ESTRANGULAR AL LEVIATÁN
Gustavo Sosa


el milagro

Sangra el corazón
de la estatua de la libertad
en el obelisco de Montevideo.

En los meses que van
desde que inició este gobierno
nadie la ve,
nadie se percata.

Un pasante al pasar dice:
“un error de protección,
un defecto del bronce”.
Baja la cabeza
y sigue andando.

Hay gritos en las calles
implorando piedad, comida y futuro.

Recuerdo todavía el escándalo
de la virgen que lloraba
por la situación del país.
Los canales de televisión,
los expertos reunidos,
los miles de feligreses,
la Iglesia enriqueciéndose,
tal vez.

Pero estoy solo,
sentado en una bola de granito
mirando el pecho de la libertad.
Tiene brazos musculosos
y un pecho perfecto desnudo
pero no puede contener
el lento avance
de la espesa y roja
mancha de óxido.

Creo ver en las otras estatuas
las señales del crimen.
La fuerza tiene su rostro manchado
en una tenue sombra roja
como un sicópata de serie.
La ley guarda silencio
mientras señala sus libros.

Han  confabulado,
han confabulado todos:
la fuerza, la ley, los pasantes y el gobierno.

Nadie ve la roja herida
sino yo.
Espero en silencio,
veo las expresiones,
pero nadie se inmuta.

Busco a los culpables.


las fuerzas vivas

Suena la marcha que se aproxima
por los presos políticos,
los que atentaron contra la riqueza
y contra la propiedad privada.

Me pregunto dónde están
quienes atentan contra la pobreza
y contra la degracia privada.

Estos locos que vienen llegando
me rodean por todas partes
lanzando gritos y cantos,
exigiendo libertad
para los que están presos,
para los otros,
libertad ajena.

Puede ser por eso
que nadie vea el pecho.

Nadie llora nuestra libertad.

Están en una fiesta,
han encontrado un enemigo,
se sienten perseguidos,
están felices.

Un comunista sólo es completo
cuando se siente perseguido.

Pero yo estoy sentado acá
desde hace días
y no veo al enemigo.
No sé quién es el que insiste
abriendo la herida
más y más,
siempre un poquito más
y más.

No he podido verlo.
No he podido verlos.
No sé de quien es el complot
ni quienes son los cómplices.

Podría ser esa muchacha rubia
de remera translúcida
que agita sus pechos
cuando salta de júbilo.

O la pareja
que se ha sentado a mis pies
y se promete amor eterno
en medio de docenas de caricias.

Podría ser el morocho
de barba despareja,
de ropa descuidada
que grita obscenidades
a todos los políticos.

Podrían ser los miles,
las decenas de miles,
los cientos de millones
que aún creen en la democracia.

Podría ser el quiosquero,
el periodista,
el ejecutivo,
la estudiante,
la enfermera,
los profesores,
los políticos.

Todos aquellos
que ocupan su lugar
como engranajes
o como tornillos
o como ejes,
todos los que son parte.
Es culpa de todos.

He visto sueños inmolados
en pilas sacrificiales
sin esperanza alguna
de que alguien detuviera el golpe.

Una fe inquebrantable en Dios,
en el sistema,
en las instituciones,
en lo-que-es-correcto,
los impulsa al vacío.

Se encienden fuegos,
la policía interviene.

Los miles de votantes
se equivocaron otra vez.
Se hubieran equivocado igual.

Ciegos y mudos,
como la fuerza y la ley,
asesinan a la libertad.

Un hombre a mi lado levanta el dedo,
señala la estatua
y ríe.
Diez segundos después observo sus caras
y sé que han olvidado todo.

En algún lugar alguien
golpea a sus hijos,
mira televisión,
besa a su pareja,
paga un salario de mercado,
vende al precio,
busca un trabajo,
se prepara para trabajar,
asiste a terapia,
emigra,
se suicida,
llora.

Veo amor y alegría
en las caras de los que se alejan.
Se han mostrado,
han manifestado,
cometieron agresiones.
No hicieron nada.

Tal vez por eso están contentos.
Todos están muy asustados
por cualquier cambio.


la clase media

Una señora sorprendida
vocifera disparates
al ver al presidente
en cadena nacional.

