Sábado 18, Molinaseca-Triacastela 86,2 km 5h 42 min

Teniendo en cuenta que no tenemos a nadie que nos obligue nos despertamos bastante pronto (sobre las nueve), por suerte parra ellos la secta gabacha ya se ha ido (en verdad aún está aquí el del coche de apoyo). Iniciamos el camino con la idea de parar en Sarria lo que son algo mas de 100 kilómetros. En el límite entre Galicia y LeónComenzamos el ascenso sobre las dos de la tarde (habíamos empezado a cincuenta kilómetros del inicio del puerto, además perdimos bastante tiempo almorzando y por culpa del terreno que ya es del estilo del que nos encontraríamos posteriormente en Galicia, muy ondulado. No hay ningún puerto, pero estás continuamente subiendo y bajando lo que te retarda la marcha. La carretera nueva es impresionante (hay unos viaductos inmensos) pero muy peligrosa para los ciclistas por lo que decidimos ir por la antigua nacional. Aquí el ascenso es muy tranquilo porque no hay nada de tráfico. Además como el puerto es bastante más duro que la cruz de hierro se va bastante despacio. Si te gustan las subidas aquí se disfruta. No hay desniveles exagerados pero al mantenerse la pendiente durante bastantes kilómetros en torno a un 7% se hace bastante duro. Yo además tengo un mal día (estaba empezando a sufrir los primeros síntomas de un resfriado que posteriormente me fastidiará bastante). No se si fue por que yo estaba enfermo, pero ese día pasé un frío de mil demonios. A mí se me hizo bastante dura la subida pero no creo que sea para tanto.

El caso es que casi al final de la subida se encuentra el primer pueblo gallego que pisan los peregrinos, Cebreiro, y a unos dos kilómetros está la cima del monte, justo a la altura de Piedrafita do Cebreiro. En la cima de Cebreiro, pero...Estos dos kilómetros no son demasiado duros, aunque hablamos con un hombre que también iba en bici pero que se volvió a Cebreiro para subir en coche, pero al menos a mí me costó bastante tiempo porque pensaba que la cima estaba en Cebreiro, pero aún quedaba lo mejor. Como llevábamos una hora de subida y ya eran las cinco de la tarde nos paramos a comer y devoramos toda la comida que pudimos en Piedrafita (de todas maneras por mucho que fueran las cinco de la tarde y el frío da bastante hambre, en esos momentos perdimos la poca condición de humanos que nos quedaba y pasamos a comportarnos como buitres) y comenzamos lo que nosotros pensamos que era el descenso. Realmente hay unos kilómetros de descenso pero después te tienes que comer el alto de San Roque y el alto del Poio después del cual está el verdadero descenso. No son duros porque apenas duran un kilómetro o dos, pero joden bastante. Además Nacho estuvo todo el día dando la coña con el puerto del Poio, diciendo que la otra vez que hizo el camino les pasó lo mismo.

Una vez pasamos el pueto del poio se inicia el descenso con una carretera muy ancha y un porcentaje del siete por ciento. Siempre da gusto bajar, pero esta bajada es demasiado sencilla y no resulta tan emocionante como la de la Cruz de Hierro.

Llegamos a Triacastela a las siete de la tarde, y como aún nos quedan veinte kilómetros para Sarria decidimos no hacer mas kilómetros y pasar la noche ahí. Como el albergue está lleno decidimos pasar la noche en la tienda de campaña, que para eso la llevamos. Cuando la estamos La tienda con sus nuevos habitantesmontando nos damos cuenta de que hay un problemilla. Como llevamos diez días sin usar la tienda y la guardamos un poco húmeda está llena de moho. Es una mierda porque apesta bastante, pero es bastante espectacular ya que hay moho de todos los colores. Como nos da lo mismo armar el cuadro dejamos la tienda montada sin el toldo para que se airee un poco y lo único que conseguimos es que todos se queden mirando el psicodélico diseño mohoso. Viendo la situación Ramón y Antonio se asustan y prefieren dormir en el suelo dentro del albergue y al final consiguen un sitio al lado de las escaleras. Nacho y yo buscamos soluciones para conseguir que el ambiente dentro de la tienda sea respirable y lo único que podemos hacer es abrir los botes de desodorante y poner unas ramas de romero que hemos encontrado de casualidad en una huerta. A pesar de nuestros intentos no lo conseguimos y dentro de la tienda se nota un aroma somnífero que al menos nos ayuda a dormir. Lo malo es que con el asco a tocar el moho yo me paso toda la noche con los pies apoyados en la puerta de la tienda que no es precisamente lo mejor cuando estás constipado.

Por la noche nos damos una vuelta por el pueblo, pero no hay nadie, aunque es sábado noche. Lo único que vemos son unos niños que se entretienen tirando palos a un árbol. Curioso país.

Además de esto podemos decir que recibimos nuestro bautismo de peregrino porque pisamos la primera mierda de vaca con la bici.


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