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Al ser puesto en libertad, llama a A.A.

En abril de 1973, en una sala de tribunal en la que me había presentado asiduamente (más de doce veces), fui sentenciado a una condena de cinco años a cadena perpetua. Había estado encarcelado varias veces en el pasado, pero esta vez, créanme, era algo diferente. Verte enfrentado a una condena de tal duración te deja impresionado.

Las últimas palabras del juez fueron: "Voy a sentenciarle a cumplir una condena indefinida en una institución para enfermos mentales criminales. Y, a propósito, allí tienen un buen programa de A.A."

Tengo que admitir que olvidé sus palabras hasta una se衫ana más tarde, cuando oí a uno de los reclusos pedir al guar苓ián que le abriera la puerta del pabellón para que pudiera asistir a la reunión de A.A. En ese momento, todo empezó a conectarse. Vi frente a mí al que llevaba la túnica negra. Pue苓es llamarlo como quieras, pero yo lo llamo una experiencia espiritual.

Me gustó la primera reunión. Vi a alguna gente de afuera, y las mujeres no estaban mal. El café era bueno e incluso se rifaron cigarrillos y cigarros. ¿Qué más podría pedir que "salir por la noche" los viernes y los sábados?

Me dije que, ya que iba a pasar un rato allí, más valía hacer mi estancia lo más cómoda posible. Después de asistir a algu要as reuniones, debía de haber empezado a prestar alguna atención, ya que quería algo de lo que tenia esa gente  la libertad, la tranquilidad, la propiedad, el dinero, el prestigio, las mujeres. Seguía asistiendo, me puse a leer el Libro Grande, y empezaba a meterme un poco en el programa. Empezaba a escuchar y a integrar algunos de los principios en mi vida encarcelada. Tuvo sus recompensas. Después de dos años, fui puesto en libertad condicional por un plazo de cinco años.

En cuanto me encontré en las calles, todo empezó a derrum苑arse. Era ex preso; estaba lleno de temor, de regocijo, de aprensión, alegría, confusión. Me habían dicho repetidas veces que al salir puesto en libertad, pasase lo que pasase, debiera ponerme en contacto con A.A. Pero estaba tan ensimismado y absorto en todo lo que acontecía alrededor mío, que no tenia tiempo ni siquiera para pensar en A.A. Tenía cosas más im計ortantes que hacer - renovar mi permiso de conducir, com計rarme ropa nueva, sexo. Iba oscilando entre sentimientos de alegría por estar al fin en libertad y el temor a volver a en苯rentarme con el mundo. Sentía como si me hubieran tatuado la palabra ex preso por todo mi cuerpo, y cada vez que veía a un policía, me entraba la paranoia.

Me encontraba en casa, sentado en el sofá, viendo la tele赳isión, acosado por un vago impulso de salir de fiesta, bailar, divertirme. Entonces me tragaba algunos dulces o caramelos, porque recordaba que alguien me había dicho que con el azúcar me las arreglaría para no querer tomarme un trago. ¡Qué solo me sentía! Tal vez pudiera beberme una soda en uno de los bares que pasaba. Pero, ¿me preguntarán quién soy? O ¿ya lo sabrán? Así que no salía de casa. Allí me quedaba viendo la TV y después a la cama.

Pasados unos tres días de comportarme así, asistí a mi primera reunión de "afuera", lleno de temor, avergonzado, convencido de que no les gustaba. Me preguntaba qué pensaran de mí, un ex preso. ¿Debía decirles que soy principian負e? ¿Visitante? De alguna forma, con toda la confusión que sentía, logré trasladarme en coche a una reunión. Lleno de inquietudes, entré en la sala.

"Bienvenido." Me dieron la bienvenida, y eso me hizo sentirme bien. Me serví un café y, cuando me tocó a mí hablar, dije: "Mí nombre es E..... , y soy un alcohólico agradecido." Puedo recordar que algunos de los miembros me decían que todo estaba bien y lo estaría, pasara lo que pasara - y me pidieron: "Por favor, vuelve a reunirte con nosotros."

Ahora que estoy afuera - ¿qué hacer? Asisto a las reunio要es de A.A. en todas partes del condado y del estado. Me encanta. Participo en casi todos los aspectos de la Comunidad. Durante los casi cinco años desde que fui puesto en libertad, he encontrado en la Comunidad la gracia de Dios, y a cente要ares de queridos amigos.

El único cambio que yo habría hecho en estos últimos cinco años seria haberme puesto en contacto con A.A. con menos demora. Pero mi Poder Superior me guiaba por un terreno peligroso. Logré atravesarlo, y aprendí lo suficiente como para poner la lección por escrito para hacer saber a otra persona que todo estará bien.

Hoy puedo decir con toda sinceridad que estoy agradecido por el sistema carcelario y por la gente que allí trabaja. Sin ellos, no tendría A.A. y no habría podido compartir mis expe訃iencias con ustedes.

F.M., Santa Barbara, Calif.

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