Caliente
y Frío
Autora: Berusaiyu
Trowa miraba las vitrinas en busca de un regalo para
Catherine. Era su cumpleaños y quería agradarla, después de todo, por algo la
trataba como su hermana mayor. Un broche de plata le llamó la atención y entró a
la tienda. Tenía que apurarse, ya que Wufei y Quatre se adelantaron a la casa
de Duo. La guerra terminó hace poco y aunque ya no tenían sus Gundam, seguían
en contacto para aplacar uno que otro “descontento”. Por esta razón,
permanecieron en la Tierra y viajaban, de vez en cuando, a sus queridas
Colonias.
Al cruzar la esquina, hacia la casa de la reunión, vio algo
que lo dejó clavado al piso. Heero saltaba del balcón de las habitaciones con
la camisa a medio poner, para estar en “un dos por tres” tocando el timbre del
primer piso y vestido. La puerta se abrió y él entró saludando. Nadie vio la
escena, salvo Trowa, al cual tampoco vieron.
- ¡Qué diablos!- pensó en un dejo de confusión.
Pronto aclaró sus
ideas y sospechó lo que estaba pasando: “¿Heero y Duo amantes?”, “noooooo”,
tenía que haber otra explicación. Continuó en dirección a la entrada- “pero si
era verdad...”- una pequeña esperanza avivó sus más profundos deseos- “tenía
que saber”.
Una vez que lo
saludaron todos – excepto Duo- Trowa no perdió tiempo en preguntar donde estaba
éste, sonando casual ¡claro! Quatre le explicó que estaba cambiándose de ropa,
ya que cuando llegaron estaba durmiendo y los recibió en bata. Ya no había
dudas. Una pequeña sonrisa imperceptible para los demás se asomó a su cara.
“Así que Heero y
Duo eran amantes”. Esta afirmación hizo divagar a Trowa rápidamente. Jamás lo
hubiese sospechado si no es por el descuido de Heero, incluso ahora que los
tenía a los dos cerca no se notaba nada fuera de lo común entre ellos, todo era
normal como siempre, sólo amigos. ¡Increíble! Y él se había recriminado
incontables veces por desear a Quatre, ese chico ángel que se sonrojaba al
mirarlo fijamente, y todo porque los hombres no hacen esas cosas. Y ahí estaban
Heero y Duo teniendo una relación en secreto. Quizás el hecho de que fuera un
secreto era la clave, estaba bien tener ese tipo de relación, siempre y cuando
nadie supiera. Sea como sea, deseaba a Quatre y si podía tenerlo usando esa
manera, lo haría. Lo mejor de todo, era que no había que preocuparse por las
consecuencias, porque aunque sabiendo que las habría, podría manejarlas de
forma reservada.
Estaba decidido:
Tomaría a Quatre esa misma noche. Después de esto, tomó un sorbo de té que le
sirvieron y se dispuso a escuchar la charla de los demás.
Llegaron a la
mansión en la noche. No fue difícil hacerse el invitado a cenar por Quatre, la
pobre víctima estaba encantada, porque tendría “la compañía de un amigo”. Su
anfitrión hablaba sin parar, mientras el mayordomo servía un exquisito tofú.
Trowa pensaba como lo abordaría y se le hizo agua la boca- por supuesto que la
comida también influyó en esa reacción. Comió con mucho gusto, lo que dejó muy
sorprendido a Quatre.
- Parece que
tenías apetito ¿eh?- decía el rubio con ojitos juguetones- me alegro, Rasid
hace unas comidas deliciosas- dijo señalando al fiel mayordomo.
Trowa lo miró
fijo a los ojos verde claro, provocando el silencio momentáneo del pequeño y
esa tan esperada reacción que solía acompañarla: el tinte de rubor en sus
mejillas de porcelana fina. Su corazón comenzó a latir dentro de su pecho,
aumentando el deseo que albergaba sólo para aquél precioso chiquillo. Redirigió
la mirada a su plato y continuó comiendo con entusiasmo.