“¡Como en la dictadura,
como en la dictadura!”
grita la vieja demente.
En sus ojos brilla la satisfacción
a través de su boca enfurecida.

Es que ella quiere
volver a la dictadura.
Es una tirana de clase media
que le gusta ver fusilar.

En cada ama de casa
y en cada estudiante
hay un revolucionario
listo para saltar
al juego publicitado
de opresores y héroes.


los falsos salvadores

¡Mueran los asesinos en Chiapas!
Los que usan metralletas y piden justicia social.

¡Mueran los asesinos en Texas!
Los que discriminan y mienten y exigen lealtad.

Todos ellos son responsables
de matar a la libertad.

Ojalá tomaran sus armas
y se quitaran sus vidas.
¡Pero ay de nosotros,
pues lo hacen en nuestro nombre!

Tocan nuestra comida,
nuestros hijos,
nuestras ideas.
Nos dicen cómo pensar,
nos dicen lo que están bien
y lo que está mal.

¡Pero claro,
qué sentido tiene
enojarse y enloquecerse!

Estoy sentado acá en la plaza
y solamente veo culpables
por doquiera que pongo los ojos.

¡Si fuera posible
encontrar a la bestia
que tramó el primer atentado
o que dio el primer golpe!

Tal vez dejarlos
ahogarse en su desgracia
sea la mejor opción.
Dejarlos arrastrarse
hacia su cataclismo.


los criminales

Puedo ver la fuerza,
inclinándose sobre la arista,
clavando su espada
en el pecho de la libertad.
Muestra sus dientes
y tiene el rostro pintado de rojo.
Y la ley está imperturbable.

Los niños piden monedas
con amenazas veladas.
Los jefes piden horas extra sin pago.
Los supermercados ofrecen ofertas.
Las empresas de crédito hacen sus promociones.

En alguna parte una mujer se casa
por comodidad económica
o porque su vientre se está secando.

Un niño fuma.
Un marido engaña.
Un político roba.
Un jefe explota.
Un obrero holgazanea.

Una mujer blanca
se tapa la nariz
al pasar junto a un negro.
Un negro agrede
a un hombre que lo mira pasar.
Un mestizo oscuro hurga en la basura.
Una niña rubia es violada.

Entre la izquierda,
jovencitas ninfómanas pagan con fellatios
por convicciones trotskistas.
Y los jóvenes creen que la revolución es
bailar un tango desnudo con una niña trotskista.

Los de la derecha creen que la revolución es
creer en Papá Noel,
en la economía de mercado
y en las buenas intenciones
del Banco Mundial.

Los del centro,
pobres ellos,
creen que la revolución es esperar.


las esperanzas

En alguna parte
una flor crece
entre las grietas del asfalto.

Pienso y veo a unos niños
escondidos en sus camisetas
aspirando pegamento.

En alguna parte alguien
regala una oportunidad.
Y en alguna parte alguien
aprovecha una oportunidad.

El heroísmo está en las oportunidades
y no detrás de las metralletas
o en las granadas de humo
y los rostros cubiertos.

El heroísmo está
en los amigos que huyen
de la balacera y la locura,
se esconden en un garaje
donde crece un rosal
desafiando la naturaleza.
Se acercan a las flores y a las espinas,
huelen y tocan
y se echan a dormir.
En el suelo de asfalto,
alejadas de la luz,
crecen las flores encarnadas.

Los héroes duermen
a los pies de los rosales.

La virtud crece
en las montañas y los desiertos,
lejos del opio negro
de los caños de escape.

Desde un balcón maldito
un político carismático
carga en las esperanzas
de un pueblo lleno de hambre.

Los astutos emigran,
los pobres mueren,
los ricos explotan,
las clase media fusila.
El cambio se paraliza.
Las ineptitudes se evidencian.
Muere la esperanza.
Se abraza la fe.
Se implora caridad.
Se vive una mentira.

No tengo rosales en mi casa.
Palpo la áspera superficie de mi asiento
y agradezco que aún puedo sentir.


las ilusiones

Me conformo con poco
porque pedir mucho
es inútil y estúpido.

