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Desde adentro hacia afuera

A menudo he oído la pregunta "¿por qué A.A. en prisión?" "Allí no puedes conseguir nada que beber." Aunque puede sorprenderle a alguna gente, se puede conseguir alcohol en prisión. Y si, por alguna razón, no se puede obtener, los alco­hólicos recurren a otras drogas que sí están disponibles. Sin embargo, por otro lado, mucha gente oye hablar del programa de A.A. por primera vez en prisión. Fuera de la prisión, rara­mente les importaba suficiente como para prestar atención. Yo lo sé. Soy un prisionero.

Llegué a la prisión en 1967 por incumplimiento de libertad condicional. Aunque había cumplido anteriormente casi cinco años por robo a mano armada y secuestro, no había cambiado mis actitudes ni mi forma 4e beber autodestructivas; y, du­rante ese período no había oído ni una palabra acerca de A.A. En todo caso, es probable que yo no estuviera listo todavía para escuchar. Sí, era muy bebedor. Pero ¿un problema? Yo no lo tenía. Todos mis problemas se podían atribuir a mis parientes, mis circunstancias - tú sabes, el mundo nunca me había tratado justamente, nunca me ofreció aquella "mag­nífica oportunidad."

En 1968 me sentenciaron a muerte. En 1970, recibí una segunda condena a muerte. Vivía cuatro años en el pabellón de los condenados a muerte, hasta que las sentencias fueron conmutadas por la de cadena perpetua. Durante ese tiempo no me importaba nada ni nadie. Como las ramas muertas del bosque, mi actitud reflejaba la perdición, la extinción y la ruina. No me movía a no ser que me empujaran.

Sin previo aviso, en el invierno de 1971, me incorporaron a la población carcelaria general. Mi actitud mejoró un poco, pero el recuerdo de que nunca saldría de la prisión defraudó mis tenues esperanzas. ¿Por qué importarme? Iba matando el tiempo, haciendo mis tareas a paso de tortuga, con la sola intención de hacer soportable mi existencia. Pero esto tam­poco funcionó. Finalmente, en 1974, un preso drogado desba­rató bruscamente mi "vida en cámara lenta." Esa "interven­ción divina" inició mi despertar.

Ese preso me cortó de golpe la vena yugular con una na­vaja. La sangre me salía a chorros. Creí que esta vez iba a morir. Mis viejas actitudes, mi vida pasada, mis sueños del futuro, todo me pareció en ese instante una farsa. Me di cuen­ta de lo falso que había sido durante toda mi vida. Una rápida intervención médica me salvó la vida, y así empecé mi solemne búsqueda de algo a lo cual pudiera dedicarme con sinceridad.

En la primavera de 1975, me trasladaron a otra sección de la prisión donde el programa de recuperación de A.A. florecía como un bosque de reconfortante verdor. Pero yo tenía la im­presión de que A.A. era un programa religioso.

Un amigo que sabía que una parte de mi problema tenía que ver con el alcohol me convenció para que asistiera a una reunión. Acepté hacerlo con una condición: Si no me gustaba la reunión, no volvería. No quería que nadie me sermoneara.

La primera reunión fue para mí una confusión total: los lemas, la lectura del Preámbulo, Cómo Trabaja, referencias a los Pasos. Pero fijaba mi atención en un hombre más viejo de pelo cano que se llamaba Teófilo. Estaba hablando de Dios, poder superior, amor, camaradería. "¡Ajá! lo que yo me sospechaba," me dije a mi mismo, "una pandilla de religiosos." Y decidí no volver.

Pero notaba que Teófilo hablaba también de no beber y acerca de cómo se relacionaban íntimamente nuestras actitu­des, nuestra soledad, nuestros problemas y nuestra forma de beber. No sabía que Teófilo, después de trabajar varios años en A.A. en prisión, ya se daba perfecta cuenta del inconfor­mismo de presos como yo. Después de esa reunión, se tomó la molestia de darme la bienvenida, extenderme la mano y decir, "es un placer tenerte con nosotros. Si tienes un proble­ma con la bebida, este es el lugar donde puedes aprender a hacer algo al respecto. Tú nos importas y te prestaremos toda la ayuda que podemos si tú quieres dejar de beber y mante­nerte sobrio."

