RED HOT CHILI PEPPERS Y EL ROCKERISMO ARGENTINO... Por Pablo Plotkin - Página 12 – Suple NO


Será el primer y único show en pleno incendio nacional, con un cachet más bajo de lo habitual y entradas a precios razonables. Y, también, la ratificación de un lazo emotivo particular entre el público argentino y una banda top mundial. Como los Ramones o los Stones, pero diferente.
Si existe el amor entre una nación pobre y una banda de rock millonaria, la Argentina y los Red Hot Chili Peppers se aman. Los Ramones y la Argentina, además de amarse, se necesitaban (como se necesitan dos viejos zorros con un pasado glorioso y un presente de pensión). Lo de los Rolling Stones nunca fue un amor correspondido. Estaba claro que, por más declaraciones demagógicas que profiriera Keith Richards, lo de los Stones no era más que unos cuantos revolcones de verano (los últimos cartuchos de un Casanova en retirada). Los Peppers, en cambio, además de aterrizar en sus momentos de esplendor, sostuvieron una escrupulosa escala ascendente, el tipo de crecimiento con que se construyen las relaciones duraderas: Obras (1993), Luna Park (1999), Vélez (2001) y River (2002, muy probablemente el 16 de octubre). Primero fue Blood Sugar Sex Magik, después Californication y ahora By the Way. Toda vez que tuvieron algo importante que decir, los Peppers vinieron a contarlo a Sudamérica.
Sin pretender romantizar las razones del negocio, sorprende la cuarta visita del actual mejor amigo americano al país del dólar imposible. Su show en el Monumental será, seguramente, el único espectáculo de rock anglo masivo en la Argentina 2002 (además del de Roger Waters en febrero que, en verdad, había sido programado antes de la devaluación). El No averiguó que la banda redujo el cachet respecto del que cobró para su show en Vélez, y esta vez los precios de los entradas fueron virtualmente pesificados: 15 las populares y plateas altas, 22 el campo y 36 el resto de las plateas. Y como está claro que los Chili no van a despegar de Ezeiza con los bolsillos vacíos, se estaría hablando de un poder de convocatoria capaz de saltar cualquier abismo monetario. A diferencia de lo que ocurre con rolingas y ramoneros, el público argentino de los Peppers es mucho más difuso en términos de indumentaria, modales y lugares de pertenencia. En 1993, cuando hicieron dos shows ardientes y caóticos en Obras (un lunes y un martes muy calurosos de enero), el carácter alternativo estaba mucho más definido. Lollapalooza todavía se conjugaba en presente y “Under the Bridge” corporizaba como pocas canciones el espíritu de una Los Angeles difícil e irrenunciable. John Frusciante había dejado la banda para ser un yonqui tiempo completo y Arik Marshall se había convertido en su efímero reemplazante. Los Peppers usaban cascos que manaban fuego, los calzones de Flea todavía eran una especie de novedad y las 10 mil personas que los vieron en Obras pueden dar fe de aquella reputada energía escénica. Los promotores que estuvieron cerca del grupo recuerdan que, aun en la cresta de la ola Blood Sugar..., los Peppers eran chicos buenos y profesionales. El baterista Chad Smith se la pasaba con su mujer; Flea –que venía de soportar un divorcio y una crisis provocada por el “estrés”– casi no salía de la habitación del Sheraton y Anthony Kiedis vivía un pequeño romance porteño. Después de los shows, el cantante postergó su pasaje de vuelta y salió a navegar con una chica argentina, durmiendo un par de noches en una casa de campo bonaerense.
La situación era distinta seis años después, con Californication convertido en el gran álbum de resurrección. Luego de sobrevivir de un modo asombroso a la heroína y a la cocaína inyectable, Frusciante volvió para ser el garante espiritual de un grupo que hasta entonces parecía oxidarse en el desarmadero de las estrellas californianas. El disco fue todo lo energético que se esperaba de semejante reaparición, y aquellos dos shows en el Luna Park (14 mil personas, con A.N.I.M.A.L. y Puya como grupos invitados) se mecieron entre el fuego sagrado y el mero oficio. Lilia Fuster, que trabajaba para la empresa CIE y se encargó de acompañar a los Peppers en sus dos últimas visitas a Buenos Aires, recuerda que “eran muy obsesivos con las comidas. Tenía que haber una opción vegetariana para Flea. Flea se la pasaba bañándose, descalzo y con las patas para arriba (porque hacía yoga). Es el más chispita. Habla y corre todo el tiempo. Anthony es muy tranquilo, observador, al igual que John. Y Chad es el más sociable. Era el único que salía después de los shows. El resto se iba a dormir. Es gente muy sana y respetuosa”. A Lilia le sorprendió el conocimiento que tenía Flea de la cultura argentina. Cuando le comentó que ella era rosarina, el bajista se mostró fascinado: “¡Ahí nació el Che Guevara!”.
Cuando volvieron en enero del 2001, Californication ya había explotado. Cerca de 40 mil personas los vieron en Vélez, en una noche de tormenta. Llegar a Liniers era poco menos que una odisea, tal como sucede en Buenos Aires cuando llueve mucho. La camioneta que llevaba a los Peppers se descompuso en la General Paz. El show de Catupecu Machu se suspendió. Los Deftones sonaron horrible (recuérdese a Chino Moreno, empapado, intentando evitar que se le cayeran los pantalones). Los vendedores de pilotines ganaron mucho dinero. Los organizadores del show consideraron la alternativa de cancelarlo, pero los músicos preferían tocar. “Ellos entienden el negocio que generan. Son muy profesionales”, dice Lilia. Finalmente la tormenta paró y la banda sacudió con un show más desprolijo y vibrante que el del ‘99, con una versión de “Fire” (Jimi Hendrix) que coronó un final de show sin hits.
Se espera que By the Way, el disco que vuelve a sacarlos de gira por el mundo, marque el tono de la cuarta visita a Buenos Aires. Menos funk, más canciones reposadas y la convicción de cuatro tipos que ya no necesitan rendir demasiadas cuentas sobre su legendaria (y pasada) pulsión adrenalínica. By the Way es un disco que redefine a los Peppers como los hijos dilectos del rock californiano: armónico, sensual y permeable a las influencias culturales de esa ciudad de autopistas, vértigo y sueños de felicidad. Entre primores de Venice Beach, cabrones y almuerzos vegetarianos, así es como los Peppers deciden envejecer. Clásicos, pero bajo sus propias reglas.

