���         Radiograf�a del doctor Mitchel


Franklin Gutierrez


A�os de cordura

    
La segunda noche de agosto de 1917, media hora despu�s de la inesperada ca�da del molino de viento que supl�a de agua al peque�o poblado de Guayabal, situado a diez kil�metros de Santiago de los Caballeros, la familia Florencio Suardiz celebraba el nacimiento de su primog�nito Miguel Alberto. Esa noche la felicidad onde� sobre la casa de los noveles padres con fuerza de ola invernal, y a la ma�ana siguiente, cuando el reci�n nacido despert� y abri� los ojos por primera vez, la fosforescencia de sus pupilas diluy� la nubosidad que amenazaba descomponer el d�a reci�n iniciado.

     Desde los ocho hasta los treinta a�os de edad Miguelito, como lo bautizaron los guayabalenses, se desempe�� como lustrador de zapatos, pregonero de chucher�as, mensajero, aguatero nocturno, ni�ero y jardinero. Serv�a a todos sus vecinos sin importarle la hora ni el d�a que le solicitaran un servicio, y nunca esperaba nada a cambio. Su bondad lo convirti� poco a poco en ayudante de los necesitados, alcahuete de los m�s listos y suplente de los holgazanes.

     De la variedad de oficios que desempe�� en su juventud, la jardiner�a fue su preferido. Todos los d�as, despu�s de satisfacer los m�s dis�miles encargos de sus compueblanos, se armaba de una afilada tijera, un angosto machete y un desgastado rastrillo y se dirig�a a los sectores m�s pudientes de la ciudad de Santiago. Casi nunca se quejaba de los resultados econ�micos. Primero, porque no le preocupaba mucho el dinero, y segundo, porque el placer que le produc�an los elogios de sus clientes al concluir cada jornada era superior a cualquier remuneraci�n econ�mica.

     Al momento de acondicionar un jard�n no olvidaba el m�s m�nimo detalle. Podaba la grama a la altura precisa, sab�a la cantidad exacta de agua que necesitaba cada tipo de planta, fuera frutal u ornamental, y pod�a embellecer un jard�n en apenas minutos sin importar cuan extra�a fuera la decoraci�n solicitada por el propietario. Lo m�s sorprendente era la precisi�n geom�trica con que elaboraba c�rculos, cuadrados, hex�gonos o cualquier otro tipo de figura.

     Pocos llegaron a saber c�mo pod�a darle vida, sin aplicar ning�n componente qu�mico, a las rosas, cayenas, margaritas, tulipanes y girasoles ya desahuciadas por sus due�os. Pero lo que lo hizo realmente popular como jardinero fue la destreza que desarroll� para convertir en obras de arte los pinos donde las amas de casas armaban sus arbolitos de Navidad.

     En 1952 don Benigno, su mejor cliente, le propuso ingresar como aprendiz de sastre a un taller de costura de su propiedad en Santo Domingo. Dos semanas despu�s de la propuesta Miguelito se traslad� a la capital. Pero al marcharse tuvo que hacerlo sigilosamente para no descomponer el humor de muchas due�as de jardines que recibieron disgustadas la noticia de su partida.

     No le tom� mucho tiempo aprender el nuevo oficio y r�pidamente se convirti� en un experto restaurador de ruedos maltrechos, ojales deshilachados y pantalones desahuciados. Desarroll� tal habilidad para tomar la medida a cada parte del cuerpo que muchos capitalinos llegaron a considerarlo como el �nico sastre anat�mico del pa�s. No fueron pocos los que, gracias a su maestr�a de pespunteador incansable, lograron lucir talles m�s adecuados a las exigencias del medio social en que se desenvolv�an.

     Consciente de que sus ingresos como sastre anat�mico apenas eran suficientes para subsistir, en 1972 emigr� a la ciudad de New York, no sin antes posponer tres veces el viaje, no porque no quer�a aumentar la cifra de los buscadores del sue�o americano, sino porque todos los aviones le parec�an peque�os para transportar sus ilusiones. Desde su llegada a New York hasta 1980 trabaj� para catorce compa��as diferentes. Fue, entre otras cosas, empacador de mu�ecas pl�sticas, distribuidor de productos milagrosos para la salud, tablajero, vigilante diurno, buhonero y asistente de cuatro brujas en tres bot�nicas diferentes del alto Manhattan.

     El �ltimo empleo que tuvo fue en una ensambladora de equipos electr�nicos y renunci� porque luego de haber descubierto que la bater�a Eveready de seis voltios usada por la empresa para alimentar un peque�o reproductor de sonido de su fabricaci�n pod�a ser sustituida por dos de 3 voltios de la misma marca el due�o rehus� ascenderlo de posici�n y aumentarle el salario.