Al irme de la reunión seguía pensando en la preocupación manifestada y expresada por Teófilo. Tenía que enterarme más del asunto y, por ello, asistí a la siguiente reunión. Llegó un orador invitado de afuera que contó su historia. Algo de lo que dijo, dio en el blanco.

No me hice converso inmediato de A.A., pero seguía asis­tiendo a las reuniones; por un plazo de ocho años asistía a dos reuniones cada semana. Durante ese período me metía en el trabajo de servicio del grupo. Lenta y sutilmente me veía li­berado, absuelto de mis costumbres destructivas, mi forma obsesiva de pensar del pasado, del presente y del futuro. Em­pezaba a centrarme en el día de hoy. Creo haber experimen­tado el "cambio de personalidad' del cual se habla en el programa. Todavía me sorprende y me alegra oír a la gente comentar sobre la transformación y mejora de mi carácter - y esto refuerza mi recuperación. Todos necesitamos de vez en cuando una palmada en la espalda.

A lo largo de los últimos diez años - de 1975 a 1985 - creo que, como un árbol rejuvenecido, he echado nuevas ramas. Durante ese tiempo, el programa de recuperación de A.A. me ha enseñado que no puedo dominar o controlar el alcohol - o cualquier otra droga- y, por lo tanto, lo más prudente es no tocarlo en absoluto. Ahora sé resistirme a "aquel impulso."

Durante estos años de recuperación, el alcohol y las drogas han estado disponibles - siempre lo están. Incluso en una prisión de alta seguridad alguien intentó interesarme en com­prar dos pintas de whisky de buena marca, cuando yo llevaba dos años ya como miembro de A.A. Esto me presentó una ten­tación inmediata. Pero no lo compré. Sin A.A., no habría po­dido resistirla. Con A.A., estaba a salvo, aunque por curiosi­dad le hice la pregunta: "¿Por qué me traes esto a mi?"

Me respondió: "Ya que eres uno de esos 'alcohólicos,' creía que a lo mejor lo querías."

Huelga decir que lo vendía caro. Le expliqué que A.A. me había convencido de que no bebiera. Luego le pedí que se alejara y logré resistir la primera tentación.

Una de las principales atracciones de A.A. en prisión es los visitantes que llevan el mensaje de esperanza y recuperación adentro, contando sus propias historias. Es probable que to­dos estos oradores puedan pasar su tiempo en lugares más "interesantes." No obstante, cada uno elige entrar en una prisión para extender la mano de A.A. A estos oradores - sinceros, honestos, amables - siempre les parece agradar estar en una reunión de A.A. en prisión, y recordar a los presos: "Muchos de nosotros podríamos estar muertos, locos o encar­celados nosotros mismos." Algunos nos traen literatura, mu­chos irradian espiritualidad. Su segura amistad ha dado aun más inspiración a los alcohólicos encarcelados. Algunos de estos oradores son ex presos que encontraban A.A. "adentro.1' Ahora vuelven para pasar el mensaje a otros. Me han infundido el deseo de hacer lo mismo algún día. Sí, con la recupera­ción, la esperanza me ha devuelto una parte de mi vida que creía perdida para siempre.

Durante dos años que pasé en otra institución, no tenía grupo de A.A. Pero un traslado reciente me ha deparado nue­vamente el compartimiento y el cariño de las reuniones de A.A. Aquí en esta institución no tenemos visitas regulares de oradores de afuera. Estamos haciendo un esfuerzo para ani­mar a los A.A. que vengan "adentro" para compartir con nosotros.

Si alguien te pide que compartas el mensaje de A.A. "adentro," es muy probable que tal servicio te será muy sig­nificativo, liberador, gratificador y honroso. Tu historia y tu ayuda constituyen una visita de Paso Doce que importará mucho si haces aquí un solo amigo y le infundes el deseo de mantenerse sobrio, de salir liberado y quedarse en libertad. ¿Funciona Alcohólicos Anónimos en prisión? Sin duda alguna.

D.A., Maury, N.C.

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