Que no se crea nadie que meter 40 centímetros de brazo sólo me dieron motivo de reflexionar dónde conseguir más coca. En absoluto. No quisiera dar una imagen de marica loca sólo preocupada por las drogas porque mi aspecto físico también me preocupa muchísimo. Cuando se llega a los 40, uno ya no quiere estar mono; eso es para veinteañeros. Lo que uno quiere es estar deseable, morboso, etc. Por lo tanto, el tema ya no está en de qué marca me compro el polo o los pantalones sino en cuántas horas semanales de ejercicio necesito para que se me noten los abdominales. Lo que es menos costoso, pero mucho más difícil y comprometedor. Como el policía —aceptemos que lo era REALMENTE— estaba más que potable, el asunto era si yo estaba a la altura del desafío o si sólo se había enrollado conmigo porque estaba como Lassie el día que se enteró de que habían enviado a Laika al espacio. Que no veas cómo se puso la perrina.
Una inspección detallada ante el espejo confirmó mis más terribles sospechas: ir a nadar ya no era suficiente; iba a tener que matricularme en un gimnasio. Ya sé que todas las maricas como Dios manda van al gimnasio, pero es que a mí no me apetecía nada, nada, nada. Aparte del tiempo que se pierde, inscribirme en un gimnasio en una ciudad de provincias italiana podía ser —y fue— mortal. En Madrid hay gimnasios para gays, como hay cafés para gays y agencias de viajes para gays, pero en aquella ciudad perdida no había nada de eso de manera que iba a tener que ir a un gimnasio de héteros, con todo lo que ello conlleva en cuanto a modelos, actitudes y discursos.
En estas disquisiciones estaba, cuando el policía me escribió un mensaje diciendo que como alternativa a lo coca podía pillar Crystal o pastillas y que si por fin encontraba coca, que pillara tres gramos. Yo, que como he dicho sólo había fumado algún porro (bueno, sí, quizás algo más, pero poco) me quedé de piedra pómez. En fin, que me volví loca con aquel catálogo de productos del Cheminova. Como el asunto me empezaba a desbordar y no tenía ni idea de pedí ayuda urgente a mi amigo Nacho, que tiene un máster en sustancias estupefacientes. Las amigas de toda la vida están para esto. ¿ No?
Mientras esperaba la respuesta de Nacho, quedé con Doggyboy, el amigo de Nazarenus, el sábado siguiente para darle una paliza porque al parecer el pobre tenía muchísima tensión acumulada. No es que Doggyboy fuera exactamente mi tipo, pero en las fotos no pintaba mal y no me importaba adquirir un poco de experiencia antes de darle otro repaso al poli.