros hilos
más sensibles y los llenan de angustia, tal como lo
hacen "La muchacha de la Estación de Bomberos"
y "La Tragedia de la Calle Décima".
La
tradición oral, como todas las manifestaciones culturales,
se encuentra bajo el influjo de las circunstancias y del tiempo
en que se desarrolla. Las condiciones naturales, económicas
y sociales incitan la capacidad imaginativa y afectiva que
permite el nacimiento de nuevas leyendas.
Una leyenda lleva consigo palabras, signos y símbolos
característicos de nuestro entorno; significa establecer
el propio territorio y dejar "un mapa para las generaciones
venideras".
La despeinada
Eran los tiempos de la revolución, aquellos en los
que el Centauro del Norte dejaba ver su lado salvaje más
que su admirable ingenio. En la ciudad de Chihuahua los habitantes,
tomando sus precauciones, ocultaban valiosos tesoros: joyas,
dinero, comida y, lo más importante, sus preciadas
hijas, muy lejos del alcance de las sucias y toscas garras
de la fiera encarnada en un bandido, como veían en
aquel tiempo al general Villa.
En
esta ciudad había crecido María Manqueiro, una
joven de 22 años de edad que aún no había
contraído matrimonio, ni tenía prisa por hacerlo,
poseía talante enigmático y belleza deslumbrante,
acompañada de una inteligencia que no era bien vista
en una mujer en aquella época.
La
madre de la María había enviudado hacía
cinco años y no tenía otra defensa que su buen
nombre y honradez, los cuáles no le sirvieron mucho
el día que el general Villa se acercaba a su casa.
La
señora miró a su hija, quien perfectamente sentada
lucía un vestido blanco que realzaba su delgado cuerpo
y se perdía en su piel de alabastro; sus cabellos rizados
y libres despertaban la misma provocación que un nogal
en fruto; tenía una boca desmaquillada pero sensual,
precedida por unos ojos oscuros pero iluminados, juzgadores
y fríos como la hoja del cuchillo afilado de la cocina.
Después de ver aquel espectáculo quieto, la
viuda pensó que el general no podría detenerse
ante aquella hembra, la tomaría por el talle y la haría
montar con él sobre su caballo y sabe Dios sobre que
más.
La
viuda de Manqueiro pensó que el destino de su cría
iba muy despacio y que ni siquiera el Centauro del Norte profanaría
el cuerpo y el nombre que tan sagradamente había cuidado.
Buscó la escopeta de su difunto marido y se dio cuenta
de que francamente no sabía usarla, al menos que pretendiera
moler al general a palos y luego a todo su ejército.
Así que decidió recurrir a mejores armas, en
las que se sentía más al parejo con Villa: decidió
que cuando aquel hombre cruzará la puerta su hija no
le pareciera apetecible.
La
viuda le pidió a su hija que se acercara a la chimenea,
recogió algunas cenizas, con ellas comenzó a
tiznarle la cara, el cuello y las manos; a desgreñar
su cabello perfumado y ennegrecer su vestido blanco que rompió
salvajemente de mangas y hombros.
La
muchacha no entendió aquellos actos, se quedó
perpleja pensando que su madre finalmente había enloquecido,
se había cansado de que no fuera la mujer sumisa y
dulce que todos los hombres hubieran querido, y ahora se vengaba
de esa manera.
Antes
de que su hija emitiera alguna queja, la viuda musitó:
-
Híncate en el suelo, luego encórvate. Por la
puerta cruzará un bandido que pedirá comida,
yo le ofreceré todos nuestro víveres, quiera
Dios que con eso se contente y no mire al suelo, pero si eso
pasa, tú finge que eres la mujer más loca del
mundo.
Pancho
Villa en persona cruzó la puerta, se dirigió
tan educadamente como pudo a la Viuda:
- Miré señora, sólo quiero que me ayude
con un poco de comida pa' mi ejercito, nomás eso, luego
me voy y hasta le doy las gracias.
La señora extendió la mano con el llavero que
contenía todas las llaves de la casa:
- Mire general, como habrá notado, aquí no hay
mucho que llevarse, pero registre la casa entera y siéntase
el dueño de todo lo que le sirva.
Después
de que los hombres de Villa terminaron de saquear la casa,
Pancho preguntó:
-
¿A poco no tiene hijas? Se me hace que me las está
escondiendo, una mujer tan bien hecha debió haber hecho
a otras igual de chulas en sus buenos tiempos.