Quatre recobró su
sonrisa, también el habla y continuó charlando como si nada, recibiendo de vez
en cuando un gruñido de respuesta por parte de su hambriento amigo.
Y a la hora de
“dormir”, los dos se dirigieron supuestamente a sus respectivas habitaciones,
en sus respectivos pisos, después de darles las buenas noches a Rasid, quien se
quedó recogiendo la loza. Trowa seguía los pasos del rubio, y con la vista
clavada en el frente contestaba con monosílabos a la amena plática de su
interlocutor. Más pronto de lo esperado, se encontró fuera de la puerta de aquella
habitación, con un “buenas noches Trowa” salido de esos deseados labios.
- ¿Puedo hablar contigo un momento?- dijo
Trowa con su acostumbrada seriedad.
- ¿Pasa algo?-
Quatre no dejó de preocuparse.
- Sí, ¿puedo
pasar?- siguió con el mismo acento plano.
Quatre alarmado,
lo dirigió dentro de su habitación lo más rápido que pudo. Cerró la puesta tras
de sí y se plantó en frente de su compañero.
- ¿¡Qué sucede!?-
exclamó atemorizado.
Trowa, antes de
contestar, volvió con calma hacia la puerta y le puso el pestillo, luego
regresó con la misma calma donde un extrañado Quatre.
- Sucede esto- le
dijo tomándolo por la cintura y atrayéndolo hacia él.
No dio tiempo
para ninguna respuesta, ya que con un sólo movimiento acercó sus labios
sedientos y comenzó a beber de ese refrescante manantial, una y otra vez,
perdiendo la noción de casi todo.
Pasó una sensual
lengua por la mejilla hirviendo de Quatre:
“Delicioso”- fue
lo primero que surgió de su mente, mientras sentía el ajeno estremecimiento causado
por su acto.
Volvió a besar,
ahora más apasionado, metiendo su lengua hasta el fondo, acariciando la otra,
lo que provocó una lucha entre las lenguas en correspondencia. Con el aliento
agitado y sin aire, separó su boca de aquella en delirio quejumbroso.
Por primera vez
vio a Quatre después del beso, y presenció la figura más exquisita que había
visto en su vida. Aquella flor del desierto estaba en éxtasis sin igual con los
brazos colgados a su cuello, el rostro encendido y echado para atrás, sus ojos
humedecidos casi cerrados, la boca entreabierta con quejidos delirantes, y todo
el cuerpo palpitando en ruidosa agitación. Levantó a la criatura en sus brazos
y se lo llevó a la cama, conteniendo las ganas de poseerlo ahí mismo.
Una vez
depositado en la cama, Trowa comenzó a desvestir ese cuerpo agitado. La luz que
provenía del recibidor donde lo había besado, rebelaba una hermosa blancura
brillante a pesar de lo débil con que llegaba hasta allí. Las prendas caían,
delicadamente, una en pos de otra, mientras acariciaba la piel destapada,
controlando lo más posible sus ansias salvajes aunque de vez en cuando perdía
la razón al abalanzarse, sin embargo, esos segundos no interrumpieron con la faena de aquel cuerpo, hasta dejarlo
completamente desnudo. Luego prosiguió
a quitarse la suya, de forma menos considerada y bien brutal. Después de esto
se dejó llevar.
Trowa respiraba
con dificultad y sus caricias se intensificaron, aumentando el placer. Los
quejidos de Quatre comenzaron a elevarse y pronto escuchó su nombre salido con
fuerte sensualidad:... “aaaaahhhhh, Trowaaaaaaaaaa”... Un temor lo paralizó en
ese momento, recordó que nunca había hecho algo parecido y no sabía como
proseguir, luego en un segundo de lucidez comprendió lo que debía hacer y
volteó delicadamente a Quatre. Luego colocó su pene en la entrada y empujó lo
más lento posible, pero esta sensación era demasiado y apenas podía resistir la
urgencia de sus deseos. Un grito feroz de dolor lo paralizó al instante.