Nota Madre: Amor de primavera

DECLARACIONES, DIALOGOS Y DEMAS PAVADAS
Esta boca es mía


En 20 años de carrera (justo la mitad de la vida de Anthony Kiedis y Michael “Flea” Balzary, que cumplirá 40 el día del show en River), los Red Hot Chili Peppers experimentaron casi todos los conflictos propios de una banda de rock poderosa. Siete guitarristas (el original, Hillel Slovak, murió de una sobredosis de heroína), ocho discos y una considerable cantidad de pronósticos reservados de diversa índole. En medio de esta especie de segunda primavera, los Peppers parecen haber acabado con la mayor parte de sus complejos, al menos eso es lo que se deduce de sus últimas declaraciones. A continuación se reproducen fragmentos de entrevistas recientemente publicadas en las revistas Q (Gran Bretaña), Spin (Estados Unidos) y World of Music (Alemania), a propósito de la aparición de By the Way.

LAS RAZONES DEL EXITO. “Blood Sugar Sex Magik fue nuestro quinto álbum, y entonces éramos ‘los chabones del momento’. Tatuajes, comentarios copados, buena ropa o a veces nada de ropa, autos grandes, todo eso. Tres años atrás, cuando editamos Californication, ya no éramos más los tipos cool. Ya estaban Limp Bizkit y compañía. Entonces sólo teníamos para ofrecer nuestra música y eso hizo que nuestro éxito nos hiciera increíblemente felices. Un disco de Britney Spears se compra por dos razones: las chicas encuentran pistas de la moda en el librito, los chicos lo usan para masturbarse. Me hace muy feliz el hecho de que nuestra música se compre por razones diferentes, y creo que es mejor para el negocio en general.” (Flea)

SER ANTHONY HOY. “Ahora me preocupo un poco más por mí mismo. Hay veces en las que me siento tentado de mandar todo al carajo. Pero no. Hubo un tiempo en que creía que sin dudas iba a vivir y morir sobrio pero, sabés, un par de caídas y medio que ese pensamiento se fue a la mierda.” (Kiedis)
Un día perfecto, segun Flea. “A la mañana me voy a surfear a una linda playa, después me como una buena comida vegetariana. Después una siesta, antes de transportarme telepáticamente a una ciudad. Luego me encuentro con amigos para hacer un poco de música hermosa. A la tarde otra buena comida, después me encuentro con una mujer hermosa, tenemos una gran charla y, uh, sexo maravilloso. Después de eso supongo que querría dormir plácidamente. ¡No me mires así! ¿Qué te pensabas? Man, en un par de meses voy a cumplir 40...”

