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Algo que se llama esperanza

Soy un alcohólico encarcelado. Tengo solamente 31 años de edad, pero durante 19 de ellos he sido bebedor. Poco tiempo después de tomarme mi primer trago, empecé también a dro­garme; no obstante, siempre prefería el alcohol. Incluso cuando me drogaba, el alcohol entraba en juego. Esta parte de mí historia no es nada diferente de otros centenares que ya habrás oído contar. Trabajaba en una serie de trabajos de corta du­ración, y me echaron de las peores posadas de mala muerte debido a cómo me comportaba bebiendo. Una vez, decidí no seguir pagando el alquiler de mi habitación amueblada para tener así más dinero (parte de mi cheque de asistencia social) para comprarme alcohol. Fue una locura; ya que 10 hice en pleno invierno, y que no tenía familia ni amigos, me instalé en los bancos de las estaciones de los trenes subterráneos de Astor Place y de Broad Street en la ciudad de Nueva York. Si un policía me despertaba y me decía que me alejara, me iba, dirigiéndome a la otra estación.

Durante los Últimos diez años de mi vida de bebedor, todos alrededor mío sabían que tenia un problema - los asistentes sociales, los jueces (he sido arrestado 72 veces), los encargados de libertad condicional. Me enviaban a diversos programas de tratamiento, los cuales se valían de A.A. como instrumento de auxilio del tratamiento. Pero, "yo no era alcohólico," y me sentía resentido por el simple hecho de que ellos pudieran considerar la posibilidad que lo fuera. Huelga decir que, por no practicar ese primer paso, nunca logré la sobriedad. Esto lo menciono para que se den cuenta de que me habían llevado a la fuente, pero yo no quise beber el agua.

Por lo general, cada vez que acababa en la cárcel, pasaba allí unos 90 días. Al verme puesto en libertad, me encaminaba sin rodeos a la tienda de licores - para mí la libertad siempre era de poca duración. No puedo recordar ni una ocasión en que, al ser puesto en libertad, creyera que no iba a volver a la prisión. Siempre era una cuestión de cuánto tiempo estaría esta vez en libertad.

Durante los últimos cinco años, había llegado a convencer­me de que mi vida estaba bajo una maldición. Seis veces inten­té suicidarme. (Aun en esto era un fracaso.)

Cuando llegué a esta prisión, empecé a asistir a las reunio­nes de A.A., para causarle una buena impresión a la junta de libertad condicional y lograr así que me acortaran la condena. No dio el resultado deseado. Cuando me presenté ante la junta, me dieron una "sacudida." Alargaron mi sentencia; el estado iba a hacer que pagara el máximo permitido en mi caso por la ley.

Luego algo curioso me sucedió. Aunque ahora no había la menor posibilidad de que A.A. pudiera lograr que se redujera mi sentencia, yo seguía asistiendo a las reuniones. En algún momento, de alguna forma, alguien había dicho algo en una de aquellas reuniones que me dio algo que nunca había tenido antes. Hoy puedo dar un nombre a ese algo: se llama la espe­ranza. Oía hablar a gente de afuera; gente que se había encon­trado en condiciones peores que las mías, y otros que todavía no habían llegado a tal punto. Algunos incluso habían cumpli­do condenas en prisión, pero todos decían que hoy conocían la alegría. Y yo sabía que no estaban diciendo mentiras, porque se podía ver la alegría escrita en sus caras. Decidí que quería lo que tenían, y me puse a participar con mayor dedicación. Empecé a leer el Libro Grande, el Doce y Doce, Como Lo Ve Bill, y Alcohólicos Anónimos Llega a su Mayoría de Edad. Y hoy, cada mes, espero ansiosamente recibir la edición más reciente del Grapevine; me las he arreglado para obtener unos doscientos números atrasados que han llegado a ser mi lectura predilecta. Muy a menudo, al leer los artículos se me saltan las lágrimas, porque dentro de mí puedo sentir una nueva espe­ranza. Hoy tengo aquí en la prisión un cargo de responsabilidad como consejero de mis compañeros reclusos en el centro de pre-puesta en libertad. Tengo un padrino de afuera que me viene a visitar cada semana y me está ayudando a trabajar los Doce Pasos. Aplicando estos Pasos a mi vida, he llegado a ser un hombre honesto. Ahora, la demás gente no vacila en confiar en mío en depender de mí. Incluso me han elegido como coor­dinador de nuestra pequeña reunión aquí.

En el momento en que escribo estas líneas, me quedan 76 días para cumplir mi condena. Hoy no se me ocurriría pensar en cuánto tiempo pasará antes de regresar. Nunca antes habría salido sin ese pensamiento.

Si el programa me puede dar un sentimiento de esperanza, un auténtico sentimiento de serenidad, incluso en un lugar como éste, entonces quiero más de lo mismo cuando esté en libertad. Ya he decidido cuál será la primera reunión a la que asistiré; se celebra a poca distancia de la prisión. Me doy cuenta de que ahora tengo que hacer lo que otros muchos han hecho tan generosamente: regalar a otros lo que tan liberal­mente se me ha dado a mi.

Quisiera expresar mi sincera gratitud a todos los A.A. mara­villosos que se tomaban la molestia de venir a esta prisión, donde viven aquellos que los tribunales han declarado incapa­ces de ser parte de la sociedad, para que pudiéramos recibir el mensaje que tenían que compartir con nosotros.

W.H., Bedford Hills, N.Y.

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