El río sediento huyendo
del agua.
Y todas las palabras llegadas desde
abajo
como ramilletes que nada dicen nada
predicen
insisten sólo insisten encaramarse
en la realidad furtiva del agua
de arriba
del agua de abajo.
Huyendo del agua el río sediento
a sólo un minuto del costado
derecho
el corazón sediento de culminación
y hechura
realidad que borbota instantes incumplidos.
El río sediento del agua
qué manera de hilarse a lo
amado
donde todo o nada se desprende
y es el poema una flor que rompe
el deseo.
Huyendo del agua el río sediento
qué abanico de penumbra te
atrajo al eje de la carne
en cuyo íntimo cadalso padeces
una luz sombría
sorprendido por el filo de las hachas,
qué suceso enmascarado te
distrajo
de lo vivido sin saber volver ahora
al origen de tu gesto el verdaderamente
valedero
del que nunca te hubieras desprendido.
El río sediento huyendo del
agua.
Un insomnio fugaz-eterno
caes y te levantas
te levantas y caes
todo numerado numerable
igual tu cuerpo sedoso sediento
sedentario
y a tu costado muerta la palabra
¿con ella pretendes redimir
la palidez
del cadáver de la vida?
El agua y la palabra fluyen dentro
de tu cuerpo
unidos en el poema que ahora escribes
sin saber volver al origen, a la
fuente,
al deseo arrebatado
invalidado por la simulación
de un tiempo
donde la luz y sombra se fatigan
y no es el verso el pan de cada
día
ni el pan de cada día el
verso de otro día venidero.
El río sediento huyendo del
agua.
Ernesto Zumarán
Alvitez