Pienso en imperios muertos
y en familias derrumbadas.
Todos los imperios mueren
y todas las familias se derrumban.
Pero los derechistas corren
detrás de imperios, familias y riquezas.
Atacan con golpes de loco
la muerte térmica del universo.

Todo desaparece.
Todo desaparece.
Todo desaparece.
Todo desaparece.

Siento pena
de los jóvenes ambiciosos
de sueños mediocres.
Las empresas quiebran,
los empleos se pierden,
las familias se separan.
Indefectiblemente,
todo se destruye.

Como ratas en un laberinto
o en una rueda de ejercicios
corren tras lo invisible,
atacan molinos de viento
tomándolos por competidores.
Estudian maestrías
tomándolas por armaduras.

¡Ay, tristes quijotes del tecnoproletariado!
Demasiado tiempo han leído
el Harvard Business Review.

La astucia de Yago,
la utilidad del servilismo
se escapa de sus mentes lentas.
Sumergidos en el modelo de vida
de mujer, hijos y camioneta,
niegan todo sueño,
creen toda propaganda,
aniquilan su individualidad.
Tristes mendigos y yuppies
con sueños de barrios privados.

Pero todo es ilusión.

Deberían de adoptar la actitud pragmática
del soldado que ve la muerte venir
y se echa en la nieve a descansar.

Devora tu montura, soldado,
y ya no irás a parte alguna.
Matas a tu mejor amigo
y te lo comes.
Prolongas tu vida,
nada más.
¿Qué sirve?
Déjate morir,
es más digno.

Aceptar la animalidad,
los pelos en nuestras pieles,
nuestros olores distintivos.


las opciones

Quiero pasearme por la calle
ostentando la erección
con que me desperté esta mañana.
Y quiero que nadie se sorprenda,
que nadie me señale,
cuando miro el escote
de una colegiala.

Dejar el desodorante y el baño diario,
los besos recatados,
el trabajar por un futuro.

Dejarlo todo.

Dormir en un árbol,
lejos de los perros.
Apartarse del mundo
y dejarlo morir.

Pero ya no quedan lugares.

Ya no hay suelos vírgenes,
ni desiertos inexplorados,
ni soledades polares.
¿Cómo ser asceta
si no hay cavernas olvidadas?

Coca Cola, Mc Donalds y General Motors
han usurpado cada rincón
del planeta que fue nuestro,
del planeta que fue mío.

Todo lo terrenal domina la tierra.
Los obreros son íntegros
cuando lo permiten el tiempo
y las cuotas de producción.

Doce horas al día
encerrados trabajando.

No ganan para comer
ni pueden descansar.

“Piensa en tu familia”
dice el jefe.
“No reclames tus horas extra”.

Amenazas veladas,
amenazas evidentes.
Exactamente
como hacen los mendigos
al pedir para comer.

Salir a la caller armado,
acabar con la pobreza,
y derrumbar la tiranía
son tentaciones fáciles.

Son deseos ingenuos
porque siempre habrá pobres
y siempre habrá tiranos.

Los que no se han resignado
unen sus manos,
aprietan los ojos,
y suplican un destierro
de este mundo y de esta galaxia.

“Queremos irnos,
queremos irnos”
repiten como hare-krishnas.
Sufren la pasión y la tentación de estar en paz.

Enigmáticamente,
un hombre a mi lado
a quien acabo de ver,
preocupado por el turismo
propone limpiar la estatua.
Señala la libertad.
Sonrío, sonríe.
Le permito irse
sin insultarlo.

Muestro todo mi respeto
cuando debiera agredirlo
por lo mucho que me ha lastimado.

Defiende la apariencia,
como tantos otros,
como la esposa golpeada
que apela al maquillaje
para ocultar moretones.


apología de la anarquía

Tristeza la de la democracia,
monstruo horrendo,
de mil bocas
sin ojos ni oídos
y con diez brazos que no coordinan.

Conformismo de la mayoría,
representación de las minorías.
Paramilitares judíos
en razzias de protección.
Lobbies de negros
reclamando favoritismos.
Indígenas ilegales extranjeros
usurpando tierras.
Chinos importados
explotándose entre ellos.
Ultraconservadores católicos
con mesías de bigotito.
Hippies que glorifican
asesinos latinoamericanos.

