1.-
Hay que gastar tiempo en la oración.
El tiempo no puede ser sustituido por
nada. Lo esencial es eso. Nadie puede tener una vida personal de oración
si no está dispuesto a perder tiempo, a tirar el tiempo en la oración.
Todo lo demás (lecturas, discusiones, proyectos, notas...) es
secundario.
La actitud del orante es la del agricultor, que ha sembrado y sabe que el
fruto requiere lluvia (gracia) y tiempo (paciente espera) (Cfr. Sant 5,
7-8). El mismo Señor eligió la imagen agrícola
para hablar del Reino (semilla, siembra...). El problema es que hemos
perdido el espiritu agricultor y nos hemos transformado en obreros
fabriles, ávidos de técnicas y rendimientos inmediatos.
Para aceptar esta regla hay que ir provistos de una buena dosis de fe en
el Espíritu Santo: creer que su gracia puede ir transformando poco
a poco a estos pobres hombres que somos nosotros.
2.-
Hay que pasar del plano intelectual al espiritual, de la enseñanza recibida a la experiencia hecha.
No el mucho saber
harta y satisface al ánima, mas el sentir y gustar de las
cosas internamente (EE 2). Lo que ocurre en la oración
debe parecerse, más bien, al modo como un artista contempla una
obra de arte: va, viene, se va empapando de ella, la saborea.
Eso es lo que se propone hacer el que ora. Recibe la Palabra. Recibida, la
rumia y repite sin fatiga lo que logra comprender. Por eso, en el
punto en el cual hallare lo que quiero, ahí me reposaré sin
tener ansias de pasar adelante hasta que me satisfaga (EE 76).
Gustar, saborear, reposarse... son todas ellas palabras de
un vocabulario afectivo y vienen a decir lo mismo. La verdad religiosa que
empapa nuestra vida no se penetra como lo hacemos con el objeto de una
ciencia, pasando de una proposición a otra mediante la ilación
lógica.
Hay quien se contenta con oír una conferencia (o leer un libro),
reflexionarla, discutirla... para finalmente atenerse a su
criterio o a sus ideas. En estos casos el provecho es aparente y pasajero.
La persona se apodera de la verdad (o cree apoderarse de ella) en lugar de
dejarse apoderar por ella.
3.-
Antes de entrar en oración, repose un poco el espíritu, asentandose o paseandose..., considerando adonde voy y a qué(EE 239).
El cuerpo se aquieta, el corazón se concentra, el espiritu se abre. Así se realiza el descálzate dicho a Moisés y el cierra tu puerta del Sermón de la Montaña.
Es la persona entera la que se concentra, cuerpo y espíritu. Para que surja la oración es preciso que la atención no esté dispersa.
4.-
En la vida de oración se trata de que el mismo Creador y Señor se comunique a su ánima devota (EE 15).
Por lo tanto hemos de poner nuestro esfuerzo más en la disponibilidad y en la apertura a Dios que en el raciocinio o en las grandes resoluciones.
5.-
El orante ha de ofrecer a Dios todo su querer y libertad para que su Divina Majestad, así de su persona como de todo lo que tiene, se sirva conforme a su divina voluntad (EE 5).
Cada uno ha de entrar en oración con todo lo que es, sin camuflajes, sin defensas, con su ser y su vida real.
6.-
No hay que concluir nunca un rato de oración o de contemplación sin hablar así como un amigo habla a otro (EE 54).
El lenguaje de la oración
es el propio de la libertad, del amor, de la intimidad. Al final acaba
haciéndose coloquio y silencio de adoración, de gratitud, de
disponibilidad, de súplica...
La verdadera oración no puede quedar en nosotros mismos. Se hace en
presencía del Señor y es pura apertura a El. ¿Cómo
concluirlas sin dirigimos a El, verdadero protagonista?
La verdadera oración cuida la entrada y la salida. Hay que hacerlas
en la presencia del Señor.
7.-
Después de acabar la oración es imprescindible examinarla tranquilamente: quier sentado, quíer paseándose, miraré cómo me ha ido en la contemplacíón o en la meditación (EE 77).
Este examen tiene como objeto, ante todo, el análisis de lo que ha pasado dentro de mí. El fruto de la oración no hay que buscarlo en lo que he descubierto con mi inteligencia (sin duda astuta, aguda, brillante cuando no esta cansada o perezosa o solicitada por otras cosas) sino en lo que ha acontecido en mi corazón. La oración es un encuentro y los encuentros acontecen y dejan huellas en el corazón o no son encuentros. Sin este examen pueden pasamos desapercibidos.