Un preso malo
imposible de alcanzar
Yo, al igual que la mayoría de los alcohólicos, tenía como lema: "Come, bebe y diviértete, porque mañana morirás." Pero, por supuesto, yo no podía morir. Cada vez que me despertaba, estaba angustiado, enfermo mental, física y espiritualmente. No había nada que me pudiera sacar del abismo sino más alcohol. Con el tiempo, para levantarme era necesario reforzar el alcohol con otras drogas. Mas tarde, ni siquiera la mezcla del alcohol y la droga me podía levantar.
Hay muchas cosas peores que morir, pero ¿hay una muerte peor que el lento y progresivo suicidio del alcohólico activo? El alcohólico muere repetidas veces. El alcohol va destripando la vida, consumiendo el cerebro de tal forma que el alcohólico queda ciego ante la verdad. Pasé doce años en prisión sin tener la menor sospecha de que, sin el alcohol, nunca me habría encontrado encarcelado. Si no hubiera sido por A.A. en prisión... pues, no sé, pero tengo motivos para creer que no estaría vivo hoy.
Mira, ya perdí cinco veces, convicto de cinco delitos graves (sin mencionar los casos en que logré evadir la justicia). Estuve en cuatro penitenciarías y campamentos correccionales, incluyendo uno de alta seguridad durante la década del sesenta. Los dos años que pasé allí, era incorregible, hecho comprobado por mi expediente. Además, de vez en cuando, según el criterio de nuestra sociedad, estaba loco. Pero cuando, asignado a trabajos forzados, me rompí la pierna con un martillo de dieciséis libras, estaba luchando contra el sistema, valiéndome de mi cuerpo. E igualmente cuando dejé que una mezcla de ácido y agua me quemara cuatro de los dedos del pie por cinco horas. Era agitador, alborotador, y mucha gente tan amarga como yo me seguía.
No quiero divagar comentando acerca de la dinámica de la criminología. No obstante, hay algo de lo cual estoy seguro:
Los presos que asisten a A.A. en prisión tienen una mayor probabilidad, al ser puestos en libertad, de permanecer libres - esto es un hecho confirmado por la experiencia. Por supuesto, es necesario que un preso empiece a vivir la vida de A.A. "adentro," para tener esta posibilidad "afuera." Beber alcohol tiene como efecto el cambio de la personalidad, incluso en las personalidades sanas. Si mi personalidad es inadecuada, antisocial o retorcida y la altero con el alcohol o cualquier otra sustancia química, puedo decir adiós a mis buenas intenciones, a mi preocupación por la consecuencia de mis acciones, y a mi disposición para ser responsable. ¿Qué puedo hacer que no sea lo que siempre he hecho? - comportarme como siempre me he comportado y volver a la prisión. Se estima que dos tercios de los presos estaban bajo los efectos del alcohol y/o la droga cuando cometieron los crímenes por los cuales cumplen condena.
No obstante, a menudo los reclusos no pueden identificarse con las historias de muchos de los A.A. Esto se puede entender fácilmente. La mayoría de nosotros no nos quedábamos suficiente tiempo afuera como para hacer el típico recorrido alcohólico - para que se manifestara el alcoholismo continuo o la forma alcohólica de beber de la cual se oye hablar en A.A.
Siempre, o casi siempre, al ser puestos en libertad, teníamos buenas intenciones. Pero con el primer trago, nuestras buenas intenciones desaparecieron; nuestras personalidades cambiaron. Volvíamos a la vieja vida, la que conocíamos - una vida llena de ira, de venganzas, de rencores, miedo, dependencia, negación, obstinación, irresponsabilidad. Y nos encontramos nuevamente en prisión, donde se iban deformando nuestras personalidades cada vez más.
La sobriedad y un plan de vida que produzca un cambio de personalidad y un despertar espiritual son imperativos. Por medio de A.A., muchos experimentan el cambio y el despertar necesarios con sólo intentar vivir de acuerdo a los principios de A.A. y asociarse con la gente de A.A. Lo hacemos asistiendo a las reuniones de A.A. con amplitud de ideas y el deseo de vivir la vida sin tener que usar sustancias químicas - líquidas o de cualquier otra forma- para sentirnos bien.
Por medio de A.A. podemos experimentar una liberación del ego. Después de todo, era el ego (tú, yo) el que nos obstaculizaba, que dirigía el espectáculo y nos conducía a la bancarrota y lastimaba a nuestros seres queridos. Todos los Doce Pasos de A.A. se encaminan a matar al viejo ego (a desinflarlo) y a construir un nuevo ser liberado.