Entonces la señora sonrió:
-
Pues sí, General, por supuesto que procreé,
pero no me quedó tan bien hecha, mírela, la
pobre está junto a la chimenea, hace años que
se quedó sin razón y ni siquiera me deja acercarme
para limpiarla un poco, sólo le puedo arrimar algo
de pan de vez en cuando.
El
Centauro se acercó a María, la tomó de
un brazo y la hizo ponerse de pie, luego se alejo para contemplarla
de cuerpo completo:
- No le creo que sea tan difícil acercarse a ella,
señora, a lo mejor usted no le sabe llegar.
Después
siguió recorriendo a la muchacha con los ojos, con
la curiosidad de un animal ante su presa.
Mientras
tanto la joven sentía que las cenizas en su piel se
volvían rescoldos, sostenía con las pupilas
la mirada del general, así lo penetraba y él
a ella, no supo qué hacer con tanto ímpetu y
comenzó a temblar, se abrazó a sí misma
y dobló el cuello para reposar la cabeza en su propio
hombro.
El
general levantó la voz y le dijo a su ayudante:
- La señora nos dio permiso de sentirnos dueños
de todo lo que nos fuera útil en la casa, y no es que
yo le tenga miedo a esta despeinada, pero le sirve más
aquí a la señora, yo pa' qué quiero más
locura. Y así fue como el general Villa se despidió,
bastaron unos harapos para ganarle la batalla a un hombre
tan astuto.
El
mielero
En la que ahora es la casa de los Aguilar, situada de la calle
34 de la colonia Pacífico, vivió en los años
veinte, Martinita, una señorita de edad madura que
poseía una tienda de abarrotes.
A
la tienda nunca le faltaba nada porque la dueña era
muy precavida y tenía suficiente dinero para invertir
sin esperar alguna retribución. Su único fin
era no sentirse una mujer vacía, así que llenaba
la bodega de su casa y esperaba a que la gente viniera a ella,
ya fuera para surtir sus víveres o contarle las historias
cotidianas que el señor cura no podía escuchar
sin poner el grito en el cielo.
Por
las tardes, la señorita gustaba de mirar el paso del
tiempo; era el espectáculo más conmovedor, se
sentaba en una silla de bejuco que le había heredado
su madre previendo sus días de soledad. La vida había
corrido a través de Martinita, pero ella aún
tenía intactos el orgullo y la honra, algo que nunca
moriría en su interior, y eso le daba la tranquilidad
para ser feliz.
La señorita quedada, como le llamaba la gente, no vivía
sola, la acompañaba su perico, al que le contaba historias
mientras lo alimentaba con semillas de girasol o pan remojado
en leche, seguidos por una serie de arrumacos a los que el
animal respondía abriendo sus alas anaranjadas y diciendo:
- ¡Gracias mami!.
Martinita pensaba que una mujer debía saber cantar,
escribir, cocinar, contar historias y, sobre todo, instruir
a las criaturas para que hablaran correctamente. Mas como
ella no tenía hijos, se conformó con enseñarle
a su perico a hablar y a imitar perfectamente cualquier voz.
Algunas tardes la visitaba el mielero, saludaba cortésmente
por la ventana y ofrecía su miel más clara,
la más exquisita. A Martinita le parecía un
hombre respetuoso, nunca entraba a la tienda si ella no le
compraba miel y le pedía que entrara para cerrar la
negociación. Eso la hacía sentirse segura, y
quizá el perico se percataba de aquello porque cada
vez que el mielero se acercaba a la casa, el animal gritaba:
-¡El
mielero... ya viene el mielero, mami!.
La
amistad del mielero y de la señorita duró por
muchos años, hasta que una tarde de 1928 la lluvia
comenzó a arreciar, las calles se quedaron solas y
la tienda sin clientela. Cuando el perico anunció la
llegada del mielero, el hombre cruzó la puerta, esta
vez sin saludar antes por la ventana, lo que no sorprendió
a la propietaria quien pensó que era lógico
olvidar las cortesías cuando uno quiere resguardarse
del agua.
Ella lo dejó pasar, sirvió dos tazas de café
y le ofreció una. Él se percató de que
la señorita tenía la misma mirada de siempre,
sólo le ofrecía una amistad desinteresada, a
pesar de la lluvia y de la soledad, así que trato de
iniciar la conversación:
-Cuantos años de conocernos, ¿Verdad Martinita?.
