La libertad detras de las rejas
Ninguno de nosotros en A.A., puede leer titulares como éstos sin sentir un escalofrío, sin ver pasar ante los ojos las palabras "Si no fuera por la gracia de Dios," y sin experimentar una gran gratitud. Es decir, aquellos de nosotros que diariamente somos libres para seguir el camino que mejor nos parezca... mientras no nos tomemos el primer trago.
Pero hay muchos que, a pesar de haber encontrado la libertad interior que A.A. les ofrece, se ven privados de la oportunidad de poner sus convicciones a prueba en el mundo ordinario. Para algunos la espera es transitoria... otros tienen que practicar estos principios en todos sus asuntos detrás de los muros de una prisión - algunos durante años, otros tal vez para siempre. José es uno de estos últimos, y uno de nosotros.
No me acuerdo de cómo llegué a Reile vue - pero recuerdo los DT y la espantosa certeza de que morirla si me quedaba... estaba de nuevo en el Rowery y luego tenla un muy extraño deseo de volver a casa. Empecé a caminar. Vagamente recuerdo pasar por Connecticut y, luego, Rhode Island... y llegar a Boston... y después el tren que me llevarla a casa. Estaba lleno de medicamentos y de vino barato. Sin ....... sin descansar. Entonces, estaba en mi bar favorito en el pueblo donde vivía y había dos hombres que me decían que alguien habla golpeado a una mujer con una botella y la policía decía que yo lo había hecho. Les enseñé mi hoja de pago del hospital donde habla estado trabajando en Nueva York, pero no parecía convencerles, entonces fui al teléfono y marqué el número del precinto policial, y cada vez perdía la moneda. Así que decidí andar a pie una milla al cuartel para demostrar mi inocencia. Esta iba a ser la última milla que anduviera en libertad. Habla olvidado que habla maltratado a unos policías y que los del precinto me tenían odio y temor...
Nací en Boston en 1917. Eramos cinco en nuestra familia. Mi padre murió cuando yo era muy joven, y mi madre tenía que ir a trabajar para mantenernos. Eramos hijos de la depresión en todo sentido de la palabra. De muchacho me acostumbré al trabajo duro y me gustaba. Yo era muy fuerte.
Después, en mis años adolescentes, lo popular eran las fiestas caseras y el alcohol de contrabando. Abandoné mi primer trabajo a causa del alcohol. Empecé a trabajar como conductor de camiones de reparto - de hielo, de carbón, de lo que fuese.
Entonces, comenzó una serie de arrestos por embriaguez. Llegué a ser un hombre de gran fuerza. Podía levantar 620 libras. Si alguien me pegaba yo le devolvía el golpe enseguida. Debido a que bebía de forma constante y que tenía fama de resistir el arresto me conocían como "1uchador de policías." A menudo tenía que huir de mi zona de residencia a causa de peleas con la policía local. No era un ciudadano ejemplar.
Pero nunca violenté ni robé a nadie. Trabajaba en fincas y en barcos, en obras y construcción de ferrocarriles, incluso como enfermero especial - y siempre me perseguía el espectro de la botella. Sabía que algún día moriría por la bebida pero no sabía cómo dejarla.
Entonces - el 20 de octubre de 1945, me trasladaron del tribunal a la cárcel, acusado de asesinato y robo, detenido Sin posibilidad de salir bajo fianza... El proceso duró nueve días y el jurado deliberó 45 minutos y retornó con su veredicto: culpable de asesinato en primer grado con una recomendación de clemencia. Pero, se explicaba, según la ley, la clemencia no era posible - una declaración de culpabilidad por asesinato en primer grado suponía la pena de muerte en la silla eléctrica.
Allí está, muchacho. Ármate de valor y enséñales que aunque eres un borracho puedes enfrentarte a la muerte como un hombre. El oficial leyó el veredicto y el juez pronunció la sentencia.
Esa noche me trasladaron a la Prisión Estatal, asignado al pabellón de los condenados a muerte. Condenado por un crimen que nunca cometí, y sin embargo, gracias a mi amiga la botella, no podía demostrarlo.
Sabía que iban a apelar la decisión, pero no sabía cuándo. Pasados seis meses, la primera apelación fue denegada, pero mi abogado seguía luchando. Todos los siguientes días se convertían en un infierno de incertidumbre... Hacía mucho tiempo que había perdido la fe en un Dios que pudiera permitir tales cosas. Y ¿los hombres? Los hombres me habían metido aquí. Un día de repente me fallaron los nervios, se desvanecieron mi coraje y mis esperanzas. Me di clarísima cuenta de mi verdadera situación.
