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"Pero sigues viendome ahi..."
Hoy fue un día frío en mi pasar,
como frío desperté hoy, envuelto en sabanas,
veía el sol entrar y golpearme los ojos,
pero no pude correr la cortina a un lado,
quise levantarme a escribirte un poema,
mas no tuve fuerzas para sentir mi cuerpo.
Solte un suspiro cálido, el último,
y salí de la cama, junto con él.
Trate de tomar la pluma, mas se me negó.
Quise releer mi inspiración nocturna,
mas el cuaderno permaneció cerrado.
Salí al verde prado fuera de mi habitación,
y no sentí la brisa matutina en mi rostro,
ni la hierba en mis descalzos pies.
Caminé hacia tí, hacia tu aposento,
y toque la puerta un par de veces,
mas el silencio venció mis golpes.
Entré y te ví ahí, con la mirada perdida,
en una pared vacía y pálida.
Me acerqué, y te salude con una palmada,
a la que respondiste estática.
Trate de tomar tu mano,
con la que jugabas con la sabana,
mas la quitaste a mi contacto
para llevarte a los ojos, y
comenzar a llorar y caer de costado,
en aquella cama donde me sentaba
a platicarte como me sentía,
y tantos secretos que solo tu sabes.
Recogiste tus piernas, y abrazaste la almohada,
aunque me tenías a un lado de tí.
Levantaste la mirada,
y pensé verte a los ojos.
Permanecimos así,
unos largos segundos.
Tus llorosos ojos
parecían verme
enojada y rencorosa.
Te contesté con una sonrisa
tierna e infantil,
justo cuando estiraste
aquella suave mano,
y tomaste el crucifijo
de detras de tu cama.
Lo miraste, mientras
2 o 3 lágrimas
cayeron sobre él
y lo pusiste
boca abajo en la mesita
donde tienes ese libro
que te presté una vez,
y olvidaste devolverme.
Traté de tomarlo
para pararlo apoyándolo
en mi foto de aquella mesa,
en la esquina mas oscura
de tu sombrío cuarto,
pero no pude hacerlo.
Besé aquel crucifijo
mientras caías sin fuerzas
en tu cama de nuevo,
hundida en lágrimas.
Quise abrirte la ventana,
para enseñarte el sol
y decirte que bello está el día,
cuando mencionaste mi nombre.
Me acerqué hacia tí,
y te acaricié los cabellos,
haciéndolos mecer como árboles
en la brisa de la mañana.
Seguiste ahí, en lágrimas.
Te quise dejar sola,
y salí por la ventana,
por aquella por donde veíamos
las estrellas juntos, y hablabamos
de tantas pero tantas cosas.
Me alejé de ti un par de pasos,
oyendo como sonaba el teléfono,
y no contestabas ya.
Quise volver a despedirme con un beso,
pero preferí dejarte así, dejarte descansar.
Me sentí relajado, aclarado por completo,
mientras oía el silencio de mis pasos
pasar por hojas secas bajo los árboles.
Recordé tu cara, tan hermosa como la Luna,
y quise volver a decirte cuanto te quiero,
cuanto vales para mí, cuanto me has hecho cambiar,
pero al volver ya no estabas ahí.
Caminé hacia el mar, quise oirlo hablar,
pero en el camino te divisé
en aquel claro de bosque que conocimos juntos.
Rodeada de tantos estabas,
tantas personas con las que quería estar.
Me acerqué lentamente,
entrando en las sombras
para llegar a tu espalda,
en la que me recargué un momento,
pero no me volteaste a ver.
Tenías la mirada en el suelo,
y te mordías el labio, en silencio.
Te susurre al oido que todo
estaría bien, justo como cada día,
amanece y sale el sol, igual que cada
noche, las estrellas brillan y la Luna sonrie.
Pareciste no oir mis palabras,
y una lágrima cayó al suelo.
La tierra blanda cubierta por
flores rojas y púrpuras estaba,
y una lápida se levantaba.
Tenía escrito una frase muy bella,
que creo un día te dedique,
y mi nombre la coronaba.....
¿Por qué es esto así?
¿Por qué no puedo
llorar al verme ahí?
Si, estoy muerto
hoy.
Así es la verdad,
pero sigo aquí,
junto a tí ahora, abrazándote,
y repitiéndote
que nunca me despegaré de tí.
Pero tu no
puedes oirme
pues sigues llorándome,
y viéndome
frío y muerto.
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