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VERANO
2003: EN URUGUAY, RODOLFO FILIPPELLI BUSCA LOS RESTOS DE LOS GALEONES
HUNDIDOS
El
argentino que rescata el pasado en el fondo del mar
La tripulación ya estaba harta. Harta de la sal, el mar, los
días interminables de navegación sin tocar puerto. Porque ésa era la orden
cuando zarpó de España: la fragata San Rafael no debía parar en ningún
otro lugar que no fuera el puerto de Santísima Trinidad de Buenos Aires,
su destino final. Y al que nunca llegó, porque aquel día, el 22 de mayo
de 1765, los vientos embolsaron sus velas y empujaron la nave contra la
costa.
Se hundió "a un escaso tiro de fusil", según las crónicas. No más de 100,
150 metros de lo que hoy es la playa San Rafael de Punta del Este. Se
sabe que la embarcación traía dinero real para las Colonias, plata de
la Iglesia, caudales de mercaderes y la orfebrería en oro que debía haber
adornado la catedral de Buenos Aires. El naufragio se llevó sólo una vida.
El resto —80 pasajeros— se salvó.
Fue hace 208 años. Y le dio nombre a una de las zonas más tradicionales
del Este: San Rafael. Dos siglos después, Rodolfo Filippelli, un argentino
de 53 años, pretende sacar aquella carga a la superficie.
No quiere que lo llamen "buscador de tesoros". Prefiere definirse como
director de un emprendimiento arqueológico. Pero cómo prescindir de las
historias recientes: en 1992, otro argentino, Rubén Collado, sacó del
mar 3.000 monedas de oro de una fragata portuguesa que naufragó en 1752,
frente a las costas de Carrasco. Las monedas fueron subastadas en Nueva
York por 3 millones de dólares.
Se calcula que frente a las costas esteñas hay unos 300 barcos que se
hundieron entre 1772 y 1930. Y, lógicamente, el rescate de Collado arrojó
a muchos a la aventura de buscar naufragios.
A pocos metros de la casa de Filippelli, ese mismo mar que él escruta
como un ajedrez, se mecen las naves ancladas en el puerto. El mar siempre
acompañó su vida. Nació en Mar del Plata y enseguida se mudó a Buenos
Aires, donde se dedicó a la venta de servicios de electrónica naval. Así
supo que su mercadería servía para hacer posible algo de aventura. Y desde
hace 4 años se instaló en Punta del Este.
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EL
BUSCADOR. EN SU TALLER, FILIPPELLI TIENE CAÑONES ENCONTRADOS EN
LOS NAUFRAGIOS. (Foto: Fabián Urquiza/ enviado especial)
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"Hay que situarse en esos tiempos donde había navegación a vela", empieza
a contar Filippelli en su taller del puerto donde guarda algunos objetos
que rescató de La Gaditana. "Los barcos que atravesaban esta zona eran
empujados por los vientos contra la costa, o los hacían encallar en la
Isla de Lobos donde hay alrededor de 150 naves hundidas". Una de esas
naves fue ese buque de correo español que se hundió al este de la isla
en 1795.
Para muchos, los hombres como Filippelli son la nueva versión de buscadores
de tesoros para lo que se requiere tener información histórica y el apoyo
de sponsors que inviertan en la expedición.
Junto a Filippelli, trabajan tres buzos tácticos que pasan varias horas
hurgando bajo el agua. Y él monitorea todo desde la superficie, a través
de una cámara que envía imágenes a una computadora. La mejor pieza que
sacó de La Gaditana es una culebrina de bronce en muy buen estado de conservación.
Hombre cauto, riguroso con la información. Acaso, también, celoso de su
actividades, en la que tiene competidores fuertes. Aunque no hay motivos
para batallas navales: por ley, cada permisionario (persona autorizada
para buscar barcos hundidos) tiene un área de mar asignada. La suya va
desde una línea imaginaria marcada por el faro de la península hasta la
zona de Manantiales, en La Barra de Maldonado.
Por orden real, hasta un año y medio después del naufragio de la fragata
San Rafael se quiso rescatar su carga. No fue posible. Quizá lo logre
Filippelli.
Por
Alba Piotto, Clarin, Jueves 23 de enero de 2003
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