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arqueología subacuática
En el agua está el tesoro mejor conservado
Hace unos 20 años que en la Argentina se inició la búsqueda
de patrimonios culturales submarinos
Si
en noviembre próximo la Unesco aprueba la Convención Internacional
sobre Patrimonio Subacuático, los buscadores de tesoros habrán
perdido un round decisivo en la disputa que sostienen con quienes abogan
por la protección de todo bien o sitio arqueológico sumergido.
Y, de esa manera, naciones como la nuestra, con grandes atrasos en la
materia, podrán ver mejor salvaguardado su patrimonio cultural
sumergido, del que se tienen muchos testimonios, pero pocos datos concretos.
Sólo los datos sobre antiguas naves hundidas en nuestras costas
y en la cuenca del Río de la Plata superan ampliamente el millar.
Y el papel del agua en materia de conservación permite alentar
el optimismo en cuanto al estado de esos naufragios.
El
papel determinante que el agua ha jugado en la vida del hombre desde tiempos
inmemoriales hace presumir que todo mar, lago, laguna o río es
un potencial reservorio de los restos de generaciones pasadas.
La arqueología subacuática nació en los años
sesenta. Se trata de una disciplina costosa, difícil de afrontar
para las naciones subdesarrolladas. A su par ha avanzado también
una derivación non sancta: la caza de tesoros.
Muchos países del Tercer Mundo, ante la imposibilidad de desarrollar
esta disciplina, otorgan permisos para que empresarios privados exploren
sus costas, a cambio del 50 por ciento de las ganacias obtenidas.
Sin
ir más lejos, nuestro vecino Uruguay tiene sus costas virtualmente
loteadas, y un buscador argentino ya ha detectado dos naves hundidas.
En nuestro país, la arqueología subacuática comenzó
a desarrollarse hace unos veinte años, gracias a las gestiones
del Icomos (Consejo Internacional de Monumentos y Sitios), organización
no gubernamental con amplia proyección internacional -es asesora
de la Unesco en todo lo vinculado con el Patrimonio.
Desde entonces, la actividad ha prodigado múltiples frutos, pero
no los suficientes, en gran parte debido a la falta de un criterio gubernamental
uniforme que se traduzca en apoyo constante.
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Uno
de los buceadores que bajó a la corbeta británica
Swift
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Pero
a los científicos no sólo los inquieta la falta de aportes,
sino el vacío legal dominante.
La ley nacional de protección del patrimonio data de 1913 y, obviamente,
no menciona al subacuático. Una ley posterior, la 12.665, aportó
algunos lineamientos, pero no es revisada desde la década del sesenta.
Sólo tres provincias tienen leyes explícitas: Tierra del
Fuego, Santa Cruz y Mendoza.
Sin embargo, esta maraña legal ha servido para desalentar a buscadores
de tesoros, que podrían encontrar "apetecibles" algunas
naves sumergidas en el Río de la Plata.
Pero
el río también ha aportado lo suyo, ya que en nuestras costas
la carga de sedimento y barro es mayor; por ende, las operaciones de rescate
se volverían más costosas.
Sin embargo, las embarcaciones que abundan en nuestro territorio no se
caracterizarían justamente por estar cargadas de metales preciosos,
sino más bien ricas en piezas antiguas. Pero éstas, precisamente,
no desvelan a los buscadores privados.
Dolores Elkin es doctora en arqueología y directora del departamento
de Arqueología Subacuática del Instituto Nacional de Antropología
y Pensamiento Latinoamericano (Inapl), dependiente de la Secretaría
de Cultura y Medios de LA NACION.
Elkin
integró la delegación argentina en la Unesco que con los
enviados de otros 87 países dieron forma final al proyecto de Convención
Internacional sobre Patrimonio Subacuático.
La depredación del patrimonio subacuático en el mundo es
preocupación de muchos países, y la actuación de
organismos como la Unesco da cuenta de ello.
Si la convención es aprobada, una vez que los países adhieran,
el patrimonio subacuático no podrá ser objeto de transacciones
comerciales, y la falta de recursos no será un escollo para las
tareas de rescate y relevamiento. El texto también establece que
todo país que posea alguna vinculación cultural con un determinado
sitio arqueológico podrá colaborar en su rescate.
"No
olvidemos que la mayoría de los buques hundidos en el mundo portaban
banderas españolas, inglesas o portuguesas. En los años
ochenta, un buscador de tesoros halló un antiguo buque español
en la costa estadounidense. Sin embargo, España reclamó
judicialmente y un juez norteamericano le otorgó el caso, con lo
que el buscador no pudo tocar la nave. Esto sentó un gran precedente
en cuanto al rol que juegan las antiguas grandes potencias", explica
Elkin.
Más allá de las controversias internacionales que el tema
podría suscitar cuando los bienes fueran rescatados (derechos,
propiedad, etcétera), la posibilidad de una futura cooperación
entre naciones es un hecho que entusiasma a los arqueólogos del
Inapl.
Desde 1997, el Inapl está a cargo de las tareas de relevamiento
y rescate de la corbeta de guerra HMS Swift, de la armada británica,
que naufragó en 1770, en la costa de Puerto Deseado, en Santa Cruz.
La nave fue descubierta por los vecinos de la zona en 1982. Con la llegada
de Elkin y su equipo, se han rescatado cientos de piezas que se exhiben
en el museo local.
Pero
la dinámica de esos trabajos es bastante más lenta de lo
que muchos pueden suponer. "La hostilidad climática de la
zona y la baja temperatura de sus aguas sólo posibilita la tarea
de buzos durante el verano. Por otra parte, la visibilidad bajo el agua
puede variar de un metro a cinco centímetros, y las mareas fácilmente
pueden borrar horas de excavaciones", explica Elkin.
