INTRODUCCIÓN

           Según la ley universal de analogía, todo cuanto sucede fuera, sucede dentro; es decir: si en el mundo existen zonas áridas e infértiles que llamamos desiertos, igualmente las habrá en nuestro interior.

Hay momentos en los que la vida de un hombre se convierte en un desierto.

Un paisaje monótono de ardientes y desoladoras arenas que amenazan de muerte la integridad del desdichado que ha  caído en esos parajes de abrumadora soledad.

            Así, solo, y sin más equipaje que lo puesto, un nuevo camino se presenta ante los pies de este explorador sin vocación. Un panorama que se extiende hasta el horizonte en derredor suyo.

            El desierto, ¡Oh el desierto! ¿Por qué, noble paraje, me has escogido para recorrer tus sagradas arenas con los pies desnudos? ¿Acaso quieres hacerme el gran favor de purificar la maldad de mi corazón y de lavar todos mis pecados en tu vientre incandescente? ¿Es eso? ¿A qué se debe entonces tal acto de Amor puro?

            Apaciblemente yacía en los trópicos de climas templados, cuando, un fuego abrasador, proveniente de las mismas entrañas del infierno, convirtió todo en arena; arena ocre, que contrastada con el intenso cielo azul, infunde miedo y respeto, a la vez que paz y serenidad debido a que ya no hay nada que perder.

            Es entonces cuando comienza la aventura y las pruebas de tierra, agua, fuego y aire se suceden en una melodía que pule hasta la más mínima impureza del alma humana, dejando, después de esa violenta furia: Amor y Sabiduría.

            Aun me queda mucho desierto por atravesar, pero nada temeré, porque lo único que puedo perder es inmortal, y las llamas de la desidia jamás tocarán mi ser de inmaculada constitución. Además, gozo de la protección del Ave Fénix, que me hará resurgir de las cenizas de cada uno de mis yoes que irán muriendo en esta singular odisea.

            Sólo hay un camino posible; seguir hacia delante, siempre hacia delante. Pues, aunque se esconde cada vez que vuelvo la vista, sé que un querubín con espada en mano, me sigue de cerca impidiéndome retroceder: tal es su Voluntad.


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