Estaba solo y ya yo no era suficiente. No es siempre malo estar solo, si se es autosuficiente. Pero viene el día negro en que todos los artificios, los trucos y engaños ya no te sirven para dominar la situación. Y entonces, conoces el temor - la desesperación te acompaña siempre.
No sé en qué momento preciso me abrumó, pero recuerdo con perfecta claridad rogarle algo a alguien - sólo cinco horas de paz - un día a la vez - el tiempo que se dedica a un día en la corte. De algún lugar, de alguien, me vino la paz - y no me ha abandonado completamente desde entonces. He tratado de explicármelo y he llegado a la conclusión de que, para obtener esta paz, tienes que ser un vaso limpio, del que se ha purgado toda emoción - orgullo, odio, miedo, envidia - que pueda interferir en la recepción, salvo aquella por la que suplicas.
Me quedaban 25 meses de espera. Después de obtener la paz que necesitaba, me ponía a hacer de mi día la cosa más importante de mi vida. Al levantarme, pedía a "alguien" que me concediera paz suficiente para el día por venir - y no el día entero> sino sólo las horas desde las nueve de la mañana hasta las tres de la tarde, el horario diario del tribunal.
Una noche descubrí entre mi selección de materiales de lectura un ejemplar del Libro Grande que no sabía quién me lo había dejado. Lo leí. Capté el sentido: los borrachos no son criaturas desahuciadas, sin remedio, abandonadas por Dios, desdeñadas por la humanidad, sino que son gente enferma y se les puede ayudar. Y después entendía la amarga realidad: José, es cierto todo esto, pero la verdad te ha llegado demasiado tarde. Además me di cuenta de que estaba viviendo una especie de vida de A.A., pero lo estaba haciendo cinco horas a la vez.
Sucedió una noche de finales de octubre; en las noticias de las 11:15 me enteré de que la Corte Suprema había rechazado mi última apelación. Tuve que hacer mi súplica aquella noche y no esperar hasta el día siguiente. Logré no sé cómo conciliar el sueño y me desperté a la hora acostumbrada. Tres días después me llevaron a la corte donde se revocó el aplazamiento de la ejecución. Me dijeron que, dentro de un plazo de 30 días, tendría que morir.
Cuando llegó el día, tuve un solo visitante, el peluquero de la prisión. Yo no era valiente... tanto tiempo había esperado que sólo quería que terminara. Ya había escrito mis cartas - una a mi madre, otra a mi abogado - y lo único que me quedaba era esperar... hasta las cinco, cuando atravesaría el patio de la prisión para llegar al área donde estaba instalada la silla de la muerte - y luego, a la medianoche, como dicen los chinos, "subiría al Dragón."
De súbito, en el piso de abajo, sonó el teléfono... el guardia lentamente subió la escalera. Me miró un momento y me dijo, "Recoge tus cosas... te vas de aquí. El gobernador ha conmutado tu sentencia." Pedí los zapatos que no me había puesto desde hacía dos años y un cinturón.
No sé lo que esperaba oír decir en la primera reunión de A.A. a la que asistí en la prisión en que empezaba a cumplir la sentencia a cadena perpetua, pero al pensar en aquellas horas de paz, quería más. Sentado en esas primeras reuniones... dándome cuenta de que todo tenía sentido ... que funciona... me iba metiendo cada vez más. No estaba convencido plenamente al comienzo - en prisión la duda y la desconfianza están profundamente arraigadas. Pero con el paso de las semanas, me encontraba cada vez más metido: el primer inventario moral, los Pasos, el regreso a mi iglesia (después de haber reconocido a Dios como mi Poder Superior).
Hasta que llegué a A.A., no pude entender el significado de "hágase Tu voluntad" - Tu voluntad y no la mía. A.A. me ha enseñado que no es simplemente un medio por el cual la terapia de grupo puede ayudar a un hombre a lograr la sobriedad. Es una manera de vivir completamente nueva para aquellos que lo desean. Lo deseo. Para mí A.A. significa una vida con amistades auténticas, una forma de dejar de darme de cabeza contra una prisión de vidrio, una oportunidad de volver a mi Dios y de vivir como un hombre y no como un niño inmaduro con un cerebro empapado de alcohol.
A.A. es vida y esperanza y todo lo que quiero de la vida. Sin A.A. me muero, y quiero vivir - vivir la vida que para mi es la única digna de vivir - la vida de A.A.
José G., Norfolk, Mass.