Gladiolo


   
Entiendo, mami. Deb� hab�rtelo dicho antes. Me imagino tu mal humor y tu justificado reclamo por mi prolongado silencio. Hoy, sin embargo, he tenido uno de los d�as m�s di-f�ciles de toda mi existencia, y siento la necesidad de hablar contigo. No comprendo lo que me ocurre pero ahora, al escribirte, siento peque�o el espacio donde habita mi cuer-po, mis manos quieren desprenderse de los brazos hasta abandonarlos, las paredes de mi dormitorio oscilan como bola de cristal en actitud de presagio y las manecillas del reloj permanecen indiferentes a mi deseo de que termine el d�a. Te lo cuento, mami, con la esperanza de recuperar un poco la calma y deshacerme de la desesperaci�n y la confu-si�n que me ahogan en este momento.
      Eran aproximadamente las nueve de la noche cuando comenc� a regar mi dormitorio con un ex�tico y rosiblanco perfume elaborado a base de eucaliptus. Minutos despu�s la habitaci�n estaba envuelta en un aroma fantasmal. Eso me permiti� dormir en un indes-criptible estado de paz, hasta que comenz� la maldita pesadilla. Hab�a tres cad�veres en el centro de una sala grande, en sus respectivos ata�des. Por la conversaci�n y el extra-�o comportamiento de los escasos dolientes que velaban a los difuntos, estos parec�an haber fallecido a causa de indiferencia cr�nica, enfermedad propia de quienes en alguna etapa de sus vidas pensaron que el mundo fue hecho s�lo para ellos.  De los tres cad�-veres, el del centro daba la impresi�n de sentirse molesto por el calor de las velas y el peso de la bandeja de hielo colocada sobre su vientre. Y sin importarle la presencia de los dolientes, comenz� a hablarle al cad�ver de la derecha sin lograr que este le prestara atenci�n. El cad�ver de la izquierda, por su parte, respond�a a las preguntas que el del centro le hac�a al de la derecha por entender que las mismas estaban indirectamente dirigidas a �l.
      De repente, el cad�ver de la izquierda se levant� para ayudar al del centro a golpear al de la derecha. En ese momento todos los parientes, aterrorizados, dejaron la sala va-c�a. Luego, los cad�veres regresaron a sus ata�des y la gente volvi� al velorio, recobr�n-dose as� la normalidad. Pero minutos despu�s, el de la derecha se levant� nuevamente y se acost� sobre los dos ata�des para impedir la salida de los cad�veres.
      Yo, mami, que estaba cerca de uno de ellos qued� atr�s del grupo en la carrera; en-tonces el de la derecha corri� detr�s de m�. S�bitamente el grupo que iba delante desa-pareci� de mi vista. Yo, sin entender el motivo de la persecuci�n, apur� la marcha. El recorrido fue inmensamente largo. Cruzamos ciudades antiguas y modernas, calles tan estrechas como las de Toledo y Marruecos, tan empolvadas y destruidas como las de Puerto Pr�ncipe, tan largas, exageradas y sucias como las de New York, tan ex�ticas y bohemias como las de Par�s.
       Luego penetramos en un inmenso, �rido y despoblado terreno, lleno de guaz�baras y cactus punzantes. Minutos despu�s llegamos al borde de un precipicio donde encontr� mi cama tal como la hab�a dejado en mi dormitorio: arreglada como lecho preparado para una primera noche de amor. Al fondo del precipicio, muchos metros hacia abajo y perdido en la oscuridad, se escuchaba el murmullo de la corriente de un r�o.
      Tal vez no tiene sentido que te cuente estas cosas, mami. Dir�s que estoy perdiendo el juicio, pero ver�s: el de la derecha me acorral� y luego de una lucha tenaz, a la que sobreviv� milagro-samente, toda la ropa que me cubr�a fue a parar  al precipicio. Ya sin nada que me protegiera, me empuj� bruscamente sobre la cama y me hizo el amor a su gusto. Todo fue r�pido, pero sin mucha violencia. Era la primera vez y a pesar del susto y de la confusi�n te aseguro, mami, que el momento fue muy placentero.