Preferiría hablar acerca de las cosas buenas que A.A. me ha enseñado; me parece que para la mayoría de mis lectores encarcelados será suficiente mencionar solamente unos cuantos sórdidos detalles para que ustedes sepan de dónde vine yo.
En 1953, en una prisión de mi estado natal, pasé once meses incomunicado, entrando y saliendo unas cinco veces del "pozo" (un cubículo desolado de hormigón armado). Durante cada plazo de diez días en el pozo oscuro, me daban diariamente pan y agua, y una sola comida completa al tercer día. Yo creía que esto era duro, hasta que llegué al pozo del campamento correccional. Tenía cabida suficiente sólo para tenderse en el suelo. Allí me daban cada día agua y unas cuantas galletas secas, y antes de que pudiera comer mi comida del tercer día (la única comida que tendría durante días), me hacían tomar un vaso de aceite de ricino, o mineral, según la crueldad del "dispensador." Diez días de esto me hizo perder la primera vez 70 libras, de 200 a 130, y rara vez me quedaba fuera del pozo suficiente tiempo como para recobrar la pérdida.
Iba en cadenas, vestido con el típico traje rayado de los presos. Siempre tenía grilletes puestos en los tobillos. No es nada difícil vestirte así encadenado, una vez que dominas el truco de meter los pantalones al revés por los grilletes.
Era uno de aquellos malos presos a quien nadie puede alcanzar. La primera vez que recuerdo ver u oír hablar de A.A. fue en 1956. Se iba a efectuar una reunión grande en el auditorio de la prisión. (Puedo ver destacadas en mi memoria, de gran tamaño y en rojo, las siglas A.A.) En esos días no tenía ninguna confianza en nadie que asistiera a los servicios religiosos, y creía que A.A. era para los débiles. Ni hice el menor esfuerzo para entenderlo. No sabia que yo era alcohólico y (al igual que la mayoría de los presos de hoy día) no podía ver la relación entre el alcohol y mis problemas del pasado.
Me llevaron a la primera reunión de A.A. fuera de la prisión en Los Angeles en 1960. Durante un plazo de cinco años estaba entrando y saliendo de A.A. en Los Angeles, Phoenix y San Francisco. En 1965, tiré todos mis libros de A.A. y decidí no volver nunca a A.A. Estaba vivo, pero muerto.
En 1968, me fui de California y volví a mi estado natal. Ya había ingresado en varios hospitales para el alcoholismo. Entonces, cometí mi último crimen. Dos semanas después de un robo a mano armada, en el cual una persona fue ligeramente herida (yo podía haber matado a alguien), me arrestaron. Me desperté en la cárcel, enfermo, sufriendo por la carencia de alcohol y estimulantes, convicto ya cuatro veces y acusado de un quinto delito grave. Esto marcó el fin del mundo para mi - el 13 de noviembre de 1969.
Afortunadamente, me sentenciaron solamente de 15 a 20 años, y volví a mi alma máter (donde había pasado tanto tiempo en el pozo), en febrero de 1970. Tenía 44 años; mi vida era un desperdicio. Me hundí en una desesperación total. Toqué fondo. No obstante, todavía no quería asistir a A.A. en prisión. Casi volví a ser el incorregible que había sido - me metí en líos con algunos de los presos, tenía planeado un escape. Si hubiera fracasado, habrían tirado la llave y yo nunca volvería a conocer la libertad.
Y entonces ocurrió el milagro. Un domingo de julio de 1970, mientras estaba haciendo inventario del contenido de la cámara frigorífica, un letrero de madera colgado en la puerta de adentro me hizo parar en seco. Allí inscrita estaba la Oración de la Serenidad. Las palabras saltaron a mis ojos. De repente, me acordaba de una de mis primeras reuniones de A.A., donde oí decir, "Si eres alcohólico y sigues bebiendo, el fin será la muerte o la locura." Nadie había mencionado el infierno antes de la muerte.
Sí, ya sabia lo que era la Oración de la Serenidad - A.A. me 10 había enseñado. Iba a ser para mí un salvavidas - el último catalizador. (En este momento la estoy mirando en mi dormitorio - una copia que me regalaron hace algunos años en el grupo de A.A. de esa misma prisión.) Después de encontrarme la Oración de la Serenidad, creo que, durante las 24 horas siguientes, hice los tres primeros Pasos por primera vez. Me entregué plenamente. Empezaba a conciliar el sueño, a descansar y aceptar mi condición. El 27 de julio de 1970, comencé a asistir a A.A. en prisión.