Tantos años de conversar con usted, de ver como es
buena con la gente...
La señorita bebía tranquilamente su café
y miraba distraídamente por la ventana, por lo que
el hombre se sintió un poco ignorado y levanto más
la voz:
- No se crea, me preocupa que esté usted tan solita.
He pensando que quizá yo podría acompañarla
un ratito más por las tardes, no importa si pierdo
algunas ventas de miel, al fin usted siempre a sabido compartir
lo que tiene y no habría problema en hacerlo conmigo
siendo yo su compañero.
Martinita volteó lentamente, miró al mielero
y le respondió:
- Yo no me siento sola, tengo a mi perico, al que jamás
le ha importado si guardo o no una pequeña fortuna.
Él
sonrió sarcásticamente y luego enfureció:
- ¡Pobre mujer!, tan avara y sola, sin nadie que la
pueda ayudar. Le aseguro que su periquito no la salva de ésta.
Entonces tomó a la señorita por el cuello y
comenzó a apretarla lentamente, hasta ahogar la maldición
que no alcanzó a salir de su garganta. Después
registró la casa entera y no encontró algo parecido
a una fortuna. Pensó que la vida era bromista y él
muy estúpido, había pasado años codiciando
algo que no existía.
El
mielero salió de la casa sin ser visto y no se preocupó
por revisar si había dejado pruebas de su crimen, supuso
que a nadie le importaría la muerte de aquella mujer.
Esa misma tarde vino la gente y luego la policía. Todos
estaban consternados, se preguntaban quién pudo haber
tenido la sangre tan fría para matar a una mujer como
martinita. De pronto cesaron las conjeturas, en el fondo de
aquella algarabía se escuchaba una voz que gritaba
desesperada:
-¡El
mielero fue, el mielero mató a mi mami!.
Todos coincidieron en que aquel perico era capaz de articular
frases con sentido y que Martinita le había enseñado
a decir la verdad siempre, así que no había
porque dudar de su palabra. No dejaron pasar un momento más,
buscaron al mielero, quien pasó sus últimos
días contando su historia desde una celda de la cárcel.
La
Descalza de la Quinta Gameros
El
ahora Centro Cultura Universitario Quinta Gameros, es una
de las mansiones más hermosas de la ciudad de Chihuahua
y de México, fue proyectada y construida por el arquitecto
colombiano Don Julio Corredor Latorre, por encargo de Don
Manuel Gameros quien estaba profundamente enamorado de una
joven quinceañera llamada Rosa, lo cual explica que
en los relieves decorativos de la casa predominen las rosas
y los mascarones femeninos con la figura de la joven.
La
construcción inició en 1907 y terminó
en noviembre de 1910, cuando estalló la Revolución
Mexicana y el señor Gameros se vio obligado a abandonar
el Estado.
En
1913, el General Francisco Villa ocupó la Ciudad, y
la Quinta Gameros fue intervenida por las autoridades revolucionarias;
en ella vivió por un par de meses Don Venustiano Carranza.
Esta
casa llegó a funcionar como prisión y cuartel
general de Francisco Villa, y hasta como hospital. A pesar
de ello, pareciera que los años no la ha tocado, aún
conserva estilo y decoración esmerados, la ornamentación
externa está compuesta por una gran cantidad de detalles
florales, figuras antropomorfas y zoomorfas, labradas magistralmente
en cantera, aunque quizá los detalles más interesantes
sean las salamandras que decoran la base de las gruesas volutas
de piedras que sostienen los balcones superiores.
Es
posible que haya una infinidad de historias por contar acerca
de esta casa, construida no sólo de cantera, si no
por ilusiones, sufrimientos y demás sentimientos de
quienes han estado en su interior y percibido la fuerza y
el enigma de sus paredes.
Uno de los guardias que protege la mansión cuenta como
hace nueve años vio una sombra que cubría la
luz de los tragaluces, por lo que fue rápidamente hasta
el segundo piso, en donde vio a una hermosa muchacha que andaba
descalza, vestida con seda de colores verde y rosa. Entonces
se dirigió a ella:
-
Disculpe señorita, pero los turistas no pueden entrar
al segundo piso. ¿Cómo llegó hasta aquí?.