Todos tienen una voz.
Todos representados.
La confrontación de sus locuras
marca nuestro destino.

Fe, esperanza y caridad.

No confío en nadie.
No hay solución a mis problemas.
No tengo para comer.

El político perfecto
pule su eficiencia
en el pasotismo burocrático,
las cotas de poder
y la maximización de votos.

Misioneros que cobran diezmos
a empleadas domésticas.

Artífices eximios de la hipocresía.

Ha llegado a tal punto
el nihilismo que me acongoja,
mi completa falta de fe,
que me tienta el vacío,
el abandono de la vida.


nihilismo y escepticismo

La duda, despiadada,
atenta contra mi existencia.
Me paro en la cornisa
asomando las puntas de los pies,
inclino la cabeza,
contemplo el abismo,
y la pregunta explota
sin alharaca ni revelaciones:
“Tal vez puedo volar”.

Es un hastío de infierno
de diablos desculando hormigas.
Es un fastidio que no se puede,
no se puede,
apartar a manotazos.

“Cásate y reprodúcete”.
“Encuentra el amor”.
“Haz fortuna”.
“Honra a tu padre y a tu madre”.
“Ama a los demás”.
“Respeta las leyes y las tradiciones”.

¿Por qué?

La duda me atenaza,
me estrangula,
mientras remuevo lo profundo.

Disecciono el inconsciente social,
desafío lo establecido.

Cada ciudadano es un reality show.
Mil ojos lo observan,  
supervisan,
monitorean.
Se transmiten informes
de actividades recientes.

Inconforme con el sistema.
Discapacitado social.
Eliminar de la lista.
Base  de pirámide.
Desterrado de la estructura.
Loco alienado.

Dubai musulmana
de grandes rascacielos.
China comunista
de glamorosos ejecutivos.
Honorable Japón,
capital de la pederastia.
Recóndito Amazonas
del oro y de caucho.

No hay escapatorias.
Quemadas las naves
sólo resta luchar.


la imaginación al poder

Ametralladora de colores,
motosierra silenciosa.
Tomar al gigante dormido,
cortarle la cabeza,
enseñársela al pueblo.

Un político que lee comics.
Un soldador novelista.
Una prostituta moralista.
Un cura futbolista.

Opiáceos y alcaloides
depurados del torrente sanguíneo.

La imaginación
es el escape por esquizofrenia.
Con la ametralladora de colores
en la sien de la sociedad,
El supositorio pantagruélico
cumplirá su función laxante.


honestidad

Reducir la cantidad de mierda acumulada
a través de los siglos.

Treinta mil años de irracionalidad.
Desconfío de mis sentimientos.
Ya no creo en las buenas intenciones.

Abandonar a su suerte
a todos los desesperados.

Sin emplastos, sin paños fríos.
La verdad desnuda.
Tu mujer no te ama,
tus hijos no te respetan,
no te van a ascender,
nunca tuviste talento,
nunca le hubieras ganado.

La gran mentira
confeccionada sutilmente
para el gran público.

Empiezo a creer
que en verdad se lo merecen.

Entonces esbozo una lágrima,
comprendo porqué sólo yo
contemplo la estatua herida.

A nadie le importa.


el concepto de la libertad

La libertad es otro eslógan
para marcas de refresco
o premios por uso de crédito.

La libertad se compra y se vende,
se agranda por cinco pesos,
se cambia por una nueva,
garantiza un apartamento.

Los tasadores de libertades
rondan los mercados.
Buscan variedades, tamaños y cualidades.

La libertad de un rockero,
estereotipada y marketeable.
La de un gerente,
moderada y chiquita.
La de un hurgador,
con accesos restringidos.

La libertad no pasa de palabras
sueltas en papeles dispersos.
Palabras vacías y bonitas
arrojadas en constituciones
y declaratorias de independencia.

 “... libre e independiente
de todo poder extranjero ...”
“... no es ni será propieda
de familia o persona alguna ...”

Son muchas familias,
son muchas personas.

Regalaría mi parte
de la independencia nacional.

