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Los sombras tienen cara

Hace unos 2300 años un pensador griego escribió una pará­bola, La imagen de la cueva. Compara los seres humanos con prisioneros encadenados en una cueva, de espaldas a la luz, que confunden las sombras que aparecen en la pared con la realidad. Desde la época de Platón, muchos escritores han pintado a los reclusos de forma alegórica como "la gente de las sombras." En cuanto a los alcohólicos, esta imagen es falsa, ya que muchos años antes de que nuestra incapacidad para captar la realidad nos condujera a la prisión, ya estábamos encadenados, de espaldas a la luz, confundiendo las sombras con la realidad.

No sólo encontré en prisión mi liberación de las trabas del resentimiento, del egoísmo y de los prejuicios, sino que allí llegué a darme cuenta también de que las sombras que per­seguía en vano en mi búsqueda alcohólica del amor, del reco­nocimiento y del sentimiento de pertenecer no son más que imágenes proyectadas y sin vida de los hombres y mujeres reales que me esperan con un vivo deseo de darme la realidad de la hermandad, de la cual las sombras son solamente defor­madas representaciones - de dármela entibiada por el aliento de la vida, animada por el latir de sus corazones.

Tres años y nueve meses he pasado bajo la custodia del Departamento de Correcciones de California, convicto por un grave delito. No soy ingenuo; ya he cumplido tres condenas anteriores. Entré en San Quintín como reincidente, con antecedentes penales que hacían de cualquier esperanza de liber­tad condicional la sombra de una sombra. Se habían coagula­do el pasado, el presente y el futuro, atascando la arteria de la vida y quitando esperanza al corazón. Lleno de odio para con todos, no podía ver más que odio para conmigo en los ojos de la sociedad, y me decía a mí mismo: "T.W., estás muerto. No tienes la más remota posibilidad de salir liberado." Pero en un entonces había sido abogado, e iba afilando mi espada del desquite. Me convertiría en picapleitos carcelario y conse­guiría la liberación de presos basándome en cuestiones de forma jurídica. Fue una afrenta devastadora saber que a los tribunales de California no les importan tanto los detalles técnicos; que su perspectiva es de mayor amplitud y se inte­resan más en que se cumpla la justicia de forma sustancial. Mi impotencia era la del animal atrapado, sin garras, sin colmillos, sin ingenio.

Un hombre que se ve despojado hasta que le queda sólo su alma desnuda, se siente avergonzado y temeroso ante Dios. Empecé a rezar una antigua oración, oración que los que se han traicionado han venido rezando desde el comienzo del mundo: "Dios, sino me levantas del abismo que he creado para mi mismo, moriré." No era una conversión - Sólo una oración inarticulada de un hombre que había tocado fondo.

Pero dentro del abismo empezaban a suceder cosas. Los sicólogos y sociólogos me evaluaron. "Tú eres alcohólico. Debes unirte a Alcohólicos Anónimos. '¿Para qué? Estaba amar­gado. No podía conseguirme un trago. "Debes inscribirte en un curso por correspondencia para perfeccionar tu aptitud como escritor." Eso fue "el golpe más cruel de todos." Había intentado escribir cuentos en otras prisiones, pero mis protagonistas siempre carecían de vida. Ese consejo era una forma sutil de tortura que reemplazaba a los palos y los látigos de otras prisiones.

Pero mi muda oración a Dios empezaba a tomar forma. Ahora rezaba así: "Dios, concédeme el don de escribir." Pero no escribía. No quería ser lastimado, rechazado otra vez. En­tonces, un día se me ocurrió que el estado de California no iba a gastar dinero para transformar a un borracho de los barrios perdidos en un tonto. Ya era yo el campeón mundial de los tontos. Así que me inscribí en el curso (pagado por el Depar­tamento de Correcciones); me uní a A.A.; volví a asistir a los servicios religiosos. Era incluso uno de los afortunados que fueron escogidos para pasar un año en sicoterapia intensiva. Empezaba a darme cuenta de que el alcoholismo no es sino un síntoma de una enfermedad emocional. Empezaba a vender mis cuentos... no sucedió de golpe - Dios pone cuidado al remodelar su barro. Un tonto quebradizo tiene que derramar algunas lágrimas para humedecerse antes de ser rehecho. Durante un período de tiempo esto iba sucediendo.

Tardó tres años y nueve meses en llegar. Ahora estoy para salir en libertad condicional.

Durante los últimos dos años he vendido una novela del Oeste a una editorial que la publicó en rústica, y 24 cuentos a revistas religiosas. Tengo la prueba de que Dios, como noso­tros Lo concebimos, responde a nuestras oraciones.

¿Las trabas? Se han convertido en herramientas para construir una nueva vida. Los resentimientos han sido subli­mados; el egotismo ha sido reemplazado por el auténtico Ego - el "Yo Soy" que es Dios como yo Lo concibo; los prejui­cios desaparecen cuando nos damos cuenta de que todo y todos son partes integrantes del plan de Dios. Cambiarlo sería sustituir la voluntad de Dios por la mía.

Incluso me gustan los oficiales de la prisión. Hace más de un año que no me he referido a ellos utilizando los acostum­brados apodos despectivos. Por la compenetración, puedo ver que son, en sus actos oficiales, más clementes, menos severos, mas justos de lo que yo fuera con mis semejantes. De hecho, espero adquirir la amplitud espiritual que tienen muchos de los oficiales que conozco. Porque la persona que puede guiar a los ciegos hacia la luz, a pesar del odio que su ayuda puede suscitar al comienzo, tiene sin duda amplitud espiritual. Y por fin penetró en mi dura cabeza el hecho de que, si no fuera por la insistencia de los oficiales carcelarios, ningún reincidente sería puesto en libertad condicional. El ciudadano medio no tiene suficiente experiencia, basada en pruebas repetidas, como para mirar más allá de mis antecedentes penales y mis primeros enredos y poder ver las posibilidades que tengo para hacer bien...

Pronto saldré. Las sombras que antes llenaban mis manos inseguras con vaciedad, las he dejado atrás. Voy andando hacia la luz. Hay miles. de hombres y mujeres de A.A. que son reales - que con gusto intercambian conmigo espíritu y cora­zón. No tengo que hacer más que acercarme y ofrecerme a ellos y en este alegre emporio de intercambios hay sobriedad y sano juicio - amor, reconocimiento y un sentimiento de pertenecer.

Esto es lo que significa salir de la prisión - cualesquiera que sean las barreras que separan al alcohólico del amor. Por­que estos muros son nada más que símbolos de las piedras que amontonábamos con nuestras propias manos egoístas para que los otros no vieran nuestro verdadero ser. Con la Ayuda de Dios como nosotros Lo concebimos, los muros se derrumban - como los de Jericó. Espero con ansia poder llevar este mensaje a otros y ayudarles a salir de las sombras de la irrealidad y bañarse en la luz solar, donde las sombras tienen caras - caras amistosas.

T.W., Los Padres, Calif.

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