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Nuestras peores previsiones se cumplen, y a las siete de
la mañana ya estamos despiertos, y para variar somos de los últimos
en despertarse. Aquí vuelve a haber desayuno a cambio de un donativo,
y aunque el pan es del día anterior nos volvemos a poner hasta
las botas, eso sí nos lo tomamos en una porchada que hay en el
patio y hace un frío que pela. Para variar me pongo a hablar con
un tío al que no conozco de nada (un catalán que viene andando
desde el primer
pueblo francés antes de Roncesvalles) y se me ocurre decir la verdad,
que no es justo que los ciclistas estemos discriminados respecto a los
caminantes y que no deberían tener preferencia para conseguir plaza
en el albergue. Curiosamente la gente que tengo alrededor empieza a mirarme
con cara de asesino. Tiene gracia, mucha religiosidad para hacer el camino,
pero no pueden tener compasión de un tío que se hace 100
kilómetros en bici. A mi ya me la suda porque no creo que vuelva
a hacer el camino en bici, pero es muy cómodo hacerse 15 kilómetros
andando sabiendo que vas a tener un sitio donde dormir y no pensar que
hay gente que hasta las siete o las ocho de la tarde no sabe donde se
va a meter. Allá a las ocho hemos terminado de desayunar e iniciamos
el camino. Nos cuesta unas dos horas y media llegar a Astorga (hemos parado
en un super a comprar). Allí almorzamos justo a la entrada de la
zona antigua. Después del almuerzo Nacho se va a buscar un sitio
donde se pueda cambiar las zapatas. Entre eso y la vuelta que nos hemos
dado por el pueblo (muy recomendable darse una vuelta en profundidad,
además Antonio vió una francesa que durmió con nosotros
en puente de la reina) volvemos a salir un poco tarde.
Sobre la una nos vamos a lo que para nosotros es el primer gran
reto del camino, la ascensión a la cruz de hierro o cruz de fierro como
la llaman por allí ( a este respecto hay que decir que llevamos un
tiempo viendo pintadas que van desde León Solo, a Lleón Solu
pasando por País Llionés libre, y que más tarde se
convertirán en Bierzo independiente, Bierzo gallego o nunca gallego,
vamos que aquí hay más nacionalismos que el Caúcaso o los
Balcanes).
Cuando estamos practicamente al pie de la montaña el
ciborg y el señor mojón se empeñan en querer hacer la
subida por el camino. Nosotros les decimos que han elegido el peor día
para meterse por una senda de tierra con toda la subida que hay, pero se les ha
metido en la cabeza y se van por el camino. Luego nos enteramos de que por el
camino solo hicieron justo hasta el inicio del puerto (Rabanal del camino)
porque la subida es un caminucho de medio metro de ancho por el que no cabe la
bici. Nos separamos y quedamos en vernos en Ponferrada.
Al poco iniciamos la ascensión. No voy a ir de machote
pero tampoco es un puerto tan duro por esta cara. Realmente exige un esfuerzo
importante, pero no hay desniveles considerables en los primeros
kilómetros (7 u 8) hasta que se llega a Foncebadón en el que hay
una rampa que debe ser de algo mas de un diez por cien. Además ya se
está casi a 1400 metros de altura y eso se empieza a notar. A unos dos
kilómetros de Foncebadón está la cruz de hierro, donde hay
que hacer una parada obligada. Aquí llega uno de los peores momentos de
todo el camino, al menos para nosotros. Llevábamos casi cien
kilómetros en las piernas y creíamos que en la cruz de hierro se
inicia el descenso, pero aún quedan 5 kilómetros con bajadas y
subidas en las que hay tres rampas bastante fuertes. Esto que tampoco es tan
duro, te come la moral de mala manera, pero todo se termina cuando se llega a
la base militar. Allí se está a 1500 metros de altura y se inicia
un descenso continuo de 12 kilómetros sin descanso hasta Molinaseca, a
620 metros de altitud.
La palabra que mejor define este descenso es ¡guau!
Una carretera en buenas condiciones pero con continuas curvas que le dan
emoción a la cosa, vamos que se coge mucha velocidad pero hay que
saber llevar la bici y utilizar los frenos correctamente. Según
los datos que tengo son 12 kilómetros a un 7'5% de pendiente media,
vamos un puerto de especial de los que hacen diferencia entre los profesionales,
estaría bien que alguna vuelta ciclista terminara allí alguna
vez. En el descenso hay que comentar (aunque nosotros no paramos) que
es interesante pasar un ratillo en Manjarín, porque allí
están los templarios. Por lo que me han comentado gente que si
se ha parado allí son unos "locos" que se creen que aún
están en la edad media y se llevan el rollo de que son caballeros.
Como estarán pirados pero creen firmemente en sus ideas, su albergue
no es el más cómodo de todos, pero seguro que es el más
auténtico.
También hay que tener cuidado al llegar al Acebo. Es un
pueblo muy bien conservado que llama la atención desde lejos, pero
es que cuando entras hay una curva cerrada a la derecha y de repente te
encuentras que desaparece el asfalto y te aparece un suelo de cemento
con una especie de regaderas para canalizar el agua de lluvia perpendiculares
al eje de la carretera que van a llegar a una canal que sigue el curso
de la carretera por el medio de esta. Nosotros tuvimos suerte porque lo
cogimos a poca velocidad (nos habíamos parado a hacer unas fotos
unos metros antes) y en seco, pero la otra vez que Nacho hizo el camino,
estaba lloviendo y se cayó un chaval que resbaló unos cuantos
metros sobre una mezcla de agua, barro y restos vacunos, un gustazo. Después
seguimos hacia delante pensando no parar hasta Ponferrada, aunque nos
fastidió porque la entrada en Molinaseca es espectacular. El pueblo
es precioso pero además tienen una presa en el río, justo
al lado del puente romano en la que dan unas ganas de bañarse impresionantes.
Un poco fastidiados porque habíamos quedado en Ponferrada continuamos
el camino, pero
cuando pasamos por la puerta del albergue (está un poco lejos del
centro del pueblo) nos encontramos a Antonio y a Ramón haciendo
cola. Decidimos pasar allí la noche. Ocupamos una de las tiendas
con colchones que nos dejan, comemos y nos vamos a pegar una baño
y a dar una vuelta al pueblo. Hemos tenido suerte y es el último
día de fiestas, además hoy es la fiesta del agua y están
todos los nanos revolucionados. Estos tres se quedan pillados con una
niña de 17 años que les amenaza con mojarles, que está
bastante crecida para su edad. Nos damos una vuelta por el pueblo y por
la verbena por la noche. Lo peor de todo es que en albergue también
hay una secta gabacha (hay unos treinta) que vienen con coche de apoyo
(me dan asco los que van en ese plan) y llevan una cocina y sus alimentos
franceses, no sea que pillen algo. Además hay uno que va vestido
como un monje medieval y después de comer hacen un círculo
para rezar y tocar canciones con la guitarra. Si me llegan a pillar en
un día malo me llevo alguno por delante.
Como son fiestas nos vamos a dar una vuelta por la noche. Lo
que mola es que los chavales están tirando petardos, y nos los tiran a
los pies para asustarnos. Lo que no saben es que esos petardos (los de
estrella) los dejé de tirar cuando tenía ocho años (ser
valenciano marca en algunos aspectos) así que se quedan con las ganas de
reirse cuando pasamos totalmente de los petarditos. Teníamos pensado ir
a la verbena pero como está chispeando yo me voy a dormir allá a
las doce y algo, y el resto de la gente se quedan a ver que pasa. Por lo que me
cuentan la verbena resultó un baile de la tercera edad.
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