Le estaba
haciendo daño a Quatre, pero no tenía el suficiente valor como para retirarse,
toda esas fuerzas estaban empeñadas en no avanzar, no en retroceder. Hacía un
gran esfuerzo, aunque sabía que no resistiría mucho, era desesperante, pero
estaba en el punto de no regreso.
Entonces sintió
como el otro cuerpo se movía. Este abrió las piernas lo más que pudo y con sus
manos atrajo la almohada: “¡El pequeño se estaba acomodando!” Trowa sintió que
el corazón se le derretía y sorprendentemente dejó que su querido se acomodara.
Quatre terminó levantando el trasero con la espalda arqueada.
-
¡Tómame Trowa, porfavor! Te quierooooooo- dijo una suplicante débil
voz.
Para Trowa eso
fue el cielo, ya que no sabía que lo mejor estaba sólo empezando.
Una vez más
empujó, y la estrechez de su compañero lo sacaba de quicio. Escuchó unos
grititos de dolor amortiguados, pero el ruido de su corazón golpeando su pecho
con fuerza, los hicieron desaparecer casi al momento.
Trowa no supo
cuando comenzó a balancearse, entrando y saliendo, una y otra vez dentro de Quatre,
enloqueciendo de placer. Fuertes ruidos golpeaban su cabeza, unos quejidos y
gritos de placer que no hacían más que dejarlo sin control. Ya nada más
existía, sólo ese increíble sentir y los alaridos de su compañero exigiendo más
de él y él respondiendo.
Extasis... Llegó
ese momento donde vació todo su líquido dentro de ese cuerpo estremecido, al
mismo tiempo que un grito le desgarró la garganta. Un eco se produjo y cayó
inerte sobre su maravilloso, increíble muchacho.
- Te amo Trowa-
escuchó una dulce voz cerca de su hombro y pecho.
Dejó que esas
palabras lo acariciaran y se convirtieran en un arrullo de paz. El sueño lo
venció con su amante entre sus brazos.
A la mañana
siguiente Trowa estaba en serios aprietos tratando de levantarse de la cama.
Quatre lo tenía enlazado de forma tan enredada que era imposible escaparse sin
despertarlo. Una enorme gota se resbaló por su cara y suspiró una nube de
vapor. Optó por lo rápido y se deshizo de los brazos, piernas, cabeza y cuerpo
de Quatre, para colocarse de un salto fuera de la cama. Como lo esperó, este
último se despertó sobresaltado.
- ¡Qué sucede!-
exclamó el bello durmiente. Pero apenas dijo esas palabras recordó esa
noche y se puso rojo como una manzana.
Trowa lo miró y
no pudo aguantar las ganas de reírse a carcajada limpia. Su muchacho lo
contemplaba radiante. Y cuando dejó las risas, el corazón le subió a la
garganta al ver la mirada de amor del que era objeto.
- Quatre debo
irme- comenzó diciendo- hoy es el cumpleaños de Catherine y tengo que prepararlo
todo.
Una nube de
desilusión apareció por el rostro de su muchacho, la cual fue reemplazada en un
segundo por una amplia sonrisa.
- ¡Déjame
ayudarte! ¿sí?- dijo saltando también de la cama, pero en el momento que puso
los pies en el suelo dio un grito de dolor.
- ¡Qué te pasó!-
dejó que sus brazos lo sostuvieran.
Era un poco de
dolor de la noche pasada... “no te preocupes” le dijo, la verdad es que sí lo
estaba, e insistió que permaneciera en la cama. Quatre aceptó, un poco
desilusionado, pero se notaba que no quería negarle nada, así que se aprovechó
y lo convenció de no ayudarle con los preparativos del festejo. Satisfecho,
levantó su ropa del suelo y se dirigió a la ducha.
Estaba tomando el
rico desayuno del Capitán Rasid. Trowa
estaba fascinado con la abundancia con lo que era atendido. Estaba muy, pero
muy hambriento, y no sólo era abundante sino delicioso. ¿Seguro que Rasid era
capitán? Más parecía un chef. Sí, comió con apetito feroz.