La
joven sonrió antes de musitar:
- Naturalmente que por la otra puerta, siempre está
abierta. Disculpe Usted, ando descalza porque tengo mucho
calor y mis zapatos están en los jardines. Me voy para
que no lo vayan a regañar.
Ella
caminó hacia un lado de la puerta y el guardia hacia
el otro. Cuando él bajó le aviso a su compañero
que andaba una persona en el segundo nivel. Su compañero
sacó la llave para abrir la puerta y subió junto
a él, pero ya no encontraron a la muchacha. Se preguntaron
cuál sería la puerta por la que entró
si ellos usaron su llave para entrar y salir, y nunca antes
habían dejado abierta alguna puerta.
El guardia recordó que la muchacha había dicho
que andaba descalza y que sus zapatos estaban en los jardines,
así que fue a buscarla; al no encontrarla en los jardines
subió nuevamente, pero sus compañeros que estaban
en la puerta principal no la habían visto salir. Aún
cuando registraron la casa entera, no la volvieron a ver jamás.
Después los dos años restauraron el segundo
piso, se llevaron varias cosas y sólo quedó
una capita de polvo sobre el piso. Cuando los guardias volvieron
a las ocho de la mañana se dirigieron al segundo nivel
y vieron las pisadas de una mujer, las cuales no tenían
salida a ninguna puerta, al menos no apreciada por simples
mortales.
Con el paso de los años los guardias de la mansión
han llegado a ver con familiaridad los pasos de la mujer descalza.
La Tragedia de la Calle Décima
Era
los años de 1950 cuando sobre la calle Décima
habitaba una familia que nunca se distinguió por ser
ejemplar, sino por el contrario, el matrimonio de la señora
Amanda y Marcos era tan infeliz que su casa asemejaba a las
puertas del infierno. Él era un hombre adicto al elixir
del corazón de las botellas de licor, como solía
decir. Ella siempre había sufrido las injurias de ser
su esposa.
De
la boca de Marcos, infinidad de veces, salieron amenazas de
muerte para su familia, por eso, cuando a lo lejos, las niñas
veían venir sobre la calle a su padre, corrían
asustadas a su casa para buscar refugio. Enfrente vivía
la familia Carrasco, a la cual acudía frecuentemente
Amada en busca de comprensión.
Un
sábado por la noche, se escucharon gritos, cosas que
golpeaban la pared, objetos de vidrio que se quebraban, palabras
altisonantes, llanto y, finalmente, un portazo. Al siguiente
día, por la mañana, Amada llamó insistentemente
a la puerta de la familia Carrasco, estaba muy nerviosa y
asustada. La señora Guadalupe Carrasco abrió
la puerta y encontró a su vecina temblorosa y con lagrimas
al borde de los ojos, acompañada de sus hijas, vestidas
aún con la ropa del día anterior y somnolientas.
La mujer gritó desesperada:
-
Por favor vecina déjenos pasar, mi marido anda desde
anoche como loco y tengo miedo que ahora si nos vaya a hacer
algo; ayer se veía más enojado que nunca, por
favor ayúdeme.
Media
hora después que Amanda y sus hijas entraron en la
casa, desde la calle se escucharon gritos de un hombre clamando
por una tal Amanda, todos corrieron a la ventana para ver
de quien se trataba. Era Marcos tambaleándose a causa
del alcohol y vociferando amenazas; tenía cartuchos
de dinamita en su cintura, lloraba acercando un cerillo encendido
a la mecha de un cartucho, la cual lo hizo explotar segundos
después en mil pedazos.
A
veces hay gente que pasa por esta calle, parece recordar que
cuando eran niños vieron a su madre limpiar la sangre
y los órganos esparcidos a lo largo del pavimento.
La
Muchacha de la Estación de Bomberos
Durante los primeros cinco años de los 80`s cuando
la Estación de Bomberos Número Dos, ubicada
en avenida de las Américas y Washington, era solamente
obras negras, los albañiles se entretenían a
la ahora de entrada y salida de las maquilas viendo y molestando
a las muchachas. Gustaban de gritarles piropos, chiflares
para atraer su atención, o simplemente, deleitarse
al ver sus cabellos bajar por la espalda para conducir las
miradas masculinas sobre el vaivén de las caderas.