       El de la derecha se esfum� r�pidamente y cuando me cre� liberado apareci� otro hombre, esta vez sin aspecto de cad�ver, de unos seis pies de altura, con los brazos largo, los cabellos crispados, la piel color ceniza y vivo, mami. �Un can�bal!, grit�. El hombre era alto y estaba totalmente desnudo. Quise correr, pero el se coloco delante de m� con pose de le�n apaciguado. Lo primero que pens� fue en un indeseado embarazo y peor todav�a, un hijo, un hijo de un desconocido. Pero por suerte. mami, cuando iba a lanzarse sobre m�, despert� inmediatamente bajo tal estado de nervio que apenas pod�a respirar. Me apresur� a buscar por toda la cama y no encontr� nada, ni sangre ni cad�ver ni hombre alto.
      Como te dije, eso ocurri� hace varios a�os y debo confesarte que desde ese momento mi vida ha cambiado sustancialmente. �Recuerdas mi afici�n por los comics? Perd�n, mami, por los paquitos, especialmente las enternecedoras historias de Susy, las destrezas del indomable Tarz�n y los veloces caballos de El llanero solitario venciendo todos los obst�culos que encontraba a su paso. Tambi�n debes recordar a Selene y a Cor�n Tellado, esas fotonovelas que llenaron a medio mundo de amor plat�nico. Pues te cuento que he abandonado todas esas tonter�as. Despu�s de ese sue�o me inici� en la lectura de la revista Selecciones, de la cual s�lo le� cuatro o cinco n�meros. Es muy aburrida. Ahora prefiero leer novelas de misterio y de amor, donde los protago-nistas desarrollen apasionados romances al estilo de Efra�n y Mar�a o de Romeo y Julieta.
      A veces, mami, aprovecho los fines de semana para ir al cine. Por suerte no he adquirido esa infantil y est�pida costumbre de los gringos de pararse frente a un cine durante tres o cuatro horas, con la temperatura a cinco o diez grados bajo cero a esperar la siguiente tanda de pel�culas con t�tulos tan desastrosos como El enigma de una langosta cruzando el oc�ano Pac�fico, El amor debajo de los tallos de una rosa o El beso traicionero de la mujer nuclear. En vez de desperdiciar mi tiempo en cosas tan insustanciales, prefiero escuchar m�sica cl�sica (Ravel, Schubert, Mozart, la Sinf�nica de Viena) mientras riego mi dormitorio con incienso hind�.
     No te sorprendas por el cambio de mi gusto musical, pero he aprendido la importancia de dis-tinguir la m�sica del ruido. Sabes cuanto han degenerado el merengue, la salsa, la guaracha y otros ritmos tropicales. Mami, estoy estudiando dise�o y confecci�n de abrigos de pieles en una escuela newyorquina y, aunque he encontrado muchos obst�culos por mi condici�n de inmigrante, sigo luchando para ingresar a una escuela de bailes modernos. Me imagino tu emoci�n cuando veas a una criatura de tus entra�as desplaz�ndose en los escenarios del Lincoln Center. Adem�s, s� que est�s esperando esta noticia hace mucho tiempo: he dejado de fumar, el humo de los cigarrillos me estaba poniendo los dientes amarillos.
      Finalmente, mami, quiero decirte que he conseguido muchos amigos, algunos de los cuales me hacen pasar horas felices. �Oh, mami! se me escapaba...estoy haciendo los tr�mites legales para  cambiarme el nombre. Dentro de un par de meses me llamar� Gladiolo. En la pr�xima carta te dar� m�s detalles al respecto.
     Con el amor de siempre, se despide de ti tu adoraci�n infinita: Pedrito.






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Franklin Guti�rrez
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