!Viven¡
La tragedia de los Andes

Piers Paul Read

Las discusiones sobre el asunto se iban extendiendo a medida que, con gran precaución,
lo iban exponiendo a sus amigos o a aquellos que suponían que estarían de su parte.
Por último , Canessa lo expuso sin ambages. Se apoyaba firmemente en el argumento
de que no los iban a rescatar; que tendrían que salir de allí valiéndose de sí mismos, pero
que nada se podía hacer sin alimentos y que el único alimento que disponían era carne humana.
Usó de sus conocimientos de medicina para describir, con su voz aguda y penetrante,
cómo sus cuerpos estaban consumiendo las pocas reservas que contenían.

-Cada vez que nos movemos, consumimos parte de nuestro cuerpo.Muy pronto estaremos
tan débiles que no tendremos la fuerza suficiente ni para cortar la carne que está ahí
delante de nuestros ojos -les dijo.

Canessa no hablaba por conveniencia.Insistió en que tenían la obligación moral de permanecer
vivos a toda costa y valiéndose de los recursos de que disponían, y como era sincero en sus
creencias religiosas, trató de poner más énfasis en lo que dijo a continuación, dedicado a los
supervivientes más piadosos.

-Es carne y nada más que carne -añadió-.Las almas han abandonado los cuerpos y están con
Dios en los Cielos.Todo lo que queda no es más que el cuerpo que contenía el alma y, por
tanto, ya no es un ser humano; es como la carne de las reses que comemos en casa.
Hubo otros que participaron en la conversación.Fito Strauch les dijo:

-¿No han notado la cantidad de energías que se necesita para escalar unos metros de montaña? Piensen ahora las que necesitaremos para llegar a la cumbre y luego bajar por el otro lado.Jamás se podrá lograr con un sorbo de vino y un pedacito de chocolate.
La verdad de lo que acababa de decir era indudable.

Se convocó una reunión en el interior del Fairchild y por primera vez todos los supervivientes
discutieron el problema al que se enfrentaban; si para sobrevivir, debían o no comer los cuerpos de los muertos. Canessa, Zerbino, Fernández y Fito Strauch repitieron los mismos argumentos que habían usado anteriormente.Si no lo hacían , morirían.Tenían la obligación moral de vivir, tanto por ellos como por sus familiares.Dios deseaba que vivieran  y con los cuerpos de sus amigos les había proporcionado los medios para lograrlo.Si Dios no lo hubiese deseado, habrían muerto todos en el accidente; sería una equivocación renunciar al don de la vida tan sólo porque sintiesen ciertos escrúpulos.

-Pero, ¿qué hemos hecho para que Dios nos pida que comamos los cuerpos de nuestros amigos muertos?-preguntó Marcelo. Hubo un momento de vacilación.Entonces Zerbino se volvió hacia su capitán y le preguntó a su vez: -Y,¿qué crees que hubieran pensado ellos?
Marcelo no contestó y Zerbino continuó diciendo: -Sé perfectamente que si mi cuerpo muerto pudiera contribuir a mantenerlos vivos a ustedes, quisiera que lo usaran sin vacilar.Es más, si murieses y ustedes no me comiesen, regresaría desde donde quiera que me encontrase y les daría una patada en el culo a cada uno.

Este razonamiento disipó muchas dudas, porque aunque muchos sentían repugnancia al pensar en comer carne procedente de los cuerpos de sus amigos, todos estuvieron de acuerdo con Zerbino. Allí mismo pactaron que si alguno de ellos moría, su cuerpo sería empleado como alimento.

Marcelo no estaba decidido aún.Él y su menguado grupo de optimistas, seguían aferrados a las
esperanzas de un pronto rescate, pero cada vez eran menos los que compartían su fe.
La verdad es que  algunos de los más jóvenes se llegaron a quejar a los pesimistas- o realistas,
como ellos se autodenominaban- sobre los puntos de vista de Marcelo y Pancho Delgado.
Se sentían decepcionados.El rescate que tantas veces les habían prometido, que estaba en
camino, no llegaba.

Pero no faltaba quien apoyase a Marcelo y Pancho. Coche Inciarte y Numa Turcatti, ambos fuertes y resistentes, pero de gran nobleza, comunicaron a sus compañeros que aunque no creían equivocado aquello, nunca podrían hacerlo.Liliana Methol se puso de su parte.Permanecía  tan tranquila como de costumbre; pero, al igual que los otros, luchaba con las emociones que el tema había suscitado.
Su instinto de supervivencia era fuerte, y grandes los deseos de volver a ver a sus hijos, pero el
pensamiento de comer carne humana la horrorizaba.No pensaba que era una equivocación y no se oponía: distinguía perfectamente entre el pecado y la repugnancia física, y un tabú impuesto por la sociedad no era una ley de Dios.
 

(páginas 103,104,105,106).



 
 
 
 
 
 

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