Había
una joven muy hermosa a la que siempre fastidiaban más
que a las otras. Se decía que ella era capaz voltear
de cabeza a más de tres hombres al pasar junto a ellos;
era alta, esbelta, de cabello negro y lacio, con ojos profundos,
una nariz respingada y una delicada boca. Uno de los albañiles
mostraba un interés enfermizo por esta mujer, dejaba
de hacer sus labores media hora antes de la entrara o saliera
de la muchacha pues le resultaba difícil pensar en
algo que no fuera ella.
Una
tarde que el verano comenzaba a hacer lo suyo, el albañil
se quedó con tres de sus compañeros acomodando
algunos ladrillos, mientras los demás se marchaban.
Para sorpresa de éstos, la joven se acercó a
ellos para preguntarles qué hora era. Cuando uno de
los trabajadores sacó el reloj de la bolsa de su pantalón,
la muchacha sintió un golpe en la cabeza, todo lo que
veía se nublo de repente y se desvaneció.
Al
despertar la muchacha sintió sus manos atadas, su cabeza
y su espalda raspándose contra el suelo y, sobre ella,
el albañil. Al tiempo que él la violaba, ella
trató de gritar para pedir auxilio y descubrió
que su boca había sido amordazada. Los albañiles
se aprovecharon de la chica hasta que se sintieron satisfechos,
después se fueron dejándola sola.
La
mujer quedó completamente aturdida y, tratando de asimilar
lo que había ocurrido, se vistió rápidamente
y se sentó en la esquina del cuarto donde la abandonaron.
Sintiéndose completamente sucia y despreciable, lo
único que deseaba en ese momento era no saber nada
de ella ni del mundo. Salió a vagar entre los instrumentos
de construcción, con la mirada perdida, para no tener
que revivir el infierno por el que había pasado.
Al
día siguiente los albañiles llegaron a su trabajo.
Uno de ellos entró al cuarto en busca de sus herramientas
y salió pálido, pidiendo ayuda a sus compañeros
de trabajo que se acercaron rápidamente. Al entrar
a lo que hoy son los baños de la estación, descubrieron
el cuerpo de la mujer: una cuerda sujetaba su cuello y la
hacía colgar del techo como si fuera un péndulo.
Algunas
noches los bomberos han visto entrar en los baños a
una mujer vestida de blanco que nunca sale, han ido a buscarla
pero ahí adentro no se ve ni un alma.
El
Sin Cabeza
Cuando
Pancho Villa ya había cobrado fama y unas cuantas vidas,
llegó a la ciudad de Chihuahua. Un rico hacendado temeroso
por su fortuna, corrió a las caballerizas a enterrar
todo el oro que tenía.
Pasaron los años y el hacendado, al igual que Villa,
murió dejando su fortuna perdida. El tesoro fue olvidado
y, en el año de 1948, el gobernador Manuel Bernardo
Aguirre compró en una subasta el terreno, ubicado entre
las esquinas de las calles Cuarta y Urquidi, para construir
el "Edificio de Servicios Municipales" donde se
ubicaría la Comandancia de Policía, el Servicio
Secreto, Radio Patrullas, Investigaciones Previas, Cárcel
Correccional, Separos, Servicio de Limpia, Cuerpo de Bomberos,
y Sección Médica para casos de Emergencia.
Durante
la construcción del edificio, una noche, cuando el
velador se encargaba de cuidar el cemento, ladrillos, varillas,
palas, picos, tablas, yeso, tubería de cobre... unos
sujetos llegaron silenciosamente al lugar y buscaron afanosamente
el tesoro que había escondido el hacendado.
Cuando
los ladrones comenzaron a llevarse parte del material de construcción
para comenzar la excavación, el velador los escuchó
y fue corriendo al lugar del atraco para comenzar el forcejeo
con los ladrones. En medio de la lucha, a falta de pistola,
el filo de una pala se encargó de separar la cabeza
del cuello del velador. Los asustados ladrones al ver este
atroz acto, huyeron sin pensar siquiera en el oro.
Después
de la inauguración del edificio de Servicios Municipales,
el primero de enero de 1950, muchos bomberos han sido asechados
por sombras, ruidos de platos que caen y se quiebran, pero
cuando va alguien a la cocina para ver que sucede, todo está
en su lugar, como en otras ocasiones cuando las puertas cerradas
rechinan.
Varios agentes del Cuerpo de Bomberos, mientras están
acostados, han sentido un peso que no los deja levantarse,
ese mismo peso les quita el aire y a veces los trata de estrangular.
