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Teniendo en cuenta que no tenemos a nadie que nos obligue
nos despertamos bastante pronto (sobre las nueve), por suerte parra ellos
la secta gabacha ya se ha ido (en verdad aún está aquí
el del coche de apoyo). Iniciamos el camino con la idea de parar en Sarria
lo que son algo mas de 100 kilómetros. Comenzamos
el ascenso sobre las dos de la tarde (habíamos empezado a cincuenta
kilómetros del inicio del puerto, además perdimos bastante
tiempo almorzando y por culpa del terreno que ya es del estilo del que
nos encontraríamos posteriormente en Galicia, muy ondulado. No
hay ningún puerto, pero estás continuamente subiendo y bajando
lo que te retarda la marcha. La carretera nueva es impresionante (hay
unos viaductos inmensos) pero muy peligrosa para los ciclistas por lo
que decidimos ir por la antigua nacional. Aquí el ascenso es muy
tranquilo porque no hay nada de tráfico. Además como el
puerto es bastante más duro que la cruz de hierro se va bastante
despacio. Si te gustan las subidas aquí se disfruta. No hay desniveles
exagerados pero al mantenerse la pendiente durante bastantes kilómetros
en torno a un 7% se hace bastante duro. Yo además tengo un mal
día (estaba empezando a sufrir los primeros síntomas de
un resfriado que posteriormente me fastidiará bastante). No se
si fue por que yo estaba enfermo, pero ese día pasé un frío
de mil demonios. A mí se me hizo bastante dura la subida pero no
creo que sea para tanto.
El caso es que casi al final de la subida se encuentra el
primer pueblo gallego que pisan los peregrinos, Cebreiro, y a unos dos
kilómetros está la cima del monte, justo a la altura de
Piedrafita do Cebreiro. Estos
dos kilómetros no son demasiado duros, aunque hablamos con un hombre
que también iba en bici pero que se volvió a Cebreiro para
subir en coche, pero al menos a mí me costó bastante tiempo
porque pensaba que la cima estaba en Cebreiro, pero aún quedaba
lo mejor. Como llevábamos una hora de subida y ya eran las cinco
de la tarde nos paramos a comer y devoramos toda la comida que pudimos
en Piedrafita (de todas maneras por mucho que fueran las cinco de la tarde
y el frío da bastante hambre, en esos momentos perdimos la poca
condición de humanos que nos quedaba y pasamos a comportarnos como
buitres) y comenzamos lo que nosotros pensamos que era el descenso. Realmente
hay unos kilómetros de descenso pero después te tienes que
comer el alto de San Roque y el alto del Poio después del cual
está el verdadero descenso. No son duros porque apenas duran un
kilómetro o dos, pero joden bastante. Además Nacho estuvo
todo el día dando la coña con el puerto del Poio, diciendo
que la otra vez que hizo el camino les pasó lo mismo.
Una vez pasamos el pueto del poio se inicia el descenso
con una carretera muy ancha y un porcentaje del siete por ciento. Siempre
da gusto bajar, pero esta bajada es demasiado sencilla y no resulta tan
emocionante como la de la Cruz de Hierro.
Llegamos a Triacastela a las siete de la tarde, y como aún
nos quedan veinte kilómetros para Sarria decidimos no hacer mas
kilómetros y pasar la noche ahí. Como el albergue está
lleno decidimos pasar la noche en la tienda de campaña, que para
eso la llevamos. Cuando la estamos montando
nos damos cuenta de que hay un problemilla. Como llevamos diez días
sin usar la tienda y la guardamos un poco húmeda está llena
de moho. Es una mierda porque apesta bastante, pero es bastante espectacular
ya que hay moho de todos los colores. Como nos da lo mismo armar el cuadro
dejamos la tienda montada sin el toldo para que se airee un poco y lo
único que conseguimos es que todos se queden mirando el psicodélico
diseño mohoso. Viendo la situación Ramón y Antonio
se asustan y prefieren dormir en el suelo dentro del albergue y al final
consiguen un sitio al lado de las escaleras. Nacho y yo buscamos soluciones
para conseguir que el ambiente dentro de la tienda sea respirable y lo
único que podemos hacer es abrir los botes de desodorante y poner
unas ramas de romero que hemos encontrado de casualidad en una huerta.
A pesar de nuestros intentos no lo conseguimos y dentro de la tienda se
nota un aroma somnífero que al menos nos ayuda a dormir. Lo malo
es que con el asco a tocar el moho yo me paso toda la noche con los pies
apoyados en la puerta de la tienda que no es precisamente lo mejor cuando
estás constipado.
Por la noche nos damos una vuelta por el pueblo, pero no hay nadie, aunque es
sábado noche. Lo único que vemos son unos niños que se
entretienen tirando palos a un árbol. Curioso país.
Además de esto podemos decir que recibimos nuestro bautismo de peregrino
porque pisamos la primera mierda de vaca con la bici. |