LOS ANGELES. “El alma de esta ciudad es gran parte de lo que somos. Y yo creo que el alma de esta ciudad es una cosa vieja y hermosa. El hecho de que la gente pueda pasarla bien frente a la falsedad y el elitismo económico es un legado del espíritu de Los Angeles. Ya sean chicos callejeros de hogares rotos como Anthony y yo, o víctimas del gran racismo como la gente de la comunidad negra, o de la comunidad mexicana, que se arrastra por la frontera para sobrevivir. Hay rincones donde toda esa gente se une y vive en una atmósfera creativa y vibrante, y ésa es la Los Angeles que yo amo.” (Flea)

LA ULTIMA TRANSFORMACION. “Si esta banda no fuera capaz de reflejar cambios personales, si sólo se rindiera ante esos cambios, entonces a la mierda, yo no querría estar más en esta banda. No hay nada peor en este negocio que robarle tiempo a la gente. Y a los que quieran que sonemos como antes, les recomiendo que escuchen nuestros discos viejos, que después de todo se consiguen gratis. ¡Esta vez no hay disco de funk!” (Flea)

CHIQUILES. “Anthony y yo éramos pibes callejeros, básicamente. Yo tuve una crianza muy violenta. Mi padrino se baleaba con la policía. Yo dormía en el patio trasero porque tenía miedo. En un sentido, eso me dio libertad. Cuando tenía 12, 13 años, estaba de juerga hasta las tres o cuatro de la mañana, drogado en la calle.” (Flea)
“Nos la pasábamos la mayor parte del tiempo en la playa de estacionamiento de Starwood (antro hippie-punk de West Hollywood), tratando de colarnos en los shows de Black Flag y Circle Jerks.” (Kiedis)

CUANDO JOHN VIVIA EN EL POZO. “En los primeros tiempos con los Peppers fumaba porro noche y día e iba por el mundo pensando que las cosas deberían ser como yo creía. Y si no era así, tiraría abajo esa parte del mundo. Tenía miedo de perder mi creatividad. Creía que siendo un heroinómano y teniendo sólo buenos sentimientos seguiría siendo una persona creativa. Pero no. Empezaba a sentir un dolor físico. Sentía que ciertos traumas infantiles –que ni siquiera creo que hayan existido– venían a buscarme. Lo recuerdo como si fuera la vida de otro. Recuerdo que los espíritus me atormentaban y me insultaban todo el tiempo. Fue bueno. Porque me estaban dando una lección. Sigo viendo a esos espíritus, pero ahora les caigo bien. Sé que tengo que trabajar duro para que estén contentos. Me gusta la idea de que ya nunca estaré en la situación de no tener nada para comer o un lugar donde vivir. Y me encanta poder comprar tantos discos como se me dé la gana.” (Frusciante)
Kiedis y Frusciante se hablan:
A.K.: –Te dejé un mensaje,
¿lo escuchaste?
J.F.: –No, no puedo chequear
mi contestador.
A.K.: –Estaba muy emocionado por nuestro ensayo de ayer. Me sentía tan bien por haberte escuchado tocar, y me quedé preocupado por nuestra conversación de antes, cuando me dijiste que no te dabas cuenta de cuánto yo valoro todo.
J.F. (a solas con la periodista): “Anthony cambió una barbaridad. Ahora se da cuenta del poder que tiene para herir a la gente o para nutrirla. Antes nunca podías saber: un día era tu amigo, al otro día ya no lo era”.

¿SEXISTAS? “Tal vez me equivoque, pero nunca sentí que fuéramos sexistas. Siempre me sentí muy femenino. Y no creo que eso haya cambiado, sólo que ahora siento el deseo de contribuir a la causa feminista. Y aún defiendo esa locura de sacudir la pija en público. Tuvo su momento. El loco que sacude la pija sólo se quiere reír un rato. Tal vez el loco que sacude la pija es más consciente de cuánto afecta a otra gente.” (Flea)

20 AÑOS ES UN MONTON. “¿Quién hubiera creído que Californication, después de 18 años de carrera como banda de rock, iba a ser nuestro álbum más grande? Con este disco fue otra cosa. Jamás sentimos que estábamos luchando contra el síndrome de la página en blanco, ni sentimos ninguna clase de presión. Nadie habló de ventas y no hay nadie marcando tarjeta cuando llega a trabajar. Lo hacemos todo a nuestro tiempo. Salvo que un imprevisto meteorito se interponga en nuestro camino, vamos a estar bien durante un tiempo.” (Kiedis)

TRADUCCION: P.P.