- Buenos días
Rasid- dijo Quatre sentándose muy suave y con una mueca de dolor en su rostro
al concluir el acto.
- Buenos días amo
Quatre- inmediatamente le sirvió un gran plato de cereal.
Trowa miraba la
escena, quiso preguntarle cómo se sentía, pero la presencia de Rasid lo detuvo.
- Estoy bien
Trowa- dijo como si nada.
Casi se atoró al
escuchar la respuesta. Miró a Rasid y éste seguía sirviendo a su amo.
Estaba a punto de
levantarse de la mesa cuando Rasid tomó la palabra.
- Amo Quatre,
joven Trowa, deben ser cuidadosos cuando hagan el amor- comenzó diciendo tranquilamente.
Trowa sintió que lo golpeaban con un mazo contra la mesa (de hecho así fue)
- ¿Por qué lo
dices Rasid?- preguntó Quatre un tanto curioso. Con cero vergüenza, cero
sorpresa.
“Un momento...
¿qué estaba pasando? Se supone que era un secreto.” (Pobre Trowa)
- Lo digo porque
anoche sus gritos se escuchaban por toda la mansión, y ésta es una mansión
bastante grande- concluyó muy elocuente, sin burla ni reproches.
Las reacciones no
se dejaron esperar. Quatre se puso tan
rojo, que se notaba como la sangre burbujeaba en su rostro. En cuanto a Trowa
era un verdadero semáforo, y pasaba del
rojo al amarillo, para terminar al verde y devuelta al rojo.
- No me mal
entiendan- dijo con un tono bastante tranquilizador- no hay nada de malo en
ello, pero puede resultar incómodo si lo hacen en un lugar que no sea el
correcto- hubo un momento de silencio en que los avergonzados no quitaron los
ojos de la mesa- aquí no hay problema-
continuó- ya que tienen toda esta mansión sólo para ustedes y afuera no se escucha
- Quatre y Trowa lo miraron sorprendidos- sí, salí para comprobarlo por los hombres ¿entienden?
Quatre asintió con la cabeza. Los soldados de él
acampaban alrededor de la mansión, aunque en contadas ocasiones, éste les había
ofrecido las habitaciones vacías. Tenía 50 habitaciones, pero sabía que ellos
preferían la intemperie.
- Tampoco se
preocupen por mí, yo puedo salir cuando quiera.- se levantó y comenzó a recoger
las cosas de la mesa.
Trowa no podía
creer lo que escuchó. “¿Él, un escandaloso?... ¿seguro que era Quatre?” De
repente, recordó tan claro como el agua las palabras, los quejidos... ¡los
gritos!: “¡Quatreeeeeeee, ha, ha, sííííííí, mmmmmmh!” Abrió los ojos de par en
par. Era verdad, no sólo Quatre había sido el escandaloso, sino también él.
Tapó su boca con una mano y permaneció unos segundos así.
- No te preocupes
Trowa- dijo un alegre Quatre- ya escuchaste a Rasid, todo estará bien- terminó
con unos ojos llenos de amor.
A Trowa le
sentó de maravilla esa afirmación.
Recuperó su ánimo y abandonó la mesa. Tenía que llegar al circo.
Quatre lo
acompañó hasta el vehículo y lo despidió con un largo beso. Cuando se
separaron, Trowa parecía embobado.
- Chao, mi amor,
dale saludos a Catherine de mi parte- le dijo con tanta dulzura que el corazón
se le recogió.
Y estaba así
cuando abrió la boca para contestarle algo, pero cual no fue su sorpresa al ver
por encima de su querido, a todos esos ojos mirándolos con gran asombro. Los
hombres de Quatre estaban reunidos frente a ellos con cara de... “¿?”, y algo más. Trowa sintió que se moría y
subió como una flecha al vehículo que hizo partir casi de inmediato.
- ¡Te espero a la
noche!- le gritó el chico mientras agitaba su mano y le dedicaba una gran
sonrisa.
Sus ojos se
achicaron y pisó el acelerador hasta el fondo. Una gran nube de polvo se perdió
en el firmamento.