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Trato de llevar el mensaje

a las prisiones

Mi padre también era un ex convicto alcohólico. Cuando yo tenía seis meses, le mataron de un tiro. Tengo dos hermanos mayores y una hermana, pero soy el único alcohólico y la oveja negra de la familia.

Mi madre se volvió a casar cuando yo tenía como ocho años. Acababa de terminar el primer año de la primaria y mi padrastro me hizo abandonar la escuela y trabajar en la gran­ja. Era muy cruel conmigo. Puedo recordar aquellos días como si fueran ayer. Puedo recordar las ocasiones en que me azotaba tanto que la sangre manaba hasta mis piernas y la camisa se me pegaba a la espalda. Recuerdo las veces en que me derribaba a puñetazos.

No podía seguir viviendo así. A la edad de 13 años, me escapé de casa. Muchas noches me dormía llorando, por querer ver y estar con mi madre y tener miedo a volver. A tierna edad descubrí que la bebida me hacía olvidar un rato a mi madre y los problemas. Poco sabía de lo que la bebida me haría más tarde. Pero al principio la bebida me hacía olvidarlo todo y me infundía valor para sentirme como un personaje y comportarme así y esto me gustaba.

Mi amigo, el alcohol, no tardó mucho en empezar también a tratarme con crueldad. A la edad de 15 años pagué mi primera multa por embriaguez y asalto a mano armada. Poco después me metí en otro lío y esa vez me fui del estado.

Pasado algún tiempo tuve noticias de que mi madre estaba enferma a punto de morirse. Solía visitarle furtivamente. M llegar a los confines del estado, me metía por las carreteras poco transitadas. Muy a menudo bebía durante el viaje.

Al reflexionar sobre el pasado, pude decir con certeza que, si no fuera por la gracia de Dios, podría haber sido asesino también, porque siempre viajaba armado de una pistola.

Pasaba por tres etapas en mi carrera de bebedor. Al prin­cipio bebía para olvidar y sentirme importante. Después me di cuenta de que me era necesario tomarme un trago por la mañana para poder funcionar. Experimentaba lagunas men­tales y no podía acordarme de dónde había estado ni de qué había hecho. Cambiaba de marcas de whisky; cambiaba de trabajo; me trasladaba de un estado a otro. Nada me dio el resultado deseado. He pasado tiempo en nueve estados y en cada uno me he metido en líos. En el plazo de un año me mandaron a una prisión en Virginia y a otra en Pennsylvania. Allí oí hablar de Alcohólicos Anónimos por primera vez.

Conforme a la sugerencia del capellán y de dos presos compañeros, decidí investigar ese asunto de A.A. - princi­palmente por no tener donde más recurrir. Algo había en esas reuniones. Empezaba a esperarlas ansiosamente. Poco a poco, me iba sintiendo diferente. Estas reuniones de A.A. han lle­gado a formar una parte no sólo de mi vida, sino también de mi mismo, hasta tal grado que me veía queriendo dejar la bebida. Yo más que nadie sabía el precio que había pagado por beber. Y, de alguna forma, en mi mente débil de alcohólico, creía que A.A. me daría resultado como les había dado a otros.

Aprovechaba mi tiempo en prisión aprendiendo todo lo que podía acerca de A.A. y trabajando en mi mismo. Era como el retorno al ring de un boxeador. Me estaba esforzando por gobernar mi vida, en vez de dejar que la botella la manejara.

Al ser puesto en libertad condicional, no esperaba que me hicieran volver. Mi padrino de prisión me aseguró que A.A. me daría resultados y yo tenía una especie de fe. Por primera vez, veía el lado bueno de las cosas. Me habían dado una ventaja. Sabía lo que quería. Quería la sobriedad más que nada. En el momento en que escribo esta carta, he pasado once años sin tomarme un trago. No ha sido fácil, pero me ha sido grato.

Mis dos grandes deseos son de llevar una vida sobria, y de llevar el mensaje de A.A. a los que están entre rejas. ¿Cómo me mantengo sobrio? Tratando de ayudar a mis amigos reclusos a aprender una nueva manera de vivir sin alcohol. Cuando logramos la sobriedad, algo tiene que reemplazar el alcohol en nuestras vidas. ¿Por qué no dejar que A.A. desem­peñe este papel?

¿Para qué sirve A.A. en la prisión? A.A. es buena en cual­quier tiempo y lugar. A.A. me salvó la vida y salvará las vidas de otros muchos alcohólicos en prisión, si les llevamos el mensaje de A.A. Mis amigos alcohólicos están en prisión por la misma razón por la que yo estuve: no pudieran controlar la botella; la botella les dominaba a ellos. Ir a prisión no era asunto de libre elección; la bebida tomó la decisión.

Pero mientras están en prisión pueden llegar a saber - por medio de A.A. - por qué están allí y qué tienen que hacer respecto a sus vidas. Pueden llegar a darse cuenta de que sí tienen alternativas después de ser puestos en libertad. No tienen que beber y no tienen que volver a la prisión. Te lo dice un ex convicto alcohólico, A.A. surtirá efecto en todo lugar a toda hora, si el deseo de mantenerte sobrio es más fuerte que el de tomarte un trago. Mientras A.A. esté en el mundo, hay esperanza y ayuda.

Mis esperanzas y mi vida, las tengo fijadas en un intento de ayudar a los alcohólicos en prisión. ¿Y tú?

Carlos M., Miami, Flo.

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