Después de cumplir solamente dieciocho meses de mi condena, este ex incorregible fue puesto en el "grupo de honor." (Dios obra por medio de la gente.) Poco tiempo más tarde, me trasladaron a la instalación del grupo de honor, donde pasé el año más doloroso de mi vida. El crecimiento siempre te causa dolores, y sin la ayuda de mi compañero "civil," Eugenio, puede que no hubiera sobrevivido aquel año crucial de ajustes. Este amigo A.A., cuando yo estaba afuera con permiso, me alojaba en su casa. No sería suficiente decir que él y su esposa me aceptaron. El escuchaba mis penas; los dos me trataban como a un ser humano.
Pasado poco tiempo, fui seleccionado, junto con otros ocho reclusos de los 10,000 encarcelados en ese entonces en las prisiones del estado, para asistir a una escuela, cuyo propósito era convertir a los "presos problema" en para consejeros. Después de nueve meses de entrenamiento, mis compañeros de clase fueron todos puestos en libertad condicional y empezaron a trabajar en el Departamento de Correccionales. Yo todavía no había cumplido suficiente tiempo para que me consideraran candidato para libertad condicional - hasta que, sin duda con la ayuda de Dios - el gobernador cortó cinco años de mi sentencia. Fui puesto en libertad condicional el 27 de octubre de 1972, habiendo cumplido menos de tres años de mi condena. Entonces, yo también empecé a trabajar como consejero en el Departamento de Correccionales. Para apreciar lo milagroso de esto, tendrías que entender el mecanismo carcelario.
Después de trabajar unos cuantos meses allí, me trasladé al Departamento de Salud Mental del Condado como trabajador de alcoholismo. Ya hace más de un año que trabajo como consejero de alcoholismo, y ahora mi libertad ya no es condicional. De vez en cuando hago visitas a mi alma máter para dar charlas de A.A., y - ¿te lo puedes creer? - el jefe de la prisión es amigo mío. Considero que mi sobriedad se remonta al 27 de julio de 1970 - no al 13 de noviembre de 1969, fecha de mi último trago. Estar seco no equivale a estar sobrio.
Hace tres semanas, sonó mi teléfono y oí una voz que no había oído desde hacía más de 23 años. Era la voz de mi ex esposa, quien me decía que mi hijo, de 27 años, que ha cumplido su entrenamiento del Marine Corps y se ha graduado de la universidad, quería verme privadamente, que se iba a casar en tres meses y que le gustaría verme en la boda. No he visto a mi hijo desde que tenía tres años y medio. No me conoce, ni yo le conozco a él. Doy gracias a Dios porque lo voy a ver este mes. Espero que allí en la boda tendré la oportunidad de ver a mi hija y a su madre. La última vez que la vi, mi hija tenía un año y medio. Hace dos años, intenté hacer algunas enmiendas, poniéndome en contacto con mi familia. Pero no era todavía la hora de hacerlo según Dios lo tiene dispuesto.
No me merezco nada de lo que me ha ocurrido. Me refiero a las buenas cosas que han ocurrido. Lo debo todo a A.A. y a Dios. No me atribuyo el mérito por nada. El mes que viene, cumpliré 50 años. Todavía no he visto a mi hijo ni a mi hija, ni a los hijos de mi hija, mis nietos; pero me siento agradecido. Es todo como un sueño. Tal es el misterio de la vida; pero es un misterio que se hace cada vez más hermoso.
Perdóname. No puedo escribir más acerca de los acontecimientos más recientes, esperando ver a la familia que abandoné hace tanto tiempo. Además, sólo puedo vivir hoy. Tengo que estar preparado y dispuesto para aceptarlo si resulta que no les veo jamás. Es difícil, pero únicamente así me ha dado resultados.
Todavía soy arrogante, egoísta, fariseo, sin humildad alguna, incluso un farsante a veces; pero me esfuerzo por ser un hombre mejor y por ayudar a mis prójimos. Nunca seré un santo, pero quien sea que llegue a ser, quiero estar sobrio y ser miembro de A.A. La palabra "alcohólico" ya no me disgusta; de hecho, al aplicarse a mi, es un placer para mis oídos.
Que Dios les bendiga a todos ustedes de A.A. y especialmente a los encarcelados. Recuerden, ahora tienen una alternativa.
Anónimo