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El artillero que aún recuerda esa batalla BAHIA BLANCA.- Pasaron 64 años, un mes y 24 días de la batalla; el estrépito de los cañonazos y el tiempo han afectado los oídos del artillero. Eso explica los gritos de frases pausadas en la casa del marino. Son las 9: los recuerdos de Helmut Hanussa, de 83 años, sólo son nítidos por la mañana o cuando duerme. A menudo, Helmut sueña con la batalla del Río de la Plata, el 17 de diciembre de 1939, cuando el acorazado de bolsillo alemán Admiral Graf Spee, al mando del capitán de navío Hans Langsdorff, fue derrotado cerca de la costa uruguaya por los cruceros ingleses Ajax y Exeter y el neozelandés Achilles. Cuando la tripulación estuvo a salvo, Langsdorff hundió el barco. Después se disparó un tiro en la sien. Ahora, un equipo integrado por argentinos, alemanes y uruguayos intentará rescatar el buque. Helmut era artillero del Graf Spee, que había hundido nueve buques. El alto mando nazi había ordenado, al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, destruir el tráfico mercante enemigo. En sus sueños, dice Helmut, vuelve a estar detrás de un cañón; siente el olor acre de la pólvora, oye las voces estentóreas que dan órdenes... La segunda esposa del artillero, Elsa Leguizamón, dice que se asusta cuando su marido sueña: "Me da miedo". Helmut sonríe y resta importancia a los temores de su esposa. "Nunca tuve miedo: soy alemán", afirma. Está sentado a la cabecera de la mesa, ahora cubierta de álbumes con fotos en blanco y negro y sepia, la chaqueta azul del uniforme con una svástica en el pecho, dorada, al igual que los botones. "Queríamos pelear hasta el final, no rendirnos -recuerda Helmut, que conserva su acento alemán-. Navegamos hasta a Montevideo, para reparar el acorazado. No nos dejaron..." El Graf Spee había zarpado el 21 de agosto de 1939, once días antes de que Alemania invadiera Polonia. Así que el acorazado ya estaba en alta mar cuando empezó el conflicto. "No sabíamos nada de la guerra. Sólo el alto mando lo sabía", cuenta.
El acorazado recorrió el océano Atlántico. Había hecho una incursión en el Indico, para despistar a los grupos navales ingleses y franceses. "Eramos invisibles", dice, y abre un álbum. Señala unas fotos con algunas de las embarcaciones enviadas al fondo del mar. "Antes de hundirlos, tomábamos prisionera a la tripulación", aclara. Casi cuatro meses después de haber zarpado, el Graf Spee se enfrentó con la escuadra de los cruceros Ajax, Exeter y Achilles. Ese fue el fin. La guerra había sido para Helmut algo cotidiano. Su padre, Federico, había participado en la Primera Guerra Mundial. Y él, como muchos adolescentes en el período de entreguerras, se anotó como voluntario de la marina. Tenía 14 años. Nunca regresó a Alemania. "Estuve cinco años prisionero, en Mendoza. Otros compañeros estaban en Sierra de la Ventana y en Córdoba. Estábamos muy bien. Teníamos un sueldo de 400 pesos, muchos trajes y salíamos", dice Helmut. Durante una salida conoció a una mujer, Nelda Torrontegui. "La vi en una tienda, la invité a tomar el té a la tarde y al otro día nos casamos." En 1990 murió su primera esposa. Poco después conoció a Elsa. Es mediodía y los recuerdos Helmut ya no son tan nítidos. Almorzará, cruzará los brazos sobre la mesa y apoyará sobre ellos la cabeza para dormir la siesta. Quizás, el artillero oiga otra vez el estrépito de los cañonazos. Ramiro Sagasti, La Nacion, 6 de febrero de 2004 |
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