La libertad empezó en la prisión
El Starlight Bowl es un bello auditorio de conciertos al aire libre, que se encuentra al fondo de un cañón en las alturas que dominan la ciudad de Burbank, California. Esa noche de verano tenía para mí un significado especial. Mi hija Cindy, de diez años de edad, estaba conmigo, reposando su cabeza en mis rodillas, su cabello sedoso, como una cascada de oro. Estábamos escuchando los gratos acordes de "Los Cuentos de los Bosques de Viena," en un concierto de la Orquesta Sinfónica de Burbank.
No había sido siempre así.
Unos cuantos años antes de esa noche memorable, fui puesto en libertad de una prisión estatal, un perfecto desconocido para mi hija, y sintiéndome muy aprensivo respecto a cómo iba a comportarme en la sociedad libre. Antes nunca pude arreglármelas en libertad.
Seis años antes de ser puesto en libertad, me encontraba frente al bar de una taberna local, con una pistola en la mano. Era alcohólico activo y tenía una necesidad apremiante de dinero para poder alargar mi borrachera más reciente. Con demasiado orgullo como para mendigar, sin amigos o parientes a quienes recurrir, habiéndoles enajenado, y lleno del valor fabuloso que te concede una ración excesiva de vino tinto, estaba intentando un robo a mano armada. Afortunadamente para el dueño del bar (y, últimamente, para mí), me pescaron en medio de mi torpe intento. La policía me trató honradamente, e incluso bondadosamente. Los procedimientos judiciales se realizaron con rapidez y, dentro de un plazo de tres meses, me encontré con rumbo a la prisión estatal. Allí me quedaría tres años.
Ese periodo de tres años resultó ser el mejor y más productivo de los treinta años que había cumplido. Durante mi confinamiento, volvía a interesarme, como practicante, en mi religión, reaprendiendo los preceptos básicos de la vida honrada. Aprovechaba grandemente de la biblioteca, haciendo amplios estudios de la filosofía y del alcoholismo. Y, lo más importante de todo, llegué a ser un enérgico y comprometido participante en A.A.
Profundizándome en los Doce Pasos con la buena orientación de los A.A. del mundo libre que nos visitaban dos veces por semana, pronto me encontraba haciendo mi inventario del Cuarto Paso. Después de redactar esa confesión a mí mismo, hice arreglos con el personal de la prisión, y pedí permiso para poder dar mi Quinto Paso con un miembro de A.A. de afuera. Se pusieron a nuestra disposición una oficina privada y una cafetera, y dedicamos unas tres horas a repasar en todos sus sórdidos detalles mi vida pasada. Fue la primera vez que esto se había hecho en aquella prisión, y dio resultados tan prometedores que, desde entonces, muchos reclusos han podido hacer sus Pasos Cuarto y Quinto en prisión.
Hacer mi inventario fue el punto decisivo de mi vida. Me sobrevino, casi inmediatamente, una liberación de remordimientos y sentimientos de culpabilidad. Literalmente, me veía liberado de mi pasado. Durante esa época, llegué a darme cuenta de lo que es la verdadera libertad. No tenía nada que ver con los muros y los guardias - tenía que ver con algo que se sentía adentro. La libertad es un estado de ánimo.
Hoy, con todo mi corazón, aprecio mi libertad física y emocional. En importancia, la considero segundo sólo a la sobriedad. ¡Qué buena formación me ha dado A.A.! Todo lo que soy y tengo, en realidad pertenece a A.A. Además de los beneficios tangibles, A.A. me ha dado un camino a seguir, una manera de vivir y de vivir amplia y alegremente.
Durante los cinco años y nueve meses que llevo sobrio, me he visto inundado de bendiciones - grandes regalos espirituales, aparte de las provisiones más comunes de bienes materiales y dinero. Estos regalos me llegan uno tras otro, a pesar de mis tonterías y torpeza, según voy a tientas acercándome a la luz de la razón y del amor. Estas buenas cosas van incrementando en proporción directa con mi disposición para ser más receptivo a la enseñanza y más humilde en mis asuntos diarios.
Y así es que un borracho crónico y habitual, descartado por la sociedad libre, que odiaba y rechazaba la misma sociedad que le había engendrado, puede llegar a deleitarse en lo que a mucha gente "libre" puede parecerle algo muy común: un simple concierto, una hermosa noche de verano resonante con bella música, y una niña preciosa que quiere y confía en su papá.
R.R., Urnuersal City, Calif.