Yo me volvía tan tranquilo a España sin sospechar lo más mínimo del peligro que me acechaba. Ya me habían hablado del fenómeno, pero yo había pensado que no era más que una leyenda urbana, pero desafortunadamente descubrí que era real y que la comunidad gay española estaba amenazada por LA INVASIÓN DE LOS ULTRACENTRO.
El asunto consiste en que un grupo de alienígenas coloca un boniato de tamaño gigantesco al lado de una marica loca, por ejemplo, cuando está dormida y drogada en la sauna. El boniato empieza a soltar espuma y poco a poco se convierte en la marica loca. Nadie sabe a dónde van a parar las víctimas, pero lo que sí se sabe es que el boniato, una vez transformado, se convierte en un votante incondicional del PP. Y ni Aquilino Polaino, ni la manifestación contra la ley de matrimonio homosexual, nada le puede hacer abjurar de la fidelidad hacia ilustres personajes como Acebes o Ana Botella.
Mi primer encuentro con un ULTRACENTRO fue con un chico de Alicante que era muy perrina y al que le gustaba que le follasen atado. La verdad es que no sé cómo derivó la conversación, pero me empezó a decir que todo estaba superfataaaaal y supernintendo como Carmina que Dios tenga en su gloria, que los socialistas estaban desbaratando España y que ni había respeto ni nada. Cuando yo le repliqué con lo de las bodas gays, me soltó que eso eran “cantos de sirena”. Y es que los ULTRACENTRO son un poco como las putas fachas, que van muy escotadas y con la mano en alto. Que sepáis que me lo follé.
Me quedé espeluznado, pero eso ni fue nada comparado con mi segunda encuentro con los ULTRACENTRO esa misma semana. No si recordáis a Santiago (patoaventuras 13 y 15), el que vino al piso JAITEC y que luego me invitó a la orgía en la que estaba Germán. Pues se puso en contacto conmigo porque le había caído fenomenal y le había encantado cómo le había metido el puño por el culo a la de Winter.
Me planté en su casa, dispuesto a un viajecito por el tunel del amor. Entre cerveza y raya, nos pusimos a charlar —error— y me soltó que él leía La razón. Yo me cagué, claro, y entonces me di cuenta de que tenía el dedo corazón extraordinariamente largo, lo mismo que el alicantino: estaba ante otro ULTRACENTRO. Me dije a mí mismo, mientras escuchaba un panegírico de Esperanza Aguirre, que no me podía dormir, porque seguro que me colocaban el boniato, pero con la coca-loca que estaba tomando era más que improbable que me quedase sopa.
Entre fisteo y fisteo tuvo oportunidad de poner a parir la política antiterrorista, la política económica, la política educativa y la familia política (la de su hermano). Yo a ratos pensaba que le iba a salir el boniato del ano y que no me salvaba ni Santiago Carrillo de votar a Gallardón, pero en un descuido conseguí escabullirme con mi carné del PCE intacto.
Volvía a casa arrimado a la pared por si había algún grupo de ULTRACENTRO merodeando cuando oí una voz: ¡Robertillo! Que me llamen con un diminutivo siempre me ha tocado mucho los cataplines, así que me volví con un poco de mala hostia y me encontré de frente con el ¡¡¡NAZARENO!!! El Nazareno era un ex mío, que era costalero de la Macarena y que era no lo peor, sino lo siguiente. Robertillo, Robertillo, te invito a unas cañitas. Y en ese momento le miro las manos y veo que tiene el dedo corazón como un fuet de casa Tarradellas. Lo comprendí inmediatamente: ¡¡¡¡el NAZARENO ERA TAMBIÉN UN ULTRACENTRO!!!!
Corriendo como un desesperado conseguí meterme en La Lupe y calmarme lo suficiente como para llamar a mi camello:
-Winston (es colombiano), te necesito.