RED HOT CHILI PEPPERS - La adrenalínica banda californiana acaba de publicar aquí “By The Way”, un CD que marca el punto de mayor tranquilidad de su carrera. El ingreso de los Red Hot Chili Peppers al mundo del rock adulto. ¿Es ésta la banda de tatuados atiborrados de anabólicos, sexistas y maleducados, capaces de todo arriba de un escenario, fanáticos practicantes de la religión P-Funk, cuya música para sacudir cabezas marcó la década del noventa? Transcurren los primeros minutos de By The Way, el nuevo disco de Red Hot Chili Peppers y, a excepción del tema que da nombre al cd –un clásico RHCP pleno de adrenalina rítmica, bajo profundo y aceleración constante–, brotan canciones que inducen al interrogante. Con una respuesta inmediata: sí, son ellos, aunque ahora posean mayor complejidad melódica, con guitarras acústicas o levemente distorsionadas y arreglos vocales que remiten, indefectiblemente, a los Beach Boys. El nuevo disco de una entidad rockera con la mayoría de sus integrantes (el bajista Flea, el cantante Anthony Kiedis, el baterista Chad Smith) a punto de cumplir 40 años, y con casi dos décadas de historia como marca registrada del sonido de la costa oeste de los Estados Unidos, pone blanco sobre negro frente al drama existencial de una banda masiva y global cuyo público se renueva y acumula constantemente, tan popular en Argentina como para vender más de 100.000 placas de su anterior edición, Californication. El drama que suele aquejar a personajes de este tipo es cómo volverse viejo sin perder el ojo de tigre, el riesgo de un sonido patentado que los mantiene y posiciona como unos modernos Rolling Stones del funk blanco, y a la vez combinar una vida de limusinas y hoteles cinco estrellas con la ¿necesaria? actitud rocker. Anthony Kiedis dio en el blanco cuando le preguntaron sobre el tema. En una reciente entrevista Rolling Stones dijo: “La gente tiene miedo de envejecer, es una lástima... Especialmente en esta ciudad, todos crean un aura negativa sobre la belleza de la vejez. Todos están mortalmente asustados con eso de cumplir años, pero es tan lindo volverse viejo...”. Algo de eso flota en las 16 canciones del CD, un compendio de pequeñas historias sobre desengaños amorosos, apuradas descripciones de la vida en California (la televisión, el plástico, los latinos, la playa, el calor) y retratos de un circo urbano que, a veces, parece apenas la escenografía de una gran película sin director responsable. El tópico asomaba en Midnite vultures, el último disco de Beck, otro habitante de la zona. Los Angeles como metáfora de un estilo de vida en donde el arte de la simulación y el “verse bien” va relacionado con el mito de la eterna juventud.
Puede decirse, con certeza, que la música firmada por Red Hot Chili Peppers desde 1983, potenciada en su impacto mundial luego de la edición de BloodSugarSexMagik en 1991 (el momento de su irrupción en Argentina, por ejemplo), contenía la pulsión joven propia de los que se quieren comer el mundo. Aquello era funk rabioso y anfetamínico (funk-core), impregnado de sexo y drogas, capaz de provocar temor y al mismo tiempo seducción. Piénsese en “Give It Away” y “Suck My Kiss” por ejemplo. Canciones como una pedrada, ideales para sacudir la cabeza. Pues bien, han pasado más de diez años de aquello, los Peppers tocaron tres veces en Buenos Aires (curiosamente, con tres guitarristas distintos, Marshall, Navarro y Frusciante), mucha agua corrió bajo el puente, y resulta cierto que lo que asomaba en el perfectamente pop Californication, se impone. Cierto gusto por la melodía y los arreglos vocales, presente en el doble platino en Argentina, termina de hacerse patente en las canciones de By The Way: las guitarras y los coros de Frusciante –definitivo en la conversión sonora pos-Dave Navarro– ganan protagonismo por sobre el bajo centelleante de Flea y la monolítica base que conforma junto a Chad Smith. Todo un cambio. No hace falta tener los bíceps del teñido bajista o el gigantesco baterista para hacerse notar, es la moraleja. Frusciante es el fan que llegó a la banda cuando estaban a la deriva, fue corresponsable del sonido infeccioso de Bloodsugar..., no soportó la exposición pública, se envolvió en drogas para escapar de eso y regresó a la casita de los viejos para convertirse en la verdadera estrella de la banda. Su impronta domina el sonido general de un disco que se permite la melancolía y los guiños-Wilson por sobre cualquier bravuconada. Canciones como “Universally Speaking”, “The Zephyr Song” y “Tear” sirven de muestra. Fluyen, incluso acarician, pocas golpean. El spaghetti latino bautizado “Cabrón” llamará la atención porque parece hecho en broma, pero no tanto: bien podría integrar una seguidilla radial junto a “Desfachatados” de Babasónicos, por ejemplo. A propósito, By The Way es el comienzo en la era de la madurez en una banda que había hecho de la prepotencia joven un emblema.
Por Esteban Pintos del suplemento No de Pagina 12.

 

Hosted by www.Geocities.ws

1