Balaguer nunca fue doctor


     El escritor es un ser rebelde por naturaleza en cuyo mundo iluso, fant�stico y de im�genes literarias ocu-rren fen�menos exclusivos de su propia realidad. Cada escritor tiene dos fantasmas, uno que lo persigue y otro a quien �l persigue. El fantasma perseguido por el escritor aparece en todas partes, en m�ltiples formas, tratando de adue�arse de sus palabras e ideas; el perseguidor pocas veces se deja atrapar, pues se refugia en un t�nel triturador de los secretos de la creaci�n. La lucha del escritor contra esas dos fuerzas fantasma-g�ricas lo sit�a en una perspectiva distinta a la de la realidad cotidiana. De ah� que muchos escritores re-chacen lo pragm�tico convencional y, eventualmente, lo acad�mico. El n�mero de escritores dominicanos que ha desertado de las aulas argumentando que la educaci�n formal atrofia el talento creativo y quiebra las alas a las musas, es sorprendente. S�lo pensemos en Fabio Fiallo, Jos� Ram�n L�pez, Domingo Moreno Jime-nes, Rafael Damir�n, Tom�s Hern�ndez Franco, Juan Bosch, Manuel del Cabral, Ram�n Marrero Aristy, Fran-klin Mieses Burgos y Alfredo Fern�ndez Sim�, entre otros, cuyo nivel acad�mico no rebas� la escuela secun-daria, empero su obra es fundamental en la configuraci�n del esqueleto literario nacional. Otros autores m�s j�venes como Radham�s Reyes V�squez, Pedro Antonio Valdez y Adri�n Javier han demostrado que no es imprescindible tener un t�tulo universitario para ser un buen escritor. 

     Pero ocurre que en Rep�blica Dominicana, un pa�s cuya poblaci�n es mayormente exhibicionista y osten-tadora, usar un t�tulo profesional como ingeniero, licenciado o doctor, adem�s de prestigio concede al usuario un estatus muchas veces superior al proporcionado por el dinero. Para los sic�logos esa actitud es una des-viaci�n de la personalidad conducente a la megaloman�a, para los oficiantes de dicha pr�ctica, en cambio, es una actividad aparentemente saludable y ocasionalmente beneficiosa.   
 
     Cuando una persona ha cursado y completado un grado universitario, designarlo con el t�tulo acad�mico obtenido se entiende como un reconocimiento a los a�os de esfuerzo y sacrificio invertidos en las aulas universitarias. El asunto llama la atenci�n y mueve a suspicacia cuando alguien con estudios equivalentes a una educaci�n media o secundaria exhibe orgullosamente un t�tulo acad�mico superior. Hay clept�manos de t�tulos tan atrevidos que ellos mismos se titulan. Por suerte son los menos porque se necesita coraje napole�nico para colgarse sobre s� mismo un t�tulo que no se posee, sin que la conciencia se retuerza parcialmente. Tambi�n est�n los que obtienen sus t�tulos del vulgo, es decir, de adulones, mit�manos y subalternos. Es com�n en nuestro medio llamar ingeniero a un constructor de viviendas, abogado a cualquier pica pleitos en un tribunal y licenciado a un funcionario estatal o privado cuya profesi�n es de dudosa comprobaci�n.

     En Europa y los Estados Unidos el t�tulo de doctor se reserva para quienes han obtenido un Ph.D. en cualquier �rea y para los m�dicos, y s�lo se recurre al uso del mismo cuando la circunstancia lo demanda. A los licenciados, entre tanto, se les llama simplemente se�or o se�ora. En cambio, en Rep�blica Dominicana el h�bito de preceder el nombre de una persona con un t�tulo acad�mico es tan com�n que no ruboriza a nadie. Incluso en las reuniones de amigos profesionales vuelan t�tulos como palomas mensajeras de oto�o.

     Lo curioso es que casi nadie rechaza el t�tulo que se le imputa, incluso muchos lo aceptan complacida-mente como si se tratara de lamer un caramelo o tomarse un refrigerio en pleno agosto para disipar el calor. Di�genes Valdez y Federico J�vine Berm�dez, por ejemplo, son dos escritores locales con una obra respe-table. Valdez ha sido galardonado con el premio Nacional de Cuento en tres ocasiones y con el premio de novela Siboney una vez. Berm�dez, por su parte, adem�s de pertenecer a una familia de escritores notables, de la estatura de Luis Arturo Berm�dez, Federico Berm�dez y Ren� del Risco Berm�dez, tiene una obra po�tica y narrativa con sello propio, capaz de sostenerse sin bast�n alguno. Pero por diversas razones ambos abandonaron los estudios universitarios antes de titularse. Sin embargo, en el caso de Valdez todo parece indicar que sus funciones como Director de la Biblioteca Rep�blica Dominicana adquiere otra categor�a cuando antepone a su nombre el t�tulo de licenciado en su tarjeta de presentaci�n personal. Berm�dez, Comisionado de Cultura del Banco de Reservas, ha escuchado tanto a sus subalternos llamarlo licenciado que ya se ha acostumbrado a ello.
    
     Cuando los entrevist� con el prop�sito elaborar sus fichas personales para un proyecto bibliogr�fico, am-bos me confesaron ser licenciados gracias a la generosidad de amigos, familiares y subalternos. Es incues-tionable que ni Di�genes Valdez ni Jovine Berm�dez necesitan t�tulos universitarios para brillar, pues sus m�-ritos como intelectuales y escritores superan los de muchos titulados de las mejores universidades, pero ellos, como otro buen n�mero de dominicanos graduados gracias a la generosidad de amigos, familiares y subalternos, aceptan con benepl�cito el t�tulo. Recientemente el escritor Odal�s G. P�rez public� un volumino-so libro titulado La ideolog�a rota en el que adem�s de acusar a Manuel N��ez no s�lo de plagiar y adherirse al discurso negrof�bico de Pe�a Batlle, sino tambi�n de apoderarse de un t�tulo doctor en Ling��stica que no posee. Menciono estos tres casos por mi conocimiento de ellos, pero similares a estos hay miles en toda la geograf�a nacional.   

     Joaqu�n Balaguer es el dominicano que durante m�s tiempo exhibi� un grado de doctor que nunca tuvo. Ocurre que Balaguer se licenci� en derecho el 8 de junio de 1929 en la Universidad de Santo Domingo. Posteriormente, en 1933, mientras desempe�aba la funci�n de primer Secretario de la Legaci�n Dominicana en Par�s, inici� los estudios doctorales en derecho en la Universidad de Par�s del barrio latino Quartier Latin, pero apenas curs� un par de materias porque al a�o siguiente fue trasladado a la Legaci�n Dominicana en Madrid. Desde su regreso de Espa�a en 1934 hasta el presente nadie se refiere al Joaqu�n Balaguer como licenciado, sino como doctor. A los adeptos de Balaguer esto puede saberle a profanaci�n, mas el propio Balaguer lo confirma, primero en Memorias de un cortesano en la Era de Trujillo (Pags. 430-32) y luego en una entrevista concedida por �ste al escritor Di�genes C�spedes, publicada en el peri�dico El Siglo el 2 de junio del 2001. La adjudicaci�n del t�tulo de doctor a Balaguer se explica f�cilmente. Desde su inicio como funcionario p�blico del gobierno de Trujillo en 1931 hasta su muerte, siempre encontr� ciudadanos comunes, empleados gubernamentales y profesionales adulones dispuestos a sobreestimarlo. A decir verdad, Balaguer jam�s necesit� un doctorado para su desempe�o profesional, pero tampoco nunca rechaz� el diploma conferido por quienes se dedicaron a endiosarlo.
                              



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Franklin Guti�rrez
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