Y no te amarás
a tí mismo, porque éste es el egoismo más grande ante
la máscara desgastada de la sociedad mundana.
No amarás realmente
a tu prójimo, pero sí fingirás hacerlo; porque la
sagrada apariencia te ha elegido como paradigma, no auténtico, de
la filantropía cristiana.
No creerás en
tus ideales -ni siquiera los tendrás- porque es el mayor pecado
contra la trivialidad y la banalidad de tu "habitat" social.
No serás sincero,
porque no puedes destruir el arquetipo de hipocrecía con el cual
se masturba la raza humana.
No matarás la
injusticia, ni el hambre, ni la indiferencia, porque serás señalado
como revolucionario nocivo para el orden público y el conformismo
ideal del sistema mundial.
No admitirás
libremente tu sexualidad, porque este pecado no te será fácilmente
perdonado por la doble moral que pinta sucio al amor.
No robarás una
sonrisa del alma dolida de un desconocido; porque la educación no
te permite intimar con un ser que no pertenece a tu morboso status y que
no hace juego con tu traje parisiense.
No antepondrás
la razón al dogma, porque pensar no está de moda y no es
aconsejable romper los mitos creados para la complacencia momentánea
de tu reprimida sed de saber.
No ambicionarás
tu mejoría intelectual -ni siquiera personal- porque la mediocridad
exige, hoy más que nunca, tu respeto.
Y no te negarás
ser parte de la vulgar realidad de la vida, ni a compartir el mismo molde
de los individuos que rodean tu espacio, de los seres que temen salir de
los esquemas, de los seres que sí morirán, porque de ellos
... es el reino de los cielos.
Ana Miranda