Viviendo libre
Eran las 0700, el 1 de abril de 1977. No llevaba uniforme sino mi ropa de calle, la cual no me había puesto desde hacia mucho tiempo. Asomándome por la ventana del bloque de recepción, un edificio de piedra, de la Prisión de Dartmoor, veía el paisaje demasiado familiar del recinto carcelario - los jardines bien arreglados, y el brillo del camino de alquitrán que conducía a la puerta de la prisión. Había llegado la hora de salir en libertad.
A diferencia de muchos que han conocido este premio emocional, yo sabía a dónde iba, el destino de la senda por la que iría andando, lo que el futuro me tenía reservado. Todo estaba en buenas manos, porque durante los últimos dos años había sido miembro de A.A. Porque soy alcohólico.
Fui puesto en libertad con otros cuatro presos. Nos llevaron en coche a la estación de ferrocarril de Plymouth, nos dieron nuestros pases y nos dejaron allí para esperar el tren.
Una vez en el tren, después de comprar cigarrillos y café, etc., nos instalamos en un departamento para disfrutar del puro éxtasis de nuestra nueva libertad. Alrededor de las 1000 h, las tres cuartas partes del grupo se fueron sin rodeos al coche comedor donde había un bar. Al poco rato volvieron cargados de bebida. Habían logrado su meta. Durante su encarcelamiento, esto había sido su sueño dorado. Cuando el tren llegó a Bristol, bajaron tres ex convictos borrachos, poco civilizados, listos para llevarse el mundo por delante. Eran los campeones. Eran los directores gerentes del universo. Eran libres - y completamente irracionales e irresponsables, sin mencionar las dos cabezas que le habían salido a cada uno durante el viaje.
Todo esto lo observé sin comentar, pero con un sentimiento de tristeza. Esto, me dije a mí mismo, era la razón por la cual tantos de nosotros estaban destinados a volver a la prisión al cabo de un tiempo. Esto era lo que yo había hecho en otras ocasiones al verme puesto en libertad. Pero esta vez no iba a hacerlo. Por fin había encontrado un medio para cambiar aquella locura, para hacerme adulto. Lenta pero seguramente estaba experimentando la transformación que ocurre en A.A., la transformación necesaria que los alcohólicos tenemos que experimentar si esperamos llevar una vida normal.
Yo era libre, pero únicamente en el sentido de haber sido puesto en libertad. La verdadera liberación la conocí mucho tiempo antes, cuando todavía estaba encerrado en una celda. En ese momento me vino a la mente un par de líneas de una antigua poesía, que por primera vez pude apreciar en su justo valor: "Los muros de piedra no hacen una prisión/ni las rejas de hierro una jaula." Me di cuenta de lo cierto que esto era para mi. El alcohólico es prisionero del alcoholismo, encerrado en su propio infierno.
Había decidido no intentar hacerlo a mi manera esta vez. No trataría de creerme Dios. Por fin había aprendido a escuchar y aceptar el consejo de aquellos con quienes tenía un problema en común La amarga experiencia del pasado me había enseñado lo inútil que era ser capitán de mi destino, embarcarme en ese viaje egoísta, engreído y falso. Lo había intentado muchas veces y siempre había fracasado, y cada fracaso había sido peor que el último. Había perdido y abandonado buenos trabajos, había perdido a dos esposas y a tres preciosos hijos, dos casas, un negocio y mi carácter. Había terminado en hospitales siquiátricos y prisiones, en condiciones cada vez peores. Ahora sabía por qué estas cosas me habían sucedido a mi. Ya no podía decir: "¡Ay de mi!" o "¿Por qué a mi?" Había llegado a estar dispuesto a escuchar, a responder de forma positiva y constructiva, a mantenerme con la mente abierta.
Desde que fui puesto en libertad, no todo ha sido días de miel y rosas. He tenido mis altibajos, mis problemas que enfrentar. Ha habido, por ejemplo, algunos problemas referente al trabajo. Justo después de ser puesto en libertad, trabajaba como electricista independiente, dueño del negocio, pero n ganaba suficiente dinero. Al encontrarme con deudas después de seis meses, decidí liquidar el negocio, abandonar el oficio y buscar un empleo seguro.
Dediqué mucho tiempo a la búsqueda de un trabajo que realmente me gustara. Cuando por fin lo encontré, me despidieron al quinto día, después de una conversación con el director gerente, en la que le dije la verdad respecto a mí mismo. No fue sino otro malentendimiento y, además, una preocupación por los posibles efectos perjudiciales que pudiera tener en el negocio silos clientes supieran que había un ex convicto encargado de un puesto clave.
Por medio del programa de A.A., me era posible aceptar ese contratiempo sin inquietud o lástima de mi mismo. El hecho de que las cosas no se han desenvuelto tan fluidamente como me hubiera gustado no me ha desequilibrado. Acepto lo que venga - entre éste y el Miguel de los días de bebedor medía un gran abismo. En cuanto al trabajo, la perspectiva es más prometedora: tengo trabajo suficiente para el resto del año, una buena posibilidad de obtener otros contratos más y otros proyectos a largo plazo. Incluso si las posibilidades actuales no dan fruto, sé que tarde o temprano algo se me presentará.
Mi mujer y yo nos hemos instalado felizmente unidos en nuestra nueva vida, y ella está muy agradecida a A.A. por lo que me ha dado. Asisto regularmente a las reuniones y tengo muchos buenos amigos, y trato de llevar el mensaje que me pasaron a mi.
Lo asombroso es que los problemas que surgen no me abruman. Puedo ser responsable y enfrentarme con los problemas. Puedo reconocer mis fallos y mis defectos y cuando amenazan estorbarme, puedo hacer un esfuerzo para cambiarlos. Tengo que practicar el programa cada día y a toda hora. Al darme cuenta de que estoy pensando como mi antiguo yo solía hacerlo, tengo que cortarlo y reemplazar la vieja forma de pensar por el pensar honesto y positivo de A.A. Esto da resultados, un día a la vez.
Ya ni siquiera deseo tomarme un trago. Ahora la vida es diferente; tiene un objetivo. Vivir es practicar el programa de A.A., asistir a las reuniones, saber madurar y aprender a deshacerme del hábito loco de acabar en prisiones y hospitales siquiátricos. La decisión de cambiar fue mía, y hoy nos toca a nosotros tomar esa decisión.
M.B., Ledbury, Inglaterra