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Después de una noche bastante incómoda (estuvo
lloviendo casi todo el tiempo, estábamos bastante apretados por
culpa de las alforjas, la tienda estaba llena de insectos, el psicótico
de Ramón veía luces dentro de la tienda cada vez que se
despertaba, yo me pasé hablando dormido media noche, alguien se
empeñó en hacernos partícipes de los resultados de
su digestión, se escuchaban continuamente los ladridos del perro
de una caseta que estaba a pocos metros, y para terminar de arreglarlo
alguien contó que había visto a las dos de la mañana
a un niño vestido de comunión montado en bici y que le había
dicho que en esa curva se había matado, vamos que dormimos poco),
a las ocho de la mañana pasa un coche al lado nuestro pitando.
Nos despierta y decidimos irnos, cuando estamos desmontando la tienda
empieza a llover y llega un coche de la consejería de agricultura
de la diputación general de Aragón y nos dice que la acampada
libre está prohibida en toda la comunidad y que hemos acampado
a cien metros de un edificio de la consejería. Nos vamos a Jaca
a buscar una tienda donde pueda arreglar la rueda y mientras estoy cambiando
la cubierta y "comprador compulsivo" Antonio se compra una linterna
para la bici empieza a diluviar. Cuando para nos pasamos casi una hora
para que Ramón compre un tornillo que necesita para que el portabultos
no le roce con el piñón pequeño. Después de
eso nos vamos a la peluquería que está justo enfrente de
la iglesia de Santiago. La apuesta era que yo me tiñera de rubio
y los demas se raparan al dos, pero como la peluquera me dice que para
que me coja algo de color tengo que estar hora y media al final nos rapamos
todos el pelo al dos. La peluquera (muy simpática, me dio incluso
un espejo para afeitarnos) nos dice que no somos los únicos que
se rapan el pelo allí, que todos los días tiene a alguien
que empieza el camino de Santiago y decide hacer la tontería de
cortarse el pelo, y nosostros creiamos que éramos originales.
Después de todo conseguimos salir a las doce y media
de Jaca. Llegamos a Berdún a las dos y yo digo que porque no comemos,
que tengo hambre, pero dicen que nos esperemos un poco. Lo malo es que
no lo habiamos pensado pero Aragón está practicamente despoblado,
por
lo que se hacen las tres y no hemos visto ningún pueblo. Cuando
llegamos al pantano de Yesa vemos que hay un pueblo que se llama Sigüés
para el que hay que cojer un desvío de tres kilómetros.
A mi me ha dado una pájara e inaguro el contador de caídas
de la manera más estúpida, cuando me bajo de la bici en
una gasolinera me tropieza el pie con la alforja y me pegue un piño
bestial teniendo en cuenta que la velocidad que llevaba era de cero kilómetros
por hora. Mientras estamos yendo hacia Sigüés el sol y el
hambre hacen estragos y lo que es una subida suave aparece ante nuestra
vista como un descenso pronunciado lo que hace que nos destroce la moral
(yo pensaba que si yendo hacia abajo iba a diez por hora era imposible
que llegara a Santiago). Al final llegamos al pueblo de marras, preguntamos
por un bar y cuando lo encontramos nos dicen que es un bar pero que no
tienen comida.Puto bar. De una mala hostia increible buscamos una fuente
para al menos poder beber. Allí nos comemos unas cuantas barritas
de cereales y unas ciruelas que "cojo" de un árbol.
Como podemos reanudamos la marcha e iniciamos unos monotonos
veintitantos kilometros bordeando el pantano de Yesa. Si ya es grande
el dichoso pantano cuando lo amplíen será la leche, lo único
positivo de esa ampliación es que seguramente se trague Sigüés.
Puto pueblo. Cuando llevamos 20 kilómetros al lado del pantano
pasamos al lado del camping "Mar del Pirineo" y allí
nos comemos un bocata de tortilla que nos arregla algo el estómago.
Después de esto y más tranquilos retomamos el camino y nos
comemos la primera subida del camino en las cercanías del castillo
de Javier. Llegamos
a Sangüesa y en la entrada cuando según nuestros cuentakilómetros
llevamos 85 km desde Jaca vemos un cartel que pone Jaca 70. Puto cartel,
además con recochineo. Llegamos al albergue y como no hay sitio
nos mandan al cámping. Allí el recepcionista antisisteam
(yo creo que estaba afiliado a la CNT) empieza a echar pestes de los curas
y nos dice que yendo en bici tendremos bastante dificil conseguir sitio
en los albergues. Lo bueno de pagar mil cieen pelas en el cámping
es que podemos entrar en la piscina, pero solo diez minutos porque llegamos
tarde y la cerraron, además como les suelen mandar peregrinos sin
tienda tienen una especie de barracones de la legión con unas hamacas
que son bastantes cómodas. Allí empezamos a conocer gente
que volveremos a ver unas cuantas veces los siguientes días (sobretodo
un hombre de Crevillent del que no supe nunca el nombre aunque es al que
mas vimos, un saludo si lees esto). Después de cenar nos damos
una vuelta por el pueblo y nos vamos a dormir como buenos chicos.
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