He estado toda la semana recibiendo mensajes de mis admiradoras pidiéndome que dé detalles sobre el cura gay. Aunque es una historia muy anterior a las patoaventuras, yo me debo a mi público y allá voy.
Hace unos diez años estaba pasando un fin de semana en Sigüenza con Nacho y nos acercamos al monasterio de Santa María de Huerta. En el claustro había un cura jovencito con sotana y cara martirial que nos sonrió varias veces. Yo en ese momento pensaba que nos quería llevar por el pedregoso camino de la salvación, pero como tenía el coche fuera pues no me preocupaba mucho que no estuviera asfaltado.
El cura se puso a hablar nosotros y me pareció muy simpático. Nos dijo que estaba allí en un retiro de meditación. Yo le dije que nosotros también, lo que no era del todo falso porque nunca salíamos de Madrid y para nosotros ir al campo era como retirarnos a un convento de clausura.
Nos despedimos intercambiándonos los números de teléfono y de vuelta al parador (claro, bonitas, ¿qué os habíais creído?) le pregunté a Nacho:
-¿Tú crees que entiende?
-Mira, Roberto, es física y mentalmente clavadito a la perra Lassie.
Pensé que Nacho era un exagerado y un anticlerical, pero el caso es que el cura, que se llamaba Carlos, como el Nazareno, me llamó. Quedamos para tomar café una mañana en el Café Comercial y jamás olvidaré su aparición con un jersey negro tricotado en los años 60, un paraguas negro de caballero y… ¡¡¡¡ALZACUELLOS!!!! ¡¡¡¡EN EL COMERCIAL A LAS 12 DE LA MAÑANA CON ALZACUELLOS!!!! Me cagué allí mismo, la verdad. Llevaba también unas gafas de culo de botella llenas de grasa y de caspa que le acababan de dar un aspecto pre-conciliar de lo más inquietante.
Yo me preguntaba de qué íbamos a hablar, pero él lo tenía muy claro: íbamos a hablar de mariconadas. Me contó que entendía (no dijo que como la perra Lassie, pero no fue ambiguo), que llamaba al party-line, lo que le salía por un pico, y que iba a ligar al parque de Atenas. Todo aquello me parecía esquizofrénico, sobre todo cuando le miraba el alzacuellos, pero él se lo tomaba todo con mucha normalidad.
No sé si por morbo o por curiosidad, pero le invité a comer a casa. Cogimos el coche en plan Gracita Morales en Sor Citroen y nos plantamos en casa. Afortunadamente nadie me vio subir las escaleras con él. En la subida al Monte Carmelo (vivo en un cuarto sin ascensor) me contó que era del PP y yo oculté mi pertenencia al PCE. Me sentía como en una película de la transición y parecía que Pepe Sacristán iba a parecer en cualquier momento.
Después de comer se me puso blando y nos enrollamos un poco. Pero le miré otra vez el dichoso alzacuellos, me sentí como la Regenta y le dije que no estaba preparado para la llegada del Espíritu Santo en forma de rábano pelado.
No le volví a ver porque cada vez que me llamaba por teléfono parecía el portavoz de Manuel Fraga y a mí el rojerío me tira mucho.
El caso es que cuando me inscribí en el gimnasio de las mosqueperras me lo encontré transfigurado: sin gafas, sin alzacuellos, musculado y ahora sí que más perra que Lassie y Laika juntas, todo el día en la sauna tocándose la chinga y mirando la de los demás. Para qué veáis cómo es la Iglesia Católica, queridas amigas, fanáticas de las patoaventuras.
De vez en cuando tengo la tentación de preguntarle si sigue siendo cura y gay, pero en realidad soy una niña buena y me callo.