Un tasador de ropas oscuras
me palmea el hombro y sonríe:
“no tiene valor”.

Abyecta independencia
y efímera libertad,
llegan a su fin con un golpe
en la puerta del baño.

No llega su fin con un embarazo;
es antes, mucho antes.
No es el fin el “sí, acepto”
ni el conformismo de la primera cita.

La libertad se acaba
en las cotas de posibilidades.

Sólo tus padres,
sólo tu país,
sólo tu escuela,
sólo creces.


el tiempo de costado

Soñar con un universo
en donde el tiempo
corra de costado.

Un jarrón cae,
una ventana se rompe,
suena una sirena
y un pez ladra.

Y la imaginación rompe las cotas.

Invocando la fe
reniegan de la suerte.
Como si la fe eligiera
mis habilidades naturales,
a la hermana de mi amigo,
al entrevistador de la empresa,
los patrones culturales
y los amos del mundo.

La mariposa en Bangkok,
el escarabajo en Orleans,
la bomba de Nagasaki,
la erupción del Krakatoa.


el azar como restricción

“¡La suerte no existe!”
dicen los necios
y la ven cada día a los ojos.

La suerte termina la libertad.
Barajas los naipes, cortas, eliges.
Tienes un seis.
Es un seis, sólo un seis.
Ni un ocho ni un tres.
Tienes seis.

No existen las sorpresas,
sólo personas poco atentas.

La suerte te marca,
llevas su sello en la frente.
Fecha de caducidad.
Nivel de flotación.
Se navega o se hunde.

Derramando simpatías,
comprando influencias,
negociando la suerte.
Pero ya lleva su sello,
está marcado en su frente.

Barajar los naipes,
hacer la prueba,
jugar, apostar.
La suerte en la mesa,
en los naipes invertidos
y en el mazo barajado.

Picasso un estadista.
Hawking un prosituto.
Channel una niñera.
Heffner un hurgador.

Fue cuestión de suerte.
Doblar a la derecha
en vez de doblar a la izquierda.
Cuestión de suerte.

Pero los países
son siempre imperios
o son siempre vasallos
o siempre están en guerra
o nunca les pasa nada.


las visiones

En el centro de la plaza,
un chihuahua ataca a dogo,
vence y lo devora.

Los colgajos de carne caen de sus dientes.

Señales.
No veo zarzas ardiendo.

En un carro de comidas relumbra el fuego
pero la voz sobre el fuego habla de fútbol y emigración.

¿Por qué habrían
de hacer otra cosa?
Todo es ilusión.

La fe se aniquila
en las pruebas de la defensa.
La esperanza se agota
en cada asunto frustrado.
La caridad muere
en las manos que amenazan.

Busco a los culpables.
Busco señales.
Busco entender.

Y nada hay que entender.
Y nada se muestra.
Y no aparecen culpables.

Deslizarse.
Abandonar el mundo.
Encerrarse en el baño cósmico.
Cagarse en todo.

Sin embargo estoy acá.
Me desprecio.
No puedo volar.
No quiero morir.
Me aferra a esta vida
la idea cobarde
de que algo puede pasar.
Algo.

Extraterrestres en el Palacio Salvo.
Licántropos en el Prado.
Travestis en los bulevares.

Las señales intermitentes
como código Morse
embotan los titulares.

Ayer los titulares eran blancos.
Hoy tienen poesía y disparates.


un apocalipsis chiquito

En los medios de incomunicación
las señales se alborotan;
como si un apocalipsis,
un apocalipsis chiquito
fuera a ocurrir.

Las señales saltan y se pisan,
se atropellan, se adelantan.

Un periodista anuncia
el fin del mundo en jueves.
Miro mi reloj,
compruebo que es martes.
Otra hoja me golpea la pierna
con una versión distinta.

Debo levantarme,
caminar,
buscar una buena mujer,
decirle que la amo.

En mi futuro inmediato
establezco una vida burguesa.
Ya nada importa,
el mundo se termina.

El mundo se termina.
En alguna parte
Dios ha muerto.
El hombre se libera
y se propone descansar.


la rebelación

La estatua de la libertad
ríe a carcajada limpia.



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