En la escalera de caracol de la Estación Uno se ve
la sombra de una persona sin cabeza, estos hechos les han
sucedido a varios elementos como el Bombero Voluntario Cesar
Jacob Tostado Bocanegra, al Bombero primero Guadalupe Lara
y al Bombero José Guadalupe Domínguez.
Cuenta
el Inspector Martín De La Rosa que hace varios años
cuando todavía las puertas para sacar las bomberas
rechinaban mucho, amaneció una bombera en las calles
Cuarta y Urquidi con las luces prendidas y el freno de mano
puesto. En otra ocasión, lo que se encontró
afuera fue una ambulancia, también con el freno de
mano puesto.
En
ese mismo edificio se rumora que había una fosa común
para todos aquellos desafortunados a los que la muerte les
llegaba a media "calentadita" de los judiciales.
Varios Oficiales de Policía han manifestado escuchar
ruidos y ver que las lavadoras y las secadoras se prenden
solas. En la actual Academia de Policía le atribuyen
todas las tragedias a la a la influencia maligna del Sin Cabeza
que sólo busca venganza y protege su territorio.
Hasta
la fecha El Sin Cabeza, como lo llaman los bomberos, sigue
haciendo de las suyas en la Estación de Bomberos Número
Uno. Algunos oficiales dicen no conocer ninguna historia,
otros sólo agachan la cabeza y se quedan silenciosos
recordando sucesos que han vivido.
Un Día de Muertos
Era un domingo dos de noviembre de 1969, Doña Concepción
se levantó muy temprano al escuchar las campanadas
que indicaban el inicio de la misa.
Todavía
no amanecía cuando la ancianita se escabulló
de la casa de su hija, sin decirle nada a nadie y se dirigió
a la iglesia del Refugio. Al llegar a las puertas del templo,
se percató de que aún no llegaban los demás
feligreses, y no podía explicarse el porqué
de ello, hacia ya un buen rato que las campanas habían
sonado.
Afuera
se sentía la brisa fría y leve de la mañana
pero el sol aún no aparecía y el ambiente se
sentía cada vez más lúgubre. La anciana
comenzó a sentir un gran temor dentro de sí
misma, así que decidió entrar al templo y sentarse
en una de las esquinas cercanas a la puerta para ver si llegaba
alguien más.
En
su mente el tiempo parecía una eternidad, hasta que
de repente comenzó a ver sombras que entraban y salían
del templo, iban formadas una tras otra, con el dedo índice
de la mano derecha levantado, asemejando una vela. Ella imaginó
que eran las almas de los muertos que suelen venir cada dos
de noviembre y que seguramente sus parientes se habían
olvidado de encender una llama que los guiará hasta
sus casas, por eso ellos penaban de esa manera.
Más tarde comenzaron a aparecer los primeros rayos
de sol, la gente se levantó de la cama para hacer sus
labores cotidianas, pero no fue sino hasta que amaneció
por completo que Doña Concepción se atrevió
a volver a la casa de su hija que ya empezaba a preocuparse
por ella.
Cuando vio a su hija le grito:
--
Cristina, hija, no tienes idea de lo que acabo de presenciar.
Te lo juro por Dios que no vuelvo a salir sola nunca más
y menos sin la luz del día.
En
aquellos tiempos, la Iglesia Católica se encontraba
frente al parque Urueta, el cual había funcionado como
cementerio durante los primeros años del 1900, así
que la anciana no supo si atribuirle su visión a tal
coincidencia o simplemente creer que las almas perdidas tan
sólo se refugian en la iglesia.
El Ático de la Costurera
En 1927 la señora Ilaria Campos tenía un negocio
que consistía en maquilar ropa para algunos comerciantes.
Ella y su familia solían vivir en casas de renta, hasta
que un día consiguieron una casa muy espaciosa, hoy
situada en la calle 31. En la parte de arriba de la casa había
un excelente ático que serviría como bodega
y también como taller, en donde se colocaron ocho maquinas
de coser.
Durante las horas de trabajo todo transcurría con normalidad
en ese lugar, pero entrada la noche comenzaban a escucharse
ruidos extraños que nadie se explicaba, pues a esas
horas el taller se encontraba cerrado y la única forma
de acceder a él era por la puerta principal de la casa,
por la que nadie cruzaba sin tener que llamar.
