¡AQUÍ MISMO,AHORA MISMO!
Como prisionero recién puesto en libertad condicional que encontró el programa de A.A. en prisión y que ahora asiste a reuniones de afuera de Alcohólicos Anónimos, creo que mi condición, parecida a la del Dios de las puertas que mira adelante y atrás, hacia el pasado y el futuro, me capacita para exponer los pormenores del programa para que los de afuera puedan ver adentro, y los de adentro puedan ver afuera . . . con cierta seguridad de que, una vez que sean puestos en libertad, serán libres para siempre.
Así que, ahora mismo, aquí mismos, les digo que la hora y el lugar apropiados para empezar a practicar el programa de A.A. - sea que se encuentre dentro o afuera - es: aquí mismo, ahora mismo.
Muchos de ustedes de adentro fijarán su atención en los que eran activos en A.A. en prisión y que, al salir, bajaron del autobús, entraron en un bar y volvieron a sus celdas. "¿Para qué sirve?" dicen ustedes. "Este truco no hará que te quedes en libertad". Y tienen completa razón . . . como truco no va a evitar que volvamos a la prisión. Pero como programa, sí lo hará.
Practicar el programa significa más que leer los Doce Pasos y hablar ante el grupo para impresionar a los A.A. de afuera, para después abordarles personalmente y pedirles te ayuden a conseguir la libertad. A menos que tus palabras pasen por el portavoz que es tu corazón, enriquecidas por la sinceridad y la humildad, eres tan participante en el programa como es culto un loro que puede cita a Shakespeare.
Yo durante tres años escuchaba a hombres contar historias que trataban de lo que iban a hacer cuando fueran puestos en libertad. Al principio mi palabrería tenía más o menos el mismo tono. Pero no soy de los que construyen castillos en el aire. Viejo discípulo de Omar Khayyam, me aferraba a la filosofía de que más vale agarrarse a lo real y olvidarse de lo prometido. La mayoría de los presos siempre hemos actuado según este principio, porque la inmadurez emocional no puede captar lo abstracto. Así que, durante un par de meses, me ausentaba de A.A., con el pretexto de tener que trabajar de noche. Pero no tenía ninguna excusa para no ir a la iglesia los domingos . . .
La asistencia, tanto a las reuniones de A.A. como a los servicios religiosos, al ser inscrita en nuestros expedientes, puede causar una buena impresión cuando nos presentamos ante la Junta de Libertad Condicional. Ambos son yugos que ponen nuestros hombros en carne viva cuando nuestro motivo no es más que salir de la prisión. El cielo parecía estar a un millón de años luz de distancia, y me parecía que yo sería una estrella extinguida antes de poder atravesar tanto espacio. Me preocupaba por el provecho que pudiera sacar de ello ahora mismo. La respuesta me llegaba lentamente; el reino de los valores y de lo moral es real.
Pero la iglesia no me había solucionado mi problema de alcoholismo, así que me puse a leer el libro Alcohólicos Anónimos, prestando especial atención al Capítulo V, "Cómo Trabaja". Volvía a A.A., esta vez no para integrarme en el programa cuando saliera en libertad, sino para aceptar lo que tuviera que ofrecerme en prisión. Todavía era asunto de "pague-y-lleve". No tenía confianza en los pagarés de Bill y del Dr. Bob.
Así fue como se me ocurrió por primera vez el tema de aquí mismo, ahora mismo, el cual empezaba a dar color a mis charlas. Al principio creí que era una suerte; más tarde llegué a darme cuenta de que era Dios como yo Lo concebía. Cobraba todos los días. El primer pago fue percatarme de que eran los patrones emocionales los que me hacían buscar el escape por medio del alcohol. Eso me exigía que hiciera un inventario sincero, y mi inventario moral fue el paso más duro de todos.
En aquel entonces, me seleccionaron como conejillo de Indias para la sicoterapia, una innovación del programa del Departamento de Correccionales de California. Gracias a A.A., yo podía ser completamente franco y sincero con mi terapeuta y conmigo mismo. Me llevó un año entero, pero, poco a poco, se me revelaba que A.A., mi iglesia y la sicoterapia eran medios relacionados e interdependientes para efectuar un cambio de personalidad.
Todavía no sé lo que me pasó. El odio que sentía para con los oficiales de la prisión era un resentimiento, el cual, A.A. me decía, yo no podía permitirme el lujo de tener. El sicoterapeuta me hizo ver que los oficiales de la prisión no eran sino los escapes de las frustraciones de mi niñez causadas por un padre severo. La iglesia me decía que perdonara a mis enemigos. Acabé quietamente pidiendo su perdón. ¿El cambio? En el pasado, me daba gusto destrozar la propiedad del estado (de niño, encerrado en un armario oscuro, furtivamente solía rasgar la ropa de mi madre); ahora, empezaba a recoger los clips que veía en el suelo de los pasillos. Lo hice de manera cohibida al comienzo y, más tarde, convencido de que estaba practicando los principios de A.A. Incluso me enfrenté con el recuerdo de haber rasgado la ropa de mi mujer cuando me dejaba solo durante mis borracheras. Estas eran las acciones de un niño abandonado en un armario de soledad por su "madre". Empecé a darme cuenta de que yo no era malo moralmente, sino que estaba enfermo emocionalmente.
Después de tres años y nueve meses de trabajar en el programa del Departamento de Correccionales del Estado de California, fui puesto en libertad condicional.
Lo que tengo que decirles a ustedes de adentro no les será fácil de aceptar: dejen de planear para la vida de afuera como si en la puerta fuesen a experimentar un cambio mágico. Vas a cambiar ahora o nunca. Ni es de tanta importancia el que seas puesto en libertad el año que viene. Lo importante es: prepararte ahora para entonces. La junta de libertad condicional te está mirando. La manzana madura se cosecha a su tiempo. Los miembros de la junta han logrado saber que no se venden las verdes; las manzanas verdes volverán. Con todo mi corazón, le doy gracias a Dios, como yo Lo concibo, por que no me pusieran en libertad hasta que no estaba listo para enfrentarme con mis problemas como un individuo que estaba madurándose emocionalmente.
No experimenté ningún escalofrío pueril al salir de la cárcel, sino sólo un sentimiento de responsabilidad. Yo sabía que era el mismo hombre que, unos pocos minutos antes, estaba al otro lado del muro. Nada había cambiado que no fuese el ambiente. Tenía los instrumentos para establecerme en el mundo. Por primera vez en mi vida, no sentía ninguna vaga inquietud, ningún temor a la vida. Me gustaba la gente. No tenía ningún deseo de desquitarme de lo que se me había hecho en el pasado; simplemente un sincero deseo de vivir en gratitud por lo que se había hecho para mí.
Es una maravilla encontrarme liberado de la prisión de los patrones emocionales inmaduros. Toda mi vida había sido deformada por una total y completa falta de madurez. Ahora puedo andar entre hombres que entienden más defectos.
Mañana - y todos los mañanas que están por venir - no son más que la prolongación de ahora mismo, aquí mismo. Este es el camino hacia fuera para los de adentro; y lo que les hace posible a los de afuera entrar en el programa. Esta es la verdadera libertad para el desarrollo emocional que conduce a la madurez.