De
Amor y de Sombra
Isabel Allende
Al
tocar el timbre de la casa, Francisco deseó que Beatriz
Alcántara
no apareciera. En su presencia se sentía repudiado.
-Éste
es Francisco Leal, mamá, un compañero -lo presentó
Irene la primera vez, varios meses atrás. -Colega ¿eh?- replicó
la señora incapaz de soportar las implicaciones revolucionarias
de la palabra compañero.
Desde
ese encuentro ambos supieron cuánto podían esperar del otro,
sin
embargo hacían esfuerzos por ser amables, no tanto por agradarse
como
por el hábito de las buenas maneras. Beatriz averiguó sin
tardanza
que
Francisco descendía de emigrantes es pañoles, sin fortuna,
pertenecientes a esa casta de intelectuales a sueldo de los barrios de
la clase media. Sospechó de inmediato que su oficio de fotógrafo,
su moral y su motocicleta no eran indicios de bohemia. El joven parecía
tener las ideas claras y éstas no coincidían con las suyas.
Su hija Irene frecuentaba gente bastante extraña y ella no la objetaba
, puesto que resultaba de todos modos inútil hacerlo, sin embargo
se opuso como pudo a la amistad con Francisco. No le gustaba ver a Irene
en feliz camaradería con él, unidos por los fuertes lazos
del trabajo compartido y, mucho
menos,
imaginar sus consecuencias para el noviazgo con el Capitán.
Lo
consideraba peligroso porque incluso ella misma se sentía atraída
por los oscuros ojos, sus largas manos y la voz serena del fotógrafo.
Por
su parte, Francisco advirtió a la primera mirada los prejuicios
de clase y la ideología de Beatriz. Se limitó a darle un
trato cortés y distante, lamentando que fuera la madre de su mejor
amiga.