Una mañana, al abrir el taller, los empleados y la
señora Campos se percataron de que las máquinas
estaban fuera de lugar, las colocaron en el lugar donde debería
estar y comenzaron sus rutinas como de costumbre. Esa misma
noche se volvieron a escuchar aquellos ruidos extraños;
la señora subió las escaleras lentamente, con
la tranquilidad de quién cree entender lo que sucede.
En cuanto la señora cerro la puerta del ático
la casa quedó inmersa en un silencio absoluto y un
frío extremo, nadie sabe lo que pasó a ciencia
cierta aquella noche. La mujer no bajó de ahí
sino hasta el otro día, caminaba con la naturalidad
acostumbrada, pero fijaba la mirada en todo lo que encontraba
frente a ella, sin responder a ningún otro estímulo
o voltear jamás hacía atrás cuando uno
de los miembros de su familia la llamaba.
El comportamiento de aquella mujer no volvió a ser
el mismo, fingía demencia cuando le preguntaban lo
que había pasado aquella noche; se volvió maliciosa,
con una sonrisa constante, pero endeble, que inexplicablemente
transmitía tristeza. Despidió a sus empleados
y pasó horas y horas cosiendo hermosos vestidos.
Una
noche los ruidos se volvieron a escuchar y al día siguiente,
las maquinas se encontraban nuevamente fuera de su lugar;
fue entonces cuando la señora Campos tomó la
decisión de irse. Ella nunca volvió a entrar
a esa casa que aun sigue en pie, esperando un futuro inquilino.
El
señor de Mapimi
La señora María Alcalá cuenta que el
Señor de Mapimi es un Cristo que actualmente se encuentra
del lado izquierdo a la entrada de la puerta mayor de la catedral.
En 1850 llegó a esta ciudad un carrito guiado por dos
hermosas mulas blancas, pero sin arriero. Los animales guiaron
al carro hasta colocarlo cuidadosamente a las puertas de nuestra
catedral y ahí permaneció haciendo guardia por
varios días, sin importar las inclemencias del clima,
el hambre o las demás necesidades de las mulas.
Cuando los misioneros franciscanos, encargados de este lugar,
vieron que el tiempo transcurría y no llegaba el conductor
de aquella carreta fueron a ver que contenía, bajaron
la carga y vieron que estaba dedicada a Mapimi. Al destaparla
encontraron que era una imagen de Cristo tallada en madera,
hecha en Europa. Entonces sacaron de la caja al Cristo y lo
colocaron en la parte superior de una las capillas de la catedral.
De
esta imagen se cuenta que sólo hay tres en el mundo,
el Señor de los Guerreros, El Cristo de Mapimi y el
Cristo de los Plateros.
Pareciera que este Cristo tiene articulaciones, pues su cabeza
y extremidades están unidas por goznes, lo que hace
posible su movimiento. Actualmente es difícil apreciar
dichos goznes, por lo que hay muchos incrédulos que
se niegan a creer que este Cristo haya llegado desde la ciudad
de México guiado tan sólo por dos mulas.
Lo cierto es que los ancianos cuentan que con el paso de los
años el Cristo ha ido perdiendo movimiento porque los
Feligreses han olvidado el milagro que sucedió hace
tantos años y que vino a llenar de bendiciones a esta
tierra.
Bibliografía
Becky Villegas
Julio-Diciembre 2001 Número 3 Leyendas Ciberurbanas:
Un nuevo medio, las mismas viejas historias. http://hiper-textos.mty.itesm.mx/num3becky.html.
Consultada el 26/02/2004
Chávez
Marín Jesús
2003 Introducción, en Nueve Leyendas de Chihuahua.
Colección Flor de Arena, Universidad Autónoma
de Chihuahua.
Craughwell,
T. J.
1999 Alligator in the sewer and 222 other urban legends. Black
dog and Leventhal Publishers: Nueva York.
Harold
Brunvard, Jan
1981 The vanishing hitchhiker. American urban legends &
their meanings. WW Norton and Company: Nueva York.
Pinkola
Estés Clarissa
1998 Mujeres que corren con los lobos, SINE QUA NON: Barcelona.
Vargas
Valdés Jesús
2004 Introducción, Leyendas de Chihuahua, Talleres
Gráficos del Estado.
2002 Presentación del libro Leyendas Chihuahuenses,
Clemente Bolio; Colección Lecturas, Coordinación
de Publicaciones y Proyectos Especiales, Talleres Gráficos
del Estado.
|