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Escucha la advertencia

- la súplica de un reincidente

Es probable que los que vuelven a la prisión tengan la más brusca comprensión de que no se puede tomar a la ligera la repetida advertencia de asistir asiduamente a las reuniones. Es la esperanza de quien escribe que tú no tengas nunca esta experiencia. Aquellos que tienen la experiencia de A.A., den­tro y/o fuera de la prisión, y que reinciden o no cumplen las condiciones de la libertad condicional, si vuelven con una nueva resolución, tienen una gran ventaja sobre los que, aunque fracasan por las mismas razones, aparentemente no están dispuestos a admitirlo. Al "recaído" A.A. se le ha incul­cado repetidas veces que es impotente ante el alcohol. Tiene el ego cruelmente herido; no obstante, entre las ventajas están las herramientas que tiene a su disposición con las cuales puede empezar enseguida a reconstruir su vida. Los Doce Pasos están siempre a fácil alcance.

Mi caso se parece a muchos otros. El asistir a las reunio­nes no llegó a ser de poca importancia hasta que no creí tener un total dominio de A.A., y saber todo lo que había que saber acerca de A.A. Entonces era muy fácil zafarme de la respon­sabilidad de una visita de Paso Doce. Para no aburrirte, pa­saré por alto los detalles monótonos y te llevaré conmigo a la boda donde yo estaba totalmente convencido de que "puedo tomar un poco - y después dejarlo." Hacía tiempo que mi halo me apretaba. Pero en estos días, no es nada difícil mantenerme alejado de los bares, ya que esta preciosidad de analfabetismo que lees, se origina en lo que un columnista recien­temente llamó: "el lujo de una prisión norteamericana."

No voy a contarte mis penas. No me siento resentido con nadie. Creo firmemente que "lo que pasa es lo que debe pasar," y el sendero por el que me dirigía al comienzo sin duda podría haberme conducido a un destino más funesto. Según parece ahora, lo único que tengo que hacer es volver al punto en que el cable se rompió y unirlo bien con la parte que resistía la tensión.

De lo que más me arrepiento - y creo tener derecho a arrepentirme de una cosa- es de que pudiera haber evitado esta situación si hubiera seguido asistiendo a las reuniones. Pero, ya te dije que no iba a contarte mis penas, ¿verdad?

Aquí me parece apropiado reconocer la consideración que tiene la Administración Carcelaria de California con los pre­sos que buscan una nueva manera de vivir por medio de A.A. Cada semana nos visita un grupo de afuera, y todos espera­mos estas reuniones con entusiasmo. Varios grupos contri­buyen con su tiempo y energías para hacer el viaje que, para algunos, es de gran distancia. A menudo, algún orador, con una clara manifestación de alivio, se refiere a lo poco que le faltó para ser uno de nosotros. Algunos de estos grupos ge­nerosos nos traen ejemplares del Grapevine, que son una fuente de información y diversión para el creciente número de miembros aquí.

Quienquiera que seas, dondequiera que estés - si hubiera algún dictado en A.A., sería: Es correr un gran peligro el no asignar asiduamente y sin reserva una cantidad razonable de tiempo para asistir a las reuniones, el no hacer el trabajo de Paso Doce y el no participar en las actividades sociales del grupo. Sin miedo a que nadie me contradiga, afirmo que siem­pre es peligroso para cualquier miembro dejar de participar.

No tengo la menor intención de hacer de este escrito un melodrama. No está motivado por un exceso de autoconmise­ración; la sencilla verdad es que, si no hubiera dejado que mi forma de pensar se deformara hasta el punto en que menos­preciaba la importancia de A.A. para mi vida, no habría tro­cado nunca una vida feliz y despreocupada por la nulidad de ser una cifra más entre miles. Después de dos años de sobrie­dad ininterrumpida en el área de San Diego, me tropecé, y bien. Sea lo que fuere, no me siento desanimado.

Vuelvo a empezar con el Primer Paso y, con la ayuda de mi Amigo, esta vez tendré éxito. Si esta franca revelación de lo que, más que cualquier otro factor, me hacía fallar, ayuda a un solo miembro a enderezar sus pensamientos y le da el impulso para superar el obstáculo siempre amenazador, me consideraré bien compensado por haberlo puesto por escrito.

Tu amigo anónimo

Folsom Prison, Calif.

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