Loco oficial

     Dos d�as despu�s de la renuncia sufri� una fuerte crisis nerviosa que lo mantuvo cuarenta y cinco d�as en el Bellevue Hospital. Al momento de abandonar dicho centro m�dico los empleados del Departamento de Seguridad Social y las enfermeras del servicio de emergencia le entregaron un fajo de papeles que lo declaraban, discretamente, loco oficial de los Estados Unidos de Norteam�rica.

     Desde entonces comenz� a desplazarse por las calles de Washington Hights titubeante y pensativo, tratando de prolongar con cada paso su existencia. Su vestuario, antes esplendoroso y n�tido, se transform� lentamente en un dep�sito de mugre y sus bolsillos en recipientes de direcciones imprecisas, recuerdos familiares, escapularios enmohecidos, demandas judiciales, recetas m�dicas y tarjetas de hospitales.

     Repentinamente pas� de ciudadano com�n a h�roe invencible, y se declar� triunfador de treinta batallas importantes. Seg�n su testimonio, durante la segunda guerra mundial comand� ej�rcitos en Francia, La Habana, Curazao, Ban�, Alemania, Dajab�n, Inglaterra, Uganda y Villa Mella, y guardaba celosamente en un portafolio los documentos que lo acreditaban como acompa�ante de Crist�bal Col�n en el segundo viaje al Nuevo Mundo.

     Era radical con los ingratos y detestaba todo lo normativo. Para �l los gram�ticos eran personas insensatas, especialmente cuando exig�an que una oraci�n o un p�rrafo, cosas tan �nfimas e insignificantes para el progreso del hombre, tuvieran sentido y orden l�gicos, cuando la humanidad es m�s grande y est� totalmente desordenada.

     En 1985, argumentado que muchos seres humanos eran incapaces de resolver sus propios problemas por m�s simples que �stos fueran, decidi� instalar una oficina de servicios legales. �Dr. Miguel, asesor�a gratis para todas clases de problemas�, rezaba el letrero dispuesto en la parte superior de la puerta de entrada al �nico apartamento habitado en el sexto piso de un edificio semi abandonado de Washington Hights. Tres a�os despu�s se vio obligado a donar la toga y el birrete al Ej�rcito de Salvaci�n Nacional.

     En 1990 su altruismo desenfrenado lo hizo comprender que muchos pobres mor�an porque la mayor�a de los m�dicos hab�an cambiado los principios hipocr�ticos por una jugosa cuenta en un banco de prestigio internacional. As� que un d�a, impulsado por la algarab�a de un grupo de curiosos que lo victoreaba, sac� del viejo portafolios que llevaba siempre consigo un letrero que dec�a: �Dr. Miguel, especialista en medicina absoluta�. Desde entonces inici� una intensa caminata por todas las calles del vecindario en la que no se cansaba de repetir: �el m�dico que cobra para sanar, nunca sana, para poder cobrar�.

Una tarde de marzo

     Lo conoc� una tarde de marzo de 1995, mientras pronunciaba uno de sus acostumbrados discursos en la avenida Amsterdam esquina calle 163 del alto Manhattan. Anunciaba entusiasmado a sus adeptos el invento de una sustancia qu�mica con poder para transformar monedas de veinticinco centavos en billetes de cien d�lares, cuando su cuerpo se precipit� al suelo. La risa y la burla de quienes lo escuchaban desaparecieron bruscamente. Su voz se convirti� en un ligero trazo de incongruencia y sus ojos pr�sagos y pardos se cerraron, produciendo un ligero murmullo similar a la agon�a de sus dientes. Una ambulancia del Hospital Presbiteriano lo condujo al servicio de emergencia y luego lo trasladaron a un centro siqui�trico. Entonces perd� su rastro durante dos a�os.

     En abril de 1997 lo encontr� en uno de los asilos de ancianos que patrocina el Departamento de Asistencia Social del Estado de New York. Desde entonces lo visito religiosamente cada quince d�as. En varias ocasiones he intentado remover el letrero que cuelga de una de las paredes de su peque�a habitaci�n que lo acredita como m�dico absoluto, pero se ha negado rotundamente.

     En mi m�s reciente visita me pidi� que le ayudara a organizar los expedientes cl�nicos de sus pacientes. Impotente ante la petici�n de Miguelito, cuestion� al m�dico acerca del estado de salud de �ste. El galeno mir� alrededor y cuando comprob� que est�bamos solos me respondi�: a su amigo le ocurre lo mismo que a muchos otros residentes de esta ciudad, New York se lo est� comiendo lentamente.
[email protected]
P�gina principal| Ensayos| Cuentos y poes�as| Sinopsis y comentarios|Otros autores dominicanos y latinoamericanos| Letralia| Poesia |Peri�dicos dominicanos |Peri�dicos latinoamericanos| Biblioteca del Congreso


Comun�quese conmigo a:
    Obras recientes del autor
                 P�gina literaria de
        
Franklin Guti�rrez
Hosted by www.Geocities.ws

1