La inestabilidad de fondos y, por ende, de personal también hace
lo suyo. El Departamento de Arqueología Subacuática se mantiene
gracias a los escuetos subsidios de la Secretaría de Cultura, del
gobierno de Santa Cruz, y a la beca de la Fundación Antorchas (ganada
por la misma Elkin) que garantiza aportes hasta el año próximo.
Está prevista una exhibición del material de la Swift en
el Centro Cultural Borges para principios del año próximo.
Todo dependerá de que el Inapl obtenga los recursos necesarios
para solventar los gastos.
En
esta circunstancia, resulta dificultoso hacer previsiones acerca de el
tiempo de trabajo que resta en la corbeta inglesa. Paralelamente, el grupo
avanza en la confección de una base de datos sobre naufragios en
nuestro territorio, en los que esperan poder trabajar algún día.
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VALIOSO
BOTELLON HALLADO EN LA SWIFT
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Pioneros
argentinos
La Fundación Albenga también defiende la preservación
del patrimonio cultural subacuático. Se trata de una ONG creada
en 1991, y algunos de sus integrantes fueron pioneros en nuestro país.
Javier García Cano es uno de ellos. Especializado en arqueología
subacuática en Suiza es, sin embargo, arquitecto, pero con una
vastísima experiencia. Es miembro de la delegación del Icomos
en la Argentina y también integra el Comité Internacional
de Patrimonio Cultural Subacuático.
La fundación Albenga tiene decenas de trabajos realizados, muchos
de ellos con la colaboración de otros profesionales. Ha realizado
múltiples prospecciones arqueológicas en Buenos Aires, Santa
Fe, Córdoba y Río Negro.
García
Cano reconoce que la falta de recursos es un gran obstáculo para
la disciplina, pero ve salidas posibles. "Las operaciones no intrusivas
son muy fructíferas y mucho menos costosas. Es evidente que toda
excavación ofrece posibilidades de información, pero también
es claro que luego de exhumar el material, el sitio deja de existir como
tal y pasa a ser una colección."
El especialista sostiene que las operaciones no intrusivas permiten graficar,
filmar, fotografiar y evitan el alto costo de conservación de los
materiales cuando entran en contacto con la atmósfera. "Las
operaciones in situ son muy reveladoras y ofrecen múltiples posibilidades
de estudio. Es cierto que la comunidad en general no puede ver el material,
pero puede acceder a fotografías y videos", asegura.
Fabio
Grementieri es arquitecto especialista en temas de patrimonio. A su entender,
el patrimonio cultural subacuático debe ponerse en contexto con
el resto del patrimonio. "Todos los tipos de patrimonio han sido
objeto de transacciones comerciales. Si carecemos de recursos para relevar
lo que tenemos, conocer su estado y saber si corre algún peligro,
deberíamos evaluar la posibilidad de asociarnos con entidades privadas.
Asumir el fundamentalismo es un error. Están las universidades
privadas, existen centros de primer nivel ¿De qué sirve
ser dueño de un todo que no se puede controlar ni proteger? En
ese caso, es preferible resignar una parte, pero ver salvaguardado el
todo, y que la comunidad pueda acceder a ello."
Revés
proteccionista
Hace unos días, el mundo de los proteccionistas sufrió un
revés del que aún no se recuperan. Rubén Collado,
un buzo argentino, ubicó la cubierta principal y la cubierta de
pasajeros de Nuestra Señora de la Luz, un barco español
hundido en las costas de Montevideo en 1752.
El botín de la nave -al que espera acceder en poco tiempo- está
valuado en 150 millones de dólares, y el cincuenta por ciento le
corresponde al Estado uruguayo.
El tratamiento que diversos medios de comunicación le dieron al
tema enardeció a arqueólogos y proteccionistas. "Lo
trataron como a un héroe nacional, cuando se conoce perfectamente
que los fondos que esta gente obtiene para financiar sus empresas proviene
de la mafia y del narcotráfico en la mayoría de los casos",
expresó García Cano.
Horacio
Pardo es otro buscador de tesoros argentino radicado en Uruguay. Se fogueó
en las filas de Collado, pero algunos conflictos personales los separaron.
Desde 1995, opera su propia empresa llamada Proyecto Animas. Financiado
entre otros por el archifamoso buscador de tesoros norteamericano Mel
Fisher, Pardo tiene asignada una única zona en la que supone la
existencia de tres naufragios.
"Sé que esta actividad es condenada por muchos arqueólogos.
Pero también hay otros que la apoyan. De hecho, para que el gobierno
uruguayo apruebe un proyecto y otorgue un permiso debe presentarse un
plan arqueológico y en el grupo debe trabajar un arqueólogo",
asegura casi a modo de defensa, aunque se lo nota convencido por lo que
hace.
Los tres naufragios de su proyecto están valudados en 70 millones.
"Del total que obtenga, la mitad será para el gobierno, obtuve
todos mis permisos como manda la ley. ¿Qué conflicto moral
podría tener?" Probablemente, si la Asamblea General de la
Unesco aprueba la convención -en la elaboración de su texto
participó Uruguay-, el peso de su ley no pueda aplicarse en forma
retroactiva.
Sin embargo, los arqueólogos y demás protectores prefieren
mirar al futuro y contentarse por las puertas que se les cerrarían
a los buscadores. Mientras tanto, siguen luchando para que los gobiernos
y las comunidades tomen conciencia sobre la enorme herencia cultural que
espera bajo las aguas.
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Por Lorena Oliva, La Nacion, 19